Se acercó lentamente, su sonrisa era burlona.
«Siempre supe que tenías sentimientos por mí, Ximena», dijo en voz baja, su tono era condescendiente. «Desde tu fiesta de dieciocho años, cuando me regalaste esa corbata y me miraste como si fuera el centro de tu universo. Leí tus diarios, ¿sabes? Los que escondías debajo de tu cama. Todas esas cartas de amor que nunca te atreviste a enviarme».
Mi corazón se sintió como si lo estuvieran apretando con fuerza. Sentí que el aire me faltaba. Me había sentido avergonzada y expuesta.
«Al principio, pensé que era tierno. Un amor platónico de una niña», continuó, su voz se volvió más dura. «Pero ahora... ahora que eres una mujer, me parece... repugnante».
La palabra colgó en el aire, pesada y venenosa.
Agarró la caja de madera del estante. Era un regalo que él mismo me había hecho en mi decimoquinto cumpleaños.
«Veamos qué tesoros guarda la pequeña Ximena», se burló.
Abrió la caja de un tirón y volcó su contenido sobre la alfombra. Un pañuelo que una vez le presté, una foto nuestra de cuando yo era niña, una entrada de cine de una película que vimos juntos, y un puñado de pequeñas estrellas de papel de colores que había doblado para él, una por cada día que lo había amado en secreto.
Mi aliento se quedó atascado en mi garganta. Eran tonterías, lo sabía, pero eran mías. Eran la prueba de un amor que, aunque tonto e ingenuo, había sido sincero.
Ricardo se rio, una risa cruel y sin alegría.
Luego, hizo algo que rompió la última pizca de sentimiento que podría haber quedado por él.
Levantó su pie, calzado con un zapato de cuero caro, y pisó con fuerza las pequeñas estrellas de papel, aplastándolas contra la alfombra.
El sonido crujiente fue como si me estuvieran rompiendo los huesos.
Se inclinó hacia mí, su rostro a centímetros del mío, su aliento olía a whisky.
«Eres asquerosa, Ximena», siseó directamente en mi oído. «¿Entiendes? El pensamiento de que tú, la hija de mi hermana, sienta eso por mí... me revuelve el estómago. No eres digna de nada. Ni siquiera de mi lástima».
Se enderezó, se sacudió el polvo imaginario de los pantalones y salió de mi habitación sin mirar atrás, dejándome sola con los restos destrozados de mi corazón de niña.
Me quedé allí, temblando, mirando el desastre en el suelo. Me dolía el pecho, un dolor agudo y profundo que me recordaba la asfixia. Pero no lloré. Las lágrimas se habían secado en mi vida anterior.
En lugar de eso, una fría determinación se apoderó de mí.
Lentamente, me arrodillé y comencé a recoger mis cosas. No los recuerdos aplastados, sino mis documentos, mi pasaporte, mi laptop.
Él tenía razón. Era hora de deshacerse de lo viejo.
Al día siguiente, Sofía subió una foto a sus redes sociales. Era una foto de mi habitación, ahora completamente vacía, excepto por un nuevo y lujoso colchón en el centro. La leyenda decía: «¡Preparando la habitación de invitados para cuando vengan a visitarnos nuestros amigos! Ricardo dijo que era hora de una renovación total. Adiós a lo viejo y hola a lo nuevo».
En la sección de comentarios, una de sus amigas preguntó: «¿Y las cosas de Ximena?».
Sofía respondió con ligereza: «Oh, no te preocupes. Ricardo dijo que eran solo chucherías viejas. Las pusimos en la basura, donde pertenecen».
Miré la pantalla del teléfono, mi rostro sin expresión. No sentí nada. Solo un vacío. Se habían deshecho de mis pertenencias, pero también me habían liberado. Ya no había nada que me atara a esa casa ni a esas personas.
Estaba libre.