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Los golpes en la puerta resonaron como un trueno en la casa. Lya se estremeció en el sofá, su corazón latiendo a toda velocidad. Tristán, de pie junto a la ventana, observó con una expresión impasible antes de caminar hacia la entrada.
-¡Abre la maldita puerta! -rugió la voz de Alexander desde afuera.
Tristán suspiró y, sin apresurarse, giró la perilla. La puerta se abrió de golpe, y Alexander irrumpió como una tormenta. Sus ojos estaban inyectados de furia, su mandíbula tensa.
-¿Qué carajo crees que estás haciendo, Tristán? -espetó, su voz cargada de veneno-. ¿Te crees un maldito héroe por traerla aquí? ¡Sabemos bien que solo la estás usando!
Tristán ladeó la cabeza, observándolo con una calma inquietante.
-¿Usándola? -repitió con una mueca de burla-. Qué interesante, viniendo de ti.
Alexander apretó los puños.
-Eres una escoria. No puedes amar a nadie. Todo lo que haces es destruir lo que tocas.
Tristán soltó una risa seca.
-Tienes razón. No amo a nadie. Solo lastimo personas -su mirada se endureció-. Y por eso estoy aquí... para salvar a esta pobre chica de ti.
Alexander perdió el control. Lo empujó con fuerza contra el marco de la puerta, su respiración agitada de rabia.
-¡No sabes de lo que hablas! ¡Lya me pertenece, ella me ama!
Pero Tristán ni siquiera se inmutó.
-¿De verdad? Porque no pareces muy interesado en protegerla. Solo apareces cuando las cosas te convienen.
El silencio entre ellos fue sofocante, cargado de odio y resentimiento. Lya seguía inmóvil en el sofá, con las piernas dobladas contra su pecho, temblando.
Alexander apartó bruscamente a Tristán y avanzó hacia ella. Sus pasos eran pesados, su expresión, dura y desenfocada.
-¿Qué demonios estabas pensando? -su voz explotó en el aire, haciéndola encogerse-. ¿Cómo se te ocurre acudir a él? ¿A la peor persona que podrías elegir?
Lya parpadeó, sintiendo el pánico nublarle la mente.
-No tenía otra opción...
-¡Eso es una maldita excusa! -Alexander golpeó la mesa con el puño-. ¡Eres una estúpida por confiar en él!
Las palabras fueron como cuchillos. Algo dentro de Lya se rompió. Su cuerpo dejó de temblar. La rabia ardió en su pecho.
-¡Tú me dejaste! -gritó con toda la fuerza de su dolor-. ¡Me abandonaste con una nota como el cobarde que eres!
Alexander apretó los dientes, pero Lya no terminó.
-¡Eres un desalmado! ¡No tienes derecho a venir aquí a reclamar nada!
Se puso de pie con la intención de marcharse, pero antes de que pudiera reaccionar, Alexander la sujetó con fuerza del brazo.
-¡No he terminado contigo!
Su agarre era férreo. Demasiado fuerte. Lya sintió un dolor punzante.
-¡Suéltame! -forcejeó, pero él no cedió.
Tristán, hasta ahora observando en silencio, finalmente se movió. Su voz, cuando habló, fue un filo de hielo.
-Déjala ir, Alexander. Ahora.
Alexander lo fulminó con la mirada.
-No te metas en esto.
Pero Tristán ya no sonreía. No tenía esa expresión de burla en el rostro. Solo una oscura determinación.
-Si no la sueltas en este instante... -dio un paso adelante- te juro que lo lamentarás.
La tensión era insoportable. Lya sintió el aire volverse denso, como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración.
Alexander titubeó un segundo, pero su furia seguía intacta.
Y en ese momento, todo podía estallar.
Alexander apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro temblaban. Su furia era un torbellino incontenible, pero finalmente aflojó los dedos y soltó a Lya.
El movimiento fue brusco. Su cuerpo perdió el equilibrio y cayó de rodillas al suelo con un jadeo ahogado. Sus manos temblorosas se apoyaron en la alfombra, y su respiración entrecortada parecía retumbar en la habitación.
Un silencio pesado se instaló por un instante.
Y entonces, un golpe seco rompió el aire.
Tristán, con el rostro endurecido por la ira, le había propinado un puñetazo a Alexander, haciéndolo tambalearse. El impacto fue tan fuerte que la cabeza del otro se giró violentamente, un hilo de sangre escapando del corte recién abierto en su labio.
Pero Alexander no se quedó inmóvil. Se enderezó con una expresión oscura y se lanzó contra Tristán con toda la rabia acumulada.
Los dos chocaron con brutalidad, empujándose con fuerza. Alexander logró conectar un puñetazo en el abdomen de Tristán, haciéndolo soltar un gruñido ronco. Pero Tristán respondió con otro golpe directo al pómulo de Alexander, cuya cabeza se echó hacia atrás.
El sonido de los puños impactando contra la piel y los jadeos de esfuerzo llenaban el espacio. Lya, aún en el suelo, los miraba paralizada, con el corazón desbocado, sin poder moverse.
Finalmente, Alexander se apartó con la respiración agitada, su pecho subiendo y bajando con violencia. Se pasó el dorso de la mano por los labios ensangrentados, mirándolo con odio.
-Esto no ha terminado -escupió, con la voz rota de rabia.
Y sin mirar atrás, salió de la casa azotando la puerta con un estruendo que hizo temblar las paredes.
El silencio que quedó después se sintió ensordecedor.
Tristán, con los nudillos enrojecidos y el rostro manchado de sangre, desvió la mirada hacia Lya. Su expresión cambió al instante. Toda la furia se disipó, dejando solo preocupación.
Se acercó a ella y se inclinó con cuidado, deslizando un brazo bajo sus piernas y el otro bajo su espalda.
-Vamos, te llevaré a la cama -susurró.
Ella no resistió. Su cuerpo estaba demasiado débil, demasiado agotado. Tristán la recostó con delicadeza sobre la suavidad de las sábanas y luego sacó su teléfono, marcando con rapidez.
-Voy a llamar a la doctora.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Lya levantó una mano temblorosa y la apoyó sobre la suya, deteniéndolo.
-No -susurró-. Estoy bien.
Tristán la miró con escepticismo, pero no discutió.
Lya desvió la mirada, sintiendo el peso en su pecho, un vacío punzante que se extendía como una sombra.
-Ahora entiendo todo lo que me dijiste... -susurró, con la voz apenas audible, como si al decirlo, algo dentro de ella terminara de romperse.
No esperó respuesta.
En un gesto desesperado, con el dolor nublándole la razón, se inclinó y lo besó.
Sus labios temblaban, pero el contacto fue suave, lento, como si buscara en él algo que sabía que no encontraría. Tristán no se apartó, pero tampoco respondió de inmediato. Su mano se quedó inmóvil sobre la sábana, mientras la calidez de Lya ardía contra él.
Ella sintió cómo la tristeza se acumulaba en su garganta, cómo sus lágrimas amenazaban con caer.
Porque en ese beso no había pasión.
Solo desesperanza.