/0/16282/coverbig.jpg?v=53b64cdc9f354c2076babfe351829796)
Capítulo 1: la sinfonía del silencio
Desde que tengo memoria, el mundo ha sido una sinfonía de silencios. Un silencio que otros llaman soledad, pero que para mí es un refugio, un espacio donde las vibraciones del mundo se traducen en sensaciones. No sé cómo suena el viento susurrando entre las hojas, ni la caricia de la lluvia en la ventana. No conozco la calidez de una carcajada, ni el timbre de mi propia voz. Pero eso nunca me detuvo. Siento la música en cada célula, en la vibración de la madera del piano, en el roce de mis dedos sobre las teclas. Puedo sentir el latido del mundo a través de los pies, la sutil resonancia en el suelo.
Recuerdo el día que toqué el piano por primera vez, a los cuatro años. Mis dedos, pequeños e inseguros, exploraron las teclas blancas y negras. El sonido, o mejor dicho, la sensación, me inundó. Mis padres, con lágrimas en los ojos, me abrazaron. Fue como si la música fluyera a través de mí, un torrente de emociones que no necesitaba oír para entender. Era un milagro, como ellos decían, un milagro que se repite cada vez que me siento frente al teclado.
Ahora, con dieciséis años, la música sigue siendo mi mejor amiga, mi confidente, un mundo de infinitas posibilidades. Pero fuera de este santuario, el mundo es menos amable. En la escuela, soy solo Lucía, la chica sorda con un teclado especial, alguien diferente. Y la diferencia, para algunos, es un blanco fácil.
Hoy fue uno de esos días.
-Oye, Lucía -dijo Tomás, apoyándose en mi pupitre con una sonrisa burlona-. ¿Puedes decir mi nombre en voz alta? ¿O solo en señas?
Sus amigos, cómplices silenciosos, rieron. Bajé la mirada, intentando ignorarlos. No valía la pena responder. Sabía que sus burlas serían infinitas, un ciclo interminable de insultos disfrazados de bromas. Me limité a sostener mi lápiz, la punta fría contra el papel, copiando las palabras de la pizarra. La clase se convirtió en un zumbido sordo, un eco de sus risas que vibraba en mi piel.
-Déjala en paz, Tomás -dijo Sofía, su voz quebrando el silencio con una nota de firmeza inesperada.
Tomás se encogió de hombros, y volvió con sus amigos. Pero antes de irse, su mirada se detuvo en mí. Una mirada que no entendí, que no pude descifrar. Una mirada que permaneció en mi mente, insistente, un interrogante en medio del silencio. Una chispa de algo... ¿Curiosidad? ¿Arrepentimiento?
Al final del día, como siempre, encontré mi consuelo en el silencio del aula de música. El olor a madera pulida, la suave textura de las teclas bajo mis dedos... Cerré los ojos y comencé a tocar. Una melodía surgía de mis dedos, una canción que nacía de la oscuridad del silencio, una pieza que solo yo podía sentir, vibrante y llena de vida. No necesitaba oírla para saber que era hermosa.
De pronto, sentí una presencia. Abrí los ojos y lo vi allí, parado en la puerta, observando me en silencio. Tomás. Su mirada, esta vez, era diferente. Más... intensa. Y en ese instante, en medio del silencio que me rodea y la música que me inunda, algo cambió.