Decía tener dieciocho años. En mi mente, era una niña. Su mirada a veces inocente y a veces maliciosa, su cuerpo de aspecto infantil y su metro treinta de altura, su pelo largo color castaño con las puntas quemadas por el sol, ocultaban a la ladrona profesional que se gestaba en su interior. La primera vez que la vi estaba en el lugar menos pensado: el asqueroso baño de un bar de mala muerte. Sentada sobre la tapa del inodoro, acurrucada y temblando por dos días de no satisfacer su adicción a ciertas drogas cuyos nombres no quiso mencionar; allí estaba Jazmín.
La más hermosa criatura que hubiera visto. Los ojos más dulces.
Oír música variada en el auto a lo largo de la ruta, su cabeza apoyada en mi regazo mientras duerme, pasar los dedos por su pelo ondulado mientras conduzco... Es algo que siempre me hace sentir bien. Son esos momentos que no se pueden pagar, momentos en que olvido que huimos de la policía, que nos esperan muchos años bien merecidos de cárcel si nos atrapan y que pueden matarnos en cada parada, en cada hotel, en cada esquina...
Mirando así las cosas, nunca hemos tenido mucho tiempo de descanso. El tiempo nunca estuvo de nuestro lado.
De hecho, ayer la fiscal de la provincia que investiga nuestro caso dijo a la prensa que habría una recompensa por información sobre nuestro paradero. Dormiremos en el auto por un tiempo. Por lo menos hasta que nuestros rostros dejen de aparecer en televisión todos los días.
Es temporada de cítricos, y los campos tienen un delicioso aroma a naranjas que llega hasta este descapotable que conseguimos casi regalado. Lo hubiéramos obtenido gratis si, a la hora de la negociación, hubiera sacado la nueve milímetros; pero eso sólo hubiera llamado la atención. Tuvimos suerte de que el vendedor no reconociese nuestros rostros de la tele. Cada desayuno tranquilos, cada noche juntos y, más importante aún, cada salida del sol que contemplamos con una sonrisa, es un regalo de los dioses y compensa todo lo sufrido. Libertad a cambio de lucha y sangre. No es algo exactamente bueno, pero...
Por otro lado, a veces miro con curiosidad a aquellos que viven en la monótona rutina diaria: se levantan, desayunan, cumplen con un trabajo las más de las veces miserable y mal pagado al que odian; y, cuando ya perdieron todo el día, se van a dormir. Toman somníferos para dormir y antidepresivos para no cortarse las venas, se emborrachan una vez a la semana para compensar por unas horas la carga laboral de la semana y se vuelven locos si no tienen una conexión a internet. Tienen la ilusión de ganar dinero, se compran aparatos electrónicos y sacan ropa a crédito. Y aún se preguntan qué es ese vacío que sienten por dentro. Sé que no soy nadie para juzgarlos; pero, de vez en cuando, siento lástima por ellos.
Asaltos en pequeños almacenes y autoservicios nos permiten vivir el día a día. Y los usuales cambios de apariencia nos ayudan a pasar inadvertidos. Unas veces soy su padre y otras su tutor; pero casi siempre que estamos en público mucho tiempo la gente sospecha. En verdad parece una niña, pero fuma, se emborracha y putea peor que muchos adultos que he conocido.
Cuando ella despierta en las mañanas, aunque hayamos pasado la noche bajo la lluvia o en un hotel lleno de ratas, el beso de los buenos días que me dan sus labios borra de mi mente todos los dolores y sustos.
Recuerdo cómo todo comenzó.
Eran pasadas las 12 de la noche, el calor y la humedad acosaban dondequiera que no hubiese aire acondicionado, y yo terminaba de pasar a máquina un informe contable para la jefa del área de la empresa en que trabajaba y cuyo nombre ahora ni recuerdo.
Fui el último de la oficina en irse, y no vi a nadie al salir. Ni siquiera al empleado de seguridad. Éste de seguro estaba durmiendo. Al salir, se largó a llover. Caminé apurado, ridículamente encorvado y cubriéndome pobremente con el maletín la media cuadra que hay desde la puerta del edificio hasta la avenida; y mis anteojos se cayeron a la calle. Los hubiera levantado, pero un taxi que no llegué a parar les pasó por encima. Estaba empapado, y seguramente también lo estaban los papeles que se hallaban dentro del maletín y que debía entregar a más tardar a las nueve de la mañana. Mis zapatos nuevos de cuero, mi traje, mi trabajo y hasta mi ánimo estaban arruinados. Me dije a mí mismo "adiós al ascenso". Aún más: Me preguntaba si me suspenderían o despedirían.
Luego de mojarme otro tramo caminando hasta un árbol bajo el cual me refugié, levanté la vista y vi del otro lado del asfalto un cartel luminoso que decía "ABIERTO DE DÍA Y DE NOCHE".
No tenía idea de qué era el lugar. Nunca lo había notado, a pesar de tener la parada del colectivo muy cerca de allí y de cruzar la calle corriendo justo por ahí todos los días. Solía estar tan preocupado que no tenía la percepción muy despierta.
Al entrar, sentí una ola de aire aún más caliente que el de afuera; y había mucho olor a humo. Pero, al menos, era un lugar seco; a excepción del alcohol derramado sobre la barra y el piso. El lugar tenía paredes rojas de madera, pisos que bajaban y subían uno o dos escalones por vez a medida que uno se adentraba, pequeñas alfombras sucias y viejas repartidas en distintos rincones, y muchos bancos de madera distribuidos en el salón. Me senté tímidamente en un banco que estaba junto a la barra y se veía bastante sucio, miré al barman y éste me dijo "¡¿No me diga que está lloviendo?!", provocando un estrépito de risas a mi alrededor. No había notado o no había querido notar las miradas que me dirigían desde todas direcciones. Lleno de vergüenza, me levanté y giré hacia la puerta, dispuesto a salir sin mayor solución. De cualquier modo, ya nada podría mejorar mi situación. O eso pensé mientras caminaba, cuando un trapo dio contra mi nuca. Volteé enojado y miré al barman que me decía entre risas "¡Séquese tranquilo! Allá en el fondo está el baño. Vaya y retuerza esa ropa un poco que se va a resfriar. Después viene y me dice si quiere tomar algo". No sabía si se burlaba aún o lo decía en serio. Pensé en irme ofendido, tratando de salvar un poco de dignidad, si es que quedaba algo de ella. Confuso y agradecido, tomé el repasador y me encaminé hacia el fondo.
Golpeé la puerta del toilette, único baño del lugar y sin discriminación de géneros. Nadie contestó. Al abrir la puerta carente de picaporte, todavía temblando, me hallé frente a una pequeña figura femenina que temblaba aún más que yo. Vestía una campera lila con capucha y calzaba unos pequeños zapatos negros. Recuerdo haber pensado cuán adorables se veían sus pies. Estaba sentada sobre la tapa del inodoro, acurrucada como una niña y temblando como si tuviese miedo. Su rostro estaba pálido, tenso y como compungido; y tenía la mirada perdida. Giró los ojos hacia mí y quedé atónito y sin aliento. Tenía una mirada tan profunda, casi como si fuese hipnótica, que no pude hacer más que quedarme viéndola un largo rato. Al verme allí paralizado, ella irguió lentamente su torso, corrió hacia atrás la capucha y quitó de su rostro unos mechones de pelo. Retrocedí un paso e iba a salir, cuando ella hizo señas con la mano para que me acercase. Supuse que necesitaba que la ayude a levantarse; pero, al acercarme, rápidamente me desabrochó el cinto del pantalón. Sorprendido, tomé sus manos y la detuve.
_ ¿Qué hacés? –le pregunté.
Me miró a los ojos.
_ Un bucal. Cincuenta pesos.
_ No quiero –dije, soltando sus manos.
_ Bueno, treinta –insistió.
_ Hacéme el favor y salí de acá que tengo que secarme un poco –le exigí, sin entender todavía por qué una chica tan pequeña se estaría prostituyendo.
Salió lentamente y entré.
Luego de retorcer mis ropas y secarme el rostro y el pelo con el repasador, salí del maloliente baño y vi que la chica estaba de pie frente a la barra, se tomaba de los brazos, temblaba y miraba a un hombre calvo que le tiraba besos. Él le mostró un billete de cien pesos. Inmediatamente fui hasta ella y la tomé del brazo antes de que fuese con él. A pesar de las protestas del sujeto, me la llevé a un rincón. Le hablé casi con susurros.
_ No deberías hacer esto. Sós muy chica, y ellos son unos degenerados. Si querés ayuda, decílo. Alguien te va a poder ayudar.
Hizo un gesto como de incredulidad.
_ Te merecés algo mucho mejor –continué.
Se pasó la mano por la cara y vi caer algunas lágrimas de sus ojos.
_ ¿Y cómo me podés a ayudar?
Yo me preguntaba cómo es posible que a nadie le importase lo suficiente como para hacer algo. Ni siquiera llamar a la policía. La invité a sentarse en un banco apartado del resto. Pasó un rato largo sin querer hablar. Sólo lloraba en silencio. Luego se calmó un poco e intentó fingir una sonrisa que sólo duró unos segundos.
_ Esperáme que ya vuelvo.
Fui hasta la barra para buscarle una gaseosa o un jugo.
_ Yo que vos la dejo trabajar –dijo el barman a la vez que me pasaba dos botellas de cerveza. Miré las botellas y luego miré al tipo.
_ ¿A vos te parece bien dejar que una nena se prostituya? –le dije, y le devolví una de las cervezas– ¡Dame un jugo de naranjas! ¡¿No te das cuenta de que tiene como doce años?! –continué.
Él se rió, sirvió un vaso con jugo de naranja y me lo pasó. Me dirigió una mirada como de complicidad.
_ Te gusta meterte en los problemas de los demás, ¿no?
Confieso que me sentí confundido. No solía hacer eso. Por lo general, trataba de esquivar los problemas que no me concernían. Apenas si me animaba a enfrentar los míos propios y, a veces, ni siquiera eso.
Mientras pensaba, escuché una voz que parecía enojada a mis espaldas. Tomé la botella y el vaso para dirigirme hacia donde había dejado a la chica. Al voltear, vi a un sujeto con aspecto de estrella de rock claramente furioso sacudiendo por los brazos y con mucha fuerza a la joven. Me acerqué apurado y exigiéndole que la suelte, pero no pareció escucharme. Cuando llegué detrás de él, dejé caer el vaso y agarré por el hombro a ese hijo de puta, pero sólo quitó mi mano y continuó agrediéndola. El rostro de ella se había puesto colorado, y él le dio una cachetada que la hizo llorar. Volví a gritarle y me miró justo cuando yo le daba con la botella en la cabeza. La soltó y cayó al suelo; pero se levantó enseguida. Me miró con un gesto de sorpresa y se llevó la mano hacia la espalda como si fuese a sacar un arma o una navaja. Una tensión se disparó en todo mi cuerpo, y creí que me cagaba muriendo ahí mismo por meterme en donde no me llaman; pero se escuchó un golpe seco y el tipo volvió a caer. Tras él, la pequeña a la que zamarreaba soltaba uno de los bancos del lugar. Aquél ya no se levantó. Ella se agachó y le revisó los bolsillos, y supuse que buscaba robarle la billetera. Recuerdo haberme reído y pensar que el sujeto se lo merecía por tratarla así.
De repente, ella me miró con un gesto de alarma. Al voltear, vi que el barman me miraba furioso y me apuntaba con una pistola. Luego clavó la mirada en Jazmín.
_ ¡Tomenselás! ¡Borrensé! ¡Y más les vale que no los vuelva a ver!
Tomé a la chica de la mano, la cubrí con mi cuerpo y salimos sin despegar la vista del arma que nos apuntaba. Ella corrió hacia un Dodge que estaba estacionado en la calle y la seguí. Luego supe que el auto era de aquél que yacía en el suelo del bar.
Yo estaba nerviosísimo y no sabía qué hacer, hacia dónde ir ni cómo salir del lío en que estaba: conduciendo un auto robado a un desconocido al que golpeamos hasta desmayar, y con una prostituta drogadicta sentada en el asiento del acompañante.
Estaba perplejo. Mi vida parecía haberse hundido aún más bajo de lo que estaba en tan sólo unos minutos. Por momentos, me perdía en el aire acondicionado del auto. Salíamos de la ciudad.
_ No quería causarte problemas.
Eran pasadas las ocho de la mañana. Estábamos recostados sobre el techo del auto, mirando pasar las nubes, a un costado de la ruta. Giré el rostro para mirarla. Tenía las manos bajo la cabeza, la mirada tranquila y el asomo de una sonrisa en los labios. No pude evitar pensar en lo hermosa que era, a pesar de ser tan chica. Ni siquiera sabía su edad.
_ No importa –le dije, y me miró–. Las cosas salen como mejor pueden salir.
Sé que lo dije para tranquilizarla, pero ahora creo que estaba en lo cierto. Mostró la sonrisa más linda que pudiera imaginar. Por un momento que pareció durar horas, no recordé el informe, ni el trabajo ni al tipo del bar. Para mi sorpresa, ella me besó en los labios. Luego volvió a mirar el cielo.
_ Me llamo Jazmín –dijo.
Ni siquiera nos habíamos presentado.
_ Me llamo Héctor –contesté.
Miré también hacia arriba y cerré los ojos. No había dormido nada y había conducido toda la noche. Pero allí, sin más que hacer que descansar y sentir la brisa, podía tranquilizarme por completo y poner la mente en blanco por primera vez en mucho tiempo.
Alrededor de media hora después, mi teléfono celular, que yo creía arruinado por la lluvia, comenzó a sonar. Lo había dejado dentro del auto y yo estaba somnoliento; pero oí levemente el ritmo característico de la que solía ser mi canción favorita, como si estuviese lejos de mí. Las puertas del auto estaban cerradas y la batería del teléfono casi agotada. Bajé del auto. Cuando lo encontré habían cortado, pero sabía que volverían a llamar. La chiquilla sobre el auto estaba durmiendo. Me alejé un poco para evitar que despertara; pero no fue suficiente: Había olvidado quitar el altavoz. Y nó sólo despertó; sinó que oyó toda la conversación.
_ ¡¿Qué pasa que no está en su oficina, Sánchez?!
La voz estridente era de mi jefa. Al oírla gritar Jazmín me miró extrañada.
-Esteee... Disculpe, pero tuve un asunto urgente que atender... Un asunto familiar. La cosa es que no voy a poder ir.
Me pasé la mano por la cabeza, sin saber cómo solucionar este problema; y mi joven compañera de viaje me dirigió una mirada que me hizo sentir vergüenza de mí mismo. Hasta yo había escuchado la voz temblorosa y llena de miedo con la que había hablado.
_ ¡¿Cómo que "no voy a poder ir"?! ¡Lo quiero acá en quince minutos!
_ ¡Decíle que se vaya a la mierda! –me aconsejó Jazmín a los gritos– ¡¿Cómo te vas a dejar basurear así?!
La miré alarmado.
_ Shhh... Discúlpeme, no es por no querer trabajar; pero... No voy a llegar. Surgió un imprevisto y aunque quisiera no puedo ir a la oficina a tiempo.
_ ¡¿Usted me está cargando?! ¡¿Adónde me dejó el informe que le pedí ayer?! ¡¿Y así quiere que lo asciendan?!
_ ¡Calláte la boca, loca! –gritó la pequeña mientras se bajaba del techo del auto.
La miré con los ojos bien abiertos, rogando internamente que hiciera silencio, mientras se acercaba tranquilamente mirándome con condescendencia.
_ ¡¿Y se puede saber quién habla de ese lado?! ¡¿Con quién está ahí, Sánchez?! –dijo mi jefa.
La pequeña mano de Jazmín me arrebató el móvil antes de que pudiera contestarle.
_ ¡Está conmigo, la re concha de tu madre!
Yo me puse pálido. Le hubiera quitado el teléfono, si hubiera podido moverme.
_ ¡¿Y quién se supone que es usted para hablarme así?!
_ ¡Soy la mina de Hector! ¡A la que acabás de despertar con tus gritos, hija de re mil puta! ¡Ahora cortá porque voy a tu oficina y te hago colador, putita del orto!
Le hice señas para que no hablase más y me devolviera el aparato. Pero ella no hizo caso.
_ ¡Páseme con el señor Sánchez, por favor!
_ ¡Te voy a pasar, pero la concha por la cara para que me la chupes! ¡Mal cogida!
Cortó. Yo tardé en reaccionar. Ella me tendió el teléfono, pero yo no quería tomarlo; así que lo arrojó al asiento trasero del Dodge. Seguro me despedirían. Con ambas manos en la cabeza, me senté en el suelo y consideré mi situación. Luego la miré. Ella se paró a mi lado, me sonrió y palmeó mi hombro.
_ Tranqui. Yo te defiendo –me dijo.
No pude contener una carcajada y ella tampoco. Después de unos momentos, mis pensamientos volvieron al bar de la noche anterior.
_ ¿No podemos volver todavía, no? Por lo del tipo al que golpeamos digo.
_ No. Por lo menos por un tiempo.
_ ¿Crees que nos busque?
_ Él no. Pero la policía podría ser.
- ¿La policía? ¡Si él nos denuncia lo denunciamos nosotros por lo que te hizo y a la mierda!
_ ¡¿Si él nos denuncia?! ¡¿Vos sós boludo o inocente?!
_ ¿Por qué?
_ ¡Le reventamos la cabeza! ¡Ese tipo no le jode la vida a nadie más!
No lo supe hasta ése momento: lo habíamos matado.
Todos creen saber cómo te sentís la primera vez que matas a alguien. Pero, cuando lo haces sin intención, a menos que seas ya un asesino o alguna especie de sociópata, lo único que podés sentir es miedo o culpa. O quizás tuve miedo porque siempre tenía miedo.
Pensándolo en retrospectiva, tampoco era necesario sentir culpa por aquél pedazo de mierda.
De repente, como recordando algo importante, ella corrió hasta el baúl del auto e intentó abrirlo. Me puse de pie y le pregunté qué estaba haciendo. Fue por las llaves y volvió. Supuse que habría dejado algo guardado. Allí dentro encontramos una rueda de auxilio y una caja de metal cerrada con candado, similar a las cajas de seguridad de algunos bancos. Era pesada y debimos levantarla juntos. La llave del candado estaba junto a las del auto; y, cuando la abrimos, quedamos asombrados: estaba hasta el tope de dinero. Jazmín gritó de repente, me agarró del brazo y dio varios saltitos.
Estaba eufórica y yo aún no caía en la cuenta: de la noche a la mañana se habían arruinado las posibilidades de conseguir el ascenso por el que tanto había trabajado, casi me matan, fui cómplice de asesinato, robé un auto y terminé huyendo con un montón de dinero junto a una prostituta de apariencia infantil.
Volví a soltar una carcajada, se me aflojaron las piernas y caí junto al auto. Ella me rodeó con los brazos, me abracé a sus piernas y me dio repetidos besos en la cabeza. Luego la miré, se inclinó, pasé la mano por su nuca y nos besamos.
Tenía una extraña sensación de felicidad. Mi vida se había arruinado y había mejorado al mismo tiempo. Continuamos nuestro viaje más relajados, con la tranquilidad que tienen quienes no le deben nada a nadie. Aunque ahora sé que la policía, la mafia y seguramente algún fiscal opinaban distinto.
Nos detuvimos para comer en un parador igual a tantos otros que hay por ahí. Pedimos un par de sánguches de lomito, papas fritas con bastante ketchup y un par de cervezas. Yo había pedido agua, pero ella cambió esa orden en seguida.
Mientras esperábamos, charlábamos sobre nuestro próximo destino. Podíamos ir al norte, al sur, al oeste... Prácticamente hacia donde quisiéramos. Ella sonreía cada vez que reconocía el nombre de un lugar famoso al que nunca había ido. Era maravilloso verla tan alegre. La gente nos miraba indiferente, hasta que Jazmín tomó una de las cervezas y le dio un largo trago.
_ ¡Señor! ¡Las cervezas son para usted! ¡Acá no se sirve alcohol a menores! –me recriminó la mesera.
El aspecto alegre de Jazmín desapareció por completo.
_ ¡¿Y quién te dijo que soy menor, la puta que te parió?!
_ ¡Bueno...! ¡A mí me parece una menor!
_ ¡Y a mí me parece que te voy a denunciar por discriminación! ¡Acabo de cumplir dieciocho y tomo cerveza desde los quince! ¡Así que si no me dejás chupar en paz porque soy petisa te podés meter la birra en el orto! ¡O en la concha! ¡Donde te guste más!
La mesera, roja de vergüenza, largó un tímido "Disculpen" y fue a atender otra mesa. Los murmullos se silenciaron cuando Jazmín miró a la gente que estaba en el lugar y gritó "¡¿Qué carajos hablan ustedes?! ¡Díganlo fuerte, así escuchamos todos!"
Yo estaba a la vez atónito y alegre. No por su lenguaje de camionero, sinó por oírla decir que es mayor de edad. La mesera podría haber dudado y exigirle su documento de identidad, pero no lo hizo ni yo tampoco. Con lo que ya había vivido esta chica, si era mayor o menor de edad, ¿a quién le importaba?
Dicen que los cambios son buenos, y que las crisis son también oportunidades. Gracias a Jazmín, pude perder la timidez y aprovechar cada una de las chances que se me presentaron desde entonces. Si no fuese así, seguiría teniendo la misma vida que antes.
Hoy sé que aquélla noche de lluvia fue una bendición.
Jazmín no pudo con su enorme malhumor, y tuvimos que irnos del parador sin terminar de comer. No tuvimos que pagar por la comida, pero yo me quedé con hambre.
Más adelante, nos registramos en un complejo de cabañas en la pequeña ciudad de Colón, provincia de Entre Ríos. La mujer que nos atendió, una amable anciana de cabello enrulado lleno de canas, nos registró como "Señor Pérez e hija", y recibió alegre el pago anticipado por una semana. Por suerte, aceptó la historia de que perdimos los documentos en un robo.
Las cabañas eran de madera color marrón oscuro, y tenían en el frente un farol que despedía una débil luz amarilla. Había en el centro del complejo, en la intersección de pasillos que separan las cabañas, un gran árbol adornado con un anillo de flores cerca de su base. Por uno esos pasillos, orientado de este a oeste, la luz crepuscular entraba creando un reflejo rojizo en las cabañas y en torno al árbol. Todo esto, al atardecer, era muy romántico.
Entramos en la cabaña número tres, que contaba con una minúscula cocina, baño y una habitación con una cama de dos plazas y un catre. La ventana daba hacia una calle muy poco transitada; y, tras ésta, el río Uruguay.
Traíamos dos bolsos en los que cargábamos el contenido de la caja; aunque dejamos atrás parte de él. Y es que, debajo del dinero, que sumaba alrededor de doscientos mil pesos, había cuatro bolsas de cocaína, dos armas automáticas cargadas y cartuchos de repuesto. A Jazmín le temblaron las manos, se le tensionó el rostro y debió reprimirse muchísimo para no quedarse con una de las bolsas. Sentí lástima por ella al verla agarrarse la cabeza dentro del auto mientras yo arrojaba la droga a un arroyo cercano.
Ahora que lo pienso, es por eso que había estado de tan mal humor en el parador aquél. Por suerte, al llegar a las cabañas de alquiler, se tranquilizó; aunque era obvio que no le había gustado nada que la encargada del lugar creyera que era mi hija. De hecho, cuando pasábamos cerca de la oficina de recepción, Jazmín me abrazaba y me besaba apasionadamente en un intento de que la mujer se alterase. Sin embargo, no lo logró. Yo supuse que era alguien muy distraída o que no se metía en los asuntos de los demás, cualidad más que apreciada seguramente.
La primera noche decidimos visitar un bar. A diferencia de aquél en que nos conocimos, en éste había mesas y sillas, además de unos cuantos bancos metálicos junto a la barra, el piso era de parqué, el techo tenía una araña de cristal y, a diferencia de la mesera del parador, aquí nadie se preocupó por la apariencia de mi cómplice. Esto le permitió relajarse. Luego de tres botellas y media de cerveza, me animé a preguntarle lo que antes no había querido saber:
_ ¿De verdad tenés dieciocho años?
_ Convendría que tenga dieciocho, ¿no?
_ ¡Y...! ¡Para que no te echen de estos lugares...! ¡Bastante!
_ Si no parecés mayor, les das guita y te dejan en paz. Si no hay guita... hay que saber chamullar.
_ Entonces no tenés...
_ Entonces estás preguntando algo de lo que no quiero hablar y que no te conviene saber.
_ ¿Por qué no me conviene saber?
_ Y... Si yo soy menor... Estás con una menor. Y según la ley...
_ Según la ley deberíamos estar presos.
Ella me sonrió. Tomó la botella de cerveza y se bebió el medio litro que quedaba directamente del pico de una sola vez. Comenzaba a preocuparme por su forma de tomar.
_ ¿Dirías que una menor puede tomar así? –me preguntó.
Lo pensé unos segundos.
_ Diría que no.
_ Estarías equivocado.
¿Si era o no era mayor de dieciocho? La verdad es que no estoy seguro. En realidad, no me importa.
Me quedé pensando un rato.
_ ¿Por qué no nos mató aquél barman? –pregunté más para mí que para Jazmín.
Ella se pasó una mano por el pelo y bajó la mirada, como dudando si debía responder.
_ Es que... Él estaba muy enganchado conmigo. Me quería comprar.
_ ¿Comprar? ¿Cómo que comprar?
_ Le iba a pagar un fangote de guita a mi... al tipo que matamos. Si éste aceptaba, me dejaba ir y no tenía que laburar más. Pero me tenía que ir con aquél, y yo no quería; así que iba a ser un problema.
_ ¿No te gustaba?
Negó con la cabeza.
_ Es muy fiero. Además, es un hijo de puta. Se mete de todo y se pone violento.
_ ¿Drogadicto?
_ ¡Puf...! ¡Yo tengo problemas, pero él...! Y me daba para que nos droguemos juntos.
_ ¿Así es como te volviste adicta? ¿Cuando lo conociste a él?
Negó con la cabeza.
_ Eso fue antes.
_ ¿Y cómo...?
_ Creo que ya hablamos suficiente de mi vida. Hablemos de vós.
Me tomó desprevenido. Mi vida era tranquila comparada con la suya, al menos hasta que la conocí.
_ ¿Siempre te dejás forrear?
_ No me dejo forrear. Es que...
_ ¿Qué?
No sabía qué decir. Claro que me dejaba forrear. Lo había hecho siempre a lo largo de mi vida: en el barrio con mis vecinos, en la escuela y, finalmente, en el trabajo. Me habían faltado el respeto una y otra vez. Y, como suele suceder cuando uno se reprime por mucho tiempo, algunas veces había explotado: una suspensión en la escuela, un vecino lastimado, una computadora arrojada por las escaleras en la oficina... Esto último había hecho que me despidieran de mi primer trabajo. Supongo que, si las cosas no hubieran cambiado, tarde o temprano hubiera vuelto a explotar.