Nuestras miradas se cruzaron por un instante. En la suya vi una mezcla de sorpresa y triunfo. Claramente, no esperaba que yo fuera la que la llamara. En mi vida anterior, nuestro encuentro después de esa noche fue muy diferente. Fui yo la que salió de esa habitación con la cabeza gacha, llena de vergüenza, mientras ella entraba como la reina que reclama su trono.
Esta vez, la miré directamente a los ojos, sin parpadear. No había culpa en mi mirada, solo una fría indiferencia.
El ascensor llegó y entré sin decir una palabra. Las puertas se cerraron, cortando su imagen. Sabía que ella iría directamente a la habitación de Ricardo. Sabía lo que encontraría. Y por primera vez, no me importaba.
Al día siguiente, el ambiente en la mansión de la familia era tenso. Estábamos todos sentados en el gran comedor para el desayuno. Ricardo estaba en la cabecera de la mesa, con el rostro pálido y los ojos oscuros. Sofía estaba a su lado, aferrada a su brazo como una enredadera venenosa.
Nadie mencionó el incidente de la noche anterior, pero la tensión era palpable.
De repente, Ricardo dejó su tenedor con un ruido sordo. Todos nos volvimos a mirarlo. Sus ojos se clavaron en mí.
«Ximena», dijo, su voz era grave. «Sofía y yo hemos decidido adelantar la boda. Nos casaremos el mes que viene».
El silencio cayó sobre la mesa. Mi corazón dio un vuelco, no de dolor, sino de un amargo reconocimiento. El ciclo se estaba repitiendo, pero esta vez, yo era solo una espectadora.
«Y quiero que tú diseñes el vestido de novia de Sofía», continuó Ricardo, su tono no admitía réplica. «Es lo menos que puedes hacer después de haberme abandonado anoche cuando más te necesitaba».
Sentí las miradas de todos sobre mí. Era una humillación pública, un castigo por mi desobediencia. En mi vida anterior, habría aceptado con lágrimas en los ojos, desesperada por cualquier migaja de su atención.
Sofía soltó un pequeño sollozo, apretando el brazo de Ricardo.
«Ricardo, mi amor, no seas tan duro con ella», dijo con una voz temblorosa y falsa. «Seguramente se asustó. Es solo una niña».
Su actuación era magistral. Se pintaba a sí misma como una santa comprensiva mientras me rebajaba a una niña asustadiza e irresponsable.
La ira de Ricardo se intensificó, tal como Sofía esperaba.
Golpeó la mesa con el puño, haciendo que los platos temblaran.
«¡Una niña! ¡Tiene veinte años, por el amor de Dios! Te crié, Ximena. Te di todo. ¿Y así es como me pagas? ¿Huyendo como una cobarde?»
Su voz resonó en el comedor. Me miraba con una furia que nunca antes había visto dirigida hacia mí en esta vida. Era el mismo hombre que me había dejado morir en un sótano.
Pero yo ya no era la misma Ximena.
Levanté la vista de mi plato y lo miré con una calma que lo descolocó.
«Felicidades por su boda», dije, mi voz era monótona. «Pero no puedo diseñar el vestido. Tengo mis propios proyectos y no tengo tiempo».
El silencio que siguió fue aún más pesado. Ricardo me miraba boquiabierto, como si le hubiera hablado en un idioma extranjero. Nunca antes le había dicho que no.
Después del desayuno, mientras subía a mi habitación, sentí una mano en mi brazo. Me di la vuelta. Era Ricardo.
«¿Qué te pasa, Ximena?», preguntó, su voz era un susurro urgente. «Desde anoche, actúas como una extraña. Apenas me miras. ¿Hice algo que te molestó?»
Su cercanía me hizo sentir un escalofrío. Instintivamente, me aparté de su agarre. Mi cuerpo recordaba el terror de su toque en mis últimos momentos.
«No me pasa nada, tío», respondí, manteniendo mi distancia. «Simplemente estoy ocupada».
«¿Ocupada? ¿Ocupada con qué?», insistió, su frustración era evidente. «¿Por qué me evitas? ¡Mírame cuando te hablo!»
Intentó acercarse de nuevo, pero di un paso atrás. Su rostro mostraba una confusión genuina. En su mente egocéntrica, no podía comprender que su pequeña y devota sobrina de repente se hubiera vuelto de hielo. No se daba cuenta de que la Ximena que lo adoraba había muerto en un sótano oscuro, y la que estaba frente a él ahora solo sentía un vacío helado donde antes hubo amor.