Elena miró al cielo. Estaba despejado, de un azul pálido y gélido. No había ni una sola nube en kilómetros.
-Cielo, el sol está brillando. No hay nubes -respondió ella, acariciándole el cabello oscuro, tan negro y denso como el de su padre.
-Viene por debajo del agua -insistió Leo, sin apartar la vista del mar-. La siento en mis dientes.
Elena sintió el habitual escalofrío de temor recorriendo su espalda. No era la primera vez que Leo "sentía" cosas antes de que ocurrieran. A los dos años, había dejado de llorar por completo; a los tres, era capaz de mover sillas de madera maciza que a Elena le costaba arrastrar. Y luego estaban sus ojos. Eran grises, como los de Julian, pero cuando Leo se emocionaba o se enfadaba, el iris se expandía hasta que una fina línea dorada rodeaba su pupila.
-Entremos, Leo. Es hora de comer -dijo ella, tratando de que su voz no temblara.
Su vida en el pueblo era sencilla. Trabajaba desde casa como traductora y mantenía un perfil bajo. Para los vecinos, era una viuda joven y reservada. Nadie hacía preguntas, y eso era lo que la mantenía a salvo. Sin embargo, Elena sabía que vivía en una cuenta atrás.
Mientras preparaba la comida, observó a Leo a través de la ventana de la cocina. El niño estaba en el jardín trasero, frente a un enorme perro labrador de un vecino que se había escapado. El perro, un animal de treinta kilos, estaba gruñendo, con los pelos del lomo erizados.
Elena soltó el cuchillo, aterrada. Estaba a punto de gritar cuando vio algo que la dejó sin aliento.
Leo no retrocedió. Se enderezó, ensanchando sus pequeños hombros, y dejó escapar un sonido que no fue un grito infantil. Fue un gruñido bajo, una vibración que pareció sacudir los cristales de la ventana. El labrador, un animal domesticado pero agresivo, de pronto gimoteó, metió la cola entre las patas y huyó despavorido como si hubiera visto a un demonio.
Leo se limitó a sacudirse las manos y volvió a jugar con sus piedras, como si nada hubiera pasado.
Elena se apoyó contra la encimera, respirando agitadamente. Cada día que pasaba, la naturaleza de Leo se volvía más difícil de contener. El niño era un Alfa en potencia, un heredero de una sangre que ella no terminaba de comprender, y su poder estaba creciendo más rápido que su cuerpo humano.
Esa noche, mientras Leo dormía, Elena se sentó en el porche con una vieja caja de madera. Dentro guardaba lo único que no había podido tirar: un recorte de periódico de hace un año. En la foto, Julian Vane aparecía en una gala benéfica. Se veía más delgado, más severo, con una mirada que parecía capaz de calcinar el papel. A su lado, Selene sonreía para las cámaras, pero Elena notaba la rigidez en sus rostros. No había herederos en esa foto. No había felicidad.
De pronto, el aire cambió.
El viento, que soplaba suave desde el mar, se detuvo en seco. Los grillos callaron. Elena se puso de pie, su instinto de madre -y algo más, ese vínculo invisible que nunca se había roto del todo- se puso en alerta máxima.
En la oscuridad del bosque que rodeaba su cabaña, dos puntos de luz ámbar brillaron entre la maleza por un segundo antes de desaparecer.
No era un animal común. El corazón de Elena comenzó a latir con la misma violencia que aquella noche del eclipse.
-Julian -susurró, con un nudo en la garganta.
No sabía si era él o uno de sus rastreadores, pero el silencio del bosque le dio la respuesta: el tiempo de esconderse se había terminado. El mar ya no podía ocultar el poder de un niño que estaba reclamando su lugar en la jerarquía del mundo.