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Capítulo 6 Seis

El viaje en auto fue incómodo y silencioso mientras Kat me lanzaba miradas sospechosas.

"Estabas muy roja cuando te encontré en el pasillo", me dijo, levantando una ceja.

Quise decirle la verdad, pero sabía que no cambiaría nada. Si esos gemelos eran tan "intocables" como todo el mundo decía, ¿de qué serviría? Seguía totalmente confundida sobre lo que había pasado. Es decir, me tocaron y besaron contra mi voluntad. Pero si fue así, ¿por qué lo disfruté tanto? ¿Por qué una parte de mí quería que volviera a ocurrir? Lo tomé como una locura momentánea y al hecho de que esos dos eran irresistiblemente sexys.

Mi amiga dejó de interrogarme a regañadientes después de que me declarara inocente un millón de veces. Caminé por la casa con cautela y casi salté de alegría cuando vi a Darren roncando en el sillón. Me dejé caer en la cama después de terminar las tareas y me toqué la cabeza con enojo. Ya ni siquiera me dolía.

De repente, soltó un timbre que se oía lejano. Entonces me paré de la cama y busqué el celular horrible que Lauren me había comprado. Nuestra trabajadora social básicamente exigió que Lauren me diera un celular. Así que, tal y como es mi querida madre, me compró el celular de la peor calidad posible. Ni siquiera sabía que seguían fabricando esos enormes dispositivos de tapa que para lo único que servían era para llamar.

"¿Hola?", contesté, suspirando, ya sabiendo quién estaba al otro lado de la línea. La única persona que llamaba a ese celular era Melissa, mi trabajadora social de hacía dos años.

"Hola, Sophia", dijo ella, riendo entre dientes. "Solo llamaba para saber cómo estabas y qué tal va todo".

"Todo sigue igual". Me encogí de hombros. "No mal, solo lo de siempre".

"Lamento escuchar eso". Suspiró. No era ningún secreto que Lauren nunca me había querido. "Nos acabamos de enterar de que tu padre ha estado enviándote cheques, y quería saber si te estaban sirviendo de ayuda".

Solté una risita. "Han pasado años, ¿y hasta ahora te enteras?".

"Tu padre parece ser una persona bastante reservada", rio Melissa entre dientes. "Esos cheques deberían aumentar tu fondo universitario muy rápido".

"Sí, si hubiera recibido alguno", me burlé, poniendo los ojos en blanco. Lauren estaba esperando el próximo cheque en cualquier momento. No había duda de que haría algún comentario mordaz cuando lo recibiera.

Hubo una pausa al otro lado de la línea. "¿No has recibido ninguno?".

"Lauren los ha recibido perfectamente". Me encogí de hombros. Hacía tiempo que había renunciado a la idea de recibir alguno de los cheques; tampoco era que quisiera algo de un donante de esperma ausente.

Otra larga pausa.

"Ya veo", dijo Melissa con un tono irritado. "Gracias por la info, Sophia. Veré qué puedo hacer para solucionarlo".

"No te molestes". Sacudí la cabeza. "No he recibido ninguno desde que murió la abuela, y realmente no tengo ganas de escuchar los gritos de Lauren".

"Si tú lo dices...", respondió ella, sin sonar muy convencida.

Esa noche no pude dormir bien. Los gemelos invadían mis sueños, como si no fuera suficiente con molestarme en la vida real. Me desperté con la respiración agitada. Mi sueño se desarrollaba en la escuela, donde ellos me gritaban insultos crueles. Luego me arrastraron a un armario y retomaron las cosas donde las habían dejado en la vida real, dejándome aún más confundida.

Un relámpago me sacó de la cama de un salto cuando partió el aire. La lluvia azotaba la casa, y lo que antes me parecía reconfortante ahora sonaba siniestro. Entonces prendí la lámpara y me levanté. Sin embargo, el frío de mi habitación no sirvió para calmar mi piel acalorada. De hecho, prácticamente podía sentir escalofríos bajo los roces bruscos de los gemelos, como si mi sueño hubiera sido real.

Apoyando la cabeza contra la fría ventana de mi dormitorio, miré hacia la lluvia. Vivíamos en una parte de California que era horriblemente seca la mayor parte del año. Pero en Georgia todo era verde y húmedo, y no estaba segura de si me resultaba inquietante o reconfortante.

Sonó otro relámpago y miré, hipnotizada, cómo iluminaba el bosque que estaba al lado de la casa con un destello amarillo. Todo estaba completamente oscuro bajo la pálida luz de la luna, pero el relámpago alumbraba todo antes de sumirlo en la oscuridad.

Me quedé de pie con la frente apoyada en el frío cristal por un buen rato mientras los brillantes destellos de los relámpagos se reflejaban en mis ojos. De vez en cuando, se escuchaba el ensordecedor estruendo del trueno y me hacía saltar un poco. Entrecerré aún más los ojos para mirar el bosque que tenía debajo. No sabía si era el viento o algo que se agitaba entre las ramas. Los relámpagos solo daban segundos de claridad antes de que volviera la oscuridad.

Sin embargo, me aparté de la ventana, sobresaltada. El relámpago iluminó el bosque, y no estaba segura de lo que acababa de ver. Dos cabezas muy grandes y peludas salían del bosque. El pelaje que rodeaba sus penetrantes ojos era oscuro como la noche. Solo alcancé a ver sus hocicos alargados, pero, si tuviera que adivinar, diría que eran lobos u osos negros. ¿Acaso había esos animales en Georgia? Lo más inquietante era que los dos animales parecían mirar fijamente hacia la ventana de mi dormitorio.

Al día siguiente no fui a la escuela, fingiendo estar enferma. Pero la verdad era que no estaba preparada mentalmente para ir. Los sueños me despertaron, y la visión de los extraños animales me mantuvo en vela el resto de la noche. Sabía que Lauren no se daría cuenta si no iba a la escuela. Como de costumbre, tenía que cuidarme de Darren. Estaba decidida a pasar todo el día en mi habitación; solo iba a salir para ir al baño de vez en cuando.

Entonces le puse el seguro a la puerta y volví a acurrucarme en la cama. No estaba segura de cuánto tiempo había dormido, pero agradecía que fuera una siesta tranquila, no de sueños plagados de Kieran y de Ethan. El día pasó rápido, y, cuando se hicieron las dos de la tarde, me vestí para ir a trabajar. Por suerte, no era un turno largo. No estaba del todo segura de si Kat vendría a llevarme al trabajo, sobre todo porque no había ido a la escuela. Pero, sorprendentemente, vi el auto de ella en la entrada y bajé las escaleras. Como Darren estaba atento a la repetición de un partido de fútbol americano, salí corriendo de la casa.

"¿Dónde demonios estabas hoy?", me preguntó mi amiga, frunciendo el ceño. "No estaba segura de si debía recogerte para ir a trabajar o no".

Fruncí el ceño. "Lo siento, tuve una mala noche".

"¿Te molestó la tormenta?". Se enroscaba un mechón de pelo color fuego alrededor de su dedo.

Me encogí de hombros y respondí: "Sí, me despertó, y me costó volver a dormirme. Solo necesitaba un descanso, eso es todo".

"¡La próxima vez, avísame!", se burló y negó con la cabeza.

"No tengo celular". Fruncí los labios. No pensaba sacar mi voluminoso dispositivo de tapa. Mejor no tener celular que esa cosa.

Kat frunció el ceño. "¿No tienes celular? ¿No puedes conseguir tu propio plan?".

"Aún no tengo dieciocho años. Además, necesito reponer mis ahorros".

Kat parecía perpleja, y nunca se me había ocurrido que ella fuera de una de las muchas familias adineradas del pueblo.

"¿Por qué necesitas reponerlos?", me preguntó, frunciendo el ceño.

Me reí entre dientes ante su confusión. "Ya he gastado demasiado dinero en comida, materiales de la escuela y ropa".

"Mmm... ¿y tus padres no deberían ayudarte con eso?". Hizo una mueca, lo que confirmó mi suposición sobre ella.

Suspiré. "Es una larga historia, pero el caso es que me las arreglo sola".

"Eso no suena muy amable", dijo, negando con la cabeza.

"No todo el mundo lo es". Me encogí de hombros y me bajé de su auto.

Por suerte, dejó ese tema ahí y empezó uno nuevo: quejarse de Tyler era una de sus cosas favoritas. En un momento dado, casi pensé que estaba extrañamente enamorada de él. Confesó a regañadientes que había salido con Tyler dos años atrás y que aprendió la lección cuando él la dejó por otra chica.

La primera mitad de mi turno transcurrió a la perfección. Cuatro horas después, más o menos, me choqué con otra mesera y me salpiqué la camisa oscura con salsa Ellen. El mánager que estaba en ese momento me dio otra camisa para cambiarme, pero, por desgracia, era de manga corta. El moratón que me había quedado días atrás ya estaba desapareciendo, pero ahora tenía un horrible color amarillo.

Me puse la camiseta negra de manga corta en el baño y me até el delantal a la cintura. Al salir del baño, choqué contra algo duro que emitía un olor embriagador y familiar. Tropecé mientras intentaba mantenerme en pie. De repente, un par de manos cálidas y ásperas me sujetaron por los hombros, estabilizándome. Ethan me miró con una ceja levantada mientras me topaba con él por segunda vez.

"¡Vaya, vaya, vaya! Pero si es la muñequita", me dijo con una sonrisita y las manos a los costados. Estaba despeinado, y un mechón le llegaba hasta los ojos. Parecía el típico chico malo que se ve en todas las películas, el que nunca me había interesado. Hasta ahora.

"Lo siento", dije, aclarándome la garganta e intentando mantener la voz firme. Los gemelos tenían un poder invisible que me hacía actuar como una idiota cada vez que estaba cerca de ellos.

"Hoy no fuiste a la escuela", comentó con una expresión seria en su atractivo rostro.

La ira y la irritación se apoderaron de mí. Él y su hermano me atormentaban, ¿y ahora quería hacerse el preocupado? Estaba claro que el enfoque que yo estaba adoptando no tenía ningún efecto en su comportamiento. ¿Querían que reaccionara? Bien. Quizás eso los aburriría y acabaría con su extraña fijación en mí.

"Eso no es asunto tuyo", le gruñí, mirándolo a los ojos. Comparada con la gran complexión de Ethan, probablemente parecía un gatito a la defensiva, pero no me importaba. Todo empezaba a pesarme y no estaba segura de cuánto tiempo pasaría hasta que mi cordura me abandonara por completo.

Le pasé por el lado y me dirigí a toda prisa a la cocina, sin atreverme a buscar en el restaurante la intensa mirada de Kieran. Solo llevaba seis minutos en la cocina cuando la mesera con la que me había chocado se abalanzó sobre mí.

"¿Qué tienes de especial?", soltó.

La miré, estupefacta. Sí, me choqué con ella por accidente, pero me disculpé por eso. Me miró de arriba abajo con desdén. Sus ojos color avellana me atravesaron.

"¿Qué?", me burlé, reaccionando demasiado despacio para su gusto.

Entonces se cruzó de brazos y me dijo: "Te crees muy especial, ¿eh?".

"No tengo ni idea de qué estás hablando", le respondí, agradecida cuando vi a Kat corriendo hacia nosotras.

"¿Qué putas, Jenny?", le gritó mi amiga a la mesera de pelo color caramelo. "¿Qué está pasando?".

"No tengo ni idea", respondí, encogiéndome de hombros, tratando de no acobardarme bajo la mirada de Jenny.

"Es la segunda vez que los gemelos vienen aquí preguntando específicamente por ella", espetó esta última. "Como si fuera especial o algo así".

Se me secó la boca al oír esas palabras, y el corazón me latió con fuerza.

"Adelante, atiéndelos tú", me forcé a decir.

Una mirada de sorpresa seguida de sospecha cruzó el rostro de Jenny. "Ya lo intenté. Te quieren a ti".

Por un segundo, contemplé la posibilidad de renunciar, pero eso no resolvería nada. ¿De verdad iba a dejar que dos tipos me obligaran a dejar mi trabajo? ¿Y la escuela? Ni hablar.

Así que salí de la cocina refunfuñando, con el estómago revuelto y el corazón acelerado. Me tomé un momento para recomponerme.

"Hola, cariño", sonrió Kieran cuando me acerqué a su mesa. Ethan estaba sentado al otro lado, con una sonrisa idéntica.

Apreté los dientes. "¿Qué quieren tomar?".

Los dos pidieron refrescos, y me fui antes de que pudieran decir algo más. Solo tardé un minuto, ya que ese día no estábamos muy ocupados. Siempre era mucho más fácil manejar mesas de tres o menos personas. Odiaba usar esas enormes bandejas para llevar las bebidas, ya que, un pequeño paso en falso, y todo se caía. Era mucho más fácil mantener la comida equilibrada. La mayoría de mis accidentes tenían que ver con las bebidas.

Puse los dos refrescos delante de ellos cuando Kieran me agarró del brazo con su áspera mano y me preguntó: "¿Qué demonios es esto?".

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