-Parece que no has dormido en una semana -dijo.
-Han pasado doce horas -respondí.
Me subí las gafas de sol por la nariz.
No quería que viera la hinchazón alrededor de mis ojos, la evidencia de mi desmoronamiento.
-Tenía un santuario, Lucía. Un santuario digital.
Lucía dejó de revolver.
Su cuchara tintineó contra la porcelana, un sonido agudo en la habitación silenciosa.
-Sofía Garza -afirmó.
No lo formuló como una pregunta.
-¿Sabías?
-Lo sospechaba -dijo, su voz fría y distante-. Dante siempre ha tenido una debilidad por las cosas que no puede tener. Es parte de su narcisismo.
-Planea irse -dije, inclinándome-. Lo escribió. Quiere tomar el dinero del proyecto del Puerto y huir con ella.
Lucía soltó una risa seca y sin humor.
-No se irá, Elena. Los hombres como Dante no abandonan el poder. Solo le gusta la fantasía. Y le gusta tenerte ahí para asegurarse de que el poder permanezca intacto mientras él sueña despierto.
Extendió la mano sobre la mesa y tomó la mía.
Su agarre era firme, anclándome.
-Pero ese no es el problema. El problema es que el Fantasma ha vuelto.
-¿Está en la ciudad?
-Está en su oído -dijo Lucía-. Y eso la hace peligrosa. Si el Jefe se entera de que Dante está conspirando con una Garza, mandará a matar a Dante. Y como tú eres su esposa, serás un daño colateral.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
-Quiero salir -dije.
Las palabras sabían a ceniza en mi lengua.
-Quiero una separación.
Lucía retiró su mano.
Me miró con lástima, y eso dolió más que la indiferencia de Dante.
-Elena, estás casada con un Capo. No obtienes una separación. Obtienes un funeral.
-Tiene que haber una manera -insistí, la desesperación creciendo en mi garganta-. Conoces las leyes mejor que nadie.
-Mala fe -murmuró, golpeando rítmicamente la mesa con su uña perfectamente arreglada-. Si podemos probar que entró al matrimonio de mala fe... que su lealtad estaba comprometida desde el principio...
Me miró, sus ojos oscuros.
-Es una guerra, Elena. Lo verá como una pérdida de territorio. Incendiará la ciudad antes de dejarte ir. No porque te ame, sino porque eres de su propiedad.
La puerta del café se abrió.
Marcos, el prometido de Lucía, entró.
No era parte del negocio.
Era un civil. Un pediatra. Un hombre con las manos limpias.
Su rostro se iluminó cuando vio a Lucía.
Se acercó y la besó en la frente, su mano descansando suavemente en su hombro.
-¿Lista para irnos? -le preguntó-. Hice reservaciones en ese lugar tailandés que te gusta.
Lucía sonrió.
Era una sonrisa real.
Llegó a sus ojos, suavizando los bordes de la abogada.
-Dame cinco minutos -le dijo.
Él asintió y fue a esperar junto al mostrador.
Los observé.
Observé la forma en que él la miraba como si fuera la única persona en la habitación.
Observé la forma en que ella se relajaba bajo su toque, despojándose de su armadura.
Yo nunca había tenido eso.
Tenía joyas caras y una mansión con alta seguridad.
Tenía un esposo que me miraba y veía una partida en una hoja de cálculo.
-Me trata como un activo -dije en voz baja-. Como un hotel de su propiedad.
Lucía se volvió hacia mí.
Su rostro era duro de nuevo.
-Entonces deja de ser un activo -dijo-. Empieza a ser un problema.
Deslizó una servilleta sobre la mesa.
Había escrito un número en ella.
-Llama a este número si las cosas se ponen feas esta noche. Conecta directamente con mi teléfono fantasma.
-¿Por qué se pondrían feas las cosas esta noche? -pregunté, con el estómago hecho un nudo.
Lucía dudó.
-Porque Dante va a pasar por ti. Y escuché que no viene solo.