Capítulo 1
Malditos pensamientos
― ¿Estás demente?
― ¿Te da vergüenza que diga que tú hermana está buena?
Ana Lucía Menotti se encontraba en el patio trasero de la casa de Carlos Pérez, su mejor amigo. Ambos formaban parte del equipo de baloncesto de su universidad, cada uno en su respectivo género. Ella pasaba mucho tiempo en casa de él ya que contaba con una media cancha que sus padres le habían construido como apoyo total a su deporte y, por desgracia, ella no tenía ninguna cerca del bloque de apartamentos en el que vivía con, precisamente, la protagonista de la conversación.
El sonido del balón botando sobre el asfalto los había acompañado toda la tarde. Habían decidido perfeccionar su lanzamiento; mil tiros cada uno. Al finalizar su entrenamiento, músculos de brazos y abdomen estaban entumecidos, el sudor perlaba sus cuerpos y lo único que tenían en la cabeza era la necesidad de saciar su sed. Decidieron recuperar las energías drenadas sentándose a la sombra que ofrecía la pared adornada con lajas de diferentes matices de grises que dividía el patio con el salón principal, sobre el húmedo césped de la pequeña y única sección con vegetación de la parte trasera de la casa. Cada uno tomó una botella de agua helada de la hielera ubicada entre ambos y de un trago vaciaron su contenido. Estuvieron un par de minutos sin hacer o decir nada, solo sintiendo como la temperatura corporal descendía gracias al líquido vital y la cálida brisa de verano que les acariciaba suavemente.
Cómo casi todas las tardes, comenzaron una conversación superflua. El tema bailaba entre el chisme del momento de la universidad, las jugadas que había hecho algún jugador famoso la noche anterior o alguna discusión tonta por su discrepancia en gustos musicales. Sin embargo, cuando se trataba de un intento casi fallido de seductor como lo era Carlos, la plática rápidamente derivaba a las chicas y cuáles les gustaban más de las que estudiaban en su universidad.
Para Lu, ese tipo de conversaciones eran cotidianas después de que su mejor amigo se enterara de sus preferencias sexuales. Salir del clóset con él, y con su familia, había significado soltar una carga extremadamente pesada que había llevado en los hombros desde que había entrado a la universidad. Su pasado en secundaria había sido un martirio que había quedado en el pasado, pero que no podía olvidar, especialmente porque era la razón de que sus padres la hubiesen mandado a estudiar a otra ciudad, lo más alejada posible de su círculo familiar. Sin los señores Pérez y el idiota que se había colado en sus huesos hasta hacer metástasis y del que ahora no podía separarse – ni quería hacerlo –, todo hubiese sido más complicado. Se habían convertido en un pilar importante, tanto para ella, como para su hermana.
Su hermana...
La estúpida conversación se había resumido en decir algún nombre conocido y describir sus atributos físicos y, entre chica y chica, el nombre de su hermana salió a la luz. No entendía como la plática había comenzado a girar alrededor de ella, de cómo era una de las mujeres más hermosas y de las que más buena estaba de toda la universidad. Aquello no era ningún secreto para Lu, no era ciega y sabía de antemano que So era muy bella. No tenía que verla con otros ojos para darse cuenta, sin embargo, cierta incomodidad hacía que se removiera sobre el césped y mientras Carlos más la nombraba, más crecía esa sensación extraña que se transformaba en una enorme bola en su estómago que le dificultaba tragar.
El inconveniente provino cuando su mente comenzó a divagar, llevándole flashes de los comentarios más explícitos que su mejor amigo agregaba. La incomodidad dio paso al pánico; estaban hablando de su propia hermana ¿Por qué iba a pensar en forma lasciva de ella?
Era culpa del estúpido de Pérez.
― No es vergüenza, pero es mi hermana, zopenco ― dijo dándole un golpe en el brazo. Carlos se quejó con fingido dolor.
― No te pongas celosa, Analú, tú también eres bonita, pero no te puedo ver de otra forma. Eres como mi hermanita ― otro golpe. ― Bueno, ya. Me vas a dejar morados.
― Entonces deja de decir estupideces.
― ¡No estoy diciendo estupideces! ― Exclamó con un exagerado dramatismo. ― Estoy hablando de algo muy importante. Tú vives con ella, te gustan las chicas, por ende, tuviste que darte cuenta que tú hermana tiene el mejor culo de la universidad, de tetas tampoco está nada mal y tiene una cintura que parece una abeja. Además, tiene una carita qué...
― Ok, es momento de que me marche antes de que te hagas una paja ― dijo poniéndose de pie. ― Y me da más asco que sea por mi hermana.
Carlos soltó una sonora carcajada antes de ponerse de pie y acompañarla. Se adentraron al interior de la casa para que la chica pudiera despedirse de los señores Pérez y, con un saludo de manos, se despidieron los amigos. Ana cruzó el jardín hasta una motocicleta K-Light doscientos dos, de la marca Keeway. Adoraba ese tipo de motos «antiguas», la línea motera ochentera y su color negro mate eran una delicia a la vista y lo mejor, tenía un precio que se ajustaba a su corto presupuesto de estudiante. Acomodó el bolso en la pequeña maleta del vehículo, se acomodó sobre los pedales e hizo rugir el motor antes de ponerse en marcha.
La serpenteante carretera se presentaba tranquila bajo el grueso cristal del casco modular gris oscuro con pequeños detalles de carbono negro que le brindaban la mayor protección. Bajo ese implemento de seguridad nadie podía reconocerla, pero ella podía apreciarlo todo. El viento, aunque cálido, golpeaba gélido la húmeda ropa y piel de la deportista, pero su mente no procesaba esa sensación. Su cerebro solo calibraba que se dirigía al departamento que compartía con su hermana desde un par de meses atrás.
Ana Sofía Menotti – sí, sus padres habían sido sumamente creativos al poner sus nombres –, era dos años menor y había comenzado a estudiar periodismo en la misma universidad que Ana Lucía, aun en contra de la voluntad de sus padres.
No había fuerza en este mundo que las obligara a estar separadas más tiempo del necesario y si podían evitar que ese lapso se cumpliera, si existía cualquier posibilidad, aunque fuese mínima, de estar un minuto del día más juntas, la tomarían y se aferrarían a ella. Su vínculo llegaba a tal punto, que entre sus familiares se comentaba que cuando So nació, solo dejó de llorar cuando miró a su hermana. Desde que se conocieron, se volvieron inseparables. Juntas pasaban horas jugando en su habitación y juntas se acostaban a dormir. Las personas solían recalcarle que compartían algunos rasgos físicos que las hacían, en ocasiones, lucir casi como mellizas. Siendo niñas, intercambiaban sus ropas y ni sus padres solían reconocerlas por lo parecidas que eran. No fue hasta que Lu se desarrolló y la caprichosa naturaleza quiso que creciera mucho más que su hermana, que sus ojos se oscurecieran un poco y su cabello cambiara de matiz. Aun así, continuaban siendo tan unidas que cuando su madre decidió separar sus habitaciones, cada noche una se colaba en la habitación de la otra para continuar con la tradición de dormir abrazadas, como siempre lo habían hecho.
Cuando Ana Lucía decidió revelar su verdad, el corazón de ambas se rompió el mil pedazos; el de Lu por recibir el rechazo de dos de las personas más importantes de su vida y el de So por ver como se rompía el de su hermana. La relación familiar se quebrantó a tal punto que decidieron no volver a escabullirse por las noches, no porque su orientación sexual hubiese afectado en algo su relación, sino porque So quería evitarle cualquier tipo de problemas a su querida hermana mayor. Pero la actitud de sus padres había hecho mella en ella. Lu no era la misma y, más temprano que tarde, su actitud rebelde apareció, alejándose hasta de todos, hasta de su hermana.
Cuando Lu fue enviada a estudiar a otra ciudad, la menor vio la oportunidad perfecta para volver recuperar aquellos años perdidos. Para volver a recuperar a su hermana. Y lo haría a como diera lugar.
A pesar de que el tiempo había pasado y sus rasgos personales y físicos estaban definidos, algunos seguían manteniendo que se parecían mucho; tenían la cabellera castaña rojiza, aunque Ana Lucía tenía el pelo más voluminoso por los rulos que se formaban de manera natural y su color era mucho más «zanahoria» que el de su hermana menor. Las dos habían heredado la nariz respingona de su madre y los ojos rasgados de su padre, pero los diferenciaba el color: Lu los tenía color ámbar y So de color verde aceituna con ciertos filamentos dorados que le daban un aspecto preciosísimo. Ambas tenían pecas esparcidas en el rostro, espalda y pecho y su piel era muy blanca, casi pálida, pero el bronceado de la mayor era perceptible a simple vista. Tantas horas al sol jugando baloncesto habían tenido evidentes consecuencias.
Pero la diferencia más notoria entre ambas era sin duda alguna, sus opuestas anatomías. Ana Lucía medía un metro ochenta y un centímetros de altura y su complexión física era la de una atleta; en reposo, su cuerpo ya acusaba muchísimas horas de entrenamiento exigente y bastante profesional, con músculos visibles y una espalda más ancha que el promedio del género. Aun así, no dejaba de ser femenina y una clara evidencia de ello eran unos glúteos que parecían haber sido esculpidos con la robustez del mármol pero con la suavidad y sensualidad de la mismísima Afrodita.
Ana Sofía, en cambio, apenas alcanzaba el metro sesenta y cinco de estatura, con un cuerpo delgado y esbelto. Su fina cintura y sus anchas caderas le daban un aspecto de guitarra clásica que calzaba perfectamente con los cánones de belleza establecidos por la sociedad. Con unos atributos femeninos firmes y que concordaban de una manera idílica con su tamaño y complexión. Curiosamente, So también había heredado un trasero voluptuoso y que no pasaba desapercibido por nadie. Lu, en ocasiones, la comparaba con los típicos personajes femeninos de los anime que veían frecuentemente.
A esto se le sumaba la diferencia de estilos que las distinguían; mientras la mayor solía vestir más desenfadada, predominando el estilo deportivo de leggins, licras, shorts, jeans, sudaderas o franelas, la menor solía tomarse mucho más en serio su atuendo, siendo más minuciosa a la hora de combinar prendas con maquillaje y accesorios.
Las Menotti eran muchachas atractivas, con estilos diferentes, pero todos convendrían en lo mismo: Estaban buenas.
La carretera se desvió hacia la izquierda, dándole la bienvenida un inmenso portón de color amarillo que se abría gracias al trabajo del vigilante dentro de la caseta de seguridad. El hombre alzó su mano en un gesto amigable y Lu hizo sonar la bocina como respuesta, agradecida de que el casco ocultara su enrojecido rostro. El camino se había vuelto un fogoso bailoteo de pensamientos varios, pero que todos tenían a la misma protagonista: su hermana.
La fila de edificios de color ladrillo se presentó ante ella. El rugir de la motocicleta captó la atención de algunos vecinos que yacían en las jardineras, paseando a sus mascotas o jugando con sus hijos. La urbanización a la que se habían mudado no era exactamente un piso de estudiantes per se, algunos solteros y familias recientes habitaban ciertos de los departamentos, dándole un ambiente pintoresco y familiar agradable. Eran muy económicos por lo alejados que estaban del centro de la ciudad, pero para los estudiantes eran una maravilla, pues estaban más cercanos al campus de la universidad.
Una sensación de terror había anidado en su pecho cuando las imágenes empezaron a mostrarse como un álbum de fotos de Ana Sofía. No podía quitarse de la cabeza lo estúpidamente atractiva que era, no solo físicamente, sino como persona, como hermana y, sobretodo, como mujer. Era un sentimiento que ya había acusado en el pasado, aunque había conseguido controlarlo evitando, específicamente, el tipo de charla que había tenido minutos antes. El tiempo que había permanecido distante le había ayudado a sobrellevarlo mucho mejor durante los últimos años, pero ahora su cerebro la estaba saturando.
Maldijo por lo bajo a Carlos cuando alcanzó su plaza de aparcamiento por provocarles esos estúpidos pensamientos. Se sentía tan culpable como el mismo Jaime Lannister después de descubrir lo cabrona que era Cercei, su melliza... pero So no era ninguna cabrona, era un ángel.
Un ángel malditamente sexy y hermoso que provocaba empotrarla contra...
Se regañó mentalmente y negó con la cabeza, sonriendo irónicamente. Estoy jodida de la cabeza, pensó.
La fuerte pierna derecha se alzó sobre la moto cuando se bajó, dejando a la vista unos muslos desnudos por el cortísimo short que usaba para entrenar. La tela se tensó y apretó la piel cuando se subió unos centímetros de más por la posición que la motocicleta le obligaba adquirir, exhibiendo – sin intención –, el nacimiento de las nalgas a un par de adolescentes que habían dejado de jugar al fútbol apenas la vieron cruzar el estacionamiento. Lu reacomodó la prenda, se retiró el casco, tomó su mochila y comenzó a caminar, pasando en medio de los hormonados mocosos sin prestarle ni un ápice de atención, pero ellos no perdieron de vista el vaivén de ese par de músculos que desfilaban frente ellos hasta perderse en el interior del edificio.
Capítulo 2
Estúpida laptop
Fue recibida por una canción de Dua Lipa que no reconocía y que le llegó amortiguada a los oídos junto a una sonora carcajada, apenas abrió la puerta del departamento. Frunció el ceño y se descolgó la mochila para dejarla sobre el sofá. Repitió la acción al colocar el casco sobre la repisa de un mueble al lado de la entrada que habían destinado para ese tipo de accesorios y se dirigió a la cocina atravesando la sala.
Las luces y paredes blancas le daban un aspecto amplio al pequeño departamento. El color no era su favorito y había sido un tema de discusión desde que su hermana llegó y decidió modificar el antiguo aspecto del hogar. Ahora agradecía que hubiese insistido tanto, ella nunca habría decidido un aspecto tan bonito y práctico. Aun así, había conseguido que una de las paredes tuviera un texturizado negro que combinaba con los cojines y los sofás, sumado a los detalles industriales de vigas y maderas, había una especie de efecto «dominó» o de «Yin yang» que a las dos les encantaba. Incluso bromeaban que reflejaba perfectamente el contraste de sus personalidades.
Otra carcajada resonó desde una de las habitaciones y Lu blanqueó los ojos como respuesta. Sacó una lata de Monster y empezó a caminar hasta el origen del ruido. El burbujeante gas de la bebida le hizo cosquillas en el labio cuando dio un pequeño sorbo, paseó la vista por el pasillo hasta alcanzar la puerta del cuarto de su hermana abierto. Se paró y recostó del marco y la miró alzando una ceja.
So se encontraba acostada bocabajo, vistiendo solo una micro blusa de color fucsia que apenas cubría sus senos y una braga de algodón blanca con rosas turquesas. Sin poder evitarlo, Su recorrió el cuerpo semidesnudo con descaro. Inmediatamente, lujuriosos pensamientos se mostraron en su cabeza.
Estúpido Carlos, pensó.
― ¡Lu! ― Dejó la cama de un brinco y la recibió con una enorme sonrisa, como siempre lo había hecho.
― So ― le devolvió el saludo. ― ¿De qué te ríes? Tú carcajada se oye hasta en planta baja.
― Tiktoks ― respondió encogiéndose de hombros y volvió a su cama. ― ¿Me pasas una bolsa de doritos que está en el cajón, por favor?
― No sé cómo puedes comer tantas cochinadas y seguir así de... ― Buena, estuvo a punto de decir. En otro momento le hubiese dado igual, pero después de los últimos sucesos prefería obviar esa palabra. ― De flaca.
― Estoy bendecida ― bromeó soltando una risilla que sonó a gloria en los oídos de Lu. ― Hablando de cochinadas, el técnico trajo tú laptop, no tiene contraseña así que revisé que todo estuviera en orden... ― Un pequeño rubor tiñó las mejillas de Ana Sofía. Miró de soslayo a su hermana, esperando su reacción, pero esta se mantuvo neutra, como si no tuviera que esconder nada...
Y ella había descubierto cosas que sí debían esconderse.
― Ah, vale ¿Te pusiste a revisar mis archivos privados, verdad? - Cuestionó con un semblante calmado. Debía esconder que era un revoltijo de emociones andante en ese preciso instante.
― Pues sí. Y no jodas, Lu, ¿Quiénes son esas chicas y por qué dejan qué... qué le hagas eso?
― No lo entenderías, mocosa ― respondió con un tono que hacía equilibrio entre broma y seriedad. Realmente no tenía ganas de explicarle a So absolutamente nada sobre el material que tenía en su computadora. No sabía la reacción que tendría su hermana, cómo lo tomaría o qué pensaría sobre ello. Tenía miedo y no tenía la mínima intención de demostrarlo.
- A ver - dijo So, tomando la computadora y encendiéndola rápidamente. Con un par de clicks ya estaba dentro de una carpeta que decía «sesiones», donde se abrió una extensa galería de fotos y videos. Clickeó en la primera que captó su atención.
La imagen mostró a una mujer de espaldas, con el cabello lacio atado en una cola de caballo alta y piel tostada. Sus brazos eran prisioneros en la espalda, envueltos en una especie de tela negra brillante que se mostraba bastante opresiva y una soga rodeaba firmemente ambas muñecas. Esa misma soga recorría el camino entre los omóplatos y giraban con brusquedad sobre el cuello. No podía ver su rostro, pero estaba segura que yacía levantado por que el amarre le obligaba a adoptar esa posición. - Puedo entender esto. Digo, sí, hay cierto morbo en ser atada... - Dijo, recorriendo el álbum donde se podía ver a la misma chica posando con diferentes tipos de amarres. También había otras mujeres que no conocía, algunas solas, otras en pareja. Todas atadas de formas que nunca habría imaginado. - ¿Pero esto?
Ahora, lo que apareció en pantalla fue un video. La persona que había puesto el celular a grabar era, sin duda alguna, Ana Lucía. Los esmeraldas iris volvieron a bailar sobre la imagen a la vez que su garganta tragaba una gruesa cantidad de saliva. No quería admitirlo, pero una extraña sensación de adrenalina combinada con una ansiedad incipiente se instaló en la boca de su estómago cuando vio a su hermana embutida en un pantalón de cuero negro tan ajustado que parecía ser una segunda piel. Lo brillante del material le daba un aspecto más voluminoso a las piernas y el escultural culo que se alzaba más gracias a las botas del mismo material con inmensas plataformas. Su dorso desnudo exhibía un par de senos pequeños, pero tan firmes como los músculos que dividían su abdomen en pequeñas secciones, tan apetitosos como una tableta de chocolate.
Los rizos bailaban a cada paso que daba, rodeando a una trigueña mujer que se encontraba parada sobre un mueble que parecía sacado de una sala de tortura medieval; dos barras de metal horizontales, una a la altura de sus tobillos y otra justo tras su nuca, eran sostenidas por otras dos barras forradas de cuero que formaban una «X». Ana Sofía tuvo que investigar qué demonios era aquella cosa y descubrió que se trataba de una Cruz de San Andrés.
Cinco gruesas argollas de metal sostenían cadenas del mismo material con sujeciones de cuero en el extremo. Cuello, brazos y piernas estaban inmovilizados, abriéndola y exponiendo su cuerpo desnudo.
El sonido metálico estremeció a Ana Sofía cuando la mujer intentó moverse de manera inútil. Su hermana observaba con ojos sádicos y filosos, ennegrecidos de excitación. Tomó una especie de varilla forrada de un material que parecía cuero y comenzó a rozar las zonas erógenas de la mujer; acarició entre los senos, bajando por el abdomen hasta realizar círculos con la punta de la vara alrededor del ombligo. Volvió hasta el pecho y jugueteó con la tensada piel del pezón. Las cadenas resonaron de nuevo cuando la mujer se retorció de placer y So sintió un que su entrepierna vibraba. Rodeó a la prisionera con la misma calma asfixiante, y acarició hombros y nuca en el proceso, erizando la piel cuando movió la varilla hasta el nacimiento de la columna.
Lu sonrió maliciosa, con una expresión que su hermana nunca había visto. Dio un paso y eliminó la distancia entre ellas, susurró algo al oído de la prisionera y con su mano libre, comenzó a estimular su sexo. Su dedo corazón bailaba libre sobre la dolorosa y sensible piel del clítoris, antes de recorrer los hinchados y húmedos pliegues del coño. La mujer arqueó la espalda, gimoteó y alzó las caderas en un intento de intensificar el roce y para sorpresa de So, Lu se burló de la reacción y retiró la mano.
- Por favor...
Rogó. Era una verdadera súplica que provocó otra contracción en el coño en Ana Sofía, mientras sentía como su propia humedad comenzaba a manar.
Lu se separó de nuevo y alzó su brazo izquierdo. La varilla parecía una espada a punto de decapitar a un enemigo. «Cuenta», ordenó dura, autoritaria e imponente y, sin dar tiempo a preparativos o mediación, el objeto descendió con la velocidad de un rayo. Un chasquido similar a una pequeña explosión resonó en sus oídos y un alarido coronó la... ¿Extraña? Imagen que veían sus ojos una vez más. La vara centelló una, dos, tres veces y, en cada golpe, los gritos y sollozos aumentaron de decibeles. Un primer plano del culo de la prisionera mostraba los rojizos surcos en carne viva, la piel enrojecida y amoratada y las pequeñas gotas de sangre caliente que descendían lentamente por la redondez de las nalgas.
Pero más impresionante aún fue ver como un hilo grueso y acuoso descendía por su propio peso de la babeante cavidad de la mujer. El abundante flujo solo era comparable a las lágrimas, saliva y sudor que habían poblado su rostro constipado por el llanto continuo.
So miró a su hermana e hizo señas imperiosas hacia el monitor. Su cara parecía un semáforo en alto y sus pecas pequeñas luces de neón.
- Repito, no lo entenderías... y dame mi laptop, salida - tomó el aparato y salió del cuarto hasta la habitación del frente. Arrojó la lata de Monster al cesto de basura y colocó el ordenador en el escritorio antes de encaminarse al clóset.
- ¡Es que no tiene sentido! - Exclamó, poniéndose de pie siguiéndola. - Primero, esa chica no parece que lo disfruta al principio, pero después... además en otro video sale pidiendo más y más. Y había otras cosas, como chicas desnudándose en la calle, algunas masturbándose... oh dios. Incluso había uno que parecía una película porno. La chica se dejaba coger por dos chicos. Necesito una explicación de tú extraña vida sexual ¡Ya!
- No es asunto tuyo - dijo con una voz monótona y calma. - Y repito, no lo entenderías.
- Si no me explicas, obvio no lo entenderé.
Un sonoro suspiro provocó que So hiciera un mohín. Lu conocía a su hermana y sabía perfectamente que nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Esa muchacha podía ser mucho más cabezota que muchos. La menor sonrió ampliamente al descifrar la expresión de derrota de la mayor, resaltando los hoyuelos en sus mejillas.
- ¿Sabes qué es BDSM o también tengo que explicarte desde el principio?
- Bondage, Dominación, Sadismo y Masoquismo ¿Cierto?
- Ajá, bueno, en este tipo de relaciones se establece un D y S. Dominante o domina y sumiso o sumisa.
- Eso lo entiendo, el dominante ordena, el sumiso obedece.
- Sí y no. A ver... cada persona tiene sus gustos, lo mismo aplica para el BDSM. Si a un sumiso no le gusta, no sé, el sadismo, el dominante no aplicará sadismo. Así mismo puede gustarle solo el exhibicionismo, la humillación, que los aten, que los cuelguen, que los castiguen. En fin, son muchas cosas. Incluso puede que le guste una combinación de todo. Al final, el dominante es quien se acopla a los gustos del sumiso, en cierta manera. Ya cuando existe mucha confianza entre D y S, se pueden explorar otros métodos, ir más allá del límite. Cosas así, ¿me entiendes?
- ¿Y los gustos del dominante?
- Bueno, por lo general un dominante le entra a todo. Su mayor placer es dominar y hacer que su sumisa alcance el clímax con sus prácticas. Claro, habrá quien no le guste hacer una que otra cosa, como todo.
A So le brillaban los ojos, se sentía excitada y emocionada por partes iguales y percibía como un volcán de emociones comenzaba a hacer erupción en su interior. No entendía por qué se sentía de esa manera, pero no podía evitarlo y algo la empujaba a dejarse llevar. Dio un paso más sobre la fría madera del cuarto de Lu – seguía sin entender como prefería ese material a la cálida moqueta de su habitación – y sintió la humedad pringando su entrepierna. Se paniqueó un poco, pero mantuvo las apariencias. Las bragas que estaba usando, además de ser blancas, no eran lo suficientemente grandes como para contener su excitación.
- Quiero probarlo.
- ¿Qué?
Ana Lucía había comenzado a desvestirse. La camiseta sudada había parado en el cesto de la ropa sucia y lo único que la cubría era el sostén deportivo negro. Casi se golpeó la cabeza con la puerta del clóset cuando escuchó a la hermana, pero no dudó en girar sobre sus talones y encararla con ojos desorbitados. Ana Sofía casi tuvo que contener una sonrisa al ver la expresión dibujada en ella.
- No sé... no veo que eso sea muy... excitante. Al menos sé que no me dejaría golpear por nadie. Pero como dije, que me aten siempre me ha dado cierto morbo... y a ver, por lo general me dejo guiar en la cama, pero una cosa es que un imbécil solo te acueste para meterlo como un burro en celo a que alguien te manipule mentalmente al punto de que te entregues en totalidad...
Claro que la entendía, la entendía demasiado bien. Esas palabras la había escuchado en más de una ocasión de sumisas primerizas. Ana Lucía estaba dentro del mundo del BDSM desde los diecisiete años. Ahora, con veinte y tres y cinco años de experiencia, estaba consciente que el camino que aún le faltaba por recorrer era enorme, pero se sentía lo suficientemente confiada para iniciar a cualquiera en ese mundo lleno de perversiones y amor por igual. Ya había fungido de iniciadora de un par de chicas con las cuales seguía manteniendo una bonita amistad... además de una que otra sesión con sus actuales amos.
Lu negó con la cabeza y se sentó en la cama, peinó sus rizos rojizos hacia atrás y respiró hondo antes de dedicarle una seria mirada a su hermana. So sintió que aquellos ojos dorados la desnudaron por completo, que podían atravesarla, desmontarla y rearmarla a voluntad, al punto que sintió sus piernas flaquear. Nunca antes le habían dedicado una mirada como esa ¿Eso era lo que sentían sus sumisas? ¿Eso era lo que provocaba la Lu dominante? Dio un par de pasos cautelosos hasta la ventana y miró hacia el horizonte, agradeciendo que estaban en un cuarto piso y que nadie podría verla fácilmente. Su rostro le ardía y estaba segura que estaba roja como un tomate, pero disimuló como la mejor de las actrices.
- ¿Y con quién lo probarás? - Cuestionó tajante.
- Tengo a alguien en mente...
- Espera ¿Conoces a un dominante? ¿Dónde lo conociste? Porque si lo conociste en alguna red social estúpida, siempre hay idiotas que creen que el BDSM es lo que aparece en Cincuenta Sombras de Gregorio. O sea, no saben una mierda y podrían lastimarte. Igual que hay más que un habilidoso que solo quieren aprovecharse.
No pudo contener la sonrisa. No solo por el sobrenombre que le había dedicado al famoso libro erótico, sino porque a pesar de la situación, su Lu siempre estaba ahí para protegerla, para ella. Pero eso era algo que todos sabían, así como So estaría siempre para su hermana mayor. Era algo que nadie ponía en duda. Su conexión era tal, que sus padres contaban orgullosos que la primera palabra que Ana Sofía aprendió a decir fue «Lu», con tan solo nueve meses de nacida. Y a partir de ese momento, se convirtió en su palabra favorita.
- No conocí a nadie por redes sociales, cálmate... - Se mordió la uña del pulgar derecho, sin dejar de mirar la ventana y dijo: - De hecho, hace un par de horas no conocía a ningún amo... o ama.
- ¿Entonces?
- ¿En serio me vas a hacer decirlo?
So dejó de mirar la ventana y dio un par de pasos para posicionarse frente a ella. La luz del ocaso la bañaba desde la espalda, dándole el aspecto de una especie de diosa de alguna mitología antigua. Lu la observó de pies a cabeza, deteniéndose un par de segundos en el pequeño brillo acuoso que resbalaba por el interior de sus muslos, se levantó y cortó la distancia entre ellas; una miraba hacia abajo y la otra hacia arriba, sus ojos orbitaban entre ellos como planetas a sus estrellas.
- Dilo.
Ana Sofía resopló. - ¿Qué tengo que decir? ¿Qué la única persona en la que confío para hacer una de esas locuras eres tú?
Negó con la cabeza. - Di que, a partir de hoy, eres mi sumisa y yo tú ama.
Tragó grueso. Sintió el peso de esas palabras como una enorme roca que le aplastaba el pecho y el estómago. Incluso pensó que no sería capaz de decirlas, pero ignoró el hormigueo que estaba concentrándose en su vientre bajo, se llenó de valor y sin apartar la mirada, dijo:
- Quiero que ser tu sumisa. Y quiero que seas mi ama.
Capítulo 3
Delivery
La luz del día aún no se colaba por las rendijas de la ventana y la temperatura estaba lo suficientemente baja como para que cualquier persona durmiera a pierna suelta, pero ese no era el caso de Ana Sofía. Sus ojos yacían observando fijamente el cielo raso de su habitación, abiertos con la lucidez de una persona despierta desde hacía una hora. El reloj marcaba las seis de la mañana en punto y solo intentaba rememorar cuando había sido la última vez que se había despertado tan temprano un fin de semana. Los sábados solía ser su «día de flojera», como ella misma lo llamaba. Los domingos solía dormir hasta muy tarde porque normalmente salía a tomarse unos tragos y bailar con sus amigos la noche anterior.
Pero este era un fin de semana atípico.
Su cabeza volvió a rememorar la conversación que habían tenido ayer y, de nuevo, el vacío típico de la adrenalina volvió a invadir su estómago. La ansiedad y la emoción batallaban una con la otra en una guerra que parecía librarse en la boca de su estómago. Había accedido a algo que nunca hubiese imaginado, mucho menos con su hermana...
¡Es mi jodida hermana! ¡¿Acaso perdí la cabeza?!
Tomó la almohada y se tapó el rostro cuando empezó a sentir que los colores se le subían y giró sobre la cama. Quizás si había perdido la razón y había arrastrado a Lu al precipicio con ella, pero ya no había vuelta atrás. Había dicho las palabras.
Su sumisa y mi ama.
En un momento de lucidez retiró la almohada del rostro y volvió a mirar el techo en busca de una respuesta a varias interrogantes: ¿Qué significaba eso exactamente? ¿Cómo afectaría su relación de ahora en adelante?
Había pasado toda la noche leyendo, investigando en donde se estaba metiendo y descubrió que un D y S podían vivir una vida totalmente normal. Después de todo, lo que ocurría entre cuatro paredes, se quedaba dentro de cuatro paredes. Pero las relaciones BDSM solían ir más allá que una simple noche de sexo y frecuentemente usaban todo su entorno para las «escenas».
Sexo...
Se tapó la boca, temiendo que su hermana pudiera oírla decir esa palabra, incluso en sus pensamientos ¿Realmente estaba pensando en sexo? ¿Con su hermana? So estaba batallando consigo misma desde muchos flancos diferentes; en primer lugar, ella no era lesbiana. Nunca había sentido ese tipo de atracción hacia otra mujer, de hecho, podía decir que la única chica que se le hacía lo suficientemente atractiva como para decir que le gustaba era...
Lu.
Frunció el ceño ante ese insolente y peligroso pensamiento. Inmediatamente comenzó a rebuscar en sus recuerdos otra mujer que le pareciera «cogible», repasando actrices, deportistas y cantantes, pero sentía que ninguna era tan atractiva como su hermana.
Sí, me volví loca de remate.
Intentó dormir una vez más, pero cuando se dio cuenta que era inútil, se levantó. Caminó, desperezándose en el trayecto, directo al lavado y aseó rápidamente sus dientes y rostro. Se quitó minúscula blusa fucsia que seguía usando desde el día anterior y la remplazó por una sudadera de manga larga color negro con una gran águila tribal de color dorado en el pecho. En la parte posterior resaltaba en número siete y el nombre de su hermana en la parte inferior. Era del equipo de baloncesto femenino de la universidad y Ana Lucía se lo había regalado. Se cambió de bragas por unas más cómodas y así se encaminó con dirección a la cocina. Estaba tan acostumbrada a usar solo ropa interior en el departamento que salir de su cuarto en esas condiciones se le hacía algo normal.
¿Eso cambiaría a partir de ahora? Pensó, pero no le dio más importancia. El lugar estaba en completo silencio y aún se debatía entre la penumbra y los primeros rayos del Sol. Su objetivo era llegar a la cocina y preparar un buen desayuno cuantioso, provocando el menor ruido posible. Su hermana tenía un partido amistoso a las diez de la mañana y le gustaba hacerle algo que le llenara de energía, que la dejara satisfecha, pero que no le provocara esa sensación de pesadez tan desagradable de la que muchas veces se había quejado después de comer.
Optó por una rica y nutritiva ensalada de frutas y un tazón de yogurt con granola. Picó la fruta y la colocó en un par de platos, vertió el yogurt en tazas y dejó caer una lluvia de cereales varios que rápidamente comenzaron a un hundirse. Dejó la comida sobre la barra de desayunos y la acompañó con una botella de jugo de naranja del súper.
Casi eran las ocho de la mañana cuando finalizó todo, momento justo en el que una enmarañada cabellera casi naranja emergía del pasillo. Lu aparecía bostezando, con la boca pastosa y luciendo solo una camiseta inmensa de algún equipo de la NBA que desconocía. Estrujó sus ojos en un intento de despejarlos.
- ¿Desayuno? - Murmuró. Aun sentía los agarres del sueño.
- Para campeonas. Ve a lavarte la boca y comemos.
- Sí, mamá.
No dijo más, dio media vuelta y caminó en dirección al baño. Ana Sofía sonrió ante el sarcasmo característico de su hermana mayor y se preguntó si de ahora en adelante, ella podría seguir dándole órdenes de ese tipo.
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La mañana transcurrió como era habitual para las hermanas Menotti. Desayunaron, hablando de cosas superfluas como las tendencias del día de Twitter, comentaron sobre lo que les había parecido el capítulo seis de Arcane, una serie que ambas habían comenzado a ver y que les había fascinado. Con el reloj marcando las nueve de la mañana, So se instaló en su cuarto para revisar unas notas de su clase Comunicación Visual y Fotografía. Su concentración en los apuntes no le impedía mirar de reojo hacia la habitación de Lu. Ésta ya estaba cerrando su bolso deportivo y se preparaba para marcharse, cuando se detuvo en la puerta de la habitación para girar sobre sus talones, volver a posar la mochila sobre la cama y abrirla. Uniforme, vaso térmico, zapatos y muñequeras volvieron a salir y la menor de las hermanas tuvo que dejar su lectura para averiguar que sucedía. «No encuentro mis licras de la suerte», exclamó la mayor cuando la vio entrar.
Minutos después, So mostraba la prenda que había alcanzado bajo un montón de ropa que yacía sobre la silla ergonómica presidencial donde Lu estudiaba.
- Gracias - dijo, volvió a guardar las cosas y se marchó.
Ana Sofía miró un par de segundos de más la puerta de salida, justo por donde acababa de salir su hermana, sintiendo como esa «normalidad» que estaba exhibiendo estaba haciendo mella en su psiquis. Esperaba que en cualquier momento mencionara algo sobre lo de ayer, que le diera alguna... orden, o algo parecido. Empezó a cuestionarse la posibilidad de que lo hubiese olvidado o, peor, que lo había tomado como una broma. Chasqueó la lengua cuando comenzó a sentir una leve punzada de dolor en el pecho por culpa de ese último pensamiento. Ella si lo había dicho en serio.
Volvió a su habitación y le subió volumen a su reproductor, comenzó a tararear al ritmo de Taylor Swift y dio por terminada su sesión de estudio. Era imposible concentrarse. Decidió tomar su teléfono y comenzar a navegar por Twitter y, cuando se dio cuenta, eran pasadas las diez de la mañana. El partido había comenzado. Buscó rápidamente la cuenta del equipo de baloncesto femenino de la universidad y leyó de inmediato que las Águilas ganaban treinta y cinco a veintidós. Inmediatamente llegó un nuevo tweet:
«Otro triple de Ana Menotti, y ya son 5», acompañado del emoji de una llama y una cara sorprendida.
Se dejó caer sobre la cama y colocó el teléfono sobre su pecho, incapaz de contener una sonrisa gigantesca. Lu era el jodido orgullo de su vida. No podía negarlo, aunque nunca se había esforzado por hacerlo, sin importarle que eso provocara alguna que otra pregunta fuera de lugar de sus amigos. Era su fan número uno, su mayor admiradora y lo seguiría siendo por siempre.
So retiró algunos mechones de cabello de su frente y lo acomodó tras su oreja, rememorando la discusión con su papá cuando les confesó que estudiaría periodismo en la misma universidad que Lu. Amaba su carrera y ese fue su argumento principal, la comunicación social le apasionaba, dar noticias, compartir cualquier tipo de información. Tenía un talento nato para hacer interesante cualquier tema y por esa razón, la red social del pajarito azul era su favorita y los más de cuarenta y cinco mil seguidores que la seguían lo confirmaban.
Pero había otra razón que mantenía solo para ella; quería ser quien escribiera el primer artículo cuando su hermana llegara a la WNBA. Volvió a reír ante esa tonta meta que tenía metida entre ceja y ceja, la cual parecía más la fantasía de una niña. Pera era su meta y si Lu no llegaba a jugar en la mejor liga del mundo, no le importaba, igual escribiría algo sobre su orgullo.
Decidió dejar el celular sobre la cama y, con energías renovadas, volvió a tomar su ordenador y lo colocó sobre sus piernas para continuar de pulir las notas que necesitaba para las clases. Se adentró tanto en el trabajo que se sorprendió cuando el teléfono vibró a su lado y se sorprendió aún más cuando se dio cuenta que eran las doce y cuarto del mediodía.
Inmediatamente, como si hubiesen accionado un interruptor en su interior, el hambre la invadió.
«Lu: ¿Qué haces? 12:11»
La notificación que había llegado era un mensaje de su hermana. Era claro que el partido ya había terminado y seguramente, el entrenador las había retenido para una charla post juego, algo que ocurría habitualmente.
«Nada, estaba estudiando 12:11»
«¿Ganaron? 12:12»
«Lu: Obvio, hice 27 puntos jajaja 12:12»
«Lu: Voy en un rato a la casa ¿Quieres pedir algo? 12:12»
«Bravo, campeona 12:12»
«Por favor, muero de hambre 12:12»
«Lu: Ok, pero debes recibirlo 12:13»
«Dale 12:13»
«Lu: Te aviso cuando vaya en camino el delivery 12:13»
So no respondió, volvió a dejar el teléfono sobre el colchón y su puso de pie. Caminó hacia el clóset, estirando los brazos entumecidos. Buscó algún short de andar por casa para recibir al delivery, pero antes de vestirse, el celular vibró nuevamente. Tomó un pantaloncillo de licra azul y volvió hasta el aparato. Era otro mensaje de su hermana:
«Lu: Mándame una foto usando sólo una toalla 12:16»
Casi se ahoga con su propia saliva.
El corazón comenzó a bombear frenéticamente dentro de su pecho. Los ojos desorbitados leyeron el mensaje una docena de veces, tal vez más, y cada vez sentía que su rostro ardía un poco más. Una sonrisa nerviosa se dibujó en su cara y comenzó a mirar en varias direcciones, temiendo que se tratase de alguna broma y que su hermana había llegado sin que ella se diera cuenta para burlarse de su reacción.
Pero, no solo no había llegado, sino que comenzó a intuir un deje de autoridad en ese simple, pero efectivo mensaje. Rápidamente comenzó a cavilar, tan ansiosa que las manos habían comenzado a temblar ¿Esto tenía que ver con la conversación que habían tenido ayer? ¿Era una orden?
¿Era una orden de ama a sumisa?
No se atrevió a contestar y estuvo tanto tiempo de pie, ahí, sin moverse, que la pantalla del teléfono se había apagado y en ella podía ver su reflejo; estaba roja, su pecho subía y bajaba y la indecisión estaba escrita en cada uno de sus rasgos.
Dejó caer el aparato y miró sus manos temblando. Empezó a escuchar el sonido frenético de su propio corazón y las alarmas en su cabeza empezaron a sonar. Sin embargo, ignoró todas las señales y, sin pensar en nada más, comenzó a desvestirse; la sudadera pasó rápidamente sobre su cabeza, descubriendo unos senos que botaron levemente cuando lanzó el suéter al armario. Su tamaño eran ideales para que una mano los cubriera casi en su totalidad y la tersa piel pálida era bañada por un centenar de manchitas rosadas y café que se esparcían hasta el nacimiento de la clavícula. Los pezones apuntaban respingones al frente como botones, tensos y de un rosa pálido más que sugerente.
Los pulgares engancharon el elástico de las bragas y tiraron hacia abajo con rapidez. Alzó una pierna y luego la otra para liberarse de la prenda que aterrizó suave sobre la moqueta. Se miró al espejo de cuerpo completo montado en la puerta y una oleada de placer la golpeó como una ola del mar. Recorrió su cuerpo entero, desde sus pies y tobillos, pasando por la línea de sus pantorrillas y muslos, advirtió su pubis prolijamente depilado y su abdomen plano adornado por la pequeña joya en su ombligo. La sombra de las costillas se asomaba tímidamente por los costados y los indulgentes senos subían y bajaban al ritmo de su pesada respiración. Observó como la clavícula marcaba su pecho y se perdía antes de llegar a los hombros y como el cuello vibró cuando tragó. Se encontró con la mirada brillante como el cristal dentro del reflejo y se sorprendió al descubrirse mordiéndose el labio inferior.
Grabó a fuego esa imagen en la retina. No era la primera vez que se veía desnuda, pero sí era la primera vez que se veía desnuda por órdenes de Lu.
Salió por el pasillo, tomó una de las toallas del baño y se envolvió en ella. La gruesa tela giró sobre sus senos y se ancló a un costado, cayendo libre hasta cubrir el nacimiento de los muslos. Volvió a la habitación y con teléfono en mano, accionó la cámara de selfies. Cuando se inmortalizó la imagen, descubrió que la tela escasamente alcanzaba a cubrir su entrepierna, que se asomaba tímidamente por la parte de abajo. La imagen la revolucionó más y, sin pensarlo, envió el archivo al chat de Ana Lucía.
Se quedó ahí, inmóvil. Sentía que si intentaba caminar sus piernas le fallarían. Un hormigueo intenso se concentró en su vientre bajo, enviando pequeñas corrientes hacia su sexo, alterándola aún más. Las alarmas en su mente seguían sonando con vehemencia, pero algo desconocido había aparecido y comenzaba a enterrarlas a una profundidad donde apenas y las notaba, confundiéndola.
No se entendía ni ella misma.
Sentía que la vergüenza se la estaba comiendo viva. De hecho, la sola idea de ver a su hermana a la cara después de éste suceso le carcomía por dentro. Pero ese «algo» que no lograba identificar se encargaba de apaciguar todas esas emociones, deformándolas en un estado de pluralidad que también les brindaba placer.
¡Tiiirinnnn!
El teléfono casi se le cae de las manos cuando el timbre sonó. Miró nerviosa a la puerta de su habitación, vacilando en su accionar. Inmediatamente, le llegó otro mensaje:
«Lu: Abre 12:27»
Otro timbrazo le hizo reaccionar. La orden era clara.
Empezó a caminar a paso lento, pero decidido, dándose cuenta que la abertura de la toalla se abría cada vez que alzaba la pierna derecha, dejándola aún más expuesta. Tomó la parte superior, donde había enganchado la tela y la sujetó con firmeza, asegurándola para que no se le cayera... y abrió.
- Delivery, veinticuatro rolls variados y dos latas de Spri...
Cuando el chico alzó la cara, se encontró con lo que, posiblemente, era la mejor imagen de su vida. Una pelirroja hermosa, buenísima, le recibía con una toalla que apenas y le tapaba el coño. Ana Sofía tomó las bolsas que el tipo, congelado, ni siquiera terminó de ofrecer. Dio media vuelta, sintiendo como la tela de la toalla apenas y cubría poco más de la mitad de su culo. Se sentía morbosa, pervertida y eso estaba provocando sensaciones encontradas en su interior.
- Gracias... - dijo sonriendo y, acto seguido, cerró la puerta.
Las bolsas cayeron al suelo y su espalda golpeó contra la madera de la puerta cuando se dejó caer. Respiró profundamente, sintiendo la adrenalina correr libremente por su sistema. Un par de minutos después recogió los paquetes y los dejó sobre la mesa, revisó el celular para verificar que no había otro mensaje. No lo había, dejó caer el teléfono sobre su cama y se encaminó hacia al baño.
Iba a hacerse una paja.