Punto de vista de Elara:
Iztapalapa era una sobrecarga sensorial de ruido y mugre. La tapadera perfecta.
Me subí la capucha. Hoy no llevaba seda. Llevaba pantalones de paca y botas dos tallas más grandes. Para un humano, era invisible. Para un lobo, todavía apestaba a Manada de alto estatus: a flores de luna y ozono.
Por eso había organizado al mensajero hace meses.
Me metí en un callejón. Un hombre esperaba junto a un contenedor de basura, temblando con un abrigo grueso a pesar del calor de julio.
-¿El pago? -preguntó, sin levantar la vista.
Le entregué el sobre. Un millón de pesos en efectivo, imposibles de rastrear, sacados del dinero para gastos menores de Damián durante seis meses.
Me entregó una carpeta de manila y una botella con atomizador.
-Jimena Ríos -dijo-. Acta de nacimiento de Guadalajara. Historial limpio. El spray es almizcle de zorrillo y azufre. Ocultará tu olor hasta del mismo Dios durante seis horas.
-Gracias.
Me rocié con el fétido spray y me dirigí a la clínica.
Parecía abandonada, con las ventanas tapiadas. Entré.
Silas estaba de pie detrás de una mesa de metal. Ojos lechosos, piel llena de cicatrices.
Sobre la mesa había un frasco. Azul eléctrico, arremolinándose con una luz que parecía radiactiva.
-Hice el pedido hace seis meses -dije, dando un paso adelante-. Te tomaste tu tiempo.
-Los ingredientes para el veneno del alma no son fáciles de conseguir, Tejedora -graznó Silas-. Recuerda: una vez que lo bebas, no hay antídoto. Sangrarás por los ojos. Tu loba morirá gritando. Y el Vínculo se romperá como una rama seca.
-Bien.
Alcancé el frasco. Mi teléfono vibró. El tono de llamada especial para Damián.
-Contesta -advirtió Silas-. Si sospecha, estamos muertos los dos.
Contesté, agudizando mi voz y suavizándola.
-¿Dónde diablos estás? -ladró Damián-. El rastreador dice Iztapalapa. ¿Por qué estás en este barrio de mala muerte?
Toqué la gargantilla de platino, mi correa.
-Lo siento, Damián. Yo... escuché sobre una tienda de antigüedades aquí. Tienen una Piedra de Luna muy rara. Para tu cumpleaños.
Silencio.
Piedras de Luna. Su debilidad.
-¿Estás de compras para mí? -su voz se suavizó, la arrogancia regresando.
-Sí. Una sorpresa.
-No tardes mucho. Mañana es la gala. Necesitas lucir presentable. No como una vagabunda.
-Sí, Alfa.
Clic.
Miré a Silas. Sonrió, mostrando dientes amarillos.
-Mientes bien.
-Mecanismo de supervivencia -dije.
Guardé el frasco en mi bolso junto a la identificación de Jimena Ríos.
-No puedo tomarlo todavía -dije-. Tengo que preparar la casa. Si me voy, me aseguraré de que la puerta lo golpee al salir.