Después de cenar, el ambiente en la mansión se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Clara se erizara. Sebastian se sirvió un vaso de agua en la cocina, rechazando la ayuda de los empleados, y luego se dirigió al gran salón, donde el fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre las paredes.
-Clara -la llamó. Su voz no era una orden, sino una invitación.
Ella se acercó, manteniendo una distancia prudencial.
-Deberías ir a descansar, Sebastian. El médico dijo que el estrés es tu peor enemigo ahora.
Sebastian soltó una risa seca, sin rastro de humor. Dejó el vaso sobre una mesa auxiliar y se volvió hacia ella. Sus ojos grises, enmarcados por las sombras, parecían devorarla.
-El estrés no es mi enemigo, Clara. El misterio lo es. He pasado la última hora mirando tus manos. No llevas anillos, pero tienes una marca sutil en el dedo anular, una zona donde la piel está un poco más clara. Como si hubieras llevado algo ahí durante mucho tiempo y lo hubieras ocultado recientemente.
Clara sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Instintivamente, cerró la mano en un puño.
-Es... una marca de un anillo de mi abuela. Nada importante.
Sebastian dio un paso hacia ella, acortando el espacio hasta que Clara pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
-¿Por qué me mientes tanto? -susurró él-. Puedo sentir cómo late tu corazón desde aquí. Puedo ver cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta. No me miras como una empleada mira a un jefe. Me miras como si me odiaras y me amaras al mismo tiempo. Como si yo fuera un fantasma que ha vuelto para perseguirte.
El incendio de los sentidos
Clara intentó retroceder, pero su espalda chocó contra la estantería de libros. Sebastian colocó una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola. No había escapatoria.
-No sé quién era yo hace tres años -continuó él, su voz descendiendo a una octava peligrosa y seductora-. Pero sé quién soy ahora. Soy un hombre que no puede dormir porque la mujer que duerme en la habitación de al lado ocupa todos mis pensamientos. No recuerdo nuestro pasado, Clara, pero mi cuerpo sí. Mi piel te reconoce.
Sin esperar respuesta, Sebastian se inclinó y capturó sus labios. Fue un beso hambriento, desesperado, cargado de toda la frustración que Sebastian no lograba explicar y de todo el anhelo que Clara había reprimido durante mil días de indiferencia.
Clara soltó un gemido que fue sofocado por la boca de él. Debería detenerlo. Debería decirle que esto era un error, que él no sabía lo que estaba haciendo. Pero cuando las manos de Sebastian bajaron por su espalda, presionándola contra su erección creciente, todas las defensas de Clara se desmoronaron. El deseo, acumulado como magma bajo una montaña de hielo, finalmente encontró una salida.
-Sebastian... para... -logró decir entre besos, aunque sus manos se enredaban en el cabello de él, tirando de él hacia ella.
-No puedo -gruñó él contra su cuello-. Si esto es un pecado, Clara, deja que me condene. Pero no me pidas que finja que no te deseo hasta perder la razón.
Él la levantó en vilo, y Clara envolvió sus piernas alrededor de su cintura de forma instintiva. La llevó hacia el gran sofá de cuero frente a la chimenea. La ropa, que antes era una armadura de mentiras, empezó a estorbar. Sebastian se deshizo de su propia camisa con impaciencia, revelando los hombros anchos y el pecho que Clara había adorado en secreto durante tanto tiempo.
Cuando las manos de él encontraron la piel de los muslos de Clara, ella sintió que el mundo desaparecía. No había amnesia, no había contratos de divorcio, no había un padre que salvar. Solo existía el roce del vello de Sebastian contra su piel suave, el sabor de su piel y el sonido de su respiración entrecortada.
Hicieron el amor con una urgencia que rayaba en lo salvaje. Para Sebastian, era el descubrimiento de un continente nuevo y fascinante. Para Clara, era una despedida y un reencuentro. Ella se entregó con una intensidad que lo dejó a él sin aliento, guiándolo, respondiendo a cada uno de sus instintos como si sus cuerpos hablaran un idioma que sus mentes habían olvidado.
En el clímax, Sebastian enterró el rostro en el hueco del hombro de Clara y pronunció su nombre con una devoción que ella nunca había escuchado en su versión anterior.
-Clara... mi Clara.
Después, mientras las brasas de la chimenea morían lentamente, se quedaron entrelazados bajo una manta de lana. El silencio ya no era incómodo, pero para Clara, era aterrador. Había cruzado una línea de la que no se podía volver. Había hecho el amor con su esposo mientras él creía que ella era una extraña.
Sebastian acariciaba su brazo, trazando círculos perezosos sobre su piel. Estaba relajado, casi en paz, hasta que sus ojos se posaron en la mesita de café. Allí, entre los libros, asomaba una esquina de un sobre que Clara había intentado ocultar esa mañana: una correspondencia dirigida a la "Sra. Clara Moretti".
Él alargó el brazo antes de que ella pudiera reaccionar.
-¿Sra. Moretti? -preguntó Sebastian, su voz perdiendo la calidez del momento anterior y recuperando un filo metálico-. Clara, ¿por qué recibes correspondencia con mi apellido?
Clara se incorporó bruscamente, cubriéndose con la manta, el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El momento de la verdad había llegado de la forma más cruda posible, justo después de haberse entregado por completo.
-Sebastian, déjame explicarte... -empezó ella, con la voz temblorosa.
-¿Eres mi pariente? -la interrumpió él, sus ojos estrechándose con una sospecha que empezaba a arder-. ¿O eres algo más? ¿Quién eres realmente, Clara? ¿Y por qué estás en mi cama si ni siquiera sé tu apellido?
El velo se estaba rasgando, y Clara sabía que, si decía la verdad ahora, podría recuperar a su marido o perderlo para siempre, esta vez por su propia traición.