Ella se giró, su rostro iluminado por el fuego, y me lanzó una bolsa de tela barata al suelo.
"Esto es lo que llevarás a Sevilla. Ropa decente para una señorita" .
Dentro había vestidos largos y oscuros, de mangas hasta la muñeca y cuellos altos, ropa que ni mi abuela usaría.
Y encima de todo, una mantilla nueva, más negra, más pesada y más opresiva que la que me había obligado a llevar desde niña.
"Pero tú me lo prometiste" .
Mi voz era un susurro roto. El verano había sido una negociación constante. Yo había conseguido graduarme con las mejores notas, una hazaña en el instituto del pueblo. A cambio, le rogué que me dejara vivir sin el velo, al menos en casa.
Tras una pelea terrible, en la que amenacé con cortarme el pelo a cero, ella cedió.
Creí, estúpidamente, que era el comienzo de mi libertad.
"Te prometí que podrías quitarte la mantilla en mi casa, bajo mi techo" , dijo ella, su voz fría y cortante, "pero en Sevilla, en ese nido de pecado, la necesitas más que nunca. Es para proteger tu virtud" .
"¡No quiero proteger mi virtud! ¡Quiero ser normal!" .
"Nunca serás normal, Sofía. Eres mi hija. Tienes que ser piadosa, modesta. El sufrimiento te hará fuerte" .
Mi padre, Ricardo, apareció en el umbral, atraído por los gritos. Miró las llamas, luego a mí, y finalmente a mi madre.
Vi una chispa de pena en sus ojos, pero se extinguió tan rápido como apareció.
"Carmen, ya es tarde" , dijo suavemente, evitando mi mirada.
"Métete dentro, Ricardo. Esto es cosa de mujeres" .
Y él, como siempre, obedeció. Desapareció en la oscuridad de la casa, dejándome sola con mi verdugo y las cenizas de mi futuro.
Esa noche no dormí. Me senté en mi cama, con la nueva mantilla en mi regazo. Pesaba como una lápida.
Recordé todas las veces que había hecho esto.
Cuando tenía diez años, mi proyecto de ciencias, un volcán de bicarbonato y vinagre, ganó el primer premio. Carmen dijo que la ciencia era la obra del diablo para distraernos de Dios. Esa noche, mientras yo dormía, lo destrozó. A la mañana siguiente, encontré los trozos en la basura.
Cuando me vino la regla por primera vez, se negó a comprarme compresas.
"La sangre es la marca de la impureza de Eva" , me dijo, dándome un fajo de trapos viejos. "Debes sentir la vergüenza de tu cuerpo" .
Tuve que ir a la escuela con esos trapos, aterrorizada de que se movieran, de que oliera, de que alguien se diera cuenta.
Cuando cumplí quince, mis amigas organizaron una fiesta de cumpleaños. Carmen me encerró en mi habitación todo el fin de semana.
"Las fiestas son la puerta al infierno. Rezarás el rosario para limpiar tu alma" .
Me dejó solo pan y agua. Escuché las risas de mis amigas desde la calle, y lloré hasta que no me quedaron lágrimas.
Cada pequeño acto de rebelión, cada intento de ser una chica normal, era aplastado con una crueldad disfrazada de piedad.
Ahora, la universidad, mi única vía de escape, se sentía como otra prisión.
Una prisión a la que me vería obligada a ir llevando el uniforme de mi humillación.