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El heredero de la Luna
img img El heredero de la Luna img Capítulo 5 El Rastro de la Sangre
5 Capítulo
Capítulo 6 El Refugio de las Sombras img
Capítulo 7 El Umbral del Santuario img
Capítulo 8 El Reclamo de la Sangre img
Capítulo 9 El Despertar de la Luna img
Capítulo 10 El Ritual del Eclipse de Sangre img
Capítulo 11 El Valle de los Susurros Plateados img
Capítulo 12 El Eclipse de las Dos Reinas img
Capítulo 13 La Corona de Espinas y Plata img
Capítulo 14 La Senda de los Mil Dientes img
Capítulo 15 La Paradoja de la Corona img
Capítulo 16 El Eco del Abismo img
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Capítulo 5 El Rastro de la Sangre

Elena no esperó a ver si las sombras se movían de nuevo. Entró en la cabaña de un salto y echó el cerrojo, aunque sabía, en lo más profundo de su ser, que una puerta de madera era tan útil como una hoja de papel contra lo que acechaba afuera.

-¿Leo? -susurró, entrando en la habitación del niño.

Él no estaba dormido. Estaba sentado en el borde de su cama, con la espalda recta y los ojos fijos en la ventana cerrada. No parecía asustado; parecía expectante.

-Papá está aquí -dijo Leo con una calma que heló la sangre de Elena.

-No, no lo está. Nadie está aquí -mintió ella, tomándolo en brazos. El cuerpo del niño estaba rígido y desprendía un calor febril-. Nos vamos a ir de excursión, ¿recuerdas el juego? Sin hacer ruido.

Corrió hacia la puerta trasera, pero antes de que pudiera tocar el picaporte, el cristal de la ventana de la cocina estalló. No fue una piedra, fue la pura presión de una presencia que demandaba entrada. Elena retrocedió, protegiendo la cabeza de Leo con su pecho, justo cuando la puerta principal se abría lentamente, a pesar del cerrojo.

La figura que cruzó el umbral no era un lobo, pero era mucho más aterradora.

Julian Vane estaba allí, llenando el marco de la puerta con su imponente estatura. Vestía un abrigo largo de lana oscura, cubierto de rocío y salitre. Su rostro, esculpido por tres años de un resentimiento que Elena apenas podía imaginar, estaba pálido bajo la luz de la lámpara de aceite.

Pero fueron sus ojos los que la paralizaron. Estaban encendidos en un dorado líquido, salvaje y absoluto.

-Elena -su voz no fue un saludo. Fue una sentencia.

-Vete de aquí, Julian -logró decir ella, apretando a Leo contra sí-. No tienes derecho. Me dijiste que me fuera, me dijiste que no volviera... ¡y lo hice! ¡Te obedecí!

Julian no la escuchaba. Su mirada se había desviado hacia el pequeño bulto en los brazos de Elena. Sus fosas nasales se dilataron y un sonido gutural, un gruñido que hizo vibrar los muebles de la casa, escapó de su garganta. El aire en la habitación se volvió pesado, saturado con el aroma de Julian, pero multiplicado por mil.

-La jauría decía que alguien había robado mi esencia. Los chamanes hablaban de un vacío en mi linaje -dijo Julian, dando un paso hacia adelante. Cada movimiento era fluido, letal-. Vine aquí para matar a la bruja que se atrevió a saquear mi poder.

Él extendió una mano hacia Leo. Elena retrocedió hasta chocar con la pared.

-¡No lo toques! -gritó ella.

-¿Matarías a tu propio hijo, Julian? -el desafío de Elena detuvo el avance del Alfa.

Julian se quedó petrificado. Sus ojos dorados se clavaron en el rostro del niño, quien en ese momento se soltó del abrazo de su madre y se puso de pie en el suelo. Leo miró al hombre frente a él sin un ápice de temor. Sus pequeños puños se cerraron y, por primera vez, Elena vio cómo el dorado en los ojos de su hijo brillaba con la misma intensidad que los de Julian.

El silencio fue absoluto. El vínculo de sangre, el "hilo" místico que Julian había intentado ignorar durante años, se cerró con la fuerza de un huracán.

Julian cayó de rodillas, no por debilidad, sino por el impacto del reconocimiento. Su lobo interno, que había estado aullando de furia y soledad durante tres años, se sumergió en un silencio reverencial ante el pequeño ser que lo observaba.

-Un heredero... -murmuró Julian, y su voz se quebró por primera vez-. Es un Alfa. Es... imposible. Una humana no podría haber sobrevivido al parto de un pura sangre.

-Sobreviví porque él me protegió -dijo Elena, con lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas-. Y ahora que lo has visto, vete. Vuelve con tu reina, vuelve con tu jauría. Él no es parte de tu mundo de contratos y profecías.

Julian levantó la vista. El dorado de sus ojos no se apagó, pero la ferocidad había sido reemplazada por una posesividad oscura y aterradora. Se puso de pie con una lentitud que prometía que no habría escapatoria.

-Te equivocas, Elena. Él es la profecía. Y ahora que sé que existe, no hay lugar en este mundo, ni en el océano ni en la tierra, donde puedas esconderlo de mí.

De repente, el sonido de aullidos lejanos rompió la noche. Julian tensó la mandíbula y miró hacia el bosque.

-No soy el único que ha sentido su despertar -dijo, volviendo su mirada a Elena con una urgencia letal-. Selene y los ancianos vienen en camino. Si lo encuentran aquí, lo verán como una amenaza al trono.

Se acercó a ella en un segundo, rodeando su cintura con un brazo de hierro mientras con la otra mano alzaba a Leo como si no pesara nada.

-¿Qué haces? ¡Suéltanos!

-Si quieres que viva, vas a venir conmigo -sentenció Julian, arrastrándola hacia la oscuridad del bosque-. Pero esta vez, Elena, no serás mi asistente. Y no habrá escapatoria. Bienvenidos a la jauría.

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