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Contrato de Olvido
img img Contrato de Olvido img Capítulo 3 ¿Y si él nunca recordaba
3 Capítulo
Capítulo 6 El precio de la verdad img
Capítulo 7 El eco de los papeles rotos img
Capítulo 8 Máscaras de seda y espinas img
Capítulo 9 El sabor de la ceniza img
Capítulo 10 La fragilidad del cristal img
Capítulo 11 El peso de la corona img
Capítulo 12 Te hice creer que te odiaba img
Capítulo 13 Solo si prometes que no habrá más secretos img
Capítulo 14 El renacer entre las cenizas img
Capítulo 15 El peso de la corona de plata img
Capítulo 16 El Legado de la Verdad img
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Capítulo 3 ¿Y si él nunca recordaba

El silencio de la mansión Moretti nunca había sido tan ruidoso. Para Clara, cada paso sobre el mármol del vestíbulo resonaba como una acusación. Había regresado al lugar del que juró escapar, pero no lo hacía como la esposa despreciada, sino como una sombra, una intrusa en su propia vida.

Sebastian caminaba a su lado con una lentitud inusual. Sus ojos grises, que antes escaneaban las habitaciones buscando imperfecciones o informes financieros, ahora vagaban por las paredes con la curiosidad de un niño que visita un museo por primera vez. Se detuvo frente a un gran jarrón de porcelana Ming que Clara había colocado en el nicho del pasillo hacía un año.

-Esto es nuevo -murmuró él, acariciando el borde del jarrón-. Bueno, "nuevo" para mí. Es extraño, Clara. Siento que reconozco la estructura de esta casa, pero el alma de la decoración me resulta... ajena. Menos rígida de lo que recordaba de mis veintitantos.

Clara tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

-Has cambiado mucho en estos tres años, Sebastian. Tus gustos se volvieron más... humanos.

Él se giró hacia ella, atrapando su mirada.

-¿Fueron cambios míos, o fueron tuyos? -preguntó con una perspicacia que la hizo temblar.

-Yo solo seguía tus instrucciones -mintió ella, bajando la vista.

El peso de la piel

Subieron a la planta superior. Al llegar a la suite principal, el aire pareció espesarse. Esta era la habitación donde el matrimonio Moretti había muerto lentamente en el silencio de una cama demasiado grande. Pero para el Sebastian actual, era un territorio virgen que deseaba explorar con la mujer que lo guiaba.

-El médico dijo que debo descansar, pero mi mente va a mil kilómetros por hora -dijo él, sentándose en el borde de la cama king-size. Se llevó las manos a la corbata, forcejeando con el nudo con una frustración creciente. Sus dedos, aún algo torpes por la medicación, no lograban liberarlo-. Maldita sea.

-Déjame ayudarte -se ofreció Clara antes de que su cerebro pudiera procesar las consecuencias.

Se acercó y se colocó entre sus piernas abiertas. Era una posición de una intimidad devastadora. Clara podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Sebastian, el aroma a sándalo y a limpieza que siempre la había embriagado. Sus dedos, expertos tras años de vestir y desvestir las expectativas de este hombre, deshicieron el nudo de seda con agilidad.

Sebastian no le quitaba los ojos de encima. Estaba tan cerca que ella podía ver las pequeñas motas plateadas en sus iris. De repente, él le rodeó las muñecas con las manos. No fue un gesto brusco, sino una caricia firme.

-Tiemblas cada vez que me tocas, Clara -susurró él. Su voz era una vibración baja que parecía recorrer la columna de ella-. ¿Te doy miedo? ¿Era un jefe tan terrible?

-No me das miedo -respondió ella, con la voz apenas por encima de un susurro-. Es solo que... han sido días difíciles. El accidente, el hospital... casi te perdemos.

-"Casi te perdemos" -repitió él, saboreando el plural-. Me gusta cómo suena eso. Como si yo te importara más de lo que admite un contrato laboral.

Sebastian soltó sus muñecas solo para deslizar sus manos hacia arriba, por sus brazos, hasta acunar su rostro. Clara cerró los ojos, entregándose por un segundo al contacto que tanto había anhelado durante su frío matrimonio. El Sebastian de antes nunca la habría tocado así, con esa mezcla de asombro y reverencia.

-Clara, mírame -pidió él. Ella obedeció-. Siento que hay una pared de cristal entre nosotros. Estás aquí, estás conmigo, pero parece que estás guardando un luto por alguien que todavía está vivo. ¿Quién era yo para ti antes del accidente?

La pregunta fue como un puñal. Eras mi marido. Eras mi verdugo. Eras el hombre por el que lloraba hasta quedarme dormida.

-Eras... un hombre muy ocupado -logró decir-. Alguien que no solía detenerse a mirar a las personas a su alrededor.

Sebastian sonrió con amargura, una expresión que suavizó sus facciones.

-Entonces el accidente fue un regalo. Porque ahora no puedo dejar de mirarte.

La danza de la seducción y la mentira

Él se puso de pie, obligándola a retroceder un paso, pero no rompió el contacto visual. Empezó a desabotonarse la camisa, revelando el torso atlético y marcado por la disciplina del gimnasio y, ahora, por algunos hematomas purpúreos del impacto. Clara intentó apartar la vista, pero la mano de Sebastian encontró la suya y la colocó directamente sobre su pecho, justo encima del corazón.

El latido era fuerte, rítmico, acelerado.

-Siente esto -dijo él-. No recuerda los últimos tres años, pero sabe que reacciona a ti. No necesito mi memoria para saber que te deseo, Clara. No sé si teníamos un romance secreto o si yo era demasiado estúpido para notar lo que tenía delante, pero quiero que sepas que no pretendo seguir siendo ese hombre ciego.

Clara sintió una oleada de deseo eléctrico que la dejó sin aliento. El juego se estaba volviendo peligroso. Estaba seduciendo a su propio esposo, un hombre que legalmente poseía su cuerpo pero que, emocionalmente, era un desconocido. La ironía era deliciosa y cruel: para que Sebastian la amara, él tenía que olvidar quién era ella.

-Sebastian, no deberíamos... Estás convaleciente -intentó protestar, aunque sus dedos se curvaron inconscientemente sobre su piel cálida.

-Estoy vivo -replicó él, acortando la distancia hasta que sus labios rozaron la frente de ella-. Y por primera vez en lo que parece una eternidad, me siento despierto. Quédate conmigo esta noche. No como una asistente. Solo... quédate.

Él la guio hacia la cama. Clara sabía que debía negarse, que debía irse a la habitación de invitados y mantener la farsa profesional. Pero el hambre de ser tocada, de ser vista con esa intensidad, fue más fuerte que su sentido común. Se acostaron sobre las colchas de seda, vestidos, pero unidos por un magnetismo insoportable.

Sebastian se quedó dormido poco después, agotado por el esfuerzo mental, con su brazo rodeando la cintura de Clara como si temiera que ella se evaporara al amanecer.

Clara se quedó despierta, observando las sombras de los árboles bailar en el techo. Se sentía como una ladrona de momentos. Cada caricia que recibía de este "nuevo" Sebastian era un tesoro robado al pasado. Sin embargo, una duda gélida empezó a crecer en su pecho: ¿Qué pasaría cuando él recuperara la memoria? ¿La odiaría por haberlo engañado, por haber aprovechado su vulnerabilidad para vivir una fantasía?

O peor aún... ¿y si él nunca recordaba? ¿Podría ella vivir el resto de su vida siendo una extraña para el hombre que amaba, ocultando el anillo de bodas en un cajón mientras fingía ser la mujer que él acababa de conocer?

Alcanzó la mesita de noche y, con cuidado de no despertarlo, tomó su teléfono. Tenía tres llamadas perdidas del abogado de Sebastian. Los papeles del divorcio seguían en su coche, empapados de lluvia y olvidados por el mundo.

Por ahora, el contrato de olvido era el único que importaba.

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