Primavera, 2022
«¡MALDITO GRINDR!», mi mente grita a voces como si un coro se repitiera sin cesar. Este día no puede ir peor.
Resumiendo, los dinosaurios con quienes salí anteriormente deseaban una cosa y yo les cumplí sin bronca, me aseguré de dejarlos ansiosos por un próximo encuentro y ganarme su buena voluntad. Para muchos resultó la primera experiencia homo que tuvieron en su vida, lo cual sumó puntos extras por hacerlo bien y eso se convirtió en más cariñitos, agradecimientos y favores para mí.
No, no fui un prostituto, no repartí sexo a cambio de dinero; ¡qué horror! Yo le ofrecí al dinosaurio la mejor experiencia de su vida, todo con absoluta discreción y esa fue una de mis partes favoritas.
El mismo temor a ser descubiertos con el cual crecieron en su época arcaica y retrógrada benefició a mi negocio, porque eso fue: un simple negocio. Yo los hice sentir amados, aceptados y a cambio, el dino de turno, cumplió mis caprichos.
Lo que me permitió darme la gran vida -que merezco- y claro, me proveyó de una buena pasta que, ahora, empleo en compartir fantásticos momentos con la ratona más hermosa del planeta, mi bella novia.
Sí, tengo novia. No me juzguen, ese estilo de vida solo fue un trabajo como cualquier otro. Uno bastante lucrativo...
Sin embargo, las cosas se complicaron un día, gracias al maldito Grindr, jamás me cansaré de maldecirlo. Conocí a un bombón con mil cualidades: harta plata, dueño de una de las firmas de abogados más importantes... ¿Mencioné que tenía mucha plata?
Bien, lo admito, no me enganché solo por la pasta; también contaba con un cuerpazo de roca pura, un enorme diez entre las piernas que supo perfectamente cómo usar, sin mencionar la dulzura y amabilidad excepcionales que iban de la mano con su extrema inocencia, eso revolucionó todo dentro de mí en el dormitorio o donde nos atacaran las ganas. No debería recordar esa parte, pero es que el dino luce más caliente que el sol veraniego...
-¡Papi, qué bueno tenerte aquí! -La bienvenida que brinda mi novia a su padre me obliga a tragar con dificultad.
El día en que me propuso acompañarla a recibirlo supe que sería mala idea, aunque jamás imaginé a tal nivel. Como nada es perfecto en la vida, el hombre me mira, asombrado, y yo a él de la misma manera. Trago saliva como si se tratase de una enorme roca que me raspa la garganta al bajar mientras intento disimular, porque para mi magnífica suerte, descubrí horrorizado, días atrás, que el dino del gran diez es mi suegro.
Hubiese deseado saber con antelación cómo enfrentar esa situación. Ella me importa demasiado, y al verlo a él, ante mí, con ese par de zafiros en su mirada que no dejan de estudiarme, debo admitir que también.
Verano de 2020
El intranquilo batir de mi pluma al repiquetear contra el escritorio, obligaba a preguntarme una y otra vez: ¿por qué decidí atreverme a aquello? Fijé la vista en el pequeño retrato junto al laptop, ese donde aparece mi querida hija y recordé la conversación que tuvimos hacía apenas unas horas:
-¿Crees que no lo noté? -me dijo mientras organizábamos los restos de la parrillada familiar que compartimos aquel domingo de verano y la contemplé, extrañado.
Mi primogénito, Oliver, en compañía de su esposo, Armando; vinieron a casa felices y orgullosos para realizar la bienvenida oficial a la familia de su retoño: la pequeña Milena, llamada así en honor a mi difunta esposa. Fue una dura lucha conseguir la adopción, pero al final lo logramos. Aquel fue un día maravilloso, compartimos en el patio trasero, hablamos, las risas y planes no faltaron, pero también nos burlamos de mi segundo hijo, Mike, en el momento que tembló al intentar cargar a su sobrina.
Pese a pasarla fantástico hasta que mis hijos se despidieron por la noche y quedar a solas en casa con Mari, las palabras de mi hija menor me tomaron con cierta sorpresa:
-¿A qué te refieres, corazón? -le pregunté confundido y ella dejó de secar los platos, incluso, ubicó sus brazos en jarra al contemplarme con reproche.
-Papi, observaste la foto de mamá que Oliver colocó en la mesa, ¡todo el rato!
-Corazón, es normal, era una ocasión especial. Oliver y Armando, al fin, consiguieron la adopción, tu madre habría sido muy feliz.
«O eso quiero creer», el pensamiento me atravesó un instante. No estaba muy seguro de si realmente se habría emocionado, dada la homosexualidad de su hijo mayor.
Ella nunca se mostró intolerante, pero crecimos en una época donde se consideraba una abominación que dos hombres estuviesen juntos, aunque quizás al tratarse de su adorado hijo mayor, quisiera creer que no tendría problema. Yo, ciertamente, no lo tuve; sé quién es él como persona y con eso es suficiente; además, Armando es un buen hombre, juntos son felices y la llegada de Mile, solo aportará más felicidad a su relación porque han luchado contra el mundo para conseguir lo que tienen.
Debí interrumpir mis divagaciones mentales en el momento que la voz de mi hija rompió el silencio:
-Sí, lo sé, pero quiero decir, ya no somos niños. ¡Ni siquiera vivimos aquí! ¿Cuánto más dejarás tu vida en pausa por nosotros?
-Hija, ¿de qué hablas?
En realidad, era consciente, con frecuencia recaíamos en el mismo tema: Mari quería verme feliz en una nueva relación con una persona viva, en lugar de hablar con el retrato de una muerta.
-Papi, aún eres joven y no nos caigamos a cuentos, ¡estás bien guapote! -Su manera de expresarse consiguió provocarme carcajadas y desvié la atención de ella hacia el lavadero para acabar con los trastes-. ¡Ostia, no te rías, pa! Tienes cincuenta y tres años, pero ese cuerpo que has esculpido a base de ejercicio y buena alimentación, ¡uuuf, todo un viejo sabroso!
Volví a reír ante sus palabras, la verdad, me tocó cerrar el grifo para carcajearme a gusto. Veía su rostro tan decidido, aquellos ojos como almendra, verdosos y algo amenazantes me obligaron a pensar en mi adorada Milena, quien partió de mi lado hacía dieciséis años; quizás por ese motivo, Mari se expresaba de tal manera, ella no conoció a su madre, apenas contaba con nueve meses de vida por entonces. Yo, sin embargo, sí tuve esa dicha y con seguridad puedo afirmar que no existirá otra como ella.
Un lánguido suspiro disipó los recuerdos, pero la sensación de nerviosismo e intranquilidad permaneció en mí y el incesante golpeteo de la pluma contra la madera, no aportó una pizca de serenidad. La hice a un lado.
Presioné una tecla en el laptop y de inmediato la pantalla se iluminó. Una de las últimas fotografías que hice a mi hermosa Milena me sonreía. Aquella sesión fue para demostrarle que el cáncer no se llevó su belleza y sensualidad, que incluso sin su sedosa y larga cabellera que cuidó con esmero desde la adolescencia, lucía perfecta.
-Mi Mile -le dije a la fotografía en tono bajo y mis dedos contornearon su rostro, como si con tal gesto pudiese volver a percibir la tersidad de su piel-, quisiera tener una señal de tu parte. ¿Será posible un nuevo inicio?
En el momento que retiraba mi mano, alguna tecla presioné y ante mí se abrió el navegador a la espera de mi búsqueda. Sin embargo, debajo de la barra se desplegaban distintos accesos a una serie de artículos, uno captó mi atención: "La evolución del amor en tiempos de app", tragué saliva y cliqué sobre el título para leerlo, sentí el rostro arder. Un hombre de mi edad que piensa en esas tonterías de la internet solo porque su hija de dieciséis no deseaba verle solo.
Minimicé la ventana y una vez más contemplé la foto de mi esposa.
-Mile, ¿es esta acaso tu señal?
Un lánguido suspiro se me escapó. Volví a abrir el artículo y algo captó mi atención: la facilidad para tener una cita sin importar raza, estatus, sexo u orientación.
Tragué saliva una vez más y pensé en cuánto han cambiado las cosas. Pasé la infancia de cabeza en una iglesia donde con frecuencia nos decían: "hombre con hombre es pecado" o luego de un sermón cargado de amor, salíamos a la calle para ver a mi papá llamar "maricones" a una pareja de chicos capturada infraganti en alguna actitud romántica.
Siempre creí que no hacían algo malo, pero atreverme a contradecirlo no era opción, no en aquella época, te castigaban por menos que eso. Cuando Mile falleció, intenté ofrecer un entorno amoroso y seguro a mis tres hijos, un hogar donde no se sintieran condicionados ni temieran ser ellos mismos; por eso, el día que Oliver trajo su novio a casa para ninguno fue una sensación o algo por lo que alarmarse, le dimos la bienvenida al chico del mismo modo que a cada novia que Mike trajo en su momento.
Mi padre se habría infartado, por fortuna, nadie puede morir dos veces y menos luego de años. Sin embargo...
Volví a mirar el artículo y por segunda vez lo minimicé para observar la tierna mirada de Mile.
-Te amé como a nadie, eso puedes jurarlo -susurré mientras mis dedos se paseaban por su rostro hasta volver a alejar la mano.
Recordé mi época de preparatoria, las primeras visitas al gimnasio y algo dentro de mí se movió. Ver aquellos cuerpos sudorosos, brillantes y músculos sometidos a la tensión del esfuerzo físico, algunos cubiertos por playeras, otros completamente expuestos. Un cúmulo de sensaciones inexploradas apareció dentro de mí e incluso temblé al sentir el tacto de otro hombre por primera vez, se trataba del entrenador que me hacía algunas correcciones en los movimientos.
Temí hablar de lo que sentí entonces. Incluso a mi hermana Olivia, quien solía ser mi confidente, se lo oculté. Pese a mi aparente normalidad, aquello se repetía con frecuencia y la actitud de papá no propiciaba el diálogo, al contrario; me impuse castigos por, de algún modo, defraudarlo. Le pedí a Dios alejar de mí al demonio que instaba a ver a otros hombres de esa errada manera, con tal deseo que empezaba a hacerse imposible de controlar.
Entonces, Dios contestó mis plegarias un día y envió a Mile. Me enamoré perdidamente de ella, la creí mi cura para ese mal que me afectó por años y del cual nunca pude hablar; pero que jamás se fue, permaneció en mí como un virus inactivo a la espera de despertar y propagarse.
No pude evitar pensar que transmití mi enfermedad a Oliver, a los dieciséis años me preguntó si estaba mal enamorarse de otro hombre antes de contarme lo que sentía y aunque mi respuesta fue una negación rotunda, seguida de una invitación para que trajera al chico a casa y conocerlo, el antiguo miedo volvió a acecharme. A pesar de todo, en ellos y la dulzura de su relación, acabé de comprender lo errado de esa creencia que me fue impuesta.
Aun así, resultaba imposible admitir que algo en mí era distinto, que aunque el cuerpo femenino resultaba, a mis ojos, perfecto; había un encanto particular en las líneas y musculatura del masculino. El motivo real por el cual no volví a interesarme en una cita luego de perder a Mile, se debió a ser ella la única mujer que logró hacerme sentir aquello que solo los hombres consiguieron provocarme y jamás pude admitir.
Al estar frente a la pantalla, con tal artículo desplegado, un nuevo suspiro brotó de mi garganta y vi el listado de aplicaciones populares, entre ellas una tal Grindr la cual, con miedo, decidí buscar en mi celular. Durante un buen rato contemplé el botón "instalar". Lo mismo ocurrió luego de ver el icono amarillo a la espera de ser presionado para adentrarme en un nuevo mundo.
Volví a mirar el computador, la fotografía de mi esposa y un sudor frío recorrió mi espina, decidí cerrar el laptop antes de atreverme a entrar a la app. Con terror y mis mejillas envueltas de Un ardiente carmesí, creé el perfil con mi correo, cargué cada dato solicitado y una vez listo, sentí el rostro arder todavía más ante la cantidad de hombres o mejor dicho, las insinuantes fotos empleadas por ellos.
-¡Dios! -Se me escapó en bajo y asustado ante tantos bultos como fotos de perfil, cerré la app y me dispuse a abandonar el despacho con dirección a mi alcoba.
Vi a Mari dormida al subir y me acerqué a besarle la frente. Mi celular comenzó a vibrar de manera errática en el bolsillo y en cuanto estuve al resguardo de mi recámara decidí revisarlo.
-¡Son demasiados mensajes! -me dije, espantado por la cantidad de notificaciones en la app.
Sentí deseos de vomitar con la mayoría, es que, ni siquiera un "hola" y un pene ya acaparaba la pantalla. Perdí la cuenta de la cantidad de chats borrados y a punto estuve de desinstalar la app, pero un mensaje captó mi atención y me sacó una sonrisa:
BabyKev: "Bienvenido, nuevo, ¿cuántos cíclopes has recibido en tu buzón ya?"
-¡Sopa de caracol, eh! -cantó demasiado alto, Ricky, mi estúpido mejor amigo. Quise golpearlo. El desgraciado rio-. ¡Qué nivel de concentración! Tirado en tu cama y ni notaste mi entrada. Asumo que en nada bueno andabas con ese celular.
Su afirmación me sacó una carcajada porque, debí darle la razón. Sin embargo, me levanté a empujarlo por idiota.
-¡A ti qué te importa!
-¡Claro que me importa, Kevincito! -contestó abrazado a mi espalda con su voz dramática y hasta besó mi hombro- ¡Todo de ti me interesa!
-¡Ya suéltame, idiota!
Conseguí empujarlo y le escuché reír conforme se apropió de mi cama, probaba pases de pecho con el balón contra la pared. Me senté ante el computador para realizar una investigación veloz sobre el sujeto de Grindr con el cual hablé. No resultó difícil, en cuanto mi mejor amigo vio la foto que recién recibí, por primera vez fue de utilidad:
-¿Qué haces con la fotografía de Omar Rubio?
-¡Oh, lo conoces, qué buena señal! -Tecleé el nombre completo del sujeto y podría jurar que escuché una máquina registradora sonar- Vaya, vaya, ¡cachin, cachin! ¿Qué tenemos aquí? Así que dueño del buró de abogados más aclamado de Santa Mónica...
-¡No te atrevas! -sentenció Ricky, hasta tuvo el atrevimiento de cerrar la ventana del navegador y girar mi silla para tenerme de frente.
«Allí vamos, de nuevo», pensé con fastidio porque supe que era momento de ese espacio del día que bauticé "el sermón de Pepe grillo". En realidad, amaba a ese tipo, podría decirse que es mi única familia, aunque no de sangre, pero ninguno de sus discursos conseguiría cambiar mi parecer.
Utilizaba SugarDate para captar a mis dinos y ya que el último fue muy generoso antes de salir del país con su esposa e hijos, no me vi en necesidad de buscar otro.
Pasaba el rato en Grindr, actualizaba mi álbum especial con cíclopes no solicitados que los tipos enviaron a mi buzón, allí puntuaba del uno al cinco, aunque ninguno superó el dos. Creían que un selfie de sus pitos torcidos, pellejudos o recontra peludos sería algo tentador, siempre me hizo gracia.
No buscaba un cisne entre tanto patito feo desesperado por meterla o que le den, pero este sujeto apareció de repente en mi radar, su presentación me causó algo de ternura: "Soy nuevo en esto de las plataformas, no conozco mucho o mejor dicho, nada de este mundo y durante años he sentido esta curiosidad dentro de mí, quisiera experimentar, pero a la vez tengo miedo".
Vi su foto de perfil y pensé que no estaba nada mal, menos para la edad: cincuenta y tres. No mostraba el rostro, solo torso, pero ¡qué cuerpo! Sendos brazos reposaban cruzados sobre su abdomen plano, un amplio y duro pecho salpicado de vello, algunas venas le marcaban los antebrazos y bíceps, además, si eso que portaba en su muñeca izquierda no era un Rolex de oro, definitivamente yo no disfrutaba mi trabajo...
-Quieto, vaquero -le dije en bajo a esa parte de mí que se movió en mi pantalón, pude darle la debida atención, pero escogí escribirle a don sexi.
De aquello, pasaron algunos días y hablábamos casi a diario, él reía bastante con mis idioteces, regla de oro aprendida en el oficio: mátalos de risa y el resto es historia. Justo antes de la abrupta irrupción de mi mejor amigo, Omar decidió mostrarme su cara y así acabé en medio de esa tediosa charla con Ricky.
Yo no dejaría mi "lucrativo negocio" por nada ni nadie, mucho menos debido a una sarta de regaños suyos. Siempre hacía lo mismo: llamarme a la reflexión. Por un momento, recordé aquel día que llegué a clases en mi hermoso descapotable, mismo que gané con el sudor de mi esfuerzo y trasero. Mientras todos nuestros amigos de la universidad celebraban conmigo, Pepe grillo observó con reproche, aunque la simulación de mamada que realizó en cuanto ellos pidieron explicación, me sacó una buena carcajada.
Contemplé atento a Pepe grillo con un intento de seriedad porque estaba a nada de reírme:
-Conozco al señor Rubio, es un buen hombre.
Habló con un gesto compasivo que a cualquiera le tocaría el corazón, pero yo me encogí de hombros y apreté la boca como una señal de: "lo siento por él, amigo". Ricky golpeó mi hombro antes de seguir.
-Dirige el equipo legal de Murano y tú no quieres provocarle algún problema a Lio, ¿cierto?
-Donde pongo el ojo, pongo la bala, ¿lo sabes, cierto? -contesté sonriente, él comenzó a batir la silla y ya no pude dejar de reír-. Ricky...
-¡Kevin, tienes que parar con esto! Te meterás en un problemón y quizás a él también.
-Háblame de lana, plata, pasta... tiene harta, ¿cierto?
-Kevin, basta, ¿por qué haces esto? Ya no eres ese chiquillo...
-No digas mamadas, Rico -lo interrumpí de golpe y me puse de pie para pasar de él. La investigación tendría que esperar.
Decidí ir por mi toalla y dirigirme al baño común de la residencia. Pepe grillo me siguió, no desistía en su sermón, aunque era consciente de mi nula atención, hacer fila solía impacientarme.
-¿Lo ves? Este es el motivo, Rick. ¡Odio tener que esperar si quiero ducharme o cagar! ¡Y eso que estamos en verano! -le dije fastidiado.
Sin embargo, sonreí galante para el grupo de chicas que cuchicheaban al pasar, muy probablemente acerca de mis pectorales expuestos a los cuales hice saltar como parte del saludo.
-No puedes quejarte -le escuché decir a Pepe grillo mientras ellas me devolvían algunas risitas, luego volví a mirarlo-, al menos tienes chicas aquí para escoger.
-¿Y eso qué, Pepe? Con mi propio depa tendría un lugar privado al cual llevarlas. ¿Tienes idea de la pesadilla que resulta coger en este sitio?
-¡Es parte de la experiencia universitaria! -respondió muerto de risa y le devolví un empujón- Tu sueño era estudiar enfermería en la U, bueno, ¡aquí estás! La mayoría no tiene habitación propia.
Sonreí con algo de nostalgia porque en esa parte debí darle la razón. Cumplía mi sueño de la infancia y gracias a que él casi nunca estaba; ya fuese por sus empleos, clases o simplemente por dormir en casa, el lugar era para mí. Sin embargo...
-Amaría la experiencia con algo de privacidad.
-Siempre puedes venir a casa el tiempo que gustes, solo digo.
Sonreí antes de, al fin, entrar a los baños. Cerré la puerta tras de mí para dejar fuera a mi estúpida y sonriente conciencia de afro turquesa.
Se contaban unas diez duchas sin puertas con apenas divisores laterales para separarlas entre ellas. El trasero de cada uno era de conocimiento público. Pensé en las palabras de Ricky conforme el agua me empapaba.
Siempre he sido bienvenido en casa de sus padres, su familia casi es mía. Este idiota se sacó la lotería con Lio, dueño de Murano, la segunda mejor constructora del país, el tipo era como un padre para mí y años atrás se casó con su madre.
A pesar de eso, el imbécil escogía llenarse con trabajos temporales o de medio tiempo en lugar de disfrutar los placeres del dinero de su padrastro. Yo me harté de eso, cientos de trabajillos a lo largo de mi vida y todo para qué, ¿sobrevivir? Solo conseguí estabilidad el día que decidí sacarle provecho a mis encantos.
Cerré el agua. Comencé a secarme el cabello que obstruía mi vista, luego de llevarlo hacia atrás noté a un par de chicos con la mirada fija en mi desnudez o, para ser exactos, disimulaban que me vieron el paquete.
-¿Quieren una foto, amorcitos? Dura más, pero no son gratis -les dije antes de envolver mi cintura con la toalla y dirigirme al espejo donde sonreí por verlos desaparecer, apenados. El resto rio a carcajadas.
«Quizás debería cortarlo», pensé con la vista fija en el reflejo, mi cabello rubio oscuro suelto ya me impedía la visión, sin embargo, recordé las palabras que Robert Ferro -un tiktoker modelo a quien admiro-, solía decir: "¿Para qué cortar si no sos militar? Podés moldear y darle estilo". Descarté la idea del mismo modo que lo hice con rasurarme, dejé que la incipiente barba poblase mi mandíbula, me gustaba lucir mayor, odiaba parecer niñato de veinte; solo removí el vello del bigote porque no, así no. Luego de atarme el cabello en una mini coleta alta, salí sonriente del baño, repartí algunos guiños a las chicas que me veían con cara de enamoradas.
Pero la frescura del baño y risitas coquetas en el corredor se disiparon al regresar a la recámara y encontrar a Pepe grillo con mi teléfono. Él, que siempre me prohibió el suyo, irónico.
-¡¿Qué crees que haces, idiota?! -exigí en alto. Arranqué mi celular de sus manos y fui hacia la cómoda por ropa.
-¿Veinticinco? A ver, Kevincito, ¿me dormí en una máquina del tiempo y no lo recuerdo o qué? -La ironía bailó en sus palabras mientras indagaba, por lo cual reí al vestirme- Según sé, yo te saco un año.
-Ay, ya, Rick, no arruines la diversión. ¿Crees que me daría bola si sabe que tengo veintiuno? No lo creo.
-¡Debes detener esto!
-Está bien -le dije en un tono bajo mientras sostenía su rostro entre mis manos y le hacía ojitos al estilo de Gato-. Tú ganas, me has hecho recapacitar.
Ricky sonrió y yo le devolví un malicioso gesto.
-Pero primero una cita con el dino.
-¡Aaaagh! ¡Eres un hijo de puta!
-Dime algo que no sepa...
Ricky me abrazó fuerte y procedió a disculparse muchas veces conforme apretaba. Quise apartar a la chinche turquesa, pero me rendí, una sensación vertiginosa se alojó en la boca de mi estómago; de repente algo nubló mis ojos, escogí cerrarlos para mitigar lo que sentí y cada molesta imagen que apareció en mi cabeza. Correspondí a su gesto.
♡⁀➷♡
Los días siguieron su curso hasta tornarse meses, el otoño se percibía cada vez más cerca con sus brisas frescas y con ello se hacía inminente el retorno a clases. Disfruté el verano entre citas con las chicas: Marcela, Xiomara, Regi, Leonella, Keyla, ¿Yuli?... En realidad no recuerdo los nombres de todas, pero cada una tenía lo suyo y pese a mi odio por la residencia estudiantil, jugar al Kama Sutra resultó de maravilla.
Pero no, mi verano fue más que diversión y despilfarro, no, no, no; también tocó trabajar por aquello de recargar las arcas, para eso, nada mejor que un par de dinos. Un splenda acabó endeudado por no apuntar a un chico de menor calibre, su error, no mío. En SugarDate cada quien busca a su par sugar ideal, no es mi culpa que él quisiera jugar al rico, desde el principio sabía mis requerimientos, pero claro, ¡qué importa el gasto con tal de pasar un verano junto al chico lindo!
Como no aguantó siquiera media estación, le tocó turno al tipo feo. Lo juro: era horrible, de hecho, al final de agosto y nuestra relación, borré cada fotografía juntos para olvidarme de él. Lo bueno: ¡tenía un yate! No, creo que se queda corto porque parecía un crucero; me alegró y muuuuucho las vacaciones. Ricky no paró de regañarme por liarme con ese sujeto de fortuna medio ilícita, pero ¡hey! Eso era asunto del tipo, no mío.
Por otra parte, debí armarme con cierta pastillita para aguantar las noches de pasión con él y es que el sujeto quería acción. Ese era el lado malo de andar con un melao, aunque valió la pena el esfuerzo, cada vez me acercaba más al depa de mis sueños.
El calendario junto a la compu marcaba dieciséis de septiembre con dibujitos de serpentinas y gorritos de fiesta que Ricky colocó como recordatorio de su cumpleaños, como si pudiese olvidar que compartimos tal día. A diferencia de mí, él adora celebrarlo con fiesta latina, Pepe es una máquina de bailar. En mi caso, he llegado a disfrutar esa fecha solo en su compañía.
Una notificación saltó en la pantalla de mi celular y sonreí al ver que se trataba de Omar, me deseaba feliz cumpleaños con varios gif, pero arrugué el rostro porque no recordaba contarle. La verdad, ni siquiera al dino más amable que tuve, llegué a hablarle del porqué el repudio a tal fecha en cuanto quiso indagar, solo cambié de tema e hice lo que mejor sé: enfocarme en complacerlo, desviar con halagos y risas la atención sobre mi realidad o cosas muy personales.
Quizás por eso tampoco tendía a involucrarme en relaciones que superasen los seis meses y solía aclararlo desde el principio con ellos. Ese era el tiempo suficiente para pasarla bien, conseguir caprichos y guardar lana.
La mayoría de personas no entienden de qué van las relaciones sugar y en automático dirían: "¡Oh, Kevin es un prostituto aprovechador!"; sin embargo, nada que ver, quienes hacemos esto y los dinos que nos buscan, establecemos acuerdos para el tipo de relación-retribución. Algunos sujetos ni siquiera desean sexo porque no están listos o lo que sea y mi norma principal era que se trataba de un negocio, nada de involucrar sentimientos.
Con un par de dinos me tocó cortar por lo sano, quisieron ir más allá, convertirnos en una pareja y darme la gran vida, pero no era lo mío; aceptar aquello, sí, sería aprovecharse. Una cosa era complacerlos, mimarlos y hacerlos sentir especiales; otra muy distinta fingir un sentimiento que ellos decían profesarme y para mí resultaba imposible experimentar.
En el caso de Omar, comenzaba a desesperarme por solo chatear durante tanto tiempo, sin ver dividendos. No obstante, había en él algo dulce y tierno que me impidió mandarlo al demonio y tal vez fue eso mismo lo que me llevó a contarle sobre tal fecha.
Kevin: Gracias por recordarlo😄, aunque verte fuera de la pantalla, sería un fantástico regalo 😘
Hice el teléfono a un lado después de la tonta respuesta y me sumergí en el computador. Veía el depa de mis sueños frente al mar e imaginaba que al fin era mío. Me imaginé de fiesta con amigos, o en el bautizo del balcón, acompañado por los gemidos de una rubia hermosa. Sonreí.
Una larguísima vibración hizo estallar el globo de fantasía y devolví la atención al celular. Resultó sorprendente la cantidad de mensajes que llegaba uno tras otro. Una risa baja se me escapó, Omar se notaba nervioso al escribir y todo parecía indicar que yo tendría que escabullirme de Ricky.
Omar: Yo quiero, pero no lo sé.
Este mensaje ha sido borrado.
Omar: Es decir, ¿no sería extraño?
Este mensaje ha sido borrado.
Este mensaje ha sido borrado.
Omar: También quiero verte.
Omar: Quizás me arrepienta de esto, pero... podríamos vernos hoy.
Omar: Olvida eso.
Este mensaje ha sido borrado.
Omar: Tú di dónde.