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Prólogo
El piano resonaba suavemente en la habitación silenciosa, una melodía que Lucía había aprendido a sentir más que a oír. Sus dedos bailaban sobre las teclas, sus ojos cerrados y su mente en calma. Desde pequeña, la música había sido su refugio, su manera de decir al mundo todo lo que no podía expresar con palabras. No necesitaba oír el sonido; la vibración que recorría su cuerpo le era suficiente.
A menudo se preguntaba por qué la vida tenía que ser tan difícil. La gente la miraba de manera extraña cuando ella tocaba en la escuela, y no eran pocos los comentarios crueles que escuchaba a su paso. "¿Cómo puede tocar si no escucha?" decían. "Es rara." Lucía, con una paciencia que sólo alguien como ella podría tener, se mantenía firme, porque en su interior sabía que la música era su verdad, mucho más que las palabras o las miradas horrible
Tomás, su compañero de clase, era uno de esos chicos que nunca la comprendió. A veces, la veía como una broma, una curiosidad extraña en su vida diaria. Pero el destino, como siempre, tenía sus propios planes, y Lucía pronto descubriría que el verdadero desafío no estaba en que la escucharan, sino en poder escuchar su propio corazón.