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Serendipia

Serendipia

Autor: : DiegoAlmary
Género: LGBT+
Gabriel sabe que las acciones tienen consecuencias, por eso, cuando la jueza lo obliga a pagar mil horas de labor social en el pequeño hospital del pueblo de Florencia, lo toma como la redención que está buscando, pero al llegar allí y ver que el pueblo está subyugado por el poder de un narcotraficante, no puede evitar pensar que liberarlos a todos será liberarse a sí mismo, y mientras descubre el verdadero amor, el deseo y la pasión, en los brazos de Samuel, tratará de asimilar que el destino que fue a buscar no es el mismo que le tendrá preparado la vida.

Capítulo 1 1

Christian Nodal sonaba de fondo, con su voz y su letra melancólica había logrado extinguir por completo la paciencia que había procurado guardar hasta Florencia, donde nadie pudiera escucharlo gritar y maldecir, o eso esperaba, pero el calor sofocante, que no menguaba ni siquiera un poco con el pequeño recorte de cartón con el que se ventilaba, le tenía al borde del abismo. Se movía, desabrochaba los botones de la camisa en un vano intento por refrescarse, pero nada parecía suficiente. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano izquierda, mientras que con la derecha seguía batiendo el cartón.

Hacía apenas unas horas había salido de Medellín, pero ya lo extrañaba como el sediento al agua; su cuarto, su privacidad, a su hermano. Ya no podía hacer nada al respecto, él mismo se había marcado a fuego ese destino, él había caminado por el sendero incorrecto y ahora debía enderezar el camino, y por eso se encontraba allí, viajando en un bus-escalera hacia el pueblo más olvidado de todo Caldas, soportando el calor más sofocante y penetrante que había experimentado en su vida.

Podía escuchar a lo lejos el río, pero el caserío, que estaba a ambos lados de la carretera, le impedía divisar la corriente fresca que avanzaba por alguna parte. Deseó profundamente estar en aquel caudal, pero de seguro no le daría tiempo.

Mientras buscaba en todas direcciones alguna heladería, aunque sabía que no la iba a encontrar, sentía como la camisilla se le quedaba adherida a la piel por el sudor, ya se había quitado la guayabera que su madre, muy amable mente, le había planchado esa mañana, y yacía desperdigada de cualquier manera a su lado, así que solo estaba con la camisilla sin mangas blanca que parecía ayudarle a conservar más el calor. Miró al señor que tenía al lado derecho, traía una camisa sucia y unas botas pantaneras que le llegaban hasta las rodillas, olía a tierra y sudor fuerte.

-Disculpe- le dijo, haciendo ademán de tocar le la rodilla para llamar su atención, pero se detuvo en medio camino.

-Dígame- los ojos negros del hombre le dieron un curioso repaso, y se quitó el sombrero para escucharlo mejor ¿acaso tenía tanto aire citadino?

- ¿Cuánto falta para llegar a Florencia? - el hombre, al ver la desesperación que le reinaba en los ojos, se limitó a redondear la cifra.

-Unas dos horas - Gabriel se le quedó mirando, sopesando la idea de ponerse a llorar o bajarse del vehículo y correr de vuelta a Medellín. Pero luego lo único que atinó a hacer fue agradecer al hombre con un movimiento de cabeza y bajar, casi pasando por encima de él, al suelo árido y polvoriento que le ensució los zapatos.

Ya en suelo se halló muerto de hambre, su estomagó rugió y la sensación ácida de la gastritis lo acometió, pero prefería no meterle nada al estómago; las curvas eran pronunciadas y no quería que terminara todo en el suelo de la escalera, como era reconocido, vulgarmente hablando, el vehículo. También le llamaban "Chiva" , pero a Gabriel le parecía ridículo comparar semejante medio de transporte con un loco animal. Observó la bestia que lo transportaba y se tomó un minuto para contemplar los detalles. Era un camión adaptado de manera artesanal para el transporte rural, tenía cientos de colores en los que predominaba el rojo y el azul. En su interior, las bancas puestas de manera horizontal lograban llenarse de la mayor cantidad de gente posible, solo tenía una entrada, así que las personas del fondo de la banca tenían que pasar por encima de las otras para salir. Gabriel se preguntó por qué no tenían entradas a ambos lados.

Se acercó a un pequeño restaurante en el que la gente coreaba una canción vallenata moderna que se le antojó ridícula y cliché. ¿Desde cuándo eso es vallenato? Pensó mientras se acercaba a la pequeña barra americana que separaba el comedor de la cocina del pequeño restaurante y esperó a que alguien lo atendiera, pero las mujeres estaban demasiado entretenidas hablando con el ayudante de la escalera en la que él había llegado. El ayudante era el encargado de subir las maletas y cobrar los pasajes, pero el esfuerzo físico que requería hacer en su trabajo estaba bien recompensado por unos enormes brazos y un trasero de infarto. Lástima su rostro, se dijo Gabriel, pero siempre se le puede poner una bolsa de basura.

Las mujeres seguían entretenidas con el muchacho, así que se aclaró la garganta para llamar la atención, pero solo logró despertar al gato que se estiraba plácidamente en la barra americana.

-Buenas- anunció, y ahora sí que lo vieron. Las tres mujeres se volvieron hacia él, y luego se miraron entre ellas en un claro gesto de agrado. Gabriel se sintió incómodo. Desde hacía tiempo ya, sabía que no era desagradable a la vista: no era muy alto, uno con setenta y cinco o algo así, su físico, gracias a su historial delictivo se había formado bastante bien, nada exagerado, aunque podía presumir sin vergüenza sus brazos, pero lo que llamaba más la atención de él era lo negro de su cabello, la oscuridad de sus ojos y la blancura de su piel. Muchas veces tuvo que pasar por el incómodo momento de contestar a la pregunta de si se pintaba los labios, ya que eran tremendamente rojos. Heredó el cabello de su padre y las labios de su madre. Se miró en el espejo que había en el fondo de la pared y desvió la mirada al ver el parche purpura que le decoraba el ojo.

Las jóvenes se acercaron cadenciosamente, con el rubor pintado a brochazos mal dirigidos en los pómulos, las caras grasosas y el maquillaje corrido. Las tres se recostaron en la barra.

-A la orden- anuncio la primera, Gabriel tragó saliva, pensando que jamás en su vida había visto muchacha más desagradable, con el delantal lleno de aceite y el cabello despeinado, negro y largo, con acné por todas partes y los dientes amarillentos y torcidos, tenía un olor fuerte a manteca y chicharrón.

-¿Venden helados aquí?- preguntó tratando de que no le temblara la voz. De repente le entraron ganas de salir corriendo.

-Para usted- anuncio la más joven de todas -claro que sí.

Solo habían de limón, el sabor que más odiaba, según él, el limón dañaba todo, no entendía como lo añadían al pescado o al sancocho, y mucho menos como hacían helados con él.

Después de pagar no aguantó las ganas y caminó a paso rápido hasta la escalera, y cubriéndose con el cuerpo del hombre que estaba en la orilla de su banca, rogó al cielo que todas las mujeres de esa región no fueran igual de acosadoras, visualmente hablando, que esas tres.

Unos cuantos minutos después, el chófer salió del restaurante, arrastrando los pies y rascando su incipiente barriga, le sorprendió ver que no era calvo. El ayudante prácticamente se arrancó de los brazos se las tres "acosadoras" y caminó hasta la escalera, donde se posicionó cómodo en una banca frente él. El helado se le escurría por los dedos, pero le daba un poco de pena aventarlo por la ventana, además tendría que hacerlo por sobre el señor que le sonreía cada vez que cruzaban miradas. Optó más bien por metérselo todo de una sola vez y aguantó con estoicismo el dolor de cabeza que le provocó el hielo saborizado.

El sonido del motor al encenderse le trajo una alegría que parecía más vieja que el mundo, así que se chupó los dedos llenos de líquido verde y para cuando la escalera comenzó a avanzar, se encontró listo para recibir el aire fresco que entraría por todas partes. Incluso había tirado ya el pequeño cartón. La escalera comenzó a avanzar, pero diez metros más adelante esta frenó súbitamente, incluso tuvo que poner las manos en el respaldo de la banca de en frente para evitar perder un par de dientes.

-¡Esperen!- se escuchó el grito de una mujer. Gabriel volvió la vista atrás y la vio, traía un perro bajo el brazo y arrastraba a una niña que se negaba rotundamente a subir. Después de un par de golpes propinados por la madre, la niña, que no pasaría de los seis años, rompió a llorar escandalosamente. Se subieron justo en la misma banca que él, y el hombre que había a su lado lo empujo para hacerle espacio a la mujer en la orilla. La niña se paró justo en la puerta, obstaculizando el aire.

Genial, se dijo Gabriel, al menos me queda el frente.

Mientras fijaba toda su atención al frente, la escalera volvió a arrancar. Sintió al fin el aire, más caliente de lo que esperaba, golpearle con suavidad el rostro. Con la paz que le trajo la frescura, logró meditar un poco acerca de su situación, pensó que Florencia tal vez no estaría tan mal, incluso logró divagar en la posibilidad de encontrar a algún chico guapo, pero desechó la idea de inmediato, si no había encontrado a nadie que valiera la pena en una ciudad tan grande como Medellín, no lo encontraría en un pequeño pueblo conservador que seguro veía la homosexualidad como una aberración de la naturaleza, aunque en pleno dos mil veintidós la consciencia ya había cambiado, aun sobraban los pocos subdesarrollados, y los pueblos viejos eran la cuna de la homofobia, sobre todo con las costumbres tan arraigadas a la heteronormatividad que estos poseían.

La escalera frenó de nuevo, esta vez con más delicadeza, y su mundo pareció derrumbarse cuando un colchón de espuma, de unos dos metros por dos metros, se interpuso en su campo de visión. Maldijo mentalmente de todas las maneras y en todos los idiomas que conocía mientras trataba de buscar el pequeño cartón, ya que el calor escocia de nuevo. ¿cómo subían un colchón entre los pasajeros? La escalera arrancó de nuevo, y dejando el caserío atrás, cruzó el puente que separaba los departamentos de Caldas y Antioquia, y logró divisar con un ápice de melancolía el rio de aguas cristalinas que se extendía bajo él.

Media hora más adelante, el olor fuerte del hombre, la estreches de haber casi ocho pasajeros en una sola banca y el hedor del perro que babeaba mientras lo miraba fijamente, lo traían mareado. Trató de respirar por la boca, como le enseñó su madre cuando se mareaba en Medellín, pero allá las cosas eran muy diferentes, pues sólo se mareaba cuando viajaba en taxi, y sí que viajaba poco en taxi, y en el metro ¿quién se marea en el metro?

La cabeza le daba vueltas, y el estómago tenía una pelea a muerte consigo mismo, las personas parecían ondear al ritmo de una tonada que le parecía diabólica y maligna, y lo peor, él estaba inmerso en esa colada de personas que se meneaban al ritmo de los huecos en la carretera, de los baches y las piedras. Se apretó la cabeza tratando de disminuir el malestar que le provocaba náuseas. Después, trató de encontrar algún resquicio por dónde se colara el aire, o al menos para tratar de mirar hacia afuera. Pero no encontró nada, por los pequeños huecos entre las cargas y las personas logró ver el rastrojo pasar fugaz, y sintió solo el calor sofocante y los olores fuertes.

Después de un rato más de tortura, sintió como trepaba por su estómago, como cual araña que se esconde tras un cuadro, y lo único que logro atinar a hacer, fue mirar al hombre de al lado y preguntar:

-¿No tendrá por ahí usted una bolsa?

Para luego, sin dar tiempo a nadie, vaciar todo el contenido de su estómago en el piso. El perro comenzó a latir, la niña a llorar, y Gabriel no tuvo más remedio que apretarse el estómago y seguir vomitando.

§ö§

Después lavar el piso de la escalera en una pequeña quebrada que se escurría por todo lo ancho de la carretera, Gabriel se sintió un poco mejor. Se lavó la cara y tomó unos tragos de la Coca-Cola que había comprado en el auto servicio del último pueblo.

No le importaba las miradas que le echaban los demás pasajeros mientras el ayudante limpiaba el vómito. Solo se limitó a parecer invisible y beber ignorando los ojos curiosos de las personas.

Cuando el ayudante terminó no le dio las gracias, se dijo que no lo hacía porque era su trabajo, pero en el fondo sabía muy bien que le daba vergüenza mirarlo a la cara, supuso que era humillante limpiar el vómito de otra persona y temió enfurecerlo si lo miraba directo. Así que el resto del camino trató, por todos los medios, de evitar algún tipo de contacto con el susodicho.

El camino se le hacía largo, tan largo que el dolor en el cuerpo a causa de estar tanto tiempo postrado en la misma posición le resultó, cuando menos, tortuoso. Hacia rato que estaba solo en la banca, pues las demás personas fueron abandonando, una a una, el vehículo cuando llegaban a sus respectivos destinos. Paulatinamente se halló sólo, al parecer Florencia era tan lejos y aburrida que las personas preferían vivir en el campo que, en el casco urbano, por eso, hacía ya un rato que en toda la escalera era el único pasajero, cosa que le desagrado al darse cuenta que había pocos obstáculos que le impidieran toparse con la mirada del ayudante.

Pero la vida siempre había parecido un chiste de mal gusto para él, y lo comprobó cuando, sin poderlo creer, vio como el ayudante se trepaba por todos los barrotes de la escalera y se sentaba a su lado.

-¿Cómo va?- le preguntó, y Gabriel no supo exactamente a qué se refería, así que se limitó a sentir con la cabeza sin mirarlo directamente. Pero la presión en su pecho no hacía más que incrementarse. La culpa era lo que más le acongojaba en la última semana. Gabriel sabía exactamente como aliviar un poco el malestar, esa era su nueva vida ahora, y quería empezarla bien.

-Lo siento- dijo después de un rato, pero el ayudante pareció poco sorprendido.

-Tranquilo- le estrujó el hombro con delicadeza -no es la primera vez que tengo que hacerlo. No importa- Gabriel lo miró, sintiendo que desaparecía un poco el incómodo malestar.

-Gracias- fue lo único que dijo y volvió la vista hacia el frente, pero el ayudante no perecía dispuesto a dejarlo ir así, sin más.

-Usted no es de por aquí, ¿cierto?- Gabriel negó levemente.

-¿Se nota tanto?

-Pues resalta por encima de todos- ahora sí que Gabriel lo miró, ¿acaso estaba coqueteando con él? El muchacho le estiro la mano mientras se presentaba -Miguel.

-Gabriel- le devolvió el apretón, y fue solo un segundo, un segundo en que el apretón se tardó más de lo necesario, en el que el calor de las miradas fue cómplice de lo que ambos descubrieron en ellas. Gabriel estaba más que acostumbrado a leer entre líneas, pero por más que intentaba no podía encontrarlo atractivo. Era guapo, incluso más guapo que algunos con los que pasara un roce rápido en alguna discoteca. No supo por qué no le presto suficiente atención cuando estaba en el restaurante, se dijo a sí mismo que sería por el aire heterosexual que desprendía, pero allí, con la calidez de su mano entre la suya, lo supo. Él bateaba para ambos lados.

Le soltó la mano y regresó la vista al frente. Estaba cansado de ser él quien tenía que dar el primer paso siempre, pero hacia dos días había salido del closet con su familia, y todos lo apoyaron, eso le dio la fuerza necesaria para saberse lleno de orgullo. Atrás iban quedar los días de polvos rápidos y a escondidas. Todo había cambiado, él había cambiado, y sin tener ya que esconderse, sintió una extraña sensación hacia los que aún lo hacían, tristeza y empatía, todos desesperados buscando satisfacer sus deseos, a escondidas, por miedo, pero él ya no tenía miedo, entonces allí, sentado junto a su, anteriormente nueva conquista, se dijo que, si uno de ellos quería algo de él, se lo tenía que ganar.

El ayudante regreso a las bancas de adelante, un poco decepcionado, seguro creyendo que había fallado en su radar gay, y Gabriel se sintió un poco culpable, pero él ya había dado el paso, ya había saltado hacia la libertad, y con ello quería creer que se merecía algo mejor que un desfogue rápido.

A pesar del dolor en en el cuello, el trasero y la espalda, estaba entrando en un cómodo sueño, el frío había comenzado a acometer hacia un rato, y estaba calentito en su enorme chaqueta, era un abrigo enorme que le quedaba grande, de un cuero sintético que se caía a pedazos. Era de su hermano, cinco años mayor, que se la había regalado justo esa mañana, y le traía tantos recuerdos que no pudo decirle que no, también fue una especie de reconciliación. Un poco más adelante, cuando el sueño casi lo vencía, unos tres hombre hicieron parar la escalera, pero no se subieron. Movido por la curiosidad abrió los ojos y observó como uno de los hombres hablaba con el ayudante, otro con el chofer y el tercero se subió a revisar las pocas pertenencias que había en el vehículo. Llegó hasta la banca de Gabriel y movió su maleta para verificar si había algo debajo, era un hombre muy pequeño y moreno que le dedicó una mirada fría antes de bajar. El ayudante y el otro hombre hablaban de él. Casi dio un brinco al darse cuenta, ambos hablaban y lo miraban. Apartó la vista, incomodo, y sintió adrenalina cuando se agarró del pasa manos y se acomodó frente a él.

-¿Quién es usted? -le preguntó. Gabriel levantó la mirada, era un hombre tan alto que no cabía dentro del vehículo, así que se recostó en el espaldar de la banca del frente, tenía músculos y un cabello rubio casi blanco, al igual que su barba. El hombre tenía una profunda cicatriz en la cara, era intimidante, pero Gabriel pensó que le tenía más miedo a quien se la había hecho -¿De dónde viene? -hizo otra pregunta y Gabriel miró al ayudante, que asintió con la cabeza, asustado.

-De Medellín -anunció con la calma que lo caracterizaba.

-¿y para dónde va?

-Florencia -el hombre se cruzó de brazos y unas enormes venas se le marcaron, e irremediablemente pensó que era un hombre sexi.

-¿de paso o a quedarse? -Gabriel sintió un poco de calor en la cara, y si no hubiera sido por la mirada asustada del ayudante, hubiera tratado al hombre de sapo.

-Voy a quedarme -dijo con seguridad -Mi primo Axel trabaja en el hospital y me...

-Ah -lo interrumpió, y una sonrisa rara se le pintó en la cara -eres su primo, ¿Por qué no me avisó?

-¿Por qué habría de hacerlo? - Gabriel comenzaba a tener impaciencia. El hombre se rio sarcásticamente y levantó los brazos por sobre su cabeza, agarrándose de las vigas de madera horizontal y dejando al descubierto una pistola de cacha desgastada que tenía enpretinada entre el pantalón y la piel.

De inmediato e instintivamente el muchacho calculó todas las formas posibles para desarmar al hombre, sería como quitarle el petalo a una rosa. Gabriel reconoció de inmediato el tipo de persona que era, uno de eso que se creía que el rey del mundo por que el arma que portaba en la mano tenía más huevos que él, pero que en el fondo son unos cobardes. Pensó en la frase que leyó un día en un libro de Patrick Ness: "un cuchillo solo vale lo que vale quien lo empuña"

El hombre terminó de reír

-¿Qué por qué debió avisarme? ya lo descubrirás -le revolcó el cabello de una manera que pretendió ser tierna, como cuando acaricias a una mascota que no entiende que le dicen que se comporte, y él aguantó las ganas de quitarle la mano de un puñetazo. Se bajó de un salto y golpeó un par de veces la estructura de la escalera hasta que esta emprendió la marcha de nuevo. Los tres hombres se quedaron en la carretera, hablando entre ellos. Gabriel dejó escapar el aire que había guardado en los pulmones. En donde diablos me metí se dijo.

Un poco más allá, lo vio, más grande de lo que se había imaginado. El pueblo de Florencia parecía una mancha enorme en la montaña, con estructuras antiguas y la cúpula de la iglesia que sobresalía por encima de todo. Sintió un extraño escalofrío, sin saber que todas las personas con las que se encontraría allí le cambiarían la vida, y él a ellas.

Capítulo 2 2

A pesar del largo trayecto, del cansancio acumulado, el mareo y el hombre de la cicatriz; la pequeña pero intensa conversación con el ayudante, o más bien las miradas, y las tres acosadoras, Gabriel se sintió eufórico al sentir la suavidad del contacto de las llantas en en pavimento que anunciaba el inicio del pueblo. No era tan suave como lo esperaba, pero sí mucho mejor que la rústica carretera por la que acababa de pasar, con huecos y piedras que le tenían el cuerpo al borde del colapso.

Las casas a las afueras del pueblo eran, en efecto, lo que Gabriel esperaba:

Humildes, de techos bajos y pintorescas, un variopinto espectáculo de colores y amalgamas, perfectamente limpias y organizadas, en su mayoría. Algunas podían presumir el sueldo de sus dueños con grandes rejas y vidrios polarizados, fachadas impecables con pinturas de aceite y macetas de barro, pero otras no contaban con mas que la belleza artesanal de los patios adornados con hortensias, veraneras, caracuchos y orquídeas que le daban un aspecto cálido y bonito, todas perfectamente apostadas en macetas de ollas viejas, de botellas de plástico amarradas, guadua y alambre, decoradas con ímpetu o simplemente recicladas de inmediato después de ser desechadas.

Cuanto más avanzaba, más comercio comenzaba a vislumbrar, alguna pequeña tienda de barrio, o más bien de pueblo, negocio que no conocía para qué podrían servir pero que tenían anuncios colgando o pintados en las paredes. La escalera iba en subida, y cuando la pendiente terminó, llegó a una pequeña planada donde el camino se dividía en tres, por donde venían, otro derecho a ese por donde supuso continuaba la carretera principal hacia la Dorada, y a la izquierda la entrada del pueblo. El vehículo volteó y comenzó a descender, se detuvo frente a una tienda y comenzó a descargas unos cuantos bultos y cajas. El ayudante le dedicó apenas un par de miradas mientras bajaba los artículos. Gabriel comenzó a sentir un vació escocerse en el fondo de su estómago, sintió náuseas y no por el mareo, sino por el terror que comenzó a invadirle. Era un lugar diferente, y una vida diferente, tenía que hacerlo, tenía que lograrlo, quería ver en los ojos de sus padres ese orgullo que veía en ellos cada vez que hablaban de su hermano, y nunca más la preocupación cuando hablaban de él. Se preguntó como le daría cara a su primo y a su tía, nos los veía hacía más de diez años, y no sabía como sería la relación con ellos, tal vez lo odiaran por lo que era... por lo que había sido, más bien por lo que iba intentar dejar de ser. La escalera siguió calle abajo, parando de vez en cuando para dejar algunos encargos o hablar con los tenderos. Gabriel recordó lo que le dijo su primo casi veinticuatro horas atrás por WhatsApp, así que saco su celular, y entrando al chat, leyó:

- Mira, Gabo, quédate en la escalera hasta que yo vaya por ti, el pueblo es pequeño, pero tiene muchas casas, si ves que tardo mucho, bájate y pregunta por la casa de Axel, Asegúrate que se den cuenta que eres mi primo, digamos que no confían mucho en los forasteros. Estoy ansioso de que nos reencontremos, no nos vemos desde que comíamos mocos y caíamos de los columpios. Nos vemos, primo.

Gabriel bloqueó la pantalla de su celular y se limitó a seguir observando el pueblo. ¿cuánto hacía que no pisaba suelo Florentino? ¿diez años? El mismo tiempo que llevaba sin ver a su primo y a su tía, ¿cómo lucirían ellos ahora? Lo único que recordaba de ellos era el tremendo cabello rubio de su primo, sus ojos azules y su sentido del humor. De su tía recordaba menos, lo único que le palpitaba en la mente era que cocinaba como toda una chef profesional.

Cuando la calle desembocó en el parque, Gabriel sintió un extraño cosquilleo en el estómago. Se esperaba menos, mucho menos. El parque era grande, con un una enorme plaza hecha con pequeños ladrillos insertados uno con otro con una meticulosidad impresionante, había un enorme árbol en el centro, rodeado de bancas y de un color naranja cremoso, en una de las esquinas había una estructura que Gabriel supuso serpia un kiosco o algo así. la plaza estaba cerrada por un pequeño muro que la rodeaba completamente, alrededor estaba la calle que le daba la vuelta completa, al otro lado de la calle, había decenas de tiendas, casas, carnicerías, incluso había un pequeño gimnasio, de esos que trabajan con tu propio peso, en conjunto, el parque era un inmenso cuadrado, con salidas en cada esquina, pero lo que más le llamó la atención, fue la inmensa iglesia, que se erguía orgullosa y que acaparaba todas las miradas. El atrio frente a ella tendría unos treinta metros cuadrados, supuso Gabriel, y sobresalía varios metros por encima de la calle, como una tarima a la que se podía acceder por una sarta fila de escaleras llenas de baldosas rojas con amplias separaciones.

Cuando la escalera se detuvo por completo, junto al kiosco, se quedó allí, viendo al chófer y al ayudante alejarse hacia una cafetería, entonces se dio cuenta

De que tenía demasiada hambre. Eran ya las cuatro de la tarde, no había almorzado y su desayuno había terminado sobre el piso de la escalera. El estómago le rugía, y los minutos pasaban y su primo no aparecía, jugó un poco en el celular y terminó de leer el capítulo de un libro, hasta que el chofer se acomodó perezoso en su haciendo dispuesto a continuar la ruta, y se vio obligado a bajar. Acomodó sus dos maletas y esperó cualquier señal de un cabello rubio revolotear por ahí, pero no había nada, así que se bajó de la escalera y lo primero que hizo al poner el primer pie en el pavimento, fue zambullirlo hasta el tobillo en un charco de agua sucia. Frustrado, y con su tenis blanco, ahora café, emprendió marcha hacia un pequeñísimo auto servicio. Cuando entró, tres de las cuatro personas le miraron.

- A la orden- le dijo la tendera, volviendo de nuevo la vista a su celular. A Gabriel le agrado en sobremanera que no fuera una "acosadora", entonces se aclaró la garganta.

-¿Podría decirme donde vive Axel Avendaño?- la chica, que no podría tener más de dieciséis, le dio un poco disimulado repaso al tiempo que le reclamaba:

-¿Quién lo busca?- Gabriel sintió el gusanito del sarcasmo hurgarle el estómago, a veces odiaba ser así, pero si no lo hacía se ahogaba con las palabras y le dolía el pecho.

-Yo- respondió al fin. La chica suspiró.

-¿Te envía alguien o ...?

-Soy su primo- le interrumpió, a estas alturas Gabriel hubiera preferido que fuera una "acosadora" y no una "entrometida" -mi nombre es Gabriel Avendaño- la chica asintió.

-Yo casi no hablo con su primo, pero siempre me he preguntado de donde carajos salió ese apellido- la paciencia de Gabriel comenzaba a encogerse.

-Nuestros abuelos eran extranjeros, supongo.

-¿Y de dónde eran?

-¿Me vas a decir donde diablos vive mi primo?- la chica levantó las manos en son de rendición, y luego señaló una casa al fondo.

-La tienda es de ellos, su casa está en el segundo piso- Gabriel volvió la vista y la vio.

-Gracias- soltó a regañadientes, y se dispuso a marcharse cuando la chica lo interrumpió.

-Entonces tu eres el chico nuevo que va a entrar al colegio- aseguró. Gabriel asintió -pues bienvenido, estaremos en el mismo salón, mi nombre es Camila- estrecharon las manos y Gabriel, valiéndose de su poderosa improvisación, salió aireado por completo en cuestión de minutos. Mientras caminaba por el parque se sintió asustado, nunca había sido "el nuevo" en ningún colegio, además hacia un par de años que había dejado de estudiar y según su experiencia en wattpad las cosas nunca salían bien el primer día. Sentirse extraño y desubicado no estaba entre sus experiencias favoritas.

Se subió a la acera, frente a la tienda, observando no sin sin cierta curiosidad los cientos de elementos perfectamente acomodados por todas partes. Avanzó unos pasos más y se halló dentro, uno poco intimidado por lo espacioso del lugar. Su tía era madre soltera, de ahí a que él y su primo Axel tuvieran el mismo apellido. Era una mujer emprendedora, valiente y directa, como él, y gracias a esfuerzo, sudor y sangre, logró acomodarse con una tiendita. Gabriel la recordaba, pero lo que se encontró allí no tenía ya nada que ver con aquel oscuro y pequeño lugar.

-Hola- le dijo al joven que jugaba con un yoyo tras el mostrador. Tenía el cabello negro y los ojos azules

Bonita combinación -pensó Gabriel -parece que no lo pasaré tan mal por aquí.

-A la orden- el chico reparó en él.

-¿Axel?- preguntó.

-¿Quién lo busca?- Gabriel se preguntó si todos en ese pueblo preguntaban siempre lo mismo. Pero el chico era atractivo, así que se acercó y le tendió la mano.

-Gabriel. Mi nombre es Gabriel Avendaño, soy el primo de Axel- el joven, entrado ya en los dieciséis o diecisiete años le estrechó la mano con cierta desconfianza.

-Ah. ¿qué tal? Yo soy empleado suyo. La señora Amelia está en su casa y Axel está en el hospital. La mera mención del lugar trajo a Gabriel un extraño hormigueo en el estómago, eran tantas emociones que a veces olvidaba por completo por qué de verdad estaba allí.

-¿Podrías llamarla?- le pidió al muchacho.

-sí, igual ya estoy a punto de salir y ella me va a remplazar- hizo una pausa en la que se aclaró la garganta -voy a salir con mi novia- Gabriel lo miró, y no era tonto, claro que no, y estuvo seguro de por qué el joven le contaba algo que, en otras circunstancias, estaba seguro que no haría.

-¿Sabes?- le dijo Gabriel mientras le guiñaba un ojo -no tienes que aparentar tener una novia para que me dé cuenta que eres heterosexual-trató de adivinar -No tienes de qué preocuparte, aunque no lo fueras no me fijaría en ti, no eres mi tipo- el chico abrió los ojos, y en vez de enfadarse o sorprenderse, soltó una pequeña risita.

-Gracias al cielo, nunca he sido bueno con los dobles sentidos- y al verse descubierto aclaró no sin cierto rubor en los pómulos -iré a llamar doña Amelia, es que ya me tengo que ir, a mi abuela le gusta que la acompañe a hacer un poco de compras, me da una manzana a cambio de que cargue todas las bolsas hasta la casa... Abuelas.

-Si... Abuelas- Gabriel reparó en el chico, era delgado y un poco fibroso por la adolescencia, pero dejaba ver un rastro de esa inmadurez tierna que lo conmovió un poco.

-¿Oye?- le dijo mientras salía de detrás del mostrador -¿siempre eres tan directo?- Gabriel meneó la cabeza.

-Defectos de fábrica, aunque suelo neutralizarlo cuando mi trasero corre peligro.

-Si, entiendo, como cuando estas desnudo en cuatro y en una cama y hay un negro detrás de ti- soltó el joven haciendo la mímica -nadie sería lo suficientemente estúpido como para hacerlo enojar- ahora fue Gabriel el que abrió los ojos.

-Espero que no siempre digas cosas como esas.

-Defectos de fábrica, ya sabes.

El joven desapareció por unas escaleras y Gabriel se quedó sólo y en silencio, con la maleta en el hombro y un nudo en el estómago debido a los nervios. ¿cómo sería su tía? Era la pregunta que más se hacía, no físicamente hablando, si no en su interior, su carácter ya no lo recordaba, pero había resquicios de los recuerdos del viento acariciando su rostro mientras ella lo levantaba en sus brazos y lo hacía volar, tan alto que casi podía alcanzar las nubes, eso recordaba. ¿cómo la habría tratado en tiempo? ¿sería igual que en aquellos recuerdos?

No pudo evitar que un hueco se hiciera en su pecho, ¿cómo es que había dejado pasar el tiempo? Hacía dos años que era mayor de edad, y aunque poseía una gran libertad económica, nunca había decidido darse una escapadita y visitar a su única tía y su único primo, pero no lo había hecho, se había encerrado en su pequeño e intocable mundo de una manera tan hermética que ni siquiera los viejos recuerdos lograron arrancarlo de las garras del pozo en el que se había hundido, y solo cuando aquel cascarón explotó, reparó en todos los años que había lanzado a la basura. Pero todo eso había acabado, y aunque las consecuencias de ello lo tuvieran allí, se prometió que aprovecharía esa oportunidad para salvar los abismos que, seguramente, el tiempo y la distancia habían hecho en la relación que tenía con su primo y su tía. Pero no pudo estar más equivocado cuando, sin darse cuenta, una mujer entrada en años se paró a sus espalda y le dijo:

-¿Gabriel?- él se giró lentamente, sintiendo el fuerte sonido de su corazón palpitar en sus oídos. Su tía tenía el cabello cobrizo, un rostro anguloso y un cuerpo que envidiarían hasta las mismas quinceañeras, pero Gabriel no pudo acaparar más impresiones de su anatomía ya que su tía, en menos de un segundo, recorrió los pocos pasos que los separaban y se aferró a él con brazos temblorosos, como un náufrago aún trozo de madera seguro de que le salvaría la vida. Gabriel le correspondió y se abrazó a su pequeña espada, reconociendo su cuerpo en fragmentos de recuerdos que pasaban fugaces pero que no se quedaban demasiado tiempo.

-Si, soy yo, ya estoy acá- su tía se separó y la fuerza de sus iris azules le hicieron sentirse de nuevo en casa, una mezcla de sensaciones cálidas y acogedoras. De repente todo el peso que tenía en el cuerpo se fue volando.

-¿Como ha ido el viaje?- le preguntó y Gabriel se encogió de hombros.

-La carretera está muy mal- la mujer asintió en silencio y se separó un poco para obtener de él una imagen de cuerpo completo.

-Pero mira nada más- su sonrisa socarrona le trajo más recuerdos que no lograba encajar -estas hecho todo un hombre. ¿cuántos acabas de cumplir? ¿diecinueve?

-Veinte- la corrigió -el tiempo pasa demasiado rápido.

-Si- reconoció ella -y eso que eras el menor de la familia- luego, dirigiéndose al joven empleado que acababa de bajar por las escaleras, le dijo: -cielo, ¿podías quedarte un momento mientras le sirvo el almuerzo a Gabriel? Debe estar hambriento- Gabriel asintió. El muchacho se encogió de hombros.

-Si... Ya qué.

-Vamos- le indicó Amelia a Gabriel comenzando a subir por las escaleras. Este la siguió no sin antes dirigirse hacia el joven y extenderle la mano.

-Fue un placer conocerte...

-Toreto - el joven le apretó la mano mientras se presentaba formalmente.

-No es cierto, su nombre es Irán- su tía intervino desde lo alto de las escaleras.

-Pero me gusta más Toreto- le replicó él y luego se dirigió a Gabriel, susurrándole -Toreto.

-En tus sueños.

-¿Acaso los sueños no se pueden volver realidad?- le replicó Irán con un puchero infantil.

-Espero que si- dijo Gabriel más bien para sí mismo a modo de despedida mientras arrastraba consigo su maleta dispuesto a seguir a su tía, y había subido unos cuantos escalones cuando escucho la voz de Irán en la tienda.

-Hola preciosa, en qué puedo ayudarte- Gabriel negó con la cabeza al ver que se dirigía a una señora entrada en los ochenta que curioseaba las estanterías.

-Es raro ¿no?- le dijo a su tía nomas haberla alcanzado en la sala -Irán- aclaró. Ella sintió.

-Si, es raro. Pero es muy honrado y bueno con los números- Gabriel reparó en lo amplio del lugar, con un par de muebles blandos y fotografías de toda la pequeña familia colgadas por todas partes. Gabriel se quedó ensimismado en una en particular. Un niño de unos tres años, de cabello castaño y ondulado que le caía un poco por la frente, de ojos azules y largas pestañas sonreía a la cámara de una manera inocente y tierna mientras sostenía un pequeño gatito que se había quedado dormido en su regazo.

-¿Sabes?- le dijo a su tía mientras le daba la espalda -todos estos años creí recordar que Axel tenía el cabello rubio.

-Y lo tiene- le contestó esta apretándole el hombro -él es Tomás.

-¿y Tomás es?

-El hijo de Axel, Gabriel, ¿no lo sabías?- él negó con la cabeza.

-Nunca me lo dijeron- luego suspiró -o tal vez nunca presté atención. Nunca me ha gustado hablar con mi familia en la cena.

-¿Y eso por qué?- se interesó su tía y ahora Gabriel le miró a los ojos, mientras suspiraba supuso que si Irán había dicho aquello de la "novia" era porque sabía que él era homosexual y quería imponer distancia, y si él lo sabía, caro que se lo había contado su tía.

-Supongo que tú sabes muy bien mi situación- afirmó y su tía asintió en silencio -bien, odiaba las charlas familiares al final del día porque mamá y papá siempre preguntaban cosas como: ¿y qué tal te pareció la nueva vecina? O ¿cuándo vas a presentarnos alguna novia tuya? ya va siendo hora- su tía de nuevo asintió en silencio -al final acabé por ignorarles y ellos por no incluirme en la charla. Supongo que un día de esos habrán comentado lo de Tomás, pero yo estaba demasiado ocupado en no cometer un error que desvelara mi secreto- la mujer lo tomó de la mano y lo guio hasta la cocina, donde lo situó en la cabecera de una pequeña mesa. Ella se sentó en frente y le habló:

-Hable con tu madre ayer, y ella me lo contó todo. No creas que nosotros te daremos la espalda, nunca, y no solo por quién eres sino también por lo que hacías. Axel y yo hablamos anoche, y no podemos estar más contentos de tenerte aquí con nosotros.

Gabriel suspiró, se limpió con el dorso de la mano una lágrima fugaz y de nuevo pensó en porqué se había callado por tantos años.

Capítulo 3 3

El almuerzo le volvió a la vida poco a poco, ni siquiera se había dado cuenta de que estaba mareado y débil hasta que terminó el sancocho de pollo que su tía, con tanto esmero, le había preparado. Se tomó cada segundo para degustar el cilantro y las papas criollas que estaban en su punto de textura, y cuando terminó, se reclinó en la silla y respiró aliviado, las cosas no iban saliendo tan mal como pensó.

Su tía se había ido a remplazar a Israel en la tienda y después de dejar los platos lavados y secos en su respectivo lugar Gabriel se sintió incómodo, sin saber qué hacer y sin atreverse a tocar nada.

La casa era aparentemente grande, ocupando todo el espacio en la esquina del parque, se accedía a ella por unas escaleras rectas que daban directamente a la calle, o por una escalera de caracol junto a esta que llevaba hasta el interior de la tienda. Se accedía directamente a la sala, que tenía muebles de cuero y un televisor pantalla plana tan grande que Gabriel pensó que las telenovelas se deberían ver en tamaño real. Las paredes, de un blanco cremoso, estaban llenas de fotos familiares y decoraciones aleatorias. En la sala había una enorme ventana que daba al parque. Al lado izquierdo estaba la cocina, y a la derecha una habitación que tenía la puerta cerrada, al fondo, había unas escaleras anchas con una puerta de seguridad que permitían subir al tercer piso.

Se volvió entonces hacia la ventana y se limitó a observar la plaza principal recostado en el marco. El sol comenzaba a desaparecer, y la plaza contenía una barahúnda de personas que se deslizaban por las aceras con la confianza que les da conocerlas desde siempre, cada bache y cada pequeño retoño de pasto que se colaba en el asfalto roto.

El parque, en sí, formaba un inmenso cuadrado, lleno de tiendas y almacenes de ropa. Tenía cuatro calles que desembocaban en cada esquina del cuadrado y que se perdían a su vista por los techos de las cazas que se alzaban, unos más altos que otros, sobre todo. Gabriel no pudo evitar compararlos con piezas de dominó. Luego estaba la iglesia, tan imponente, tan grande en comparación con las casas que la rodeaban, tenía dos torres que terminaban en dos cúpulas y una inmensa virgen en medio, con una corona de doce estrellas y las manos elevadas hacia el cielo. Gabriel miró la iglesia de nuevo y se preguntó cuánto tiempo habrían tardado en construirla.

- A veces brilla- susurró su tía a su espalda y le hizo dar un respingo. Gabriel se volvió y la encaró.

- ¿Qué? - le preguntó. La mujer avanzo hasta la ventana y se colocó a su lado.

-La corona de la virgen. A veces brilla.

- ¿Hay alguna bombilla? - preguntó, sin tenerlas del todo con sigo, pero su tía negó.

-Sólo brilla, nadie sabe por qué, tal vez sea un reflejo del sol, o tal vez una señal divina, aunque hay muchas teorías del por qué lo hace.

- ¿Y qué clase de teorías dicen? - preguntó Gabriel comenzando a interesarse.

-Unos dicen que son cosas buenas que están por venir- comenzó a enumerar su tía -otros que son malas. Otros dicen que es cada vez que le concede un milagro al alguien del pueblo. Otros simplemente piensan que es mentira porque no la han visto.

- ¿Tú la has visto? - preguntó Gabriel, y su tía sintió.

-Sólo una vez, cuando eras niño- lo miró a los ojos -estábamos en ésta misma ventana, yo te tenía en mis brazos y te mostraba un avión. Pero tú estabas más interesado en comerte mi cabello- recordó con una sonrisa -y de repente ahí estaba, brillando.

- ¿Y a qué teoría le apuestas? - le preguntó con una sonrisa en los labios al imaginarse la escena, pero la de su tía se borró.

-Esa noche mataron al papá de Axel. Yo ya no lo quería, ni siquiera quiso darle su apellido, pero... aunque trato de creer que significa algo bueno.

-Entiendo- le cortó Gabriel, sintiendo que comenzaba a meterse en un terreno peligroso. Su tía se alejó de la ventana y él le dedicó una última mirada a la virgen antes de seguirla.

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La puerta de su nueva habitación se le antojó desconocida y misteriosa. Tenía una enorme "T" pintada en la madera que anunciaba el nombre de su antiguo dueño, y Gabriel sintió una extraña mescla de remordimiento y nervios.

Su tía había salido a traer a Tomás, que estaba donde su abuela materna, y le dejó dicho en qué habitación pasaría el resto del año, pero Gabriel no se había armado del valor suficiente para abrirla. Estúpidamente se sentía poco preparado. Entrar al pueblo y a la casa de su tía parecía una simple visita, algo superficial y poco personal. Pero entrar al cuarto que sería suyo le hacía sentir la realidad que se cernía sobre él, una realidad que le obligaba a quedarse en un lugar en donde no quería estar, y enfrentar cosas que no quería enfrentar.

Afín pudo abrir la puerta, y una ola de olor a perfume de bebé lo hizo sentir, extrañamente, cómodo. La oscuridad se tamizaba por todo el recinto, pero incluso entes de encender la luz, Gabriel supo lo que iba a encontrar, y no se equivocó cuando lo hizo. Una cama pequeña y estrecha, pero lo suficientemente amplia para una persona, un pequeño nochero de color marrón manchado de pintura y un armario con la puerta rota. Nada más. Gabriel se sintió extrañamente cómodo, admirado por la simple pero acogedora imagen que le ofrecía el cuarto, y sintió, sin lugar a dudas, que aquel seria su pequeño escondite; que las paredes serían sus cómplices y la oscuridad su confidente.

Apagó la luz, se sentó en la cama y lloró.

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La noche ya había velado la faz del pueblo con una pátina brumosa y espesa de oscuridad cuando Gabriel abrió los ojos, y por un segundo se sintió desubicado y perdido, una sensación a la que ya estaba acostumbrado y de la cual quería desprenderse como mantequilla en cuchara caliente. Se incorporó despacio hasta que, perezosamente, logró alcanzar el interruptor y accionarlo. La luz cegadora de la bombilla lo obligó a tener que cerrar los ojos un momento para acostumbrase. Se sentó en la cama y luego, después de recuperar las fuerzas, salió al pasillo y se encontró con que no estaba en tinieblas como se lo esperaba, ya que las luces del pueblo lo inundaban todo.

Bajó las escaleras, se sirvió un vaso de agua y se comió un pedazo de pan que encontró por ahí, pero luego se halló sin nada más que hacer. Estaba cansado, pero no quería dormir.

El reloj marcaba las diez de la noche cuando decidió sentarse en el sofá y encender la televisión, pero no encontró nunca el control remoto. Buscó bajo el sillón, tras los cojines y entre todos los papeles que había en la mesita del centro, hasta terminar exasperado y tendido en el piso.

Se dedicaba a leer una de las revistas que tenía allí su tía cuando una idea, fugaz y tentadora, cruzó como un efímero suspiro por su cabeza. Observó la puerta con detenimiento, como si pudiera ver lo que había allí afuera tan solo con mirarla fijamente. Casi inconscientemente su cuerpo se puso de pie, dejando caer la revista al piso y avanzando con pasos suaves, casi tímidos, hasta el umbral. Cuando estuvo a la altura de la puerta pensó que sería una buena idea salir a pasear por ahí, y de paso conocer amigos que lo pudieran acompañar al día siguiente en su primer día de colegio, y así no sentirse tan solo.

Fue cuando giro la perilla y salió a la calle que se dio cuenta que algo estaba mal, que algo debería estar mal. El silencio que impregnaba todo era espeso y pegajoso, la soledad que reinaba en las calles era abrumadora y el frio que le calaba hasta la medula no era normal. Se tragó los nervios que le bajaron como gato en reversa y pensó que tal vez la gente allí se acostaba demasiado temprano. Avanzó unos metros observando a su alrededor, pero todo estaba completamente cerrado, y de no ser por los tres hombres que Gabriel vio que se acercaban, hubiera pensado que estaba en un pueblo fantasma.

Se preparó para el encuentro, se peinó un poco y dejó de abrazarse así mismo. Cuando los tres chicos ya estaban lo bastante cerca, Gabriel los observó, y detalló justo el que venía en medio, ya que resaltaba, claro que resaltaba. Sus seguros uno ochenta se movían con decisión, cada paso traía consigo una fuerza medida, todo él desprendía un aire misterioso y atrayente, incluso su cabello negro que bajaba, suelto y libre, hasta la altura de sus hombros, se movía con una vida propia, danzando una melodía inexistente. Ni siquiera tuvo tiempo de planear como los iba a saludar, y así lo hubiera tenido no hubiera servido de nada, ya que, cuando estuvieron a su altura, fue el hombre extraño el que hablo.

-Miren nada más lo que tenemos aquí¬- su voz tenía un matiz que a Gabriel le calentó el rostro. El hombre se limpió algo inexistente de la comisura del labio y habló ahora mirando a Gabriel - ¿acaso estas perdido? - los otros dos lo rodearon y Gabriel negó con vehemencia, con las palabras enredadas en la lengua, ¿Cómo iba a hacer amistades nuevas si comenzaba con el pie izquierdo? Luego observó a los otros dos, de cabello castaño y labios grandes, parecían gemelos.

- ¿Entonces? - continuó uno de los gemelos - ¿si no estás perdido qué haces aquí, rompiendo las reglas? - Gabriel no contestó a eso, se quedó observando como comenzaban a rodearlo, como cuando buitres esperan a que muera un animal para comerlo.

-Hemos hecho muy bien nuestro trabajo últimamente- habló de nuevo el hombre de cabello largo, Gabriel pensó que era atractivo y sexi, y no podía superar los veinticinco, pero no le gustaba para nada el tono que llevaba esa conversación -nadie ha querido romper las reglas y hemos estado muy aburridos- todos rieron, y Gabriel comprendió por donde iba la cosa, así que apretó los puños y se obligó a sonreír de la manera más cínica que le fue posible.

-Oigan- les dijo –no soy amante a las orgias, pero si me dan un segundo puedo llamar a un amigo que podrá con todos a la vez- todo se fue a la mierda en un segundo, y Gabriel lo supo cuando el hombre de cabello largo, de un par de zancadas, lo sujetó por el cuello y lo hizo avanzar hasta que su espalda golpeó la pared, luego lo miró directo a los, ojos.

-No, nada de eso, a nosotros nos gusta jugar de otra manera- le dijo, y Gabriel contestó de inmediato.

-¿Uno por uno? – apuró con el sarcasmo que le daba la seguridad de saber que podría con los tres en un par de segundos. El hombre sonrió y se dirigió a sus amigos.

- ¿Qué le diremos al comandante? – uno de los gemelos contestó.

- Que encontramos a un forastero rompiendo el toque de queda- y el otro terminó por él.

- Que se puso agresivo y tuvimos que aplicarle un correctivo- el hombre se acercó más a Gabriel y le susurró al oído:

- Así me gusta a mí - el puño que le propinó aquel hombre en un costado fue como una puñalada atravesando todo su torso, llegó y se desvaneció en un instante y le resultó tan familiar que no pudo evitar que una sonrisa escapara de sus labios.

-¿Crees que eso es un golpe? - le dijo Gabriel y levantó la mano tan rápido que nadie, ni los mejores en sus mejores tiempos habían logrado evitar, y con la palma abierta golpeó la nariz del pelinegro. El joven retrocedió y un borbotón de sangre le salió de las fosas nasales, abrió los ojos asustado y se quedó ahí parado. Uno de los gemelos le lanzó un patético puño a la mandíbula y él logró sostenerle la mano entre el brazo y la axila, levantó la pierna y golpeó el torso, no lo hizo con la fuerza necesaria como para romperle una costilla, pero estaba seguro que le dolería. Cuando el muchacho se alejó, quejándose, el otro lo agarró por el cuello y lo apretó en una llave que estaba medianamente bien implementada. Gabriel tubo el tiempo suficiente para pensar en cuál de las diez maneras de soltarse le parecía mejor, tal vez le apretaría la muñeca en el nervio y al voltearla le patearía al cuello.

- Aprenderás por las buenas que hay que obedecer- le dijo el joven desde atrás, y el aliento le olía a café. De repente, la presión en su cuello se desvaneció, y el cuerpo del hombre fue alejado de él como arrancado por la fuerza de un huracán. Observó su cuerpo caer desparramado por todo el pavimento y luego una espalda que se interponía entre él y los tres hombres.

-Él viene conmigo- dijo el recién llegado con una voz fuerte y autoritaria. Gabriel no reconoció la voz, ni mucho menos la espalda, pero ese cabello podría reconocerlo en cualquier parte, aunque hubieran pasado mil años.

-Tu siempre tan impertinente, Axel, ¿acaso no ves que solo estábamos jugando? - le dijo el hombre del cabello largo, se había quitado la camisa para limpiarse la sangre, Gabriel vio que tenía un torso musculoso y lampiño y estaba sereno, pero a la defensiva, como si le tuviera a Axel el miedo más absoluto.

-No me gustan esos juegos, te lo he dicho.

-Es mi deber hacer cumplir las reglas- le anunció el hombre peinándose el cabello.

- Pero no tienes que golpear a todo el mundo para eso- Gabriel, al igual que los gemelos, sintió que sobraba en esa conversación.

-Maoy sabrá de esto- amenazó el hombre a Axel apuntándole con el dedo, pero él solo se encogió de hombros.

- No le tengo miedo a Maoy – el hombre se fue, cabizbajo, y seguido por los gemelos.

Axel se volvió entonces hacia Gabriel, y la rabia que le imprimieron sus ojos azules le hicieron sentir apenado y triste. Había planeado mil veces en su mente ese rencuentro y había sido de las peores experiencias que había vivido, hasta ahora. Su primo lo tomo del antebrazo con una fuerza que le pareció abrumadora y lo condujo hasta la puerta de la casa, casi arrastrándolo, nunca había visto a nadie que lograra menearlo de esa manera, pero Gabriel se dejó arrastrar. Cuando se hallaron adentro el rubio cerró de un portazo y se dirigió a Gabriel.

- ¡¿En qué diablos estabas pensando?¡- le gritó, y Gabriel se vio incapaz de contestar, ¿Quién era el hombre que tenía en frente? Definitivamente no era el primo que recordaba; estaba más alto, sus músculos sobresalían por toda la camisa que traía. Ya no era un niño, a pesar de que sus ojos azules y su cabello rubio intenso seguían iguales, ya no era el mismo primo sobre protector que recordaba, ese que destapaba los frascos porque tenía más fuerza, o el que se pasaba horas contándole qué se sentía subir a los juegos mecánicos a los que él aun no podía por pequeño, de ese niño parecía que ya no había nada, o al menos no por el momento.

- Lo siento- fue lo único que pudo musitar Gabriel, pero la disculpa pareció enfurecer más a su primo.

- ¿Lo siento? ¿es todo lo que vas a decir?, ¿es que no sabes en el problema en que te has metido?, acabas de romper una de las reglas más importantes de este pueblo, los tres estúpidos esos de allá afuera la van a tomar contra ti.

-Sé defenderme solo- le interrumpió ya comenzando a alterarse también.

- Claro -su primo estaba rojo -Viniste aquí con la intención de cambiar, de dejar tu antigua vida en el pasado, y ni siquiera ha pasado una hora y ya estas golpeando gente -

- Yo ni siquiera sabía que había toque de queda, nadie me lo dijo- siguió defendiéndose en vano -a demás ellos me atacaron primero.

- Por eso tenías que esperarme aquí, por eso te dije que no llamaras mucho la atención.

- ¡Pues perdón! – fue ahora Gabriel quien gritó – para empezar yo ni siquiera quería venir aquí- Axel parecía dolido, dio un paso atrás y lo miró a los ojos.

- Si, lo sé- le dijo, con una calma dolorosa – no tienes que recordarme que estas aquí porque te obligaron y no porque querías vernos - Gabriel le apartó la mirada.

- No me juzgues por eso.

¬-Sí que lo hago, porque te olvidaste de nosotros, de tu familia, y te encerraste en ese mundo donde no permitías que nadie entrara, ¿acaso no sabes cuantas veces traté de localizarte? ¿cuántas noches en vela pasamos cuando te desaparecías todo un fin de semana temiendo encontrar tu fotografía la mañana siguiente en los obituarios? Hace años no hablamos, pero siempre estuvimos pendiente de ti y ahora vienes y me dices que estas aquí porque te obligaron, eso no es para nada amable- Gabriel no pudo evitar una lagrima fugaz, y luego otra.

-Tienes razón- admitió –soy un imbécil- cerró los ojos y evitó que el nudo que se hacía en su garganta lo ahogara -de verdad quiero cambiar -miró a su primo que tenía las manos como jarras -ayudame -soltó un sollozo, esta vez si iba a llorar todo lo que le había hecho falta, sintió los brazos de Axel apretarlo con fuerza en un caluroso abrazo.

-Sí, lo sé, pero ya cállate – le dijo al tiempo que lo abrazaba con más fuerza. Gabriel lloró un rato, y sintió ahora si de verdad como mucha tensión se iba, después de un rato, cuando se había calmado su primo le revolvió el cabello – me has hecho mucha falta, enano, aunque hayan pasado años.

-Y tú a mí, gigantón- contestó, y sintió como se salvaba un gran abismo.

Esa noche, cuando Gabriel recostó su cabeza en la almohada, libre de una tención que no sabía que tenía, se preguntó por qué el destino lo habría traído hasta allí, qué razón tendría la vida para ponerlo en ese camino, y se quedó dormido sin saber la solución a ese enigma, pero en todo el mundo solo existía un ser que conocía la respuesta a esa pregunta.

Esa noche la corona de la virgen brilló, pero nadie la vio.

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