Me tomó de la mano y me llevó al jardín interior del edificio. Lejos de oídos curiosos. El sol de la tarde se filtraba entre las plantas artificiales.
-La gala empresarial anual -anunció-. Es en dos semanas.
-Lo sé. Todo el mundo habla de eso.
La gala del año. El evento donde se reunía toda la élite. Donde se cerraban acuerdos. Donde los Larraín siempre eran anfitriones.
-Esta vez será diferente -susurró, tomando mis manos-. Muy diferente.
-¿Diferente cómo?
-Para nosotros. Para mí. Para nuestro futuro.
Sus ojos brillaban con una emoción contenida. Como un niño guardando un secreto maravilloso.
-¿De qué hablas, Diego?
-No puedo decirte todo -respondió misterioso-. Pero esa noche voy a dar una sorpresa. Una gran sorpresa.
Una sorpresa. Mi corazón comenzó a latir más rápido. Un cosquilleo me recorrió.
-¿Qué clase de sorpresa?
-Algo que llevo planeando desde hace semanas -confesó-. Algo importante. Algo que cambiará todo para nosotros.
Nosotros. Esa palabra. Esa promesa implícita.
-¿Es...? -no me atreví a terminar la pregunta.
-Es nuestro futuro -completó él, sonriendo-. Nuestro futuro juntos. Por fin.
Mi mente voló inmediatamente. Una sorpresa. En la gala más importante del año. Donde estarían todos. Su familia. Los medios. Toda la alta sociedad.
Solo podía significar una cosa.
El compromiso formal.
Iba a pedirme matrimonio. Públicamente. Frente a todos. Donde su familia no podría ignorarlo. Donde tendrían que aceptarme.
-¿Estás seguro de hacerlo ahí? -pregunté, nerviosa-. Con toda esa gente mirando...
-Es el lugar perfecto -afirmó con convicción-. Quiero que todo el mundo sepa lo que significas para mí. Que vean lo serio que soy contigo.
Sus palabras me derritieron. Todas mis dudas de la noche anterior se desvanecieron como humo. Esto lo cambiaba todo. Lo redimía de su silencio en la cena. De no defenderme.
-Tu familia... -empecé, temiendo la respuesta.
-Mi familia estará ahí -confirmó-. Y apoyarán mi decisión. Te lo prometo.
Lo dijo con tanta seguridad. Con una firmeza que no le había visto antes. Como si finalmente hubiera puesto un límite. Como si por fin me eligiera a mí sobre ellos.
-¿Y tu padre? -insistí, recordando sus palabras hirientes.
-Mi padre entenderá. Cuando vea lo feliz que soy. Cuando vea que eres la mujer perfecta para mí.
Me abrazó fuerte. Su aroma me envolvió. Ese olor a seguridad y lujo que tanto me gustaba.
-Confía en mí, Abril -susurró en mi oído-. Esta gala cambiará todo para nosotros. Para siempre.
Y le creí. Con toda mi alma le creí.
En ese jardín de oficina, bajo el sol artificial, le creí ciegamente.
-Dos semanas -dije, sonriendo-. Puedo esperar dos semanas.
-Las que sean -respondió-. Después de esto, todo será diferente.
Pero entonces algo cambió en su expresión. Un velo de preocupación. Un matiz de duda.
-Solo... -hizo una pausa incómoda.
-¿Qué?
-No le digas a nadie. A nadie. Ni siquiera a Sara.
Fruncí el ceño, desconcertada.
-¿Por qué?
-Es una sorpresa -repitió, más serio-. Quiero que sea perfecta. Y ya sabes cómo son los rumores en este ambiente. Una palabra mal colocada y todo se arruina.
Tenía razón. En nuestro círculo, los rumores volaban. Un secreto compartido dejaba de ser secreto.
-Está bien -acepté, aunque con reticencia-. No le diré a nadie.
-Gracias -sonrió aliviado-. Confía en mí. Todo saldrá perfecto.
Me besó. Un beso dulce. Prometedor. Como sellando nuestro pacto secreto.
Luego se fue, dejándome en el jardín con mi corazón latiendo fuerte y mi cabeza llena de sueños.
Dos semanas. Solo dos semanas me separaban de mi futuro con Diego. De ser oficialmente parte de los Larraín. De que Isabel no pudiera seguir mirándome en menos.
Volví a mi cubículo flotando. Mis compañeros me miraron con curiosidad, pero yo ya no estaba ahí. Mi mente estaba en esa gala. Viéndolo arrodillarse. Escuchando el sí. Sintiendo el anillo en mi dedo.
Mi teléfono vibró. Sara.
Sara: ¿Qué tal el día? ¿Sigues viva entre tanto número?
Sonreí. No podía contarle. Le había prometido a Diego.
Yo: Todo bien. Un día normal. ¿Tú?
Sara: Aburriéndome en junta interminable. ¿Salimos luego?
Yo: Claro. Te veo en la noche.
Guardé el teléfono sintiendo una pequeña punzada de culpa. Nunca le ocultaba cosas a Sara. Pero esto era diferente. Era por una buena razón.
Las dos semanas que siguieron fueron extrañas.
Diego estaba más distante que nunca. Cancelaba planes. Llegaba tarde a nuestras citas. Siempre con la misma excusa:
Diego: Crisis con el acuerdo de Valverde. Papá está furioso. Te compenso después de la gala.
Y yo lo justificaba. Claro que estaba estresado. Estaba planeando la propuesta. Coordinando con su familia. Preparando todo para ese momento perfecto.
Pero había algo que no encajaba. Algo en la forma en que me miraba a veces. Como si quisiera decir algo y no pudiera.
-¿Estás bien? -le pregunté una noche mientras cenábamos.
-Perfectamente -respondió demasiado rápido-. Solo nervioso por la gala.
-¿Nervioso por la sorpresa?
-Sí. Por eso. Por la sorpresa.
Pero su mirada se desvió. Y por primera vez desde que me había hecho esa promesa en el jardín, sentí un escalofrío de duda.
Una semana antes de la gala, recibí una llamada de Isabel.
-Abril, querida. Necesitamos hablar del vestido.
-¿El vestido?
-Para la gala, por supuesto. No puedes ir con cualquier cosa. Es el evento del año.
Y así fue como terminé en una boutique carísima con Isabel eligiendo mi ropa. Cada vestido que me gustaba, ella lo rechazaba. Demasiado atrevido. Demasiado simple. Demasiado joven.
Finalmente eligió uno color champán con lentejuelas. Brillante. Llamativo de una forma que me hacía sentir incómoda.
-Perfecto -dijo-. Ahora sí pareces... apropiada.
No dijo hermosa. No dijo elegante. Dijo apropiada.
Como si yo fuera un proyecto que finalmente estaba tomando forma aceptable.
Pero me tragué la humillación. Porque en dos semanas, cuando Diego se arrodillara frente a todos, nada de esto importaría.
Faltando tres días, Diego me envió un mensaje extraño:
Diego: Recuerda. No le digas a nadie sobre la sorpresa. Es importante. Muy importante.
Yo: No le he dicho a nadie. ¿Por qué insistes tanto?
Diego: Solo quiero que sea perfecto. Te amo.
Guardé el teléfono con esa sensación de que algo no cuadraba.
Pero la ignoré. Porque quería creer. Necesitaba creer.
Que todo iba a salir bien.
Que Diego por fin me elegiría públicamente.
Que los Larraín tendrían que aceptarme.
Que mi vida finalmente empezaría.
Lo que no sabía entonces era que Diego no estaba mintiendo.
Sí iba a haber una sorpresa en esa gala.
Y sí iba a cambiar mi vida para siempre.
Solo que no de la forma que yo imaginaba.
No con un anillo y un sí.
Sino con una acusación pública y una traición que me destrozaría frente a quinientas personas.
Pero eso lo descubriría en dos semanas.
Cuando fuera demasiado tarde para huir.