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¿Mi marido perfecto tenía una doble vida?

¿Mi marido perfecto tenía una doble vida?

Autor: : rabbit
Género: Cuentos
Rena, obligada a huir para evitar casarse con un hombre mucho mayor, tomó la decisión impulsiva de casarse con Kellan, un desconocido cuyas habilidades en el hogar solo eran igualadas por su destreza financiera y su naturaleza amable. A medida que su matrimonio avanzaba, adquiría una agradable rutina, con Kellan demostrando ser confiable en cada emergencia. Esta sensación de seguridad se desmoronó cuando Rena descubrió la verdadera identidad de Kellan y las intenciones ocultas detrás de su matrimonio. Furiosa, inició el proceso de divorcio y desapareció. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Kellan la encontrara nuevamente...

Capítulo 1 Cenizas y sombras

"¡Recoge las cosas de tu madre y lárgate de esta casa para siempre!", le gritó Alexander Barnett a su hija, Rena Barnett.

En el majestuoso vestíbulo de la mansión, un revoltijo de ropa arrugada yacía esparcido por el suelo; gran parte era ya inservible.

A Rena se le anegaron los ojos en lágrimas al ver la fotografía de su madre en el suelo.

Había regresado de inmediato en cuanto recibió la desgarradora noticia de su fallecimiento.

Cuando se arrodilló para recoger la foto, su media hermana, Milly Barnett, le pisó la mano, aplastándola con fuerza. Rena apretó los dientes por el dolor.

En un arrebato de emoción, arrancó el portarretrato del suelo y lo estrelló contra la espinilla de Milly.

Milly soltó un chillido agudo y retrocedió, cayendo en brazos de alguien que la sujetó justo a tiempo para evitar su caída. La espinilla se le hinchó al instante. "Papá, Jasper...", gimió.

"Rena, ¿has perdido el juicio? ¿Cómo has podido herir a Milly?", intervino Jasper Singh, vestido impecablemente y con aire de realeza. Era el ex prometido de Rena. Se conocían desde niños.

Rena se volvió hacia él con desdén. Habían tenido una relación seria y se habían prometido un futuro juntos.

Sin embargo, apenas unos días atrás, los había encontrado a él y a Milly en la cama, de forma indiscreta y expuestos.

Jasper admitió que no había podido contenerse con Milly, a la que calificó de irresistiblemente dulce.

Con el corazón hecho pedazos, Rena rompió con él y se marchó en busca de paz.

Poco después, le llegó la devastadora noticia de la muerte de su madre.

Alexander insistía en que su madre se había excedido con su primer amor y que había encontrado la muerte durante sus momentos íntimos.

Rena se negaba a creer semejante deshonra sobre su madre.

Además, era bien sabido que su padre no era feliz en su matrimonio y presionaba para conseguir el divorcio y poder estar abiertamente con la madre de Milly.

No vaciló en echar a Rena de la casa tras la muerte de su madre.

Definitivamente, algo no encajaba.

Rena esbozó una sonrisa de desprecio mientras miraba a la despreciable pareja y luego a su padre, que parecía totalmente desinteresado.

Se juró a sí misma que, en cuanto desenterrara la verdad, llegaría su retribución.

Aferrada a la urna de su madre, Rena recogió lo último de sus pertenencias y se marchó, con el corazón abrumado por la pena.

Condujo hasta el único santuario que le quedaba: la pintoresca casa que su abuela le había legado.

Había caído la noche.

Haciendo equilibrio con sus pertenencias, Rena bajó del auto y, cuando se disponía a subir los escalones, sintió una presencia detrás de ella.

Al girarse, retrocedió ante la visión de un viejo mugriento que la agarraba. Su hedor era nauseabundo.

Con los dientes al descubierto en una sonrisa grotesca, apestaba a podredumbre. "Preciosa, ¡eres deslumbrante! El señor Singh no mentía. ¡Realmente eres un tesoro!".

Mientras se inclinaba más, olfateándola, murmuró: "Hueles delicioso. ¡No tardarás en disfrutar de esto también!".

"¡Suélteme! ¡Ayuda! ¿Hay alguien que pueda oírme?". Rena se revolvió contra él, sus esfuerzos fueron en vano mientras era empujada al suelo.

Sus gritos resonaron inútilmente en el paisaje desierto. ¿Así terminaría su historia?

Mientras el hombre le rasgaba la ropa, su resistencia no hizo más que intensificarse, sus lágrimas brillaban a la luz de la luna, realzando su apariencia etérea. "No... Por favor, no...".

Se sintió completamente impotente. La desesperación la abrumó y cerró los ojos.

De repente, el asalto cesó. El peso del hombre se levantó de ella mientras caía al suelo, un charco de sangre extendiéndose desde su cabeza.

Al abrir los ojos, Rena vio una figura alta e intimidante de pie sobre ella, con una pistola en la mano.

Su mirada intensa y sus rasgos rudos eran imponentes, su presencia casi espectral a la luz de la luna.

Al inspeccionarlo más de cerca, vio sangre salpicada en su ropa y en sus manos, sus ojos atormentados y penetrantes bajo un cabello ligeramente rizado.

Capítulo 2 Casémonos

De repente, el hombre se desplomó en el suelo.

En medio del caos, Rena supo que no podía abandonar al hombre que la había salvado. Con determinación, lo incorporó y luchó para subirlo por las escaleras.

Al llegar a su casa, lo recostó con cuidado sobre el sofá.

Era, sin duda, un hombre apuesto: largas pestañas enmarcaban sus ojos, su mandíbula era definida y sus labios parecían suaves. Sin embargo, una herida profunda en el pecho no dejaba de sangrar.

Rena lo comprendió todo en un instante: le habían disparado. Había usado sus últimas fuerzas para salvarla.

"Te prometo que haré todo lo que pueda para ayudarte", le susurró.

Corrió a buscar el botiquín de primeros auxilios que guardaba entre sus provisiones.

El olor metálico de la sangre impregnaba el aire, pero Rena se armó de valor. Comenzó por detener la hemorragia y limpiar la herida.

Aunque tenía conocimientos de tratamiento médico, nunca había tratado una herida de bala.

Contuvo la respiración, tomó el bisturí y las pinzas, y procedió a extraer la bala con meticuloso cuidado.

Mientras trabajaba, el rostro del hombre se contrajo de dolor y sus labios se entreabrieron a causa de la tensión.

"Resiste, no estás solo", lo tranquilizó con voz suave.

Una vez extraída la bala, él solo necesitaba descansar para recuperar fuerzas.

Aliviada, Rena miró a su alrededor. La casa, impregnada de los recuerdos de su abuela, la conmovió.

"Abuela, te lo prometo: la muerte de mamá no será ignorada", juró con solemnidad.

Esa noche se acostó en la vieja cama de su madre, buscando consuelo en su esencia que aún perduraba.

Sin embargo, el sueño la eludió, asaltada por las perturbadoras imágenes de la muerte prematura de su madre.

Cuando las primeras luces del alba se filtraron en la habitación, el hombre que yacía en el sofá comenzó a moverse y abrió los ojos lentamente.

Miró a su alrededor, con la vista aún nublada, y se incorporó con cuidado. Punzadas de dolor en el pecho lo atravesaban con cada movimiento. Al bajar la vista, notó la herida vendada.

¿Quién lo había cuidado?

Los recuerdos de la noche anterior volvieron a él poco a poco: huía de sus perseguidores, había saltado del auto en medio de una lluvia de balas y buscado refugio.

Un grito de auxilio lo había impulsado a intervenir.

La vivienda era modesta, apenas medía unos pasos de un extremo a otro. Fue entonces cuando vio a la mujer que dormía plácidamente en la cama.

Una oleada de emociones agitó su corazón, hasta ese momento impasible.

¿Acaso no era Rena Barnett, la mujer que había rechazado públicamente su propuesta de matrimonio?

Qué ironía del destino.

En una reunión de la familia Payne, había quedado cautivado por el encanto luminoso de Rena y sintió por ella una atracción irresistible.

En un impulso, decidió en ese mismo instante que ella debía ser su esposa.

Bajo la intensa mirada de su padre, lo convenció de que apoyara su decisión de proponerle matrimonio a Rena.

Dado el formidable estatus de la familia Payne, Alexander se sintió obligado a aceptar.

Sin embargo, justo cuando él ya se imaginaba su deseo hecho realidad, Rena declaró ante todos que preferiría casarse con un mendigo antes que aliarse con un hijo ilegítimo como él.

El resto de su familia se burló de él por haber sido rechazado por una joven de una familia de menor rango.

Tras la muerte de su padre y en medio de disputas familiares, luchó hasta superar a sus cinco hermanos y tomar el control del legado de los Payne.

Aunque había consolidado su posición, sus hermanos le guardaban rencor y aprovechaban cualquier oportunidad para socavarlo.

Precisamente, fue ese conflicto lo que lo había llevado hasta la puerta de Rena.

Rena despertó de golpe. Abrió los ojos de par en par al verlo de pie junto a su cama. Jadeó, incapaz de articular palabra por un instante. "Tú..."

Los labios de Emilio Payne se curvaron en una sonrisa sardónica, pero el resto de su rostro permanecía impasible. "Casémonos".

Capítulo 3 Mi nombre es Kellan Reed

¿Matrimonio?

Rena se quedó atónita, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

¿Estaba soñando?

¿O acaso ese hombre había perdido el juicio?

Mientras ella seguía perdida en sus pensamientos, Emilio se inclinó hacia su rostro. Sus ojos se clavaron en los de ella con una intensidad que la atrajo como un vórtice.

Emilio enarcó una ceja y una media sonrisa se dibujó en sus labios. "¿Renuente?", preguntó.

"Señor, apenas nos conocemos y ya me está proponiendo matrimonio. ¿No le parece un poco... precipitado?".

"Permítame presentarme", dijo él con una voz suave que ocultaba su verdadera identidad. "Mi nombre es Kellan Reed. Si no me equivoco, anoche le salvé la vida, lo cual me hace merecedor de un favor o dos".

En su mente, razonó que Rena, sola y vulnerable, era un blanco fácil; mucho más de lo que él mismo había sido en su pasado como hijo ilegítimo y repudiado.

Su plan era perverso: la ayudaría, se ganaría su confianza y, justo en la cúspide de su confianza, la abandonaría tras revelarle su verdadera identidad.

Por ahora, continuaría siendo Kellan.

Sentía una curiosidad perversa por ver su reacción cuando la verdad saliera a la luz.

¿Se desesperaría al sentirse traicionada? ¿O se arrepentiría de haber confiado en él?

Estaba ansioso por descubrirlo.

Mientras tanto, la mente de Rena era un caos.

Era cierto que él la había salvado, y no podía ignorarlo.

¿Pero casarse? ¿Así, de repente?

Parpadeó, observando al hombre frente a ella. Su rudo atractivo era innegable; la noche anterior, mientras le curaba la herida, había notado su abdomen marcado y su cuerpo atlético. Era, sin duda, muy apuesto.

Aunque casarse con él no parecía el peor de los destinos, su reciente desengaño amoroso la hacía desconfiar del amor.

¡No iba a casarse con alguien a quien acababa de conocer, por más que fuera su salvador!

Tras una breve pausa, negó con la cabeza con determinación. "Puedo compensarlo de otras formas por haberme salvado, pero el matrimonio no es una opción".

Un brillo travieso apareció en los ojos de Kellan mientras le levantaba la barbilla con suavidad, acercando su rostro al de ella. "¿Cualquier otra forma?", inquirió.

El pulso de Rena se aceleró. ¿Qué estaba insinuando?

¿Acaso esperaba que se acostara con él? ¡Jamás!

Bajó la mirada apresuradamente. "No voy a acostarme con usted...".

La risa grave de Kellan vibró junto a su aliento cálido contra el oído de Rena, provocándole un escalofrío. "Solo le propuse matrimonio. Piénselo. Puedo esperar", susurró él.

El corazón le latía desbocado.

Su atractivo era casi arrollador.

Pero ¿por qué un matrimonio?

¿Sería posible que él sintiera algo por ella? Imposible. ¡Apenas se conocían!

Kellan no insistió y se marchó poco después. Antes de irse, le dejó su número de teléfono, por si cambiaba de opinión.

Rena resopló con desdén y, sin dudarlo, arrojó el número a la basura.

La vieja casa de su abuela se sentía desolada y vacía; incluso las flores del balcón se habían marchitado.

Rena suspiró, con la mirada perdida en la urna que descansaba sobre la mesa. Su prioridad era encontrar un lugar para enterrar a su madre.

Fue a un cementerio local para consultar los precios. Una parcela decente costaba la elevada suma de ochenta mil, mientras que las más modestas rondaban los treinta o cuarenta mil.

Al revisar su cuenta bancaria, descubrió que Alexander la había congelado, dejándola sin nada.

Respiró hondo, luchando por mantener la calma. Se prometió a sí misma que conseguiría una tumba para su madre por sus propios medios.

Al salir del cementerio, absorta en sus pensamientos sobre cómo conseguiría trabajo, un lujoso auto deportivo rojo frenó en seco frente a ella.

La ventanilla descendió, revelando el rostro de Milly, quien se quitó las gafas de sol con un gesto arrogante. "Vaya, vaya, pero si es mi querida hermana", dijo con el mentón en alto. "¿No luces un poco desaliñada?".

Rena intentó ignorarla y seguir de largo, pero Milly insistió: "La vida sin la fortuna de los Barnett ha sido dura, ¿no es así? Pero anímate. ¡Papá te consiguió un matrimonio muy lucrativo!".

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