Un hombre se levantó de la mesa de Máximo. Lo reconocí. Era Ricardo, un ganadero rico que una vez intentó cortejarme y al que rechacé de forma bastante directa.
Se acercó a mí, con una sonrisa de superioridad.
"Luciana, qué sorpresa verte aquí. Los tiempos cambian, ¿eh?"
Miró a Máximo. "Máximo, amigo, siempre eliges juguetes interesantes. Aunque a veces se rompen."
Máximo no respondió, solo bebió un sorbo de vino, observando la escena.
Ricardo se volvió hacia mí. "He oído que necesitas dinero. Te propongo algo. Un baile. Aquí y ahora. Contra una de las chicas de la peña. Si ganas... bueno, te daré una buena propina."
Sabía que estaba fuera de práctica. Sabía que mi cuerpo y mi alma estaban rotos. Era una humillación pública.
El dueño de la peña, un hombre nervioso que temía a los Lawrence, se acercó.
"Luciana, si participas... te ofrezco un contrato fijo. Para bailar, no para limpiar."
Estaba atrapada.
Todos me miraban, esperando el espectáculo.
Justo cuando iba a negarme, a tragarme mi orgullo y huir, Máximo se levantó.
Se acercó a Ricardo y le puso una mano en el hombro, con una fuerza que hizo que el otro hombre retrocediera.
"Ricardo, deja de molestar a la mujer."
Luego se giró hacia mí. Su mirada era indescifrable.
"Yo seré tu guitarrista."
El silencio en la sala fue total.
Añadió, con una voz que todos pudieron oír: "Gané el coche gracias a ella. Se merece usar mi talento."
Se sentó en una silla, tomó una guitarra del escenario y sus dedos rozaron las cuerdas. El sonido era perfecto, auténtico. El mismo sonido que me había enamorado.
Me miró. "Baila, Luciana."