Estaba enfadada, muy enfadada, pero ante todo debía mantener la compostura. Había demasiados accionistas importantes alrededor, demasiadas miradas atentas esperando cualquier error, cualquier gesto fuera de lugar para convertirlo en titular.
-Escucha -dijo él, pasándose una mano por el cabello-. Ella viajó desde muy lejos. Hace mucho tiempo que no viene a Canadá y simplemente le estaba brindando una mano amiga.
Una excusa barata. Tan barata como todas las anteriores.
Unos pasos más atrás, Leandro observaba la escena con una ligera sonrisa en los labios. No intervenía, no se acercaba demasiado, pero estaba atento a cada palabra, a cada gesto. Se mantenía a la distancia justa para no incomodar, aunque era evidente que analizaba todo con precisión quirúrgica.
-Matt... -intervino de pronto Anais, apareciendo entre nosotros con su habitual papel de víctima-. La verdad no era mi intención que Sofía se enfadara. No pensé que esto le molestaría tanto. Será mejor que me marche.
Mientras hablaba, se inclinó levemente para limpiar una mancha roja en su vestido, como si aquello fuese lo más natural del mundo.
-¿Qué es eso? -preguntó Matt de inmediato, señalando la tela manchada mientras la miraba con preocupación.
-No es nada -respondió ella con rapidez-. Fue un accidente en el baño, nada más.
Dijo esas palabras mientras su mirada se desviaba directamente hacia mí, con una mezcla de desafío y falsa inocencia que me revolvió el estómago.
-¿Tuviste algo que ver, Sofía? -preguntó Matt, alzando la voz-. Esto es increíble. No te comportes como una niña. Deberás pagar el vestido de Anais.
Me quedé helada. Lo que más me sorprendió no fue su acusación, sino la facilidad con la que la defendía sin siquiera conocer el contexto, sin escuchar mi versión.
-¿Qué te hace pensar que fui yo? -pregunté, mordiéndome la lengua para no cometer una locura en medio de aquella ceremonia.
-Tu labial es rojo -respondió sin dudar-. Y claramente parece una mancha de labial en su vestido. Es increíble que seas tan celosa.
Respiré hondo, intentando no perder el control.
-Escucha bien, Matt -dije con voz firme-. No me molestaría siquiera en tocar a tu secretaria, y mucho menos en arruinar una prenda que, por cierto, pagaste con nuestra tarjeta compartida. Así que no me metas en ese saco.
Su expresión cambió de inmediato.
-Espera... lo de la tarjeta lo puedo explicar -dijo apresurado-. Como Anais cambió de país, sus tarjetas no funcionan en el extranjero. Le pasé aquella tarjeta para que pudiera usarla mientras su estadía fuese aquí.
Lo dejé terminar de hablar solo. No entendía su actitud: primero me atacaba con furia y luego intentaba justificarse torpemente. Parecía un niño pequeño incapaz de asumir responsabilidades.
Yo estaba claramente molesta, y Leandro lo notó de inmediato. Su mirada se suavizó apenas un segundo antes de que se acercara con discreción.
Caminamos hacia una mesa ubicada en uno de los extremos del salón, lejos del murmullo principal, mientras yo intentaba despejarme y recuperar el control de mis emociones.
-Escucha, Sofía -dijo Leandro con voz tranquila-. Soy un hombre de negocios y, precisamente, quería hablar contigo de eso.
Con un gesto elegante, deslizó la silla para que pudiera sentarme. Agradecí el detalle, aunque no estaba de humor para cortesías.
-No sé cómo puedo ayudarte, Leandro -respondí-. Soy doctora. El único negocio que tengo es el hospital. Y si crees que mi rendimiento va a bajar por discusiones con mi esposo, estás equivocado. Son cosas que sé separar perfectamente.
Me dejé caer en la silla con brusquedad, agotada.
-Por lo que veo, también eres una mujer de negocios -continuó él, sin perder la calma-. Verás, mi llegada a Canadá y la compra del hospital no fueron un simple capricho... aunque, bueno, quizás un poco. Pero todo esto va mucho más allá. Quiero que hablemos de negocios.
Tomó una copa de vino y bebió un sorbo con total tranquilidad.
-Te escucho -respondí.
Había algo en él que captaba por completo mi atención. Se veía decidido, seguro, como alguien que siempre sabía exactamente lo que quería.
-Primero, necesitamos hacer algo con tu esposo -dijo sin rodeos-. No me gusta que un niño trate así a una mujer tan bella. No te merece, y todos lo saben... bueno, casi todos.
Me miró de forma expectante, como si insinuara que yo era la única que aún no se daba cuenta de ello.
-Ahora que Philip lamentablemente ya no está entre nosotros, se abre un camino fructífero para muchas empresas -continuó-. Algunas pueden aliarse con K.O. Company... otras pueden hacer que esa empresa termine siendo solo un granito de arena en una playa enorme.
Se acomodó en la silla, cruzando la pierna con naturalidad y abotonándose el saco.
-Lo de mi esposo es un asunto mío -respondí con frialdad-. Y lo resolveré yo. Te agradecería que no te entrometieras en ese tema. En cuanto a K.O. Company... ¿qué te hace pensar que deberías hablar de eso conmigo y no con el señor Stone?
Algo no cuadraba. Él sabía demasiado.
-Sé quién eres, Sofía -dijo con calma-. Y también sé que Philip fue quien dejó la empresa a tu nombre y no al de su único heredero.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
-Eso habla mucho de ti, por si no lo sabías -continuó-. Philip no era un hombre estúpido. Al contrario, era un gran empresario, muy respetado en Italia.
Me observaba con atención, como si analizara cada una de mis reacciones. Aquella cercanía comenzó a inquietarme... y a atraerme al mismo tiempo.
¿Cómo era posible que Leandro supiera eso? Los papeles se habían firmado años atrás. Cuando por fin tuve el valor de leerlos con detenimiento, descubrí que Philip me había dejado el setenta por ciento de las acciones de K.O. Company. Pero años después, cambió de opinión y decidió dejarme el control total de la empresa.
-¿Quién eres realmente, Leandro Ricci? -pregunté con voz baja.
-¿Lo quieres descubrir? -respondió con una sonrisa seductora.
No sabía si aquel hombre era de fiar, pero tenía claro que no era un simple multimillonario italiano. Había accedido a información confidencial, testamentos, contratos que Philip había dejado bajo llave.
-¿Qué pasa si digo que no? -pregunté, mirándolo de pies a cabeza.
-Insistiría hasta lograr lo que quiero -respondió sin titubear-. No creo que estés acostumbrada a este tipo de hombres, ¿verdad?
-Bueno... -dije, dando un sorbo a mi champaña-. Acabas de llamar "niño" a mi esposo y "hombre" a ti mismo. La soberbia y el narcisismo son parte de mi día a día, pero no estás tan alejado de la realidad.
Él sonrió.
-Me alegra que seas tan lista.
-Pero dime, Leandro -continué-, ¿qué gano yo con todo esto?
-Te ofrecería la mejor venganza de tu vida -respondió-, aunque eso solo es la punta del iceberg. Prefiero demostrarte todo con hechos.
Se inclinó, tomó mi mano y la besó suavemente.
-¿Un trato, dama?
Lo miré fijamente.
-Acepto -dije-. Pero no me busques aún. Lo haré yo cuando sea necesario.
Miré por encima de mi hombro. Matt sonreía a empresarios internacionales mientras Anais se aferraba a su brazo, buscando atención.
-Claro -respondió Leandro-. Soluciona ese problema primero. Si necesitas ayuda, solo dime.
Asentí lentamente.
Mi corazón aún no rechazaba del todo a Matt. Todavía quedaba amor, dudas, recuerdos.
Primero debía averiguar cuáles eran sus verdaderas intenciones con Anais. Luego vería el resto.
Porque, en el fondo, aún quería creer que mi esposo me amaba, pero no sabia lo que estaba a punto de venir a los dias siguientes.