Y así fue como conocí a Sebastián, era un niño callado y observador, siempre con una sombra de resentimiento en los ojos que yo, en mi inocencia, confundía con timidez. Crecimos juntos, yo lo trataba como a un hermano, compartía mis juguetes, mi ropa, mi vida. Cuando llegó la hora de la universidad, mis padres me dieron una tarjeta de crédito negra, sin límite. "Para tus gastos, hijo, sé responsable", me dijo mi padre por teléfono desde alguna parte de Asia.
Sebastián no había logrado entrar en la misma universidad, su madre lloró durante días, diciendo que el futuro de su hijo estaba arruinado. Me sentí culpable.
"Usa mi tarjeta para pagar tu matrícula en una buena universidad privada," le dije un día, "y para lo que necesites, libros, comida, no te preocupes por el dinero."
Él me miró con una expresión que en ese momento creí que era gratitud.
"No podría, Joaquín," dijo con falsa modestia, "tú eres de buen corazón, demasiado puro para este mundo, no entiendes el valor del dinero."
"Somos hermanos," insistí, "lo mío es tuyo."
Esa frase fue mi sentencia de muerte.
Pronto, Sebastián se convirtió en una figura en su campus, no solo pagaba su colegiatura, sino que empezó a organizar eventos, a invitar a todos a comer, a hacer "pequeñas donaciones" a clubes estudiantiles. Se construyó una imagen de joven rico y generoso, el misterioso filántropo del que todos hablaban. Yo, mientras tanto, vivía una vida sencilla, prefería mis libros y mis proyectos personales a las fiestas y la ostentación.
A veces, Sebastián venía a verme y se burlaba sutilmente de mí.
"Joaquín, deberías salir más, la gente piensa que eres un bicho raro," me decía, "mira, con un poco de esfuerzo, podrías ser popular como yo."
Él lo decía como un consejo, pero en sus ojos veía desprecio, se sentía superior a mí, gastando mi propio dinero.
La primera traición real, la que me abrió los ojos, aunque demasiado tarde, fue con mi coche. Mis padres me habían regalado un deportivo de lujo por mi cumpleaños, era mi posesión más preciada. Un día, desapareció del garaje. Horas después, la policía me llamó, habían encontrado el coche abandonado después de una carrera ilegal.
Cuando llegué a la estación, Sebastián ya estaba allí, con Elena a su lado, ambos me señalaron.
"Fue él, oficial," dijo Sebastián con lágrimas en los ojos, "yo traté de detenerlo, pero Joaquín tiene problemas, le gusta el peligro, robó su propio auto para llamar la atención."
Elena asintió vigorosamente.
"Es verdad, todos en la universidad saben que Joaquín es un envidioso y un resentido, está celoso de la popularidad de Sebastián."
Fui humillado públicamente, mi nombre apareció en los periódicos locales, el heredero problemático. Mis padres, desde el extranjero, estaban decepcionados y confundidos. Sebastián se convirtió en el hijo bueno, el que los consolaba y les aseguraba que "cuidaría de Joaquín".
Esa fue la primera vez que vi la oscuridad detrás de su máscara, pero todavía no podía creer que fuera real, pensé que era un malentendido, una estupidez juvenil.
El golpe final llegó meses después, cuando descubrí que Sebastián planeaba usar mi identidad para asegurar un préstamo masivo para una de sus "empresas filantrópicas", que en realidad era una estafa. Cuando lo confronté, su máscara finalmente cayó.
"Descubriste mi plan, qué pena," dijo con una calma aterradora, "supongo que ya no me sirves de nada."
Y entonces, en ese callejón, me apuñaló.
Mientras mi alma vagaba, vi cómo se desarrollaba su plan maestro, engañó a mis padres, quienes, destrozados por el dolor de mi "trágica y accidental muerte", lo acogieron como a un hijo. Sebastián se mudó a mi habitación, usó mi ropa, y empezó a tomar el control de la fortuna familiar, presentándose ante el mundo como Joaquín, el único heredero que había superado su dolor para continuar con el legado familiar. Su madre, la señora Rodríguez, se convirtió en la dueña de la casa, tratando a los demás empleados con desdén.
Fue una tortura indescriptible ver a ese parásito y a su madre usurpar mi vida, mi nombre, mi familia.
Ahora, de vuelta en el auditorio, viendo a Sebastián a punto de firmar ese papel, sentí una calma helada, la sed de venganza era un fuego dentro de mí, pero no me consumiría, me daría fuerza.
Ya había cancelado la tarjeta, había cortado su fuente de poder, ahora solo tenía que sentarme y ver cómo el castillo de naipes que había construido con mi dinero se derrumbaba sobre él.
"Se acabó el juego, Sebastián," susurré para mí mismo, "esta vez, el que va a caer eres tú."