La luna reinaba en lo alto, derramando su luz gélida y eterna sobre el dosel del bosque, bañando los rostros de cada uno de mis seres queridos con un resplandor casi irreal que hacía brillar las copas de los árboles como si estuvieran cubiertas de escarcha plateada. El aire, denso y cargado de la frescura de los pinos y el aroma a tierra antigua, transportaba una música que fluía como un río de alegría: notas suaves, juguetonas, que invitaban al alma a desprenderse de sus pesares. El aroma de la celebración era una mezcla embriagadora de especias, maderas quemadas en las hogueras y el perfume de los estofados de caza que flotaba bajo las ramas, creando una atmósfera de calidez y pertenencia.
Miré a mi alrededor con el corazón latiendo a un ritmo pausado pero intenso. Allí estaba la manada Serus, mi gente por elección y destino, celebrando nuestra unión con una entrega absoluta. Las risas se entrelazaban con el susurro del viento, y el claro del bosque se había transformado en un salón de baile natural donde humanos y Drekorys compartían el espacio en una armonía que pocos mundos conocían. Vi a Conan en la distancia; estaba bailando con Mirla, su madre. Ambos compartían una sonrisa tan similar, tan llena de una paz genuina, que sentí un vuelco en el pecho. Verlo así, despojado de su armadura de guerrero y entregado a la felicidad simple de un hijo, me hizo amarlo aún más. Él era el equilibrio que mi naturaleza caótica necesitaba.
Cuando la melodía terminó, Conan buscó mi mirada a través de la multitud, como si su instinto siempre supiera exactamente dónde encontrar mi luz. Se acercó a mí con una zancada segura, su imponente figura de un metro noventa abriéndose paso entre los invitados, y una sonrisa que me cortó el aliento. En el fondo, los músicos iniciaron una nueva pieza, una más íntima y envolvente. Conan se detuvo frente a mí y, con una elegancia que contrastaba con su fuerza bruta, extendió su mano y realizó una reverencia perfecta.
Acepté sin dudarlo, dejando que mis dedos se perdieran en la calidez de su palma. Me guio hacia el centro de la pista, donde la luz de las velas parecía danzar sobre nosotros. Me rodeó con sus brazos, pegándome a su pecho de tal forma que podía sentir la vibración rítmica de su corazón contra el mío. Empezamos a girar. El mundo exterior comenzó a desdibujar sus contornos; las luces se volvieron estelas doradas y la música se transformó en un hechizo que nos aislaba del resto del universo. En ese espacio sagrado entre sus brazos, ya no existían profecías de Caos ni linajes de Sanurdy; solo éramos dos almas que se reconocían en el silencio de un abrazo compartido bajo el brillo de las estrellas.
Después de un tiempo que me pareció eterno y a la vez fugaz, la música se detuvo para dar paso al banquete. Todos tomaron sus lugares en las extensas mesas de madera que se estiraban bajo los robles como raíces de la misma tierra. Conan y yo nos sentamos uno junto al otro, presidiendo aquella mesa llena de vida. El olor a carne asada al fuego de leña y a los estofados era simplemente irresistible, despertando un hambre que iba más allá de lo puramente físico. Comimos y brindamos con vino añejo, rodeados de risas y anécdotas que se perdían en la noche mágica.
Sin embargo, a medida que la cena avanzaba, sentí que la atmósfera entre nosotros mutaba. La alegría de la fiesta empezó a ser desplazada por una tensión eléctrica, una gravedad que solo nosotros podíamos percibir en la cercanía de nuestros cuerpos. Conan se inclinó hacia mí y tomó mi rostro con ambas manos, obligándome a mirar directamente al abismo de sus ojos negros.
-No tienes ni la más mínima idea de lo difícil que ha sido para mí mantener el control esta noche -susurró, y su voz era un gruñido bajo que vibró en mis huesos- Si no fuera por la poca cordura que me queda, la bestia que llevo dentro ya te habría reclamado aquí mismo, frente a todos. No le importaría la multitud, ni las formas. Solo te quiere a ti, Gaia. Te reclama con cada fibra de mi ser.
Sus palabras enviaron una descarga de fuego directo a mis entrañas. El vello de mis brazos se erizó y lo único que pude hacer fue soltar una risa nerviosa, aunque mi mirada buscaba la suya con una urgencia que me asustaba. Vi en su semblante una mezcla de agonía y deseo puro, una lucha interna que lo estaba consumiendo. Sus pupilas se dilataban, ocultando casi por completo el iris, y supe que la bestia estaba arañando la superficie.
-No queremos que eso pase aquí -le respondí en un susurro cargado de intención, acariciando su mejilla con la yema de mis dedos- Aquí no, Conan.
-De acuerdo -dijo él, y su mirada se volvió decisiva-Vámonos ahora.
-Está bien, solo deja que me despida...
-No -me interrumpió-Ya hicimos todo lo que ellos querían. Ya fuimos el espectáculo de la manada. Ahora este tiempo nos pertenece.
Se puso de pie con una agilidad felina y me ayudó a levantarme. Observé a los invitados; la mayoría estaban sumergidos en conversaciones profundas, bebiendo y riendo. Era cierto, nadie notaría nuestra ausencia en medio del júbilo. Salimos del claro del bosque como si fuéramos amantes fugitivos escapando de una condena, con el corazón martilleando contra mis costillas y la sangre bullendo en mis venas.
-¿Vamos a nuestro nuevo hogar? -le pregunté mientras entrelazaba mis dedos con los suyos.
-No -contestó él, con un tono cargado de misterio- Iremos a un lugar mucho mejor.
Conan se detuvo y se agachó un poco delante de mí. Me apresuré a trepar a su espalda, intentando acomodar la inmensa cola de seda y encaje de mi vestido. Escuché el desgarrador sonido de la seda al romperse cuando se enganchó en una raíz. Conan soltó una carcajada profunda; ya sabía que la delicadeza no era mi fuerte. Una vez que estuve asegurada, él comenzó a correr. No era una carrera humana; era la velocidad de una bestia Drekorys, un borrón de fuerza y agilidad que esquivaba los árboles con una precisión sobrenatural. Me aferré a su cuello, cerrando los ojos por momentos para disfrutar del viento gélido que golpeaba mi rostro, limpiando los últimos rastros de ansiedad. Después de lo que parecieron kilómetros de bosque virgen, Conan se detuvo. Bajé de su espalda y miré a mi alrededor: solo había árboles inmensos y la oscuridad profunda del bosque.
-No es lo que estás pensando -me dijo, adivinando mi desconcierto- Ahora quiero que confíes en mí de verdad. Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te dé la señal.
Asentí y dejé que la oscuridad se apoderara de mi vista. Sentí que me cargaba con una facilidad pasmosa, como si no pesara más que una pluma. Empezó a correr de nuevo, pero esta vez con pasos más rítmicos. Empecé a escuchar un sonido familiar: el rugido del río chocando contra las rocas, el canto del agua que siempre me había dado paz.
Finalmente, me depositó con suavidad sobre el suelo. Me tomó de la mano y me guio por lo que se sentía como un sendero de piedra lisa. Se colocó detrás de mí, rodeándome con sus brazos y apoyando su barbilla en mi hombro. Sentí su respiración caliente en mi cuello, un contraste exquisito con la frialdad del ambiente.
-Abre los ojos -me susurró al oído.
La oscuridad se rompió ante una visión que superaba cualquier sueño. Frente a nosotros, abrazada por los árboles y custodiada por el río, se alzaba una casa de piedra oscura. No parecía haber sido construida por manos humanas, sino que daba la impresión de que las mismas rocas del río se hubieran levantado por voluntad propia para formar paredes. Una ráfaga de luz cálida escapaba de las ventanas, tiñendo la hierba de un dorado acogedor. Había una chimenea gigante de la que emanaba un rastro de humo leñoso, prometiendo un refugio contra la intemperie.
Me giré hacia él, con el alma desbordada de una calidez que me humedeció los ojos. Había creado un escenario que parecía extraído de mis propios deseos más ocultos.
-Este será nuestro verdadero hogar, Gaia -susurró Conan- Lejos de los ojos de todos.
-Conan... gracias. Es perfecta. Es lo más hermoso que he visto -fue lo único que logré articular.
-No tienes que agradecer, Gaia -respondió él, besando mi frente.
Me guio hacia el interior. Al cruzar el umbral, el olor a madera de cedro y libros antiguos me envolvió. La sala era pequeña pero profundamente acogedora, con una alfombra de tonos terrosos y una biblioteca que se alzaba hasta el techo, llena de volúmenes que prometían noches de lectura infinita.
-Mi madre ayudó con los detalles -explicó con una timidez que me resultó adorable-Si algo no te gusta, podemos cambiarlo todo.
-No cambies nada. Es exactamente como lo imaginé sin saberlo -le aseguré.
Caminamos por la pequeña cocina, donde el fuego de la chimenea ya crepitaba, hasta llegar a la recámara principal. Era un espacio amplio, dominado por una cama vestida con sábanas de lino gris. Había un tocador de madera tallada, pero lo que capturó mi atención fue el ventanal inmenso que ofrecía una vista privilegiada del río, cuya superficie brillaba bajo la luz de la luna..
Me quedé en el centro de la habitación, inmóvil, sintiendo cómo el vínculo de nuestras almas vibraba con una intensidad nueva. Conan me observaba desde el marco de la puerta, maravillado, bebiéndose cada una de mis reacciones. Se acercó con pasos lentos, como si no quisiera romper el hechizo, y me rodeó la cintura. Sentí que mis músculos se ponían rígidos; a pesar de mi naturaleza de dragón, esta era mi primera vez, y el peso de la entrega me hacía temblar.
Él notó mi nerviosismo de inmediato y me dio un beso suave, casi casto, en la frente.
-No tengas miedo, pequeña... -me confesó con una ternura infinita- He esperado tanto por este momento. Pero si quieres esperar más, lo entenderé.
-No quiero esperar, Conan. Quiero ser tuya en cada sentido posible.
Nuestras miradas se anclaron y vi cómo sus ojos se volvían dorados. Su bestia estaba ahí, presente, observándome con un hambre devocional.
Pero aún así él se estaba conteniendo.
Decidí tomar el control; con manos temblorosas pero decididas, comencé a desatar los listones de mi corset, sosteniendo su mirada con un desafío seductor que parecía encender aún más su fuego. Dejé que el vestido se deslizara por mi cuerpo hasta caer en un montón de seda blanca a mis pies. El aire frío de la habitación golpeó mi piel desnuda, haciendo que mis pezones se endurecieran al instante. Me quité la corona de flores y la lancé a un lado, liberando mi cabellera rubio plata.
En un parpadeo, Conan ya estaba frente a mí. Se deshizo de su ropa con una urgencia contenida, revelando su cuerpo tallado, fuerte y pálido bajo la luz tenue. Sus manos, grandes y ásperas, viajaron por mis costados, subiendo hasta mis pechos, donde sus pulgares acariciaron mis pezones con una presión que me hizo soltar un gemido ahogado. Me besó con una pasión que me arrebató el aliento, su lengua explorando mi boca con una voracidad que me hacía vibrar.
Me depositó en la cama con una suavidad que contrastaba con la tensión de sus músculos. Empezó a descender por mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes que me hacían arquear la espalda contra las sábanas grises. Cuando sus labios encontraron mis pechos, succionó uno de mis pezones, saboreándolo con una lentitud tortuosa que me hizo clavar las uñas en sus hombros. Bajó hacia mi abdomen, su aliento caliente erizando cada poro de mi piel, hasta que llegó a mi centro. Separó mis piernas y hundió su rostro allí, donde mi deseo ya se manifestaba en una humedad ardiente. Sentí su lengua moviéndose con destreza, buscando el punto exacto de mi placer. Cada lamida era una descarga eléctrica que me hacía jadear y retorcerme, perdiendo el sentido de la realidad.
Cuando finalmente se posicionó sobre mí, vi la magnitud de su deseo. Estaba erecto, imponente, y sus ojos dorados brillaban con una intensidad casi cegadora.
-¿Confías en mí? -preguntó con voz quebrada por la necesidad.
-Siempre -respondí, con la respiración entrecortada.
Él me llenó el rostro de besos mientras repetía "te amo" una y otra vez. Se acomodó y comenzó a entrar lentamente. Sentí un desgarro, un dolor agudo que me hizo soltar un sollozo y tensar los músculos, intentando alejarlo por puro instinto físico. Conan se detuvo de inmediato, apoyando su frente contra la mía, dándome tiempo para procesar la invasión.
-Respira conmigo, Gaia -me pidió.
A medida que mi cuerpo se relajaba, el dolor empezó a mutar. La presión se convirtió en una plenitud abrumadora. Cuando terminó de entrar por completo, sentí que por fin estábamos completos. Él comenzó a moverse, primero con empujones cortos y suaves, permitiendo que mi cuerpo se acostumbrara a su tamaño. Con cada embestida, la fricción generaba un calor que parecía nacer desde mi útero y extenderse por toda mi sangre. El placer empezó a escalar, una ola tras otra, cada vez más fuerte, cada vez más profunda.
Me aferré a su espalda, sintiendo la potencia de sus movimientos rítmicos. Conan aumentó la velocidad, y cada vez que su cuerpo chocaba contra el mío, un sonido gutural escapaba de su garganta. El placer se volvió tan intenso que mis sentidos empezaron a fallar; ya no sabía dónde terminaba yo y dónde empezaba él. Sentía el roce de su pecho contra mis pechos, el sabor de su piel en mis labios y el ritmo frenético de su corazón fundiéndose con el mío.
-¡MÍA! -el rugido de su bestia resonó en la habitación, una voz distorsionada por el instinto bestial.
-Soy tuya... -le susurré, perdida en el éxtasis.
En ese punto de no retorno, Conan clavó sus colmillos en la base de mi cuello para sellar la marca. El ardor de la mordida fue como un interruptor. En ese preciso momento, sentí un estallido en mis entrañas: era mi dragón despertando tras años de silencio. Mis ojos cambiaron a un azul eléctrico e intenso, y mi temperatura corporal subió tanto que el sudor en nuestra piel parecía evaporarse. Conan siguió embistiéndome con una fuerza salvaje, ahora que mi naturaleza de dragón podía resistir y responder a su potencia. Respondí con un gruñido ancestral que hizo vibrar las paredes de la casa. Él se quedó quieto un segundo, asombrado por el cambio en mí, y su bestia empezó a ronronear, un sonido vibrante que buscaba armonizar con mi fuego interno.
Continuó moviéndose de forma abrupta, con estocadas profundas que me hacían ver estrellas, hasta que ambos alcanzamos el clímax en una explosión de sensaciones que nos dejó sin aliento. Conan se vació dentro de mí con un grito de triunfo, y yo sentí cómo mi dragón se enroscaba satisfecho en mi pecho. Se tumbó a mi lado, ambos jadeando, con la piel ardiendo y el alma entrelazada.
Nuestras mitades ocultas se miraron directamente a los ojos a través de nosotros, reconociendo el pacto que acabábamos de sellar.
-¿Mía? -preguntó él, con el eco dorado aún en su mirada.
-Siempre -respondí