Regresé al pequeño apartamento encima del tablao de Triana, el lugar donde creí que habíamos construido nuestro mundo.
La puerta estaba abierta. Dentro, no estaba Máximo esperándome. Estaban sus amigos, los cachorros de la alta sociedad andaluza, bebiendo y riendo a carcajadas.
Y allí estaba él, Máximo Lawrence, apoyado con aire indiferente en el capó de un Hispano-Suiza clásico, impecable, brillante. El coche que me dijo que era el sueño de su vida.
Mi primo, el que ahora heredaría mi lugar en la dinastía Castillo, también estaba allí, con una copa en la mano, sonriendo.
Máximo me vio y su sonrisa se ensanchó.
"Luciana, querida. Llegas justo a tiempo para celebrar."
Uno de sus amigos gritó: "¡Por Máximo, que ha ganado la apuesta más difícil! ¡Domar a la fiera de los Castillo!"
El aire se me fue de los pulmones. La traición era una cosa fría y pesada en mi estómago.
"¿Una apuesta?"
Mi voz salió rota.
Máximo se encogió de hombros, sin soltar su copa.
"El coche, Luciana. El coche valía la pena, ¿no crees?"
Lo miré. Miré a mi primo, que desvió la mirada. Miré el coche. Todo por un coche. Mi herencia, mi familia, mi corazón. Todo lo había tirado por un hombre que se disfrazó de guitarrista humilde para ganar un coche clásico.
Me acerqué a él, paso a paso. Él pensó que iba a suplicar, a llorar. Su expresión era de pura arrogancia.
"Máximo," dije, mi voz ahora firme.
"¿Sí, mi amor?"
Intentó tocarme la cara, pero me aparté.
Mis ojos se fijaron en una vieja guitarra decorativa que colgaba en la pared, una de las pocas cosas que quedaban de mi vida anterior.
La agarré. Pesaba.
Y con toda la rabia, todo el dolor y toda la humillación que sentía, la estrellé contra su cabeza.
El sonido fue seco, ahogado. La guitarra se hizo añicos.
Él se tambaleó, aturdido, llevándose una mano a la sien. La sangre empezó a manchar sus dedos.
Sus amigos se quedaron en silencio, boquiabiertos.
Máximo me miró, no con ira, sino con una extraña sorpresa. Luego, una sonrisa torcida apareció en sus labios.
"Brava," susurró.
Me dejó ir.
Se subió a su Hispano-Suiza, el motor rugió y desapareció en la noche de Sevilla, dejándome sola con los restos de una guitarra y una vida destrozada.