-Son guapísimos -murmuró mi compañera con un suspiro soñador, sin apartar la vista de las "Cuatro R" mientras estos caminaban con la seguridad de quienes saben que el mundo les pertenece.
-Son como cualquier otro -repliqué sin emoción. Era la primera vez que coincidía con ellos, y si por mí fuera, habría seguido evitándolos como siempre. Eran extraños, demasiado.
-¿Estás loca? -me recriminó, indignada-. ¡No parecen de este mundo! -Se llevó una mano al pecho con dramatismo mientras los observaba como si fueran dioses descendidos a la Tierra.
Rodé los ojos. Su actitud me exasperaba.
-Me voy.
Agarré mi bandeja y salí de la cafetería sin siquiera despedirme. Había algo en los hermanos Reffirshon que me inquietaba, algo en su presencia que hacía que el aire se sintiera más denso, como si un campo invisible los rodeara. Era una mezcla de magnetismo y peligro, una sensación extraña y deliciosa a la vez. Pero yo no pensaba dejarme atrapar por ella.
Un escalofrío me recorrió la espalda de repente, como si alguien acabara de invocar mi nombre en un susurro. El ambiente a mi alrededor se tornó pesado, y un presentimiento oscuro se asentó en mi pecho.
Volteé, casi con miedo.
Maldición.
Mis ojos se encontraron con la mirada intensa de Rasher, el mayor de los Reffirshon. Sus irises verdes brillaban con un fulgor penetrante, y su expresión era inescrutable. Dijo algo en voz baja y señaló en mi dirección.
Los otros tres hermanos se giraron al instante.
El tercero sonrió con un aire seductor, como si aquello fuera un juego. Los otros dos solo me observaban con curiosidad, como depredadores analizando a su presa antes de lanzarse.
El tiempo pareció ralentizarse.
El instinto gritó dentro de mí.
Sin pensarlo, me di la vuelta y me alejé a paso rápido, sintiendo aún el peso de sus miradas clavadas en mi espalda.
Karol tenía razón. No parecían de este mundo.
Y por esa misma razón, debía mantenerme lo más lejos posible de ellos.