"¿Qué hacen aquí?", pregunté con voz monótona.
"¿Cómo que qué hacemos aquí? No contestas el teléfono. Estamos preocupados", dijo mi madre, Elena, aunque su expresión no mostraba preocupación, sino molestia.
Los ojos de Mateo recorrieron el pequeño departamento, deteniéndose en el vestido de novia, que seguía en el suelo donde lo había dejado. Hizo una mueca de desdén. Luego, su mirada se posó en el diario que estaba sobre la mesita de centro.
Lo tomó antes de que pudiera reaccionar.
"¿Qué es esto?", preguntó, hojeándolo con una curiosidad burlona. Se detuvo en la última página. "¿'Desilusión número 100'? ¿Qué es esta tontería, Sofía? ¿Todavía escribes diarios como una quinceañera?"
Leí en sus ojos la falta total de comprensión, la incapacidad de ver el dolor documentado en esas páginas. Para él, solo eran palabras tontas.
"Devuélvemelo, Mateo", dije, mi voz seguía calmada.
Él se rio, una risa corta y desagradable. "No puedo creerlo. Cien decepciones. Eres tan dramática."
Y entonces, con un gesto deliberado, arrancó la página. La arrugó en una bola apretada y la arrojó al suelo, cerca del vestido de novia.
"Ya deja de comportarte como una víctima", espetó.
Miré el papel arrugado en el suelo. La culminación de años de dolor, tratada como basura. No sentí nada. Era como si estuviera viendo una película sobre la vida de otra persona.
"Valentina está muy cansada por el viaje", intervino mi padre, Jorge, por primera vez. Su voz era grave, siempre sonaba razonable, pero sus palabras eran igual de crueles. "Está en casa, un poco deprimida. Necesita sus cosas. Vinimos a buscar su maleta."
Se refería a una vieja maleta que Valentina había dejado en mi clóset hacía más de un año.
"Y ya que estás aquí sin hacer nada", añadió mi madre, "podrías ir a casa y prepararle algo de comer. Su comida favorita. Sabes que le encanta tu lasaña."
Una orden. Ni siquiera una pregunta. Daban por sentado que yo, después de la humillación del día anterior, correría a cocinar para la persona que la había causado. Me veían como una herramienta, una proveedora de servicios para su amada Valentina.
Me levanté del sofá. Caminé hacia mi habitación, ellos me siguieron, esperando que fuera a buscar la maleta. En lugar de eso, abrí mi propio clóset y saqué mi maleta más grande, la que usaba para viajes largos. La puse sobre la cama y la abrí.
"¿Qué estás haciendo?", preguntó Mateo, confundido.
"Claro", dije, mi voz era suave, casi un susurro. "Voy a hacer lo que me piden."
Empecé a sacar mi ropa del clóset y a doblarla cuidadosamente, metiéndola en la maleta. Camisetas, pantalones, vestidos.
Mi familia me observaba en silencio, una expresión de perplejidad en sus rostros. Esperaban gritos, lágrimas, reproches. Mi calma los desconcertaba. Les parecía más perturbadora que cualquier arrebato de histeria.
"Sofía, ¿te volviste loca?", preguntó mi madre, su voz teñida de una incipiente ansiedad. "¿Qué tiene que ver tu ropa con la lasaña de Valentina?"
No le respondí. Seguí empacando, metódica, silenciosa. Cada prenda doblada era un adiós. Cada objeto que guardaba era un lazo que cortaba.
"Deja de hacer estupideces y ve a buscar la maleta de tu hermana", ordenó Mateo, perdiendo la paciencia.
Me detuve y lo miré fijamente. Por primera vez en mucho tiempo, lo miré directamente a los ojos, sin miedo, sin necesidad de su aprobación. Vi en su rostro la arrogancia de siempre, pero también una nueva e incómoda incertidumbre. No sabía cómo manejar esta nueva versión de mí. Esta versión que no lloraba, que no suplicaba, que no se rompía.
Y eso, por alguna razón, le asustaba.