El reloj de la pared de la sacristía marcaba las doce y media. La ceremonia debía haber comenzado a las doce. El sacerdote, un hombre anciano y paciente, me miraba con una expresión de profunda pena. Mis damas de honor, amigas de la universidad, se movían nerviosas a mi lado, sin saber qué decir.
Saqué mi teléfono del pequeño bolso de satén. Tenía diez llamadas perdidas de la organizadora de bodas y ninguna de mi familia. Abrí Instagram por un impulso estúpido, una necesidad de ver algo que no fuera la devastadora realidad de esa iglesia vacía.
Y ahí estaba.
La primera publicación en mi feed era de mi hermano, Mateo. Una foto de toda mi familia, sonriendo de oreja a oreja en el aeropuerto. Mi madre abrazaba a una chica delgada de cabello teñido de rubio platinado. Mi padre estaba a su lado, con una mano protectora en el hombro de la chica. Y Ricardo... Ricardo estaba allí también, de pie un poco detrás de ella, con una sonrisa radiante que no le había visto en meses.
Era Valentina, mi hermana adoptiva.
La que se había ido a Europa hacía un año con la excusa de "encontrarse a sí misma". La que siempre había sido el centro del universo de mi familia.
El pie de foto de Mateo lo decía todo: "¡Sorpresa! ¡La princesa ha vuelto! ¡Familia completa al fin! Bienvenida a casa, Valentina."
La foto había sido subida hacía cuarenta y cinco minutos. Justo a la hora en que yo debería haber estado caminando hacia el altar.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado de la iglesia. Mi mano que sostenía el teléfono empezó a temblar. Pulsé el botón de llamada, marcando el número de mi madre. Buzón de voz. Mi padre. Buzón de voz. Mateo. Buzón de voz.
Finalmente, intenté con Ricardo. Sonó una, dos, tres veces.
"¿Bueno?" Su voz sonaba lejana, ahogada por el ruido de fondo del aeropuerto.
"Ricardo, ¿dónde estás?", mi voz salió como un susurro roto.
Hubo una pausa. Pude oír la voz de Valentina de fondo, riendo. "¡Ay, qué emoción! ¡No puedo creer que esté de vuelta!"
"Sofía... surgió algo", dijo Ricardo, su tono era evasivo, culpable. "Valentina llegó de sorpresa. Nadie lo esperaba."
"Mi boda era hoy, Ricardo. Nuestra boda."
"Lo sé, lo sé, pero... es que Valentina... tú sabes cómo es. Se pone mal si no estamos todos para ella. Es una cosa de familia. Tú eres fuerte, Sofía, tú entiendes."
"¿Entender?", repetí, incrédula. "¿Entender que me dejaste plantada en el altar por ella?"
"No es así. Solo... solo vinimos a recogerla. Iremos para allá en cuanto podamos."
Pero yo sabía que no era verdad. Nadie iba a venir. El pie de foto de Mateo, "familia completa", resonaba en mi cabeza. En esa foto, yo no estaba. Yo no era parte de su "familia completa".
Colgué sin despedirme.
Me quedé mirando el teléfono, la pantalla iluminada con la foto de su feliz reunión. Los pocos invitados que quedaban empezaron a levantarse, susurrando entre ellos. Me miraban con lástima, la novia abandonada. La humillación era como un manto pesado que me asfixiaba.
La organizadora de bodas se acercó a mí, su rostro era una máscara de profesionalismo tenso. "¿Señorita Pérez? ¿Qué hacemos?"
Miré a mi alrededor, a las flores, a los lazos blancos en las bancas, al altar que esperaba en vano. Todo parecía una burla cruel.
"Cancela todo", dije con una voz que no reconocí como la mía. Estaba hueca, sin emoción.
Salí de la iglesia sola, con el vestido de novia arrastrándose por el suelo de piedra. El sol de mediodía me cegó por un instante. No lloré. Las lágrimas se habían secado después de años de decepciones similares, aunque ninguna tan monumental como esta.
Llegué a mi pequeño departamento, el que se suponía que compartiría con Ricardo. Me quité el vestido y lo dejé caer al suelo, un montón de tul y seda blanca. Me puse unos jeans y una camiseta vieja.
Abrí el cajón de mi mesita de noche y saqué un pequeño diario de cuero. Lo abrí en la última página escrita. En la parte superior, con mi caligrafía, se leía: "Desilusión número 99: Ricardo usó el dinero que ahorrábamos para la boda para pagar una deuda de tarjeta de crédito de Valentina sin decírmelo."
Tomé un bolígrafo y, con una mano sorprendentemente firme, escribí debajo:
"Desilusión número 100: Mi familia y mi prometido me abandonaron en el altar el día de mi boda para ir a recibir a Valentina al aeropuerto."
Cerré el diario. Cien. Era un número redondo. Un número final.
Sentí una calma extraña apoderarse de mí. No era resignación. Era una decisión. Se había acabado. Todo se había acabado.