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REQUIEM DE LAS ALMAS
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Capítulo 5 Capitulo 5

CONAN

Desperté antes de que el primer rayo de luz se atreviera a profanar la penumbra sagrada de nuestra habitación. Lo primero que registraron mis sentidos, mucho antes que mi vista, fue el calor casi abrasador que emanaba de su piel contra la mía. Gaia dormía con una serenidad que me resultaba casi dolorosa de observar; estaba acurrucada a mi lado, y su cabello rubio plata se derramaba sobre mi pecho como una cascada de hilos preciosos, brillando incluso en la penumbra con un fulgor que parecía provenir de su propia esencia divina.

A través de las cortinas de lino, pude ver cómo la Luna comenzaba su lento descenso hacia el horizonte, bañando el mundo exterior con un resplandor de plata líquida. Mi corazón, esa víscera endurecida por años de disciplina guerrera y la responsabilidad del mando, se sintió de pronto pequeño y vulnerable, rebosante de una ternura que me asustaba por su intensidad absoluta. Verla así, tan vulnerable y majestuosa a la vez, me hacía sentir el hombre más dichoso sobre la faz de la Tierra. No podía dejar de recordar la noche anterior. Bajo la luz de la Luna que se filtraba por la ventana, Gaia no era solo una mujer; era una deidad de fuego y seda que me había elegido a mí, un guerrero marcado por la sombra de la bestia, para ser su compañero de eternidad.

Recordé el momento exacto en que mi parte salvaje la marcó. Sentí de nuevo el eco de ese instinto vibrando en los músculos de mi mandíbula. Incluso mi lado más primitivo llegó a sentirse inferior ante ella cuando su propio Dragón resurgió, reclamando su lugar con un estallido de poder que hizo temblar los cimientos de mi alma. Anoche no solo hicimos el amor nosotros dos como humanos; nuestras esencias primordiales se reclamaron con una furia que trascendía la carne. Mi bestia y la suya se aparearon con una salvajez que todavía hacía vibrar mis huesos cada vez que cerraba los ojos. Los recuerdos de las últimas horas eran fragmentos de puro instinto: piel contra piel, gruñidos que se fundían con gemidos, y el aroma del deseo quemando el aire de la habitación como si fuera un incienso prohibido.

Pero al verla allí, desnuda y pacífica bajo las sábanas, una necesidad oscura comenzó a serpentear por mi columna vertebral. Mi sangre se calentó de nuevo, espesa y exigente. Quería volver a sentir su humedad, recorrer cada centirme de su piel con mi lengua, poseerla hasta que el mundo entero se olvidara de nosotros. Sacudí la cabeza con violencia, tratando de acallar los rugidos de mi mente que empezaban a nublar mi juicio. Gaia debía estar agotada; su cuerpo había soportado una entrega total y yo no quería lastimarla. Sin embargo, mi bestia era insaciable; el vínculo de almas solo había servido para darle permiso de ser más exigente.

ES MÍA -bramó la voz gutural en el rincón más oscuro de mi conciencia-MÍA. RECLAMAR. POSEER. MÍA.

No es solo tuya, animal -le contesté en un pensamiento cargado de rabia contenida-Ten paciencia. Ella es mucho más que tu instinto..

La lucha por el control se volvió física. Sentí mis músculos contraerse con una fuerza que amenasaba con romper la estructura de la cama. Me levanté con una cautela milimétrica para no perturbar su descanso y me encerré en el baño. Abrí la regadera y dejé que el agua fría golpeara mi cuerpo, intentando sofocar el incendio que amenazaba con consumirme. No funcionó. Mis manos empezaron a transformarse involuntariamente; las uñas se volvieron garras negras y retráctiles que rayaron la piedra, y sentí cómo los huesos de mi rostro crujían, buscando una forma más feroz, más letal.

Salí de la habitación a trompicones, vistiéndome apenas con unos pantalones de lino. Necesitaba distancia. Necesitaba el aire gélido del bosque antes de perder la razón y reclamar a Gaia de una forma que ella no merecía en su cansancio.

Corrí. Me interné en la espesura, dejando atrás nuestra cabaña. Cuando estuve lo suficientemente lejos de su aroma, solté las riendas. Mi cuerpo se arqueó, pero no para buscar el suelo. Los Drekorys no somos como los licántropos; no nos convertimos en cuadrúpedos serviles a la forma de un lobo. Nuestra transformación mantiene la majestuosidad de la forma humana, pero la eleva a una escala monstruosa. Sentí mis huesos alargarse y fortalecerse mientras permanecía erguido sobre mis dos piernas. Mi musculatura se hinchó, volviéndose dura como el acero, y un vello fino y oscuro cubrió mi piel, ahora más resistente que cualquier armadura. Mis ojos se encendieron en una luz amarilla incandescente, dotándome de una visión que convertía el bosque en un mapa de calor y sombras. Seguía siendo un hombre en forma, pero un hombre que podría despedazar una montaña con sus manos desnudas.

Recordé las historias de mi padre sobre nuestro origen. Éramos conquistadores, devastadores de planetas, una raza que fue castigada por la Diosa Luna debido a nuestra soberbia infinita. Nos condenó a buscar refugio aquí, en la Tierra, esperando que aprendiéramos la humildad antes de perdonar nuestros pecados. Mi propósito ahora era otro: limpiar mi sangre de esa herencia de destrucción y proteger a la mujer que ahora es mi compañera.

Cacé. No por hambre física, sino por la necesidad de que mi bestia agotara su furia en la persecución. Me movía entre los árboles con una velocidad sobrenatural, saltando de roca en roca sin perder nunca la verticalidad, como un demonio bípedo que reinaba en la oscuridad. Un ciervo, luego un oso... ninguno fue suficiente para apagar el fuego. Mi mente seguía anclada en la imagen de Gaia, y supe que no regresaría a casa hasta que el monstruo en mi interior volviera a dormir, satisfecho y en un silencio absoluto, para no ser una amenaza para ella.

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GAIA

Me desperté cuando el sonido rítmico de los grillos ya dominaba el ambiente del bosque. La luz de la Luna se asomaba por la gran ventana, bañando la habitación con una luz de plata vieja que hacía que las sábanas grises parecieran charcos de mercurio. Al intentar moverme, un gemido de dolor escapó de mis labios; sentía el cuerpo pesado y una molestia sorda pero persistente recorría cada una de mis articulaciones. Tardé unos segundos en comprender que, debido al agotamiento, había dormido el día entero.

Los recuerdos de la noche anterior me golpearon con la fuerza de un incendio. La entrega, el calor de Conan, la forma en que su cuerpo se fundió con el mío... sentí que mis mejillas ardían de nuevo. Me senté en la cama con dificultad. Mi zona íntima palpitaba con un ardor que era, al mismo tiempo, un recordatorio físico de lo que pasó anoche.

Me dirigí despacio al baño y comencé a llenar la tina con agua caliente. Necesitaba el contacto del líquido para sentirme yo misma de nuevo. Cuando estuvo llena, me sumergí sin dudarlo. El contacto fue un bálsamo instantáneo. Cerré los ojos y me dejé llevar por la memoria sensorial: sus manos grandes recorriendo mis muslos y esa explosión de luz que experimentamos al final.

Pero entonces, el recuerdo de mi Dragón resurgiendo me hizo tensar bajo el agua. Desde mi infancia, esa parte de mí había permanecido dormida. Ahora, tras la marca de Conan, la brasa se había convertido en un incendio. Cerré los ojos, intentando conectar con esa conciencia antigua. De pronto, un calor ígneo nació en mi columna y se extendió por mis entrañas. Era un fuego que no quemaba mi carne, sino que la reclamaba. El agua de la tina comenzó a burbujear; pequeños remolinos de vapor ascendieron mientras la temperatura subía hasta el punto de ebullición. Abrí los ojos, asustada pero fascinada. Ya no había vuelta atrás: el Dragón y yo éramos uno. El calor interior comenzó a sanar mis heridas; el dolor en mis músculos desapareció y la molestia en mi entrepierna se redujo a un suave cosquilleo de poder.

Salí del agua sintiéndome renovada, con una energía que me hacía vibrar. El hambre era voraz. Revisé el armario y encontré un camisón de seda azul claro, del color del cielo matutino. Me arreglé el cabello hasta que brilló con luz propia y salí a la sala esperando encontrar a mi compañero. Pero el silencio de la casa me recibió con una frialdad inesperada. Conan no estaba. La decepción me oprimió el pecho. Me abracé a mí misma, tratando de convencerme de que habría salido a cazar. Fui a la cocina y preparé un filete grueso, preparé otro para él, dejando que el aroma de la carne llenara la estancia.

Comí con una urgencia salvaje, sintiendo cómo cada bocado alimentaba el fuego de mis venas. Después, me serví una taza de café caliente y me dirigí a la biblioteca. Escogí un libro de poesía, pero las palabras bailaban ante mis ojos. Intenté llamarlo a través de nuestro enlace mental, proyectando mi necesidad hacia él, pero solo encontré una barrera de sombras. ¿Por qué me bloquearía? ¿Por qué alejarse así tras habernos unido para siempre?

Finalmente, tomé una bata y una manta gruesa y salí a la terraza. El bosque bajo el resplandor de la Luna parecía un reino de plata y obsidiana. El sonido del río me ayudó a relajar los hombros. Me acurruqué en el sillón de la terraza, cubriéndome hasta la barbilla. Comencé a leer, dejando que los versos me arrullaran. Sin darme cuenta, el cansancio acumulado y el murmullo hipnótico del agua ganaron la partida. Mi cabeza cayó hacia un lado y el libro se deslizó de mis manos. Me quedé profundamente dormida allí fuera, bajo la guardia silenciosa de las estrellas y la Luna, esperando el regreso del hombre que ahora poseía mi alma.

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