Sus palabras eran una actuación barata.
Los hombros temblorosos, la voz quebrada. Todo era un teatro diseñado para hacerme ver como la villana.
Mateo frunció el ceño, su mirada no se dirigió a mí, sino a Daniela, con una falsa preocupación.
"Ya, ya, tranquila, Daniela. No tienes que disculparte por nada."
Luego, finalmente, sus ojos se posaron en mí. Fríos, calculadores.
"Sofía, por favor. No empieces con tus dramas. Estamos en un evento público."
La forma en que lo dijo, como si mi dolor fuera una inconveniencia, me hirió más que la escena que acababa de presenciar.
"¿Dramas? ¿Llamas a esto dramas?" mi voz temblaba.
Él suspiró, pasándose una mano por el cabello perfectamente peinado.
"Ricardo me llamó. Hay un invitado con una reacción alérgica. ¿No deberías estar ocupándote de eso? Es tu trabajo, después de todo."
Me quedé mirándolo, incrédula.
En medio de la traición más profunda, su única preocupación era mi deber profesional, la imagen pública. Mi corazón, mi matrimonio, no significaban nada.
Luché por mantener la compostura.
Mi mente era un torbellino de dolor y rabia, pero una parte de mí, la chef profesional, se negaba a derrumbarse.
"Tienes razón," dije, con una voz que sonó extrañamente distante, como si perteneciera a otra persona. "Tengo que atender la emergencia."
Me di la vuelta, lista para irme, para huir de esa habitación sofocante.
"Sofía," la voz de Mateo sonó fuerte y autoritaria detrás de mí, deteniéndome en seco.
"¿Realmente vas a hacer una escena aquí? ¿Delante de todos? Sé madura, por el amor de Dios."
Su acusación pública, su intento de pintarme como una histérica, fue la gota que derramó el vaso.
Varios curiosos que pasaban por el pasillo se detuvieron, sus miradas indiscretas clavándose en nosotros.
Un colega de Mateo, un hombre mayor y amable que nos conocía desde hacía años, se acercó con cautela.
"Mateo, Sofía, ¿está todo bien? Quizás deberían hablar en privado."
Su intención era buena, pero solo sirvió para aumentar mi humillación.
De repente, Daniela emitió un gemido lastimero.
"Me siento... mareada," susurró, llevándose una mano a la frente y tambaleándose teatralmente.
"Creo que... creo que voy a desmayarme."
Era una manipulación tan obvia, tan descarada, que me dejó sin aliento.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo, forzándome a reaccionar, a cuidarla.
Mateo la sostuvo al instante.
"¡Daniela! ¿Estás bien?" Se volvió hacia mí con una mirada de reproche. "¿Ves lo que provocas? Es solo una niña. Está asustada."
Sentí una oleada de náuseas.
Yo era la esposa traicionada, y de alguna manera, me habían convertido en la agresora.
Me vi obligada a acercarme, a tomarle el pulso, a jugar mi papel en su farsa.
"No se va a desmayar," dije con voz gélida, después de comprobar su pulso fuerte y regular. "Solo necesita un vaso de agua y sentarse un momento."
Me aparté de ella como si quemara.
Mateo no soltó a Daniela. En cambio, me agarró del brazo cuando intenté irme de nuevo. Su agarre era firme, posesivo.
"Hablaremos de esto en casa, Sofía."
Era una orden, no una promesa. Una amenaza velada.
Aparté su mano de mi brazo con un movimiento brusco.
Le dediqué una sonrisa helada, una mueca que no llegó a mis ojos.
"Por supuesto, mi amor. Después de todo, tenemos que mantener las apariencias, ¿no es así?"
Mi sarcasmo era tan afilado que pareció sorprenderlo por un momento.
No esperé su respuesta.
Me di la vuelta y caminé por el pasillo, con la cabeza en alto, sintiendo las miradas y los susurros de los curiosos sobre mi espalda.
Cada paso era un esfuerzo, cada respiración un acto de voluntad.
Salí de esa ala del hotel sintiéndome desnuda, humillada y completamente sola.
El sonido de mis tacones en el mármol era el único eco de mi dignidad rota.