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Nunca es tarde para amar

Nunca es tarde para amar

Autor: : Marisol FR
Género: LGBT+
Milo Pérez y Manuel López pasaron su vida universitaria en relaciones casuales por diversos motivos. A pesar de que sus personalidades contrastan fuertemente, los dos son muy buenos amigos. Sin embargo, cuando ambos se encuentran al término de sus estudios, conocen a dos muchachos quienes los llevan por sentimientos nunca antes experimentados. Estos son Ariel Gómez y Luis Hernández, quienes acaban de finalizar la preparatoria y se preparan para ingresar a la universidad. ¿Qué pasará cuando estos dulces y fuertes muchachos se les declaren? ¿Será la edad un impedimento para comenzar una relación? ¿Y qué pasará con los pretendientes que se obsesionaron con Milo y Manuel y no dejan de acosarlos cada tanto?

Capítulo 1 El chico de la despensa

Manuel se tomó una pastilla para el dolor de cabeza. Se había pasado con los tragos y, para el colmo, fue arrastrado hasta la casa de uno de sus pretendientes para brindarle una noche de placer y lujuria.

Un hombre de cabellos castaños dormía a su lado. Manuel lo miró con fastidio y pensó: "Lo hice otra vez. Si Darío no fuese tan persistente... al menos es un hombre apuesto. ¡Rayos! ¡Ya me estoy pareciendo a Milo!"

Su teléfono sonó. Manuel atendió la llamada, mientras sentía cómo su amante se movía.

- ¡Manuel! ¿Qué tal la noche? - le saludó una voz alegre y chillona desde el otro lado de la línea.

- Tengo jaqueca - se quejó Manuel - Es tu culpa por hacer que bebiera tanto. ¿Dónde estás?

- Estoy afuera, esperándote. ¿Ya vas a salir?

- Si, ya salía. Nos vemos.

Manuel colgó, se vistió y salió del cuarto. Darío, su amante, parecía que aún seguía dormido. Decidió dejarlo así, no quería que lo detuvieran ni un segundo más.

Afuera lo esperaba Milo Pérez. A pesar de que Manuel era dos años más joven, a su lado Milo parecía su hermano menor. Era pequeño, delgado y tenía la tez muy fina. Manuel, por su parte, era más alto y como siempre iba con el ceño fruncido, se le formaba unas arrugas en la frente.

- No pongas esa cara - Le saludó Milo - Pareces un viejo de cuarenta.

- Mira quien habla - le respondió Manuel, dándole un golpe en la cabeza - no sé por qué me arrastras por este camino.

- Yo no te obligué.

- Lo sé. Aún así, desearía dejar de hacer estas cosas.

Milo no hizo comentario alguno. En el fondo, él también deseaba dejar esa vida de libertinaje. Pronto se iba a graduar y debía buscar una pareja estable. Sin embargo, no podía resistirse al ver a un hombre apuesto. Esa siempre había sido su debilidad y, al final, terminaba completamente arrepentido.

- ¿Te despediste de Darío? - le preguntó Milo, intentando cambiar de tema.

- No - respondió Manuel - Aún dormía cuando salí.

- ¡Qué envidia! - suspiró Milo - Se veía muy guapo. Además, parecía ser un hombre con dinero.

- No me agrada tanto. Es demasiado frío. Se la pasa sonriendo, creyendo que así atraerá a los chicos. Pero su sonrisa es fingida.

- ¡Guau! ¡Eres muy perceptivo!

- ¿Y qué hay de ti, Milo? ¿Has pasado con alguien ayer a la noche?

- De hecho, sí. El problema es que no me acuerdo de su nombre. Solo sé que es un ejecutivo que insistió en darme su número de teléfono. Pero no lo pienso llamar, siento que se ha obsesionado conmigo.

- Seguro cree que eres un niño de secundaria.

- ¡No te burles! ¡Es la genética! Ya le aclaré que solo sería por esa noche y que nunca más nos veríamos. Aún así, siguió insistiendo con lo del teléfono.

Ambos suspiraron. Sabían que tarde o temprano serían perseguidos por acosadores. Solo esperaban que se cansaran de ellos y se largaran por otras conquistas, como siempre. Aún así, si las cosas se complicaban, se prometieron a acudirse el uno al otro para defenderse.

Manuel López y Milo Pérez estudiaban en la misma universidad, pero en diferentes carreras. Mientras Manuel estudiaba periodismo, Milo se volcó al diseño editorial. Se conocieron en un bar, cuando Milo tuvo un problema con uno de sus amantes furtivos. Manuel golpeó al sujeto y se llevó a Milo lejos de ahí. Al final, ambos decidieron compartir el mismo departamento, por si alguno de los dos se volvía a meter en problemas. Eso fue cuando iban al primer año de sus respectivas carreras. Manuel aún recordaba la vez en que se sorprendió cuando Milo le dijo su edad. Cuando lo rescató del acosador, le había recriminado por meterse en un lugar peligroso siendo un "menor de edad".

- ¿Qué harás ahora? - le preguntó Milo a Manuel

- Estaré trabajando en mi tesis - respondió Manuel - pero antes tomaré mi desayuno en el café que se encuentra a la vuelta de casa.

- Yo sé por qué vas ahí - le dijo Milo, tocándole la mejilla de manera pícara.

- ¡N... no es por eso! - gritó Manuel, sonrojándose por completo - Es que... ¡Me gusta el café que sirven! ¡Es todo!

- ¡A mí no me mientas! Sé que, frente a la cafetería, está esa despensa donde trabaja aquel muchacho alto y guapo.

- Bueno, sí, lo admito. Me paso espiándolo. ¡Pero qué me dices de ti! Seguro que ahora vas a esa librería a espiar a ese chico que trabaja ahí.

- ¡No es así! - dijo Milo, quien también se sonrojó - bueno, es alto y guapo, pero es demasiado "principesco" para mí. Además, siempre está rodeado de chicas. Así que no tengo posibilidades con él.

- El chico de la despensa es lo mismo - suspiró Manuel, resignado - también está rodeado de chicas, aunque no es "principesco". Más bien transmite una atmósfera misteriosa.

Milo se rió. Y antes de que Manuel le asestara otro golpe, cruzó la calle a toda velocidad y le dijo antes de marcharse:

- ¡Después me cuentas cómo te fue! ¡Nos vemos en la facultad!

Manuel se dirigió a la cafetería a desayunar. La despensa acababa de abrirse y ahí delante estaba el chico a quien espiaba.

En realidad, no le había dicho a Milo que se encontró con ese chico hacia un mes. Manuel acababa de recibir la noticia de que su mejor amigo y su antiguo amor, Sebastián, se había comprometido con una inglesa y se casarían muy pronto en Inglaterra. Aunque ya asumió que Sebastián nunca le correspondería, la noticia hizo que su corazón le doliera tanto que empezó a llorar en plena plaza pública. Sebastián lo llamó por su celular para anunciarle la noticia y, al final, no le quedó otra opción más que llorar. Así lo encontró aquel muchacho de la despensa quien, casualmente, estaba en la plaza con unos amigos jugando a la pelota. El balón le dio a Manuel en la cabeza y le hizo perder el conocimiento. Al despertar, se encontró con ese muchacho de cabellos negros, ojos azules y mirada ingenua.

- ¿Estás bien? ¿No te lastimaste? - le preguntó el muchacho.

- ¡Idiota! ¡Ten más cuidado! - le gritó Manuel, levantándose por completo. Sin embargo, se quedó sorprendido por lo alto que era el muchacho.

- Llamaré a la ambulancia.

- N... no es necesario. De verdad estoy bien. Ahora déjame.

Y se fue corriendo de ahí.

Luego de un mes, lo empezó a espiar desde la cafetería. La verdad se sentía como un acosador y, al mismo tiempo, se sentía como un hipócrita al criticar a los acosadores de Milo. Al final, él no era muy diferente del resto.

Cuando terminó de beber su café, recibió una llamada. Era de la biblioteca donde se había inscrito. Se había hecho amigo de la bibliotecaria, tanto que le dio su número para que ella lo llamara cada vez que tenía a disposición un nuevo libro.

- Señor López, soy Celeste Marzorati - le saludó la bibliotecaria - lo llamaba para avisarle que ya conseguí el libro que tanto habías buscado.

- ¿De verdad? - dijo Manuel, emocionado - Voy a pasar mañana. Hoy estoy muy ocupado con mi tesis y debo entregar unos informes.

- No se preocupe, lo guardaré para ti. Espero le vaya bien con la tesis.

- Gracias. Que tengas un buen día.

Cuando cortó, se llevó la sorpresa de que el chico de la despensa estaba dentro de la cafetería, mirándolo fijamente con una sonrisa.

Capítulo 2 El lector de novelas románticas

Desde siempre, Milo siempre se sintió atraído por los hombres. Más aún, por los altos y guapos. Y ese chico que trabajaba en la librería donde compraba sus libros poseía todas las características físicas que lo enloquecían por completo.

A diferencia de Manuel, Milo nunca se enamoró de verdad. Recordó haber tenido novios en la secundaria, pero sus relaciones duraban menos de un mes. Y cada vez que escuchaba a sus compañeros de clase quejarse de sus relaciones amorosas, estaba seguro de que las relaciones estables no eran para él.

De la secundaria pasó a la universidad. Ahí alquiló una pieza y, durante los fines de semana, iba a un bar a encontrarse con algún desconocido que le brindara una noche de afecto. El problema fue que uno de ellos lo vio con otro y, por más que Milo le dejó claro que solo fue una sola noche, el sujeto empezó a golpearlo. Por suerte, Manuel lo salvó y se lo llevó a su departamento. Después de un par de charlas, Manuel le ofreció un cuarto para protegerse de los acosadores, con la condición de que pagara la mitad del alquiler y accediera a realizar los quehaceres domésticos que le correspondían. Al final Milo aceptó. Se dio cuenta de que Manuel era una buena persona, a pesar de su mal carácter.

- Luis, eres tan alto y guapo.

- ¿No tienes novia, Luis?

- ¿Por qué te gustan los libros de amor?

- ¡Sí! ¡Es extraño que a un chico le guste el romance!

Como de costumbre, las chicas no paraban de rodear y conversar con Luis, el cual no paraba de sonreír y recomendarles los libros de romance que le gustaban. Milo sintió mucha rabia. Por culpa de esas chicas no podía acercársele. Se vería muy raro, pensó con angustia.

Empezó a hojear unos cuantos libros, mientras espiaba al muchacho de ojos miel y cabellos castaño claros. Lo que sabía de él era que se llamaba Luis y que por las mañanas trabajaba en la librería, dado que por la tarde asistía a un cursillo de ingreso a la facultad. O eso fue lo que escuchó decir de una de las admiradoras del muchacho.

- ¡Señor! ¿Se le ofrece algo? - le preguntó alguien a sus espaldas.

Milo se sobresaltó al ver que se trataba de Luis. Por perderse en sus pensamientos, no se percató de que las chicas se marcharon y Luis se acercó a atenderlo.

- Esteee... Quería saber el precio de este libro - Dijo Milo, sintiendo cómo sus mejillas enrojecían - Empecé a leerlo y me enganché con la historia.

- ¡Déjame ver! - dijo Luis, quien tomó el libro, se acercó al cajero y revisó el precio en la computadora - Son 20 dólares. Puedes llevarte nuestro catálogo gratis. Y si quieres saber sobre nuestras nuevas adquisiciones, sólo llámame. Aquí tienes mi tarjeta.

- Gracias. Aquí tienes el dinero.

Milo recibió la tarjeta, donde figuraba el nombre completo del chico que le gustaba.

- "Luis Hernández" - leyó Milo, una vez salió del local - Parece buen chico, pero seguro ya tiene novia. Es mejor que esté con una buena chica que conmigo.

Estuvo a punto de cruzar la calle, cuando sintió que alguien lo sujetaba del brazo. Se dio la vuelta y se encontró con el sujeto con quien se acostó la noche anterior.

- ¡Así que aquí estás, zorra! - le dijo, apretando cada vez más fuerte su brazo - ¡No me puedes dejar así! ¡Ya estuvimos juntos un par de noches! ¿Por qué no sales conmigo?

- ¿Pero qué dices? ¡Ni siquiera sé tu nombre!

- ¿Cómo que no? ¡Soy Federico! ¿No recuerdas que lo pronunciaste varias veces mientras lo hacíamos?

Milo se deshizo del agarre, tomó a Federico por el cuello de su camisa y le dijo con rabia:

- No porque lo hayamos hecho en un par de noches quiera decir que tengamos algo serio. ¡Así que piérdete y déjame en paz!

Los peatones empezaron a murmurar al verlos pelear. Milo se dio cuenta de que llamaban la atención y decidió huir, pero su acosador volvió a sujetarlo del brazo y, esta vez, vio que levantaba su puño para golpearlo.

Milo lamentó que Manuel no estuviese cerca. De seguro lo volvería a regañar si volvía a casa con el ojo morado. Aún así, no le quedó otra opción que cerrar los ojos y esperar el golpe.

Pero ese golpe no llegó. Milo escuchó que la gente gritaba de asombro, por lo que abrió los ojos y vio que quien detuvo el ataque fue Luis.

- No me agrada que estén armando escándalo delante de mi local - le dijo Luis a Federico, mostrándole una sonrisa amenazante - con tanto barullo has espantado a mis clientes. Así que, por favor, lárguese y no vuelva más. O tendré que llamar a la policía.

Federico soltó a Milo y se marchó, sin antes lanzar una mirada de odio a Luis. El muchacho, por su parte, se acercó a Milo y le preguntó:

- ¿Estás bien? ¿No estás herido?

- Estoy bien - respondió Milo, poniéndose completamente nervioso al verlo tan cerca. No podía evitarlo, era demasiado guapo.

- ¿Sabes? Se me ocurrió que podríamos tomar algo- continuó Luis - En unos minutos termina mi turno. ¿No tienes problema que te acompañe? Digo, por si regrese otra vez ese sujeto.

- No tengo problema - dijo Milo - Te espero.

Milo no sabía cómo reaccionar. Ese chico le hacía sentir cosas que jamás había sentido por nadie más. Se sintió como un adolescente enamorado, pero enseguida rechazó la idea. Solo estaba conmocionado porque Luis lo salvó. Y Luis haría lo mismo con cualquiera. Solo saldrían a tomar algo juntos y se largaría. Total, él podría tener a todas las chicas que quisiera.

- Ya estoy listo - dijo Luis, sacándolo de sus pensamientos. Se quitó el uniforme de su trabajo y se puso una campera verde con capucha.

- Bien. Vamos - dijo Milo, tragando saliva del nerviosismo.

Y fueron juntos a un bar que se encontraba a unas cuadras de ahí. Ninguno dijo nada. Milo no sabía si estaba soñando o si realmente estaban caminando juntos. Aún así, solo esperaba no cometer alguna estupidez ni meterse más en problemas.

Capítulo 3 Lo que dice el corazón

Manuel sintió que su corazón latía a mil por hora. El chico de la despensa estaba ahí, mirándolo fijamente. Esperó que no se hubiese percatado de que había sido espiado por un mes en su puesto de trabajo.

- No esperaba encontrarte aquí - le dijo el muchacho a Manuel, acercándose a él - ¿Te acuerdas de mí? Te lancé una pelota en tu cabeza.

- Este... sí, me acuerdo - dijo Manuel, temblando del nerviosismo - pero estoy bien, he sufrido cosas peores.

- ¿No te molesta si me siento? Quisiera conversar contigo.

- ¿Y qué hay de tu trabajo?

- Es que no desayuné y el patrón me regañó por eso, así que me mandó aquí.

- Bueno, puedes sentarte. Pero yo me iré enseguida.

- Descuida. Será breve.

El chico se sentó al lado opuesto de la mesa. Manuel evitó mirarlo a los ojos y tomó su café, para que no se diera cuenta de que se había sonrojado.

- ¿Cuál es tu nombre? - le preguntó el chico - Yo me llamo Ariel Gómez. ¿Y tú?

- Manuel López.

- Mucho gusto. Quería saber, López, si estudias en la universidad.

- Sí - respondió Manuel, bajando la taza y mirándolo a los ojos. Por un instante, se perdió en esos ojos color azul intenso, que reflejaban serenidad y pureza - Estoy estudiando periodismo.

- Ya me parecía - dijo Ariel, mostrándole una gran sonrisa el cual hizo que Manuel se estremeciera - casi siempre te veo por aquí, leyendo algún libro y escribiendo apuntes.

- ¿Entonces ya me viste por aquí antes? - dijo Manuel, esta vez sintiendo que temblaba.

- Sí. Casi todos los días veo que frecuentas la cafetería. Pensé que estudiarías aquí cerca, aunque pensé que podrías ir a la biblioteca que está a la vuelta de la esquina.

- Estee.... sí, así es - dijo Manuel, esta vez mostrando una voz firme y serena - he tomado la costumbre de ir a la biblioteca. Actualmente estoy haciendo mi tesis, así que ya no frecuento la facultad como antes. A todo esto, quisiera saber el por qué querías hablar conmigo.

Una mesera se acercó a ofrecerle un café a Ariel. Él lo aceptó y le sonrió, haciendo que la mesera se sonrojara.

- ¿Se le ofrece algo más, señor? - le dijo la mesera.

- Quiero unos dangos, por favor - dijo Ariel.

- Como guste, guapo.

Manuel sintió que tenía deseos de gritarle a la mesera por descarada, pero al darse cuenta de que se vería ridículo, volvió a calmarse. En el fondo, no sabía el porqué se sentía muy extraño junto a ese chico.

- Bueno, López, pronto terminaré la preparatoria y quiero entrar a la universidad - dijo Ariel, mirando a Manuel seriamente – Casualmente, quiero estudiar periodismo como tú. Y deseo ingresar en una de las mejores universidades del país. Pero no tengo dinero para costear un cursillo de ingreso ni contratar a un profesor particular. Así que quería saber si me podías ayudar. No conozco a nadie más y percibo que eres una persona muy inteligente.

- Lo siento, pero no puedo ayudarte. Estoy haciendo mi tesis y tengo mucho trabajo.

- Por favor. Te prometo que te pagaré.

- No se trata de eso - dijo Manuel, levantándose de su lugar y tomando su bolso - En serio no tengo tiempo para nada. Búscate a un verdadero profesor, estoy seguro de que habrá alguno cuyo costo no sea elevado.

Manuel estuvo a punto de salir de la cafetería, cuando sintió que Ariel lo tomaba del brazo.

- Por favor. Solo te quiero a ti.

Manuel sintió que se estaba enojando. Ese chico era muy persistente y eso le colmaba la paciencia.

- ¡Suéltame! - dijo Manuel, intentando soltarse, pero sin éxito - Mira, niño. Tú y yo no nos conocemos. No sé bien quién eres y no quiero meterme en problemas. Así que, por favor, búscate a otra persona.

- No quiero otra persona. ¡Solo te quiero a ti!

- ¡No hagas que me enoje de verdad!

Ariel finalmente soltó a Manuel. Al principio Manuel se sorprendió, dado que no esperaba que se rindiera tan rápido. Luego volvió a acomodarse su bolso y se marchó.

Lo que no se dio cuenta fue que, durante el forcejeo, se le cayó su libreta de estudiante, donde figuraba la dirección en donde vivía. Ariel lo vio y lo tomó, mostrando una sonrisa pícara que nadie percibió.

Se metió de nuevo en la cafetería y saboreó los dangos, mientras miraba la dirección de residencia de Manuel.

- Sé que me has estado espiando desde que nos conocimos en el parque, Manuel López - pensó Ariel, sin dejar de sonreír - capaz fue casualidad que supiste dónde trabajaba, pero estoy seguro de que es el destino quien hizo que nos volvamos a encontrar. Bien, ya que se te cayó tu libreta, no me queda otra opción más que devolvértela.

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Mientras tanto, Milo y Luis estaban tomando refrescos en el bar. Cada vez que Milo miraba a Luis de reojo, le parecía ver que lo rodeaban las estrellas. Se fijó en su piel perfecta, en sus ojos que reflejaban la inocencia de un adolescente que estaba adentrándose con mucha ilusión a la adultez y en sus labios carnosos, los cuales lo llevarían al éxtasis inmediato si los llegaba a besar.

- ¿Te pasa algo, Milo? - le preguntó Luis, al ver que Milo estaba con la cabeza agachada.

- No me pasa nada - dijo Milo, mostrándole una sonrisa nerviosa.

- ¿Aún estás alterado por el acoso?

- ¡No! Este... ya estoy acostumbrado. Verás, estuve manteniendo relaciones casuales con algunos hombres, pero uno de ellos desea que lo nuestro sea real. Pero ya le aclaré que eso nunca será posible. Es bien parecido, pero no estoy enamorado de él. ¿Lo entiendes?

- Sí, lo entiendo - dijo Luis - Yo tampoco me he enamorado y nunca he salido con nadie.

- ¿Queeee? ¡Pero si tienes miles de admiradoras! ¿Cómo alguien tan apuesto no tiene novia?

Luis lo miró sorprendido. Milo se dio cuenta de que había metido la pata y volvió a agachar la cabeza, para que el muchacho no viera que se había sonrojado.

- Esteee... no malpienses. En verdad eres muy guapo. Podrías tener a todas las chicas que quisiera.

- Gracias por el halago - dijo Luis, mostrando una sonrisa - Es que no me sentiría cómodo si salgo con alguna de mis admiradoras. Ellas solo admiran mi físico, pero yo deseo algo más. Quiero que me quieran por mi personalidad. Quiero una persona que me acompañe en las buenas y en las malas, que nos apoyemos el uno a otro y que mantengamos la confianza suficiente para formar una relación emocionante. Ah, lo siento, he leído muchas novelas románticas y siento que te estoy aburriendo con mis pensamientos infantiles.

- ¡No son infantiles! - dijo Milo, esta vez mirándolo fijamente a los ojos - yo, en el fondo, también desearía tener esa clase de relaciones. Pero creo que nunca podré lograrlo. Soy demasiado irresponsable.

- Para mí que eres tierno.

Milo se quedó sorprendido por las palabras de Luis. Era la primera vez que le decían "tierno". Sin embargo, la inseguridad pudo más por lo que le gritaba su corazón, por lo que se levantó de su silla y, mirándolo con enojo, le dijo:

- ¡No me gusta que se burlen así de mí! Para que sepas, dentro de poco cumpliré veinticinco años y me graduaré de la facultad. ¿Cómo un hombre a esa edad podría ser tierno?

Luis casi escupió su bebida y miró asombrado a Milo.

- ¡¿¡Veinticinco años!?! ¡Creí que eras un chico de preparatoria!

Milo suspiró. Al final, le mostró su identificación, haciendo que Luis se pusiera rojo de la vergüenza.

- ¡De veras lo siento, Milo! ¡Creí que eras más joven que yo!

- No te preocupes - dijo Milo, arrepintiéndose por haber reaccionado de esa manera- ya estoy acostumbrado. Por cierto, ¿Qué edad tienes?

- Tengo dieciocho. Actualmente estoy intentando ingresar a una facultad de artes. ¿Y tú, qué estás estudiando?

- Diseño editorial. Mi sueño es trabajar en la editorial Librófilos, en la sección de novelas románticas.

- ¿Así que también te gusta el romance? Me alegra que tengamos algo en común.

Luis volvió a sonreír. Esta vez a Milo le pareció ver más estrellas y un aura de luz que iluminaba al muchacho. Definitivamente estaba loco por él.

- Esteee... me tengo que ir - dijo Milo, cabizbajo - le prometí a Manuel que prepararía el almuerzo.

- ¿Quién es Manuel?

- Es un amigo. Compartimos un departamento para costear los gastos de alquiler. Esteee... fue un placer charlar contigo.

- Milo, desearía volver a verte - le dijo Luis, seriamente - aunque seas mayor, me agradas. Siento que podemos ser muy buenos amigos.

- Sí. A mí también me gustaría volver a verte.

- ¿Y si salimos a un almuerzo este fin de semana? Puedes traer a tu amigo, porque yo también traeré al mío.

- ¿También compartes departamento?

- ¡Sí! Somos amigos desde el primero de preparatoria, solo que él no puede costearse un profesor particular por ser pobre. Solo me queda ayudarle con los gastos del departamento y esperar a que logre sus propósitos. Te daré mi número, así me confirmas si tú y tu amigo irán a la salida.

- De acuerdo. Yo también te daré mi número.

Se intercambiaron los números de celulares, pagaron la cuenta y se marcharon. Milo fue a su departamento, sintiendo que podía volar de la felicidad. Al fin logró su sueño de hablar con el chico que le gustaba. Y no solo eso, también consiguió su número y una salida. Seguro Manuel se quedaría sorprendido por su hazaña.

Cuando llegó, lo encontró sentado en el sofá, pensativo.

- ¡Hola, Manuel! ¿Pasó algo? - le preguntó Milo

- Esteee... no, nada - dijo Manuel, desviando la mirada.

- ¡Vamos! ¡Yo siempre te cuento todo!

- ¡Está bien! ¡Te lo diré! El chico de la despensa se dio cuenta de que lo espiaba. Y lo peor fue que me pidió ser su profesor particular.

- ¿Y lo rechazaste? ¡Pero si te gustaba!

- ¡Es que no puedo ayudarlo! ¡No tengo tiempo para nada! - Manuel suspiró y se llevó las manos por la cara - Aún no supero a mi antiguo amor y no quiero que ese chico me conozca. Él merece estar con alguien mejor, estoy seguro.

- ¡No seas duro contigo mismo! - le dijo Milo, dándole golpecitos en la espalda - Eres inteligente, el mejor de tu curso. Y la verdad que te envidio, porque me gustaría tener la misma dedicación que tienes con los estudios. Solo te falta que dejes estar tan tenso por todo.

- Lo sé. Hasta yo me di cuenta de que necesito darme un descanso.

- ¡Bien! Bueno, voy a preparar la comida. Luego te contaré lo que me pasó hoy.

- Me gustaría saberlo.

Y así transcurrió la mitad del día. Tanto Manuel y Milo deseaban volver a hablar con la persona que les gustaban. Lo que no sabían era que Luis y Ariel también albergaban esos sentimientos. Y pronto lo descubrirían.

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