Mi novio, Mateo, estaba sentado en la esquina de siempre, con un libro abierto y una gaseosa a medio tomar. Llevaba la misma camiseta desgastada de hace tres días. Para todos, era solo otro estudiante de Los Andes sin un peso, que venía aquí por la comida barata y para verme a mí. Nadie sabía que era el hijo del hombre más rico de Colombia.
Me acerqué a su mesa para limpiar.
"¿Otra vez estudiando, Mateo? Deberías comer algo".
Él levantó la vista, sus ojos brillaban.
"Solo te esperaba a ti, Isa".
Su sonrisa era mi refugio. En este mundo de grasa y ruido, él era mi calma. Fue él quien, hace unas semanas, me soltó la bomba.
"Isa, mi padre tiene negocios con los Trebor. Escuché algo... sobre una hija perdida. Una prueba de ADN. Tu nombre".
En ese momento, todo encajó. Mis padres adoptivos nunca me ocultaron que era encontrada. Mi padre, un ex-minero de esmeraldas, me enseñó todo sobre las piedras, un pasatiempo extraño para una chica de barrio. "Para que sepas diferenciar lo bueno de lo falso, mija", decía.
Justo cuando iba a responderle a Mateo, la puerta del restaurante se abrió. El ruido de la calle entró de golpe, pero se silenció cuando vi a la mujer que estaba parada allí.
Era alta, elegante, vestida con ropa que costaría más que las ganancias de un mes del restaurante. Parecía fuera de lugar, como un cisne en un charco.
Pero lo que me heló la sangre fue su cara. Era como mirarme en un espejo, pero veinte años en el futuro.
La mujer caminó directamente hacia mí, ignorando a todos los demás. Sus ojos, idénticos a los míos, se llenaron de lágrimas.
"¿Isabella Salazar?"
Asentí, sin poder hablar.
Ella sacó un sobre de su bolso de diseñador.
"Soy Sofía Ramírez de Trebor. Y esta prueba de ADN dice que tú eres mi hija".