Esto es Valerion.
Está a doce días al norte de la desesperanza y a unos pocos grados al sur de una muerte segura por congelación, justo donde los Picos de Ébano rasgan el cielo como dientes rotos. Es un lugar obstinado. En cualquier otro sitio, si el suelo escupe fuego y ceniza, la gente se muda. Nosotros no. Nosotros construimos castillos encima y lo llamamos "hogar".
Tenemos caza, si te gustan las carnes duras. Tenemos pesca, si no te importa que tu cena intente comerte a ti primero. Y tenemos un clima encantador: nueve meses de granizo y tres de tormentas eléctricas.
La mayoría de los reinos tienen problemas "normales". Tienen plagas de langostas, tienen sequías, tienen vecinos ruidosos que intentan invadir sus fronteras con espadas oxidadas.
Nosotros no. Nosotros tenemos algo más.
Miren arriba. No, no a las nubes, más arriba.
¿Ven esas sombras que oscurecen el sol? ¿Ese rugido que hace vibrar los empastes de sus muelas?
La mayoría de la gente tiene caballos. Tienen bueyes. Quizás, si son muy elegantes, tienen halcones.
Nosotros... nosotros tenemos dragones.
Pero no se equivoquen. No son monstruos que vienen a quemar nuestras casas mientras corremos gritando. Ojalá fuera así de simple. Hace siglos, mis antepasados decidieron que matar a los dioses del cielo era demasiado trabajo, así que hicieron algo peor: les pusieron cadenas.
Mi nombre es Aeric, y soy el heredero de todo esto. De la piedra, del hielo y de las bestias. Se supone que somos los amos del cielo. Se supone que los dragones son nuestros siervos leales, nuestras armas definitivas, la razón por la que nadie se atreve a toser en dirección a Valerion.
Pero si escuchan con atención... notarán que el rugido ya no suena igual. Hay tos en el fuego. Hay óxido en las escamas.
Dicen que domamos a las bestias. Yo creo que solo estamos esperando a que recuerden que pueden comernos.
Y me temo que están a punto de tener hambre.