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REQUIEM DE LAS ALMAS
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REQUIEM DE LAS ALMAS

Autor: Daniela Michel
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Capítulo 1 Capitulo 1: Prólogo

Drekorys

En una era donde la magia y las criaturas sobrenaturales aún respiraban entre los hombres, existieron los Drekorys. Su linaje no brotó de este suelo, sino de las cenizas de Sanurdy, un planeta que la naturaleza devoró hasta volverlo inhabitable. Estos seres poseían una fuerza devastadora y la facultad de transformarse en bestias imponentes; no eran lobos ni licántropos que se perdían en cuatro patas, sino colosos erguidos, humanoides de pelaje y garra que conservaban su juicio y su porte majestuoso mientras desataban su poder.

Al principio, esta metamorfosis sagrada ocurría bajo el influjo de la luna llena, rindiendo tributo a su luz de plata, pero con el tiempo su voluntad se impuso a los astros, logrando dominar el cambio a su antojo.

Los Drekorys fueron enviados a la Tierra con el propósito de conquistar y masacrar a la humanidad, buscando reclamar por la fuerza el hogar que el cosmos les había arrebatado. Sin embargo, la destrucción anticipada de su planeta los dejó huérfanos entre las estrellas, obligándolos a permanecer en la Tierra observando a una humanidad que no esperaban encontrar. Con el paso del tiempo, la ferocidad se transformó en asombro al ver la armonía de los hombres. Dos de ellos, Gourus y Demorys, guiaron a gran parte de su especie hacia la paz de una manada, mientras que el resto, movido por el orgullo, se dispersó como sombras nómadas o formó clanes donde los humanos eran proscritos.

La manada de Gourus eligió la convivencia y el respeto. Los humanos los acogieron y ellos, a cambio, les entregaron su protección. Desde entonces, Gourus se convirtió en su Alfa, el pilar inquebrantable que juró ser el escudo de todos aquellos que llamaran hogar a su territorio.

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Dios Caos

Desde las profundidades del vacío primordial, Caos observaba. El Dios Antiguo contemplaba la Tierra y los restos de Sanurdy con una fascinación gélida; le sorprendía la nobleza de Gourus y Demorys, pues en su memoria los Drekorys no eran más que bestias salvajes y egoístas. Por un momento, consideró que el exterminio era el único castigo justo para su estirpe.

Caos era el origen de todas las cosas, el vacío del que surgió la luz. Su forma era la de un Dragón: el Dios de la creación, una entidad colosal de escamas negras y escarlata, con cuernos que desafiaban la realidad. Pero el Dios no hallaba calma; la Tierra era el santuario elegido para engendrar a su propio hijo y cumplir la antigua profecía: de él nacería el protector del universo, un ser capaz de crear y destruir con un solo pensamiento. El momento de la encarnación ya vibraba en el aire.

Decidió esperar. Observó a los exiliados de Sanurdy y vio cómo se adaptaban, procreando hijos con los humanos y uniendo dos mundos bajo su mirada eterna.

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"Nacido del Caos gobernarás el universo. Serás el protector de la vida, tendrás la capacidad de crear y destruir la Tierra a voluntad."

"Asi como ama destruye"

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Capítulo 1

Desperté por la luz del sol que se asomaba desde mi ventana, un brillo dorado que parecía reflejar mi estado de ánimo. Las aves cantaban alegres, como si la naturaleza misma celebrara el vuelco que estaba por dar mi vida. Escuché el sonido de la puerta. Era mi madre, emocionada, diciéndome que ya era hora de ponerse en pie. Eran las 6:30 de la mañana y, aunque mi cuerpo me pedía un poco más de tregua entre las sábanas, sabía que esta sería la última vez que dormiría en esta cama de niña.

Hoy era el día de la ceremonia de unión con Conan, el hijo del Alfa.

Él había sido mi sombra y mi calma desde que abrí los ojos al mundo. Conan tenía solo cuatro años cuando nací en medio de una tormenta tan feroz que parecía que la Tierra misma gritaba por mi llegada. Mi madre cuenta que cuando él y su padre entraron a la habitación, el niño corrió hacia mí; al tocarme, un destello de luz pura nos envolvió, sellando nuestro destino como almas destinadas ante los ojos del universo. Nuestros padres guardaron el secreto para no encadenar nuestra voluntad, pero fue inútil ocultar lo inevitable: la amistad se transformó en un amor sólido, de esos que no necesitan permiso para existir.

Me asomé a la ventana y contemplé la manada. El bosque se extendía infinito bajo el cielo soleado y los campesinos ya se afanaban en los preparativos de la ceremonia. Todos estaban eufóricos. Yo hubiera preferido algo simple, algo solo nuestro, pero a mi madre le apasionaba el resplandor de lo público y no había quien la frenara cuando decidía destacar.

Salí de la ducha y elegí lo de siempre: unos viejos jeans y una blusa rosa desgastada. Frente al tocador, peiné mi cabellera rubio plata y observé mis ojos azules. Mi apariencia era el vivo reflejo de mi madre, Leila; de ella heredé esa luz en el cabello y el color del firmamento en la mirada. Al ver mi reflejo, reconocí mis rasgos: la piel blanca, la nariz pequeña y los labios carnosos. Pero aunque por fuera fuera su viva imagen, lo que realmente detenía el tiempo era la profundidad de mi mirada, un regalo de mi padre: ojos de un azul tan vibrante que Conan decía que era como naufragar en el firmamento.

Alguna vez le pregunté a mi madre por qué decía que los heredé de mi padre si él tiene los ojos color escarlata. Ella me explicó que no es por el color, sino por la mirada: son los ojos de un dragón.

Y era la verdad. Mi nombre es Gaia, tengo dieciocho años y soy la hija de Caos. Hace diecinueve años, aquel hombre de belleza inquietante y mirada de fuego se presentó ante Leila y Kilar, mis padres humanos. Se presentó como el Dios de la Creación y les confió que yo era el poder que muchos intentarían reclamar. No le creyeron hasta que el aire empezó a cambiar y el silencio se volvió absoluto, como si el bosque mismo hubiera dejado de respirar. La figura de aquel hombre comenzó a expandirse, consumida por una sombra escarlata y negra que devoraba la luz del día hasta que frente a ellos se alzó el Drakón. La vibración de su poder fue tan fuerte que mis padres cayeron de rodillas, mientras el suelo crujía bajo el peso de una bestia que no pertenecía a este plano. Solo fueron unos segundos antes de volver a ser hombre, dejándolos con el alma marcada por la certeza de que la niña que vendría no era solo suya.

Él mismo volvió a mí cuando cumplí los cinco años para revelarme el propósito de mi existencia. Nací para aprender de esta tierra antes de gobernar el universo, pero, siendo honesta, preferiría no tener un destino tan complicado; me encanta vivir como un ser humano común y no me gusta llevar el peso del universo sobre mis hombros.

El futuro se siente como una marea alta. De niña, mi poder era un incendio que no sabía controlar; tengo un temperamento terrible y soy de armas tomar, pero la única persona que logra mantenerme en paz es Conan. Él conocía mi secreto y me aceptó con cada uno de mis demonios. Conan tiene veintidós años y es la fuerza hecha hombre. Como Drekorys, posee la capacidad de convertirse en esa bestia majestuosa y erguida que impone respeto a cualquiera; un guerrero de pelaje oscuro que no pierde su estatura de gigante ni su juicio. Recuerdo su primera transformación a los dieciséis años. Yo, en cambio, solo sentí a mi dragón una vez, a los seis años. Fue un dolor absoluto que me arrebató la memoria; desaparecí tres días en el bosque hasta que Gourus me encontró inconsciente a la orilla del río. Desde entonces, mi otra mitad ha guardado silencio, y la verdad, me alegro.

Sacudí la cabeza para espantar los pensamientos y terminé de trenzar mi cabello. Bajé a la sala, donde mi madre me esperaba con la impaciencia marcada en el rostro.

-¡Gaia! ¿Has visto la hora? Por favor, sé responsable hoy -me regañó- Es tu ceremonia de unión y el tiempo vuela.

-Mamá, tranquila. Todo saldrá bien -le dije con firmeza- Sabes que a Conan y a mí no nos interesan los lujos ni que asista toda la manada. Algo pequeño habría bastado.

-¡De ninguna manera! -replicó ella-Los dioses saben lo que me haría tu padre si esto no está a la altura de una deidad como tú.

Sabía que lo hacía por ella, pero hoy le daría el gusto. Partimos hacia la casa de Gourus. Mirla, la madre de Conan, nos aguardaba; es una Drekorys dulce pero estricta que convirtió a su hijo en un hombre de honor. Ella y Gourus llegaron hace más de un siglo y, aunque son antiguos, no aparentan más de treinta años.

El auto se detuvo y mis pensamientos se rompieron. Le avisé a mi madre que iría a dar un paseo. Ella asintió a regañadientes, dándome una hora antes del té. Necesitaba el susurro del bosque y el aire fresco antes de que este día cambiara mi vida para siempre.

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Palabras del Autor: Queridos lector gracias por darle una oportunidad a esta historia, espero que les guste, tomaré en cuenta sus comentarios para seguir creciendo y mejorando..

            
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