Escribo estas que quizá sean mis últimas letras. Ahora que todo es silencio, ahora que la oscuridad me acecha, ahora que el miedo me abraza y que mi final se aproxima. En esta, mi hora más oscura, escribo mis últimas letras. Él está aquí, no lo veo pero lo puedo sentir. Su oscura aura me rodea, su nefasta energía me asfixia. Ha venido a por mí, ha venido a reclamar lo que es suyo. Nada lo detendrá, nada en este mundo es lo suficientemente fuerte para enfrentársele, ya nada puede salvarme.
Las lágrimas inundan mis ojos, son lágrimas de tristeza, por lo que dejo atrás, mi familia, mi amado hijo; también son lágrimas de resignación y de impotencia. Mi destino está claro, ya nada lo puede detener. Él está aquí mismo, está al otro lado de la puerta, su hedor apesta.
Escribo estas mis últimas letras como advertencia para todos ustedes. Hay cosas que no podemos ver pero que están allí, ojos malvados que nos asechan desde la oscuridad, oscuras voluntades que nos odian, espíritus malignos que nos manipulan. ¡Cuidado! Ellos están esperando que nosotros le abramos una puerta, puerta que después de abierta nada la cerrará y será nuestra perdición. Les digo a todos ustedes: El infierno es real, lo he visto. He visto a las almas ser castigadas por demonios horrorosos y ser carcomidas por el fuego mientras que con gritos desesperantes piden piedad y clemencia. Aquel horrible sitio es mi destino, ya nada puede salvarme. Él está aquí, ha venido por mí, ha venido a reclamar lo que es suyo, mi alma.
Ahora les cuento algo sobre mí. El dinero siempre fue un problema en mi familia, durante mi infancia pasé muchas necesidades. Si desayunábamos no había para el almuerzo y si almorzábamos no había para la cena. Mi padre era un humilde albañil, ayudante de obra, por lo cual ganaba muy poco dinero. Siempre lo recuerdo como un hombre violento, misógino y alcohólico. Mi madre era ama de casa, una mujer callada y muy devota. Siempre desde pequeño me llevó junto a mis dos hermanas a la iglesia, según ella le debíamos dar gracias a su Dios por todo lo que nos daba. Siempre me pregunté ¿Por qué mi madre era tan devota y por qué seguía teniendo tanta fe a pesar de la vida que le daba mi padre? El cual, en sus frecuentes borracheras muchas veces llegaba a casa y la emprendía contra mi madre. Yo, junto a mis dos pequeñas hermanas me refugiaba en un viejo armario esperando a que la golpiza acabara y que ese monstruo al que yo llamaba papá se durmiera. Cuando ya el alboroto acababa, salía de aquel viejo armario junto con mis dos pequeñas hermanas y veía como mi madre, con la cara aun ensangrentada le prendía veladoras a una imagen religiosa, se arrodillaba y oraba. Después, al otro día, mi madre aun con las marcas de la golpiza se levantaba temprano y le preparaba el desayuno a mi padre, como si nada hubiera pasado. Aquella actitud de mi madre nunca la entendí. Nunca entendí porque a pesar de la vida tan espantosa y miserable que nos daba mi padre, ella seguía creyendo en un Dios que según ella nos amaba a todos por igual. A medida que fui creciendo mi desamor hacia mi padre y hacia la religión creció a la par conmigo. Sin saber cómo, en mi interior se desarrolló un resentimiento por las cosas religiosas. Si bien seguía yendo a la iglesia acompañando a mi madre y a mis dos hermanas, lo hacía para darle gusto a ella y nada más, en realidad no creía en la existencia de un Dios y si existía creía que aquel ser supremos nos odiaba, a mi madre, a mis hermanas y por supuesto a mí.
Ahora que mi final se aproxima me pregunto ¿Cómo pude ser tan estúpido? La respuesta es fácil, era un chico incrédulo y ambicioso.
Todo comenzó hace exactamente siete años. Yo era un joven de 17 años, apenas había salido del colegio. Mi familia como lo dije antes era muy humilde así que mi padre no contaba con el dinero suficiente para enviarme a la universidad. Por esos días Salí a la calle para buscar un empleo, mi meta era que con el poco dinero que me pagaran, por fin salir de aquel infierno llamado hogar. Pero todos los esfuerzos que hice para conseguir un trabajo fueron un fracaso. En ningún sitio se arriesgaban a darle empleo a un joven sin experiencia como yo. Así que la única opción que me quedaba era aceptar la oferta que me hizo mi padre. Días atrás, aquel monstruo me había dicho que fuera a trabajar a las obras con él, que su jefe estaba necesitando gente para trabajar como albañiles, también me dijo que no iba a tolerar y a mantener a vagos en su casa, que todo era simple y se resumía en una sola cosa, o trabajaba con él o me iba de su casa. La sola idea de trabajar con él me producía un escalofrío en todo el cuerpo, pero dada la situación y al ver que había fracasado en mi intento de conseguir empleo, la idea estaba rondando mi mente y pese a no querer hacerlo, tarde que temprano tendría que aceptar la oferta de mi padre.
Uno de aquellos días, estando en la casa, mi madre me pidió que la acompañara a la casa del abuelo. A pesar que la idea de visitar a aquel hombre no era muy alentadora, accedí a acompañarla. Así que junto a mi madre y también mis dos hermanas partimos a visitar a ese hombre que se decía llamar mi abuelo. El padre de mi madre, después de la muerte de la abuela había dejado su casa de la ciudad y se había trasteado a una pequeña casa finca en las afueras de la misma. Desde que era pequeño, nunca me gustó visitar al abuelo. Siempre me pareció un hombre raro y extraño, no sé por qué pero siempre me inspiró desconfianza. El abuelo era un hombre mayor, con algunas canas en su pelo y que se le notaba la edad por supuesto pero siempre estaba bien vestido y era muy pulcro. La curiosidad era que siempre vestía de negro, aquello era muy raro pues jamás recuerdo a ese hombre vestido de un color diferente al negro. Este hombre nunca estuvo involucrado en la vida de mi familia. Jamás estuvo presente en cumpleaños, primeras comuniones y tampoco en mi graduación, de hecho nunca recuerdo que nos visitara en nuestra casa, las pocas veces que lo veía era porque mi madre nos llevaba a su casa a verlo. Cuando llegábamos a su casa siempre lo encontrábamos de la misma manera, sentado en la sala leyendo un libro. Era un hombre frio y lo reflejaba tanto en su saludo como en su forma de mirarnos. Aquella mirada siempre me produjo algún tipo de miedo pues cada vez que me miraba con esos grandes y escrutadores ojos negros, a través de mi cuerpo se reproducían escalofríos que no podía controlar ni tampoco explicar. Esta casa en donde vivía mi abuelo era una casa sencilla, pero siempre limpia y bien arreglada. Era pequeña, contaba con una sala que estaba decorada con muebles viejos y antiguas lámparas, de las paredes colgaban extrañas pinturas, lo que me parecía raro era que en aquella casa no hubiera ninguna imagen religiosa, dado que mi madre era tan creyente supuse que el abuelo lo fuera también. En aquella casa había una sola habitación, la cocina el baño y por supuesto la biblioteca que valga decir era el único sitio de la casa finca que era vedado para todos. Aquella habitación donde se encontraba la biblioteca se encontraba cerrada con llave y el único que podía entrar era el propio abuelo, jamás nos permitió entrar a su biblioteca. Una vez aun pequeño le pregunté porque no podía entrar a su biblioteca y el me respondió de forma parca como siempre, que allí en esa habitación se encontraba su mayor tesoro. Si bien no entendí a lo que se refería, jamás volví a tocar el tema, aunque siempre me produjo curiosidad entrar a esa habitación.
Aquella tarde como siempre encontramos al viejo sentado en su sala leyendo uno de sus libros, como era usual estaba vestido con un pantalón negro bien planchado, sus zapatos también eran negros por supuesto, bien embetunados y tenía un suéter del mismo color del pantalón, negro. Aquella tarde mi madre insistió en prepararle algo al abuelo en su cocina, a lo que el viejo después de mucho insistirle accedió no sin antes advertirle a mi madre que no habían muchos alimentos disponibles en la casa, mi madre finalmente convenció al abuelo a salir a comprar lo que faltaba para preparar la cena. Así de este modo el abuelo y mi madre salieron dejándonos solos en la casa a mis dos hermanas y a mí.
En aquella casa no había mucho que hacer así que me senté en el sofá de la sala a ver televisión junto a mis dos hermanas, pero por alguna extraña razón que aún no puedo explicar no podía dejar de dirigir la mirada hacia la puerta de la biblioteca del abuelo. Un magnetismo extraño hacia que cada cinco segundos mi mirada se dirigiese hacia la puerta de aquella habitación que hacía las veces de biblioteca. Estando sentado en ese sillón viendo la televisión una lucha interior surgió en mí. Una oleada de curiosidad me invadió, fue como si alguien o algo me hablara al oído diciéndome que me parara de aquel sillón y fuera a aquella biblioteca, aquella sensación de ansiedad aun en estos días no la puedo explicar. Por otro lado algo en mi interior me prevenía diciéndome que me quedara sentado, que si mi abuelo no me dejaba entrar a su biblioteca era por algo. Después de mucho pensarlo decidí que lo más correcto era seguir sentado en aquel viejo sillón viendo la tele en aquel televisor también viejo. Pasaron alrededor de quince minutos cuando lo juro por mi vida que escuché clarito que alguien llamaba a mi nombre en un susurro <
Aquella era una pequeña habitación mal iluminada. Tenía una ventana pero esta estaba cubierta por una cortina negra. A tientas busqué en la pared el encendedor de la luz y lo encontré. Cuando la lámpara del techo iluminó aquella habitación me di cuenta que allí no había nadie, el lugar estaba vacío. Pero algo extraño pasaba en esa habitación que a diferencia del resto de la casa, esta habitación en especial era más fría.
Miré hacia atrás y vi a mis dos hermanas entretenidas viendo la tele, no se habían dado cuenta que había abierto la puerta y estaba dentro de la biblioteca, que hasta entonces estaba vedada para nosotros. Con cuidado cerré la puerta a mis espaldas quedando solo y en silencio en aquella extraña y fría habitación. Aquella biblioteca era pequeña, las paredes eran blancas y de ellas colgaban otros cuadros con extraños dibujos que no pude identificar. En el centro de aquella habitación estaba una mesa y su respectivo asiento y sobre la mesa una lámpara antigua, claramente era allí donde el abuelo se sentaba a leer en las noches bajo la luz de aquella vieja lámpara. Recostado sobre una de las paredes estaba ubicado un estante que abarcaba toda la pared. Aquel estante estaba repleto de libros, pero no estaban apelmazados uno sobre otro, no, estaban cuidadosamente puestos y organizados. Me acerqué para ver más de cerca estos libros, a ver si conocía alguno de ellos pero me sorprendió que estos libros tenían títulos extraños, títulos que jamás en la vida había escuchado. Recorrí todo el estante y saqué varios libros para darles una ojeada. Me sorprendió que estos libros aunque viejos estaban perfectamente cuidados, estaban libres de polvo y sus letras eran legibles. A muchos de estos libros los saqué y les di unas ojeadas, pero lo temas que allí se trataban eran extraños y desconocidos para mí, además de los títulos de los mismos, también los dibujos y graficas que en ellos estaban eran extraños, además que la gran mayoría estaban escritos en otro idioma, en latín. Ahora después de mucho tiempo entiendo que esos libros eran de ocultismo, paganismo y satanismo. Entendiendo que ya había pasado mucho tiempo en aquella biblioteca y que quizá el abuelo y madre estaban por regresar me dispuse a salir de aquella fría habitación. Traté de organizar los libros para dejarlos tal y como estaban al principio para que así el abuelo no sospechase que alguien había entrado a su biblioteca personal, cuando de pronto algo llamó la atención de mis ojos. Oculto entre aquellos libros estaba un pequeño libro que a diferencia de los demás que estaban bien cuidados, este estaba en muy mal estado. Lo saqué y me di cuenta que era antiguo, muy antiguo. La pasta estaba desgastada y casi no se leía su título, tuve que hacer un esfuerzo mayúsculo para leer la letra casi ilegible. El título de aquel viejo y maltratado libro era "TENEBRARUM". Desestimando el peligro que representaba el seguir dentro de aquella habitación, me senté en el asiento y puse el libro sobre la mesa, encendí la lámpara y me dispuse a ojearlo, lo que encontré allí me sorprendió. Aquel libro, como dije antes era muy antiguo, no solo la pasta estaba desgastada, también sus páginas que ya tomaban un color amarillento, muchas de las letras allí escritas se habían perdido, otras eran prácticamente ilegibles. Para sorpresa mía, a diferencia de los demás libros que había ojeado, este libro estaba escrito en nuestro idioma. Si bien muchas páginas habían sido arrancadas y otras estaban en tan mal estado que eran ilegibles, había títulos extraños, títulos que hablaban de ritos antiguos, de magia negra y de hechicería. Otra cosa que me causó gran impacto fueron los dibujos. Demonios, pentagramas, calaveras y actos sexuales entre hombres y mujeres, todos pobremente dibujados. Al ver aquellos dibujos de esos demonios espantosos me entró un miedo genuino, así que cerré aquel libro extraño, me paré del asiento y me dirigí hacia el estante para devolverlo a su sitio original. Estaba por colocarlo de nuevo en su sitio cuando una fuerza extraña se apoderó de mí, una fuerza que impedía que devolviera el libro a su lugar en el estante, una fuerza que doblegaba mi voluntad. Sin saber cómo ni porqué, escondí aquel libro en mi ropa, revisé que todo estuviera en su sitio y salí de la habitación, dejando aquella biblioteca a mis espaldas. En la sala mis hermanas seguían viendo la tele, al parecer no habían notado mi ausencia. Mi madre y el abuelo llegaron minutos después. Las cosas siguieron normales durante el resto de aquel día. Mi madre preparó la cena que todos comimos con gusto, aunque a mí, una fatiga me inundaba el estómago, sentía como aquel libro me quemaba, pero traté de disimular para que el abuelo ni los otros se dieran cuenta. Al finalizar la tarde nos despedimos del abuelo y partimos rumbo a nuestra casa. Apenas crucé esa puerta y salí a la calle, la fatiga desapareció de forma instantánea, fue realmente algo extraño.
En la noche, de nuevo en mi casa y a solas en mi habitación, una lucha interna se apoderó de mí. Por un lado algo me decía que no leyera aquel libro, que era peligroso, pero por otro lado una voz me invitaba a abrir el libro y leerlo. Al final me ganó la curiosidad y me dispuse a leer aquel antiguo y desgastado libro.
Ahora después de tanto tiempo me arrepiento de haberlo hecho. Si tan solo no lo hubiera leído, si le hubiera confesado a mi abuelo que lo había tomado, muchas cosas malas y tristes se habrían evitado, mucho sufrimiento y muchas lágrimas me hubiera ahorrado.
Como dije antes aquel libro estaba escrito en nuestro idioma así que empecé a leerlo desde el principio. Una a una fui devorando las paginas, todas ellas hablaban de extraños ritos. Algunas hablaban de hechizos para convocar espíritus y atarlos a alguien para hacerle mal, otras daban recetas para realizar magia negra, y otras páginas describían perfectamente antiguos rituales para convocar demonios del mismísimo infierno y hacer con ellos tratos que nos beneficiaran. El tiempo pasó y yo seguía sumido en las extrañas lecturas de aquel libro. No sé porque pero aquel libro me resultaba adictivo, no podía parar de leerlo. Cuando la vista se me cansaba y quería cerrarlo e irme a dormir, una fuerza extraña me empujaba otra vez a seguir leyendo. Así pasaron las horas, hasta que de pronto una página en particular me llamó la atención. En aquella página amarillenta estaba dibujado un lagarto al lado de unas cascaras de huevo y atrás se veía una figura humanoide entre llamas de fuego. El título de aquella página rezaba "el pacto". Me dispuse a seguir leyendo cuando de pronto sentí la presencia de algo al lado de mío, en mi habitación. Se los juro por mi vida misma que si bien no podía ver a nadie, había alguien o algo allí mismo conmigo, podía sentirlo, una energía maligna que me produjo un miedo que nunca antes había experimentado. Comprendí entonces que no debía seguir leyendo aquel antiguo libro. Llevado por el miedo lo cerré y luego lo escondí entre mi ropa con el firme propósito de no volverlo a leer y que la próxima vez que fuera la casa del abuelo, lo devolvería a su sitio. Esa noche no pude conciliar el sueño, el miedo me lo impedía, sentía que aquella presencia que había sentido antes, seguía conmigo, la podía sentir allí mismo al pie de mi cama. Ya al llegar la madrugada por fin me dormí pero tuve extraños sueños. Sueños en los cuales yo me encontraba en un túnel oscuro, tan oscuro que no podía ni verme las manos. De pronto una voz llamaba mi nombre, no podía identificar de donde venía la voz ni de quien era, solo que llamaba mi nombre entre sollozos que me resultaban desesperantes. De pronto una luz me mostraba la salida de aquel túnel, era una luz rojiza. Entonces yo comenzaba a caminar hacia aquella luz, pero por más que caminara parecía que no me acercaba, mientras lo hacía seguía escuchando la misma voz llamando mi nombre. Después de mucho caminar por fin parecía que iba a alcanzar la salida, esta vez escuchaba aquella voz más cerca que nunca. Cuando de pronto en la salida del túnel noté que había una persona, la luz rojiza me cegaba así que no pude identificar de quien se trataba, solo supe que era una mujer. Pero lo que si supe es que esta persona era la que decía mi nombre. Caminé más y más para acercarme a esta persona, hasta que por fin pude identificar de quien se trataba. La persona que decía mi nombre ¡era mi abuela! Si bien ella había muerto mucho tiempo antes de yo nacer a causa de un extraño accidente de auto, la reconocí por las fotografías que mi madre me mostraba de ella. Ella estaba parada en la salida de aquel túnel, la luz rojiza la cubría. La abuela estaba llorando y mientras seguía diciendo mi nombre, hacia ademanes desesperados para que me le acercara.
Cuando estuve muy próximo a ella me dijo entre su llanto y desesperación –No debes estar aquí. Aléjate ya, vete-.
La abuela estaba muy nerviosa, cada tanto miraba para todos los lados sin lograr calmarse. Luego me dijo de nuevo –Debes tener cuidado. Él nunca se detendrá, su hambre de maldad nunca termina. Él sigue buscando más almas para atormentar, debes tener cuidado-. Luego hizo una pausa y siguió mientras yo seguía petrificado por el miedo –Debo irme, si se entera que estoy aquí y he hablado contigo, me lastimará, me hará cosas malas, cosas horribles-. Por último la abuela me dijo –Debes tener cuidado......-.
Aquello fue lo último que pudo decirme porque de pronto en el acto hizo presencia un ser. Este ser era más grande que cualquier persona normal. A simple vista parecía humano pero no lo era, su piel era de un color rojizo y su cuerpo desnudo estaba en muchas partes cubierto de grueso bello. Sus manos eran largas y musculosas y tenía garras en vez de dedos, sus piernas por su parte terminaban en pesuñas. No se aun bien porque pero su rostro no lo recuerdo, solo recuerdo sus dos ojos que brillaban con un rojo intenso. Al mismo tiempo que este ser hizo su presencia, un olor a azufre inundó el lugar, era un olor insoportable. Instintivamente retrocedí dejando a mi abuela al lado de aquel ser. Aquella bestia agarró a mi abuela por el cuello elevándola del piso mientras ella luchaba en vano por librarse de sus garras. Seguido atravesó el débil y viejo cuerpo de mi abuela con una de sus garras, luego lanzó su cuerpo lejos, al caer una horda de demonios rodearon el cuerpo de la abuela y en un santiamén la desmembraron. Aquel espectáculo tan repugnante y doloroso lo miré inmóvil pues el miedo me paralizaba el cuerpo. Miré con horror como estos demonios desgarraban las entrañas del cuerpo inmóvil de la abuela, saciándose con su carne y su sangre en un festín horripilante. Aquel espectáculo fue demasiado para mí, caí de rodillas al suelo y vomité como jamás recuero haberlo hecho. Sin saber en qué momento aquella bestia estaba parada al lado mío y al igual que a mi abuela, me agarró por el cuello y me elevó. Aún recuerdo como sus garras me quemaban el cuello. Cuando estaba a la altura de su rostro, me escrutó con aquellos ojos rojos. Con la respiración agitada y empapado de sudor me desperté. Ya debía de ser tarde en la mañana porque los rayos del sol se colaban por mi ventana. Confundido y agobiado me paré de la cama. Aquel sueño había sido tan real que por un momento puse en duda mi estado mental. Traté de tranquilizarme diciéndome que todo había sido un sueño, sueño inspirado por aquel libro. Ese día más que nunca prometí no volver a leerlo de nuevo y devolverlo a la mayor brevedad. Pueden imaginarse mi sorpresa cuando a la hora de mirarme al espejo, además de mi rostro demacrado note unas pequeñas manchas de quemaduras en mi cuello, manchas con formas de garras
Sara no paraba de llorar. Ya habían pasado tres semanas y todos los días con sus respectivas noches sin excepción, aun lloraba su perdida. Todo aquello le resultaba muy difícil a Sara. A todo momento, todo lugar le recordaba a su amado. Andar por su casa era una tortura, estar en su cuarto igual. Se podría pensar que salir a la calle la aliviaría, tal y como sus familiares y amigos le recomendaban, pero por el contrario, todo era un suplicio. No había lugar por el que no pasara que no le recordara a Manuel.
Aun recordaba aquella noche en la que se enteró de la trágica noticia. Debía de ser pasada la media noche, cuando el ruido del teléfono sonando despertó del sueño a Sara. Durante algunos minutos la joven ignoró el sonido, al parecer los demás, su hermano, hermana y sus padres también hicieron lo mismo porque nadie se levantó a contestarlo. Pero por más que Sara trató de nuevo volver a dormir, no pudo pues el teléfono seguía repicando. Aun soñolienta se levantó << ¿quién diablos llama a estas horas?>>. Pensó la joven mientras salía de su cuarto y caminaba en la oscuridad hacia la sala en donde el teléfono sonaba repetidamente. Cuando estuvo en la sala buscó a tientas el interruptor de la energía en la pared y cuando lo encontró lo accionó. Al momento la sala se iluminó.
-Aló-. Dijo Sara levantando el teléfono.
-¿Es Sara Ramírez?-. Era la voz de un hombre.
-Sí, soy yo, ¿en que lo puedo ayudar?-.
La voz del hombre se endureció –Señorita, mi nombre es Alirio Buendía soy capitán de la policía. Fuimos llamados a la escena de un accidente de tránsito, revisando los objetos personales de una de las víctimas del accidente encontramos su número de teléfono-.
Cuando Sara escuchó aquello, de inmediato en su corazón presintió que algo malo ocurría, sin embargo hizo un esfuerzo y preguntó –¿Esta persona que usted dice que es la victima quién es?-.
-Es el joven Manuel Velazco, ¿lo conoce?-.
-Si, por supuesto, él es mi novio-. Sara no pudo contener las lágrimas, preguntó entre sollozos –Dígame, ¿Cómo está el?-.
Durante un momento el hombre del otro lado de la línea guardó silencio, después de un momento respondió –Lamento informarle señorita que el joven Manuel falleció-.
El impacto de la noticia fue demasiado para Sara que se desvaneció de la impresión.
-¿Aló....señorita...está bien...aló?-. Seguía diciendo el capitán del otro lado de la línea.
De aquello había sido ya casi un mes. Un mes de suplicio, de dolor, de lágrimas. Por más que tratara de volver a su vida normal, no podía. El recuerdo de su novio la perseguía día y noche. Si bien comía, lo hacía por pequeñas cantidades. La mayor parte del día se la pasaba encerrada en su habitación llorando y durmiendo, cuando se despertaba lloraba más y volvía a dormir. Aquella era la rutina de todos sus días. Aquella era la forma en que la joven vivía su duelo. En todo ese tiempo, Sara no quiso recibir visita alguna, se negaba a escuchar las palabras vacías de la gente, las caras de fingida tristeza, todo eso le resultaba sumamente doloroso.
Al principio sus padres y hermanos pensaron que aquello era normal, pero al pasar los días y al ver que Sara no parecía recobrar la normalidad de su vida, se preocuparon. La madre de Sara, Abigail, preocupada por su hija y la tristeza que la invadía, se comunicó con una de las amigas más allegadas a Sara.
El timbre de la casa sonó. Abigail fue y abrió la puerta, cuando vio a la persona que estaba del otro lado se alegró, le dio un abrazo genuino, le dijo –Gracias por venir-.
-¿Cómo está ella?-. Preguntó Lis quien era la mejor amiga de Sara. Se conocían desde muy pequeñas, habían crecido juntas, lo que las hacia las mejores amigas. –No ha contestado ninguna de mis llamadas-.
-Está en su cuarto, no ha querido salir. Se la pasa llorando y durmiendo. Ya ha pasado casi un mes y no ha ido a la universidad. De verdad que me preocupa-.
Lis le dio otro abrazo a la afligida y preocupada madre de Sara y se dirigió hacia la habitación de la joven. Cuando entró al cuarto encontró a Sara tendida en su cama dormida. Aunque era ya medio día, la habitación estaba con las ventanas cerradas y las persianas abajo, lo que hacía que estuviera a oscuras.
-¿Como estas, amiga?-. Dijo Lis mientras abrazaba a su amiga quien estaba muy demacrada y en su rostro se denotaba la tristeza por la que estaba pasando.
Sara abrazó fuerte a lis y de nuevo empezó a llorar, le dijo –Lo extraño tanto, me hace tanta falta-.
-Lo sé, lo sé-. Repetía Lis en tono consolador sin dejar de abrazar a Sara.
-Tu madre me llamó, está muy preocupa por ti-.
-Lo sé y te agradezco que vinieras-.
-Sé que es muy triste y que nada de lo que la gente te diga te hará sentir bien, pero tienes que volver a salir, ir de nuevo a la universidad, tratar de volver a rehacer tu vida. Eso es lo que Manuel hubiera querido-.
Sara dijo de nuevo –Créeme que lo sé. Sé que todo lo que dices es verdad, pero por más que intente no puedo dejar este dolor atrás. Si tan solo pudiera hablar una última vez con él, si tan solo pudiera despedirme. Hay tantas cosas que me faltaron por decir y que ahora daría lo que fuera para poder hacerlo-.
Lis de nuevo abrazó a su amiga. Después de un momento habló –Si lo que quieres es despedirte de él, hay algo que se puede hacer en estos casos-.
La cara de Sara se iluminó, preguntó -¿A qué te refieres?-.
-Sé de alguien-. Respondió Lis. –No me preguntes como, pero conocí a alguien que sabe de ciertas cosas-.
-¿Cosas, que tipo de cosas?-. Pregunto de nuevo Sara, realmente interesada.
-Formas para comunicarse con gente que ha muerto-.
Sara no daba crédito a la que oía. De una u otra manera, aquello le daba una esperanza, la esperanza de darle el último adiós a su amado. –Esa persona que dices conocer ¿es de confianza? ¿Si sabe lo que hace?- Preguntó.
Lis respondió –Según sé, si-.
Sara llevada por el deseo imparable de comunicarse con su novio vio en aquella propuesta peligrosa de su amiga una salida, una solución y una vía de escape a su dolor. Sin saberlo empezaba a transitar un camino que no tenía vuelta atrás, un camino peligroso y doloroso que la llevaría a la tumba. Sin saberlo se estaba trazando un trágico destino, no solo para ella si no para los que la rodeaban.
El día previsto para la reunión con esa persona misteriosa llegó. El lugar escogido para la cesión fue la casa de Sara. Así que la joven aprovechó el momento de encontrarse sola en la misma para llevar a cabo dicha cesión. El sol ya se estaba escondiendo en el horizonte cuando Lis y la otra persona llegaron a la casa de Sara. La joven se encontró con que esta persona era una mujer mayor que ella, pero no necesariamente mucho. Era bastante agraciada, no llevaba nada de maquillaje sobre el rostro y vestía totalmente de negro. Previamente Sara tenía todo listo según las recomendaciones, así que sin perder tiempo se dirigieron hacia la habitación de la joven, allí se llevaría a cabo la cesión.
Lo primero que hizo la mujer que se hacía llamar Beth fue purificar la habitación quemando incienso mientras oraba una plegaria a los ángeles guardianes. Luego procedió a encender unas cuantas velas, así que ordenó apagar la luz artificial. Después de esto ordenó que se desconectaran todos los aparatos electrónicos de la habitación incluyendo celulares. Después de esto aquella mujer misteriosa sacó una tabla rectangular de madera y la puso sobre la pequeña mesa transparente situada en el centro de la habitación.
-¿Ouija, vamos a jugar a la ouija?-. Dijo Sara incrédula pues siempre le pareció que aquel juego era una farsa.
Beth viendo la decepción en el rostro de la joven respondió –Tienes que abrir tu mente, tienes que dejar todo resentimiento y prevención atrás si quieres que esto funcione. Si lo haces te prometo que lograremos nuestro objetivo-.
Sara así lo hiso. <
La mujer llamada Beth, les ordenó sentarse tal que las tres formaran un circulo alrededor de la tabla, luego las invitó a tomarse de las manos, después de ello la mujer pidió que la imitaran respirando profundamente tres veces, las chicas así lo hicieron. Luego de aquello Beth pidió que pusieran el dedo índice en el indicador que reposaba sobre la tabla. Después que las chicas obedecieron les dijo –Por nada del mundo retiren su dedo del indicador sin antes haber terminado la cesión-.
Las chicas asintieron.
Beth dio más recomendaciones a las chicas –Durante el transcurrir de esta cesión eviten que algún sentimiento negativo se apodere de ustedes, vean lo que vean o escuchen lo que escuchen eviten tener miedo. Eviten enfadarse y si quieren realizar una pregunta háganlo con mucho respeto, si no tienen una respuesta clara o la respuesta no las satisface, no insistan-.
Entonces la mujer procedió a poner también su dedo sobre el indicador. Después de aquello Beth cerró los ojos y pareció recitar una plegaria en voz baja. De esta manera aquella cesión empezó.
-Deseamos de todo corazón comunicarnos con Manuel Velazco. ¿Manuel estas ahí?-. Fue la pregunta inicial que hizo Beth.
No hubo respuesta.
La mujer de nuevo hizo la pregunta, pero de nuevo no hubo respuesta. Beth insistió una y otra vez pero no se registró actividad alguna, el indicador permaneció inmóvil.
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-Has tú la pregunta-. Dijo Beth mirando a Sara.
La chica respiró hondo y preguntó –Manuel, mi amor, ¿estás ahí?-.
Inexplicablemente el indicador se movió por el tablero y se detuvo en la palabra "NO".
Casi al mismo tiempo Sara y Lis se sobresaltaron y levantaron sus dedos del indicador.
Beth las reprendió diciéndoles -¡Rápido de nuevo pongan los dedos! Les dije que no los levantaran por nada del mundo-.
Las chicas de nuevo pusieron sus dedos sobre el indicador. Lis Preguntó -¿Por qué hiciste eso, nos quieres asustar?-.
-Yo no hice nada-. Contestó Beth.
A todas estas el indicador seguía reposando sobre la palabra "NO".
Entonces Beth dijo de nuevo -Deseamos de todo corazón comunicarnos con Manuel Velazco. ¿Manuel estas ahí?-.
Pero de nuevo el indicador no se movió de la palabra "NO".
En ese momento algo cambio en la habitación. El ambiente se hiso más pesado y sin razón empezó a hacer más frio.
Beth se dio cuenta de eso y preguntó -¿Hay alguien más aquí?-.
Con la sorpresa de las presentes el indicador se movió por el tablero hasta la palabra "SI".
Entonces Sara venció su miedo y preguntó -Manuel, amor ¿eres tú?-.
De nuevo hubo movimiento del indicador, esta vez señaló la palabra "NO".
-¿Quién eres? Identifícate-. Ordenó Beth.
Inexplicablemente el indicador se movió por todo el tablero, letra por letra hasta detenerse formando la palabra "LAMASHTU".
De inmediato Sara y Lis miraron a Beth y se dieron cuenta que la mujer parecía perpleja, sin duda alguna conocía aquel nombre. En ese mismo momento un fuerte viento abrió la ventana, haciendo que las velas se apagaran dejando la habitación en la más absoluta oscuridad. El frio aumento de forma exponencial tanto así que se podía ver el vapor saliendo por las bocas.
-¿Qué haces?-. Le preguntó Beth a Sara después de verla ponerse de pie.
Sara contestó –Voy a encender la luz-.
-No lo hagas, déjalo así y vuélvete a sentar por favor-.
Sara obedeció. Las tres mujeres siguieron en la oscuridad hasta que Beth encendió de nuevo una vela. Afuera el cielo se encapotó de manera rápida, el viento siguió arreciando y de un momento a otro la lluvia empezó. Sin saber de dónde o porqué en la habitación se empezaron a escuchar extraños sonidos, lamentos y risas. Si bien no se podía ver mucho pues la vela apenas alumbraba poco, las chicas creyeron ver sombras que se movían en la oscuridad, sombras que trepaban por las paredes y que las observaban.