A la mañana siguiente, me desperté y Mateo no estaba en la cama.
Lo encontré en la sala de estar, hablando por videollamada en la tableta que compartíamos. No me vio entrar.
En la pantalla estaba Isabella Rossi. Se veía exactamente como en las fotos: hermosa, radiante, con una confianza que llenaba la pantalla.
"Te extrañé tanto, Mat," decía ella, con un puchero coqueto.
"Yo también, Isa. No tienes idea," respondió Mateo, su voz llena de una emoción que nunca usaba conmigo.
Hablaban de recuerdos, de viejos tiempos, de amigos en común. Era un mundo al que yo no pertenecía. En su conversación, yo no existía. Él era soltero. Libre.
Confirmé mi estatus una vez más: la sustituta, la sombra.
Sin hacer ruido, me acerqué a la mesa donde estaba el router y lo apagué. La conexión se cortó.
"¿Qué pasó?" dijo Mateo, frustrado, mirando la pantalla congelada.
Me vio de pie junto al router.
"¿Sofía? ¿Qué haces despierta?"
"Feliz cumpleaños para mí," dije, con una voz carente de emoción.
Mateo parpadeó, confundido. Luego, la realización lo golpeó. Miró la fecha en su reloj.
"Mierda. Sofía, yo... lo siento tanto. Se me olvidó por completo."
La culpa era evidente en su rostro. Se levantó y se acercó a mí.
"Lo compensaré. Te lo prometo. Vístete, vamos a desayunar al mejor lugar de Palermo."
La cita fue forzada. Me llevó a un café caro, pidió los pasteles más elaborados y un café de especialidad. Intentaba compensar con gestos materiales.
Pero su atención estaba en otra parte. Cada dos minutos, miraba su teléfono, esperando un mensaje. Una sonrisa boba aparecía en su rostro cuando leía algo.
Observé su comportamiento. Su esfuerzo por celebrar mi cumpleaños era superficial, una obligación. Su verdadera alegría, su verdadera atención, estaba a kilómetros de distancia, en el teléfono, con ella.
Me di cuenta de que ya no importaba. Su atención se había desplazado completamente. Yo era irrelevante. El desapego emocional fue instantáneo. Ya no sentía dolor, solo una extraña claridad.
"Sofía, lo siento de verdad," dijo, guardando su teléfono, como si notara mi silencio. "He estado distraído."
"Está bien," respondí.
"Para compensártelo," dijo de repente, como si tuviera una idea brillante, "esta noche te presentaré a mis amigos. Haremos una pequeña fiesta por tu cumpleaños."
Lo miré. Durante seis años, le rogué que me presentara oficialmente. Siempre se negó.
"¿Ahora?" pregunté, con una ironía que no pudo detectar. "¿Justo ahora quieres presentarme?"
"Sí," dijo, sonriendo, orgulloso de su generosidad. "Te lo mereces."
La "pequeña fiesta" fue en su lujoso apartamento, el que usaba para eventos sociales, no el pequeño nido de amor secreto que compartíamos. Estaban todos sus amigos del polo, gente rica y ruidosa.
Y entonces, la vi.
Isabella Rossi entró como si fuera la dueona del lugar. Saludó a Mateo con un beso en la mejilla que duró demasiado.
Luego, se giró hacia mí. Me miró de arriba abajo con una sonrisa calculadora.
"Así que tú eres Sofía," dijo, su voz melosa. "Mateo me ha hablado de ti."
Dudé que fuera cierto.
"Ahora entiendo por qué le gustas," continuó, acercándose un poco más. "Te pareces un poco a mí cuando era más joven."