"No fue mi intención que las cosas pasaran así. Simplemente... sucedió. Daniela es joven, está sola en la ciudad. Me admira. A veces un hombre necesita sentirse admirado, Sofía."
Era la excusa más vieja y patética del libro. Culpaba a su ego, a mi supuesta falta de admiración, a la juventud de ella. A todos menos a sí mismo.
Una parte de mí, una parte vieja y cansada, quería creerle.
Quería aceptar la disculpa que no estaba ofreciendo, perdonar la traición y volver a la cómoda familiaridad de nuestra vida.
Sería más fácil. Menos doloroso.
Pero otra parte, una parte nueva y herida que acababa de nacer esa noche, se rebeló.
No podía volver atrás. No después de esto.
"¿Necesitas sentirte admirado?" mi voz subió de tono, la rabia finalmente rompiendo mis defensas. "¿Y crees que acostarte con la chica a la que le pagamos la educación es la forma de conseguirlo? ¿Una chica que podría ser tu hija? ¿En qué estabas pensando, Mateo?"
Mis preguntas quedaron flotando en el aire frío de la noche, sin respuesta.
Él no dijo nada.
Simplemente me miró, su expresión una extraña mezcla de arrepentimiento y desafío.
No había palabras que pudieran justificar sus acciones, y ambos lo sabíamos.
El silencio se alargó, lleno de todo lo que habíamos perdido.
Tomé una respiración profunda, tratando de calmar el temblor de mis manos.
"Necesito espacio, Mateo. Necesito tiempo para pensar."
Mi voz sonaba más fuerte de lo que me sentía.
"Creo que deberías mudarte al apartamento de la oficina por un tiempo. Hasta que decidamos qué vamos a hacer."
La idea de compartir una cama con él, de respirar el mismo aire en nuestra casa, era insoportable.
Su reacción fue instantánea y predecible.
"¿Separarnos? No seas ridícula, Sofía," dijo, su tono volviéndose duro. "No podemos hacerle eso a Valentina. ¿Qué le diremos? Piensa en nuestra hija."
Ahí estaba. El escudo humano. Nuestra hija, Valentina, usada como una herramienta para mantenerme a su lado, para forzarme a perdonar lo imperdonable. La ira me cegó por un momento.
Se acercó, su voz bajando a un susurro persuasivo, como si me estuviera confiando un secreto.
"Mi amor, todas las parejas pasan por esto. Es normal. Fue un error, un estúpido error, y ya terminó. No significó nada. Lo importante es que no dejemos que algo tan pequeño destruya nuestra familia."
Y entonces, pronunció las palabras que grabarían su sentencia de muerte en mi corazón.
"Tienes que ser madura con esto, Sofía. No te aferres a nimiedades. Sigamos adelante."
Madura.
Nimiedades.
Mi cerebro se detuvo. Las palabras rebotaron en mi cráneo, vacías de significado.
¿Mi dolor era una nimiedad? ¿La traición que me desgarraba por dentro era un signo de inmadurez?
Lo miré, tratando de encontrar al hombre del que me había enamorado, pero ya no estaba allí.
En su lugar había un monstruo de egoísmo, un hombre que valoraba su comodidad por encima de mi alma.
Me quedé en silencio, incapaz de articular una sola palabra. El shock era un muro de hielo a mi alrededor.
Él pareció tomar mi silencio como una aceptación.
Asintió, satisfecho, como si hubiera resuelto un problema de negocios.
"Bien. Me alegro de que lo entiendas."
Se inclinó para darme un beso en la mejilla, pero me aparté instintivamente.
Su expresión se endureció por un segundo antes de volver a su máscara de normalidad.
"Tengo que volver a la gala. Me van a entregar el premio. Intenta llegar a casa antes de que Valentina se duerma, ¿sí? Le prometí que la arroparía esta noche."
Con esas últimas palabras, se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en el balcón, temblando de una rabia tan fría y profunda que me quemaba por dentro.
La traición era una cosa. El desprecio era otra completamente distinta.