-Me temo que por ahora no, Sophie. Dime, ¿pasó algo en el cuarto en el que estás? -María preguntó angustiada.
-No, es solo que no me siento cómoda. Parece que hace mucho frío, pero si no existe la posibilidad, creo que tendré que cambiar de posada.
-Dame unos cuantos días, cariño. Trataré de acomodar algo mejor para ti -María le sonrió cálidamente a Sophie, que resignada se fue nuevamente hacia la habitación.
Ya eran casi las ocho de la noche y a esa hora el frío de la ciudad congelaba los huesos. Ella se asomó a su ventana para cerrar completamente la cortina cuando, de repente, sintió como si alguien la estuviera observando desde la gran mansión. Un horrible escalofrío recorrió su ser. La cerró rápidamente, salió corriendo hasta su cama, se abrigó muy bien y, temblando por el miedo, se arropó con todas sus cobijas hasta la cabeza.
-¿Qué estás viendo, mi querido hermano? -Lea, la hermana mayor de Valentín, lo tomó por el hombro mientras él tomaba una copa de vino y tenía su mirada fija en la ventana.
-Nada importante, solamente veía la ciudad. Lamento que nos tengamos que ir pronto de aquí -Valentín estaba mintiendo. Él había fijado sus ojos más exactamente en la habitación de Sophie; sus grandes habilidades le daban para observarla cada noche.
Desde el primer día que ella llegó, su mirada se encapsuló en su morada y todas las noches la observaba. Podía oler su miedo, su pánico, pero también el olor natural de su piel, y eso realmente lo excitaba.
-También lamento que tengamos que irnos, pero nuestro tiempo aquí ya pasó. La gente, después de una cantidad de años, comienza a sospechar del porqué no envejecemos. Y aunque para nadie aquí es un secreto que somos vampiros, ya sabes el acuerdo que tenemos: por mantener la paz en la ciudad, debemos irnos.
-Me pregunto quién los cuidará ahora. Tú sabes que inmediatamente se va un clan de vampiros, los licántropos están listos para atacar. Siempre van a querer apoderarse de Charleston.
Lea se acercó y lo tomó por el hombro mientras acarició su mejilla.
-Eso ya no es problema nuestro, querido. Nos queda tan solo un año aquí. Además, posiblemente venga a cuidarlos algún clan de Baviera. Siempre han estado ávidos por conquistar la mina de oro que hay en este lugar. Es lo único que ha motivado a los licántropos y vampiros por años.
-Lo sé, Lea. Espero que este último año sea fructífero para nuestra familia. Es hora de descansar por el mundo una buena época -Valentín le sonrió y concentró de nuevo su mirada en la ventana.
El clan Von Strudel estaba conformado por los padres adoptivos de Valentín y su hermana Lea. Ellos eran tan solo unos niños cuando fueron rescatados por Aby y Morgan: un par de niños sin cuidado ni amor, llenos de enfermedades y a las puertas de la muerte. Los Von Strudel cuidaron de ellos y, cuando fueron lo suficientemente maduros para decidir, los convirtieron en vampiros. Pero era un clan especial, uno que pertenecía a una legión de vampiros que solo consumían carne y sangre animal; habían logrado controlar su instinto de consumir sangre humana.
Aunque para Valentín y Lea era aún más difícil; preferían no acercarse mucho a los humanos. Aún les faltaba un poco más para reprimir ese instinto.
-Valentín, no creo que estés viendo la vista de la ciudad. Los últimos días he notado que te has quedado viendo una ventana en especial, una humilde chica en especial. ¿Es tu próxima víctima? -Lea le preguntó con suspicacia.
-¿Víctima? Claro que no, no es de mi tipo. Me gustan las mujeres más voluminosas, ya sabes, con cuerpos más esculturales y llamativos. Ella es una joven que trabaja en la factoría, nada importante. Solo que mi maldito sentido del olfato no deja de percibir su miedo -Valentín le dio un último sorbo a su copa de vino.
-Te conozco, hermanito, pero ten cuidado. Esa chica no me da un buen presentimiento. No solamente es atractiva para ti; he tenido visiones -su hermana le susurró al oído.
Lea había desarrollado facultades especiales, como tener premoniciones sobre el futuro, y ya había tenido imágenes de Sophie.
-No tienes que preocuparte, sé cómo cuidarme a la perfección -Lea le dio una sonrisa y salió del lugar.
Pero Valentín estaba completamente cautivado con Sophie. Él también tenía ciertas facultades, así que en menos de unos treinta segundos estaba en su habitación. Ella ya estaba medio dormida, pero como todas las noches estaba sintiendo su presencia y temblaba. Entre más miedo sentía, más se obsesionaba Valentín.
Se acercó a ella y comenzó a oler su cuello; su nariz rozó con su suave piel y se estremeció. Pasó su gran mano por su espalda y se la acarició. Moría por prenderse en ella y, sin darle aviso, convertirla en su princesa.
Pero sus designios estaban primero, así que simplemente se deleitó unos minutos más con ella y abandonó su habitación. Sophie pensaba que solo se trataba de una horrible pesadilla. Por más que fuera el hombre más divino que sus ojos habían visto, se negaba a aceptar que fuera una realidad, pues con quien ella fantaseaba era su gran jefe.
Al siguiente día se quedó dormida más de lo normal. Se había hecho tarde y el turno en el baño de la posada estaba más largo que de costumbre, así que esa mañana, por primera vez en lo que llevaba en la factoría, llegaría tarde.
Llevaba un café caliente en la mano mientras corría con prisa para alcanzar el único elevador. Las puertas estaban a punto de cerrar cuando una mano grande y blanca se atravesó en los espacios de estas. El CEO de la compañía entró.
-Buenos días, señorita. ¿Llegando tarde, verdad?
Sophie se quedó inmóvil. Valentín llevaba puesto un delicioso perfume que inundaba las fosas nasales de Sophie. Esa mañana lucía un traje oscuro como de costumbre, su peinado estaba perfecto y sus enormes ojos grises la observaban sin parar. Él le esbozó una sonrisa con la comisura de sus labios.
Sophie, incrédula por el incómodo momento y por lo que pasaba allí, en un movimiento del ascensor dejó caer el café, ensuciando completamente su ropa y la de su jefe.
-Perdón, señor, es que se me cayó el café sin querer. Discúlpeme -sus mejillas estaban ruborizadas. Sacó de su bolso un improvisado pañuelo y, con una soberana timidez, comenzó a limpiar la pierna de su jefe. Él la tomó por la mano y la levantó a su altura.
Mágicamente, el ascensor se detuvo en ese momento, dándoles un poco más de tiempo.
-No tienes de qué disculparte. Estas cosas pueden pasar -de repente los dos estaban más cerca de lo esperado. Sophie comenzó a temblar despavorida al sentir la energía de Valentín; era la misma energía que sentía todas las noches en su cama. Suavemente se zafó de su agarre y volteó su mirada.
-Debo llegar a trabajar, señor. ¿Cómo hago para que este aparato continúe su camino?
Valentín le sonrió de nuevo y se mordió el labio inferior. Esto hizo que Sophie se sonrojara de nuevo. Estaba nerviosa y confundida, no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba pasando en ese momento. Lejos estaba de imaginar los pensamientos pecaminosos que se pasaban por la cabeza de su jefe.
-Ya llegó a su piso, señorita Robinson.
-¿Me conoce? -preguntó ella sorprendida.
-Más de lo que te imaginas -su mirada la intimidó por completo. Ella salió cabizbaja del ascensor y se sentó directo en su escritorio.
-Sophie, ¿por qué has llegado tan tarde? Eso puede ser un motivo de despido en la empresa. Si hay algo que odia el jefe es la impuntualidad -Gloríe le espetó apenas se sentó. Sus oficinas quedaban cerca y era muy fácil la comunicación.
-Bueno, si alguien sabe que llegué tarde, es justamente él.
-No estoy entendiendo nada, Sophie. ¿A qué te refieres?
-Que me encontré con él justamente en el elevador. La verdad, ese hombre me causa escalofríos, no lo sé.
-A cualquiera le causa, amiga. Es demasiado atractivo y llamativo. Su boca es un manjar para los dioses. Es un guapo, pero solo le gustan las mujeres de muchas curvas, ya sabes, aquellas que vienen de las grandes ciudades a hacer negocios: vienen, pasan una noche con él y se van. Jamás se le ha conocido algo más formal.
-No me cuentes esas cosas, no son de mi interés. No me refiero a esa clase de escalofríos. Ese hombre me da miedo, real pavor, y hasta pesadillas tengo con él.
-¡¿No es cierto?! No has tenido la oportunidad de conocerlo. Muy poco contacto se puede tener con él, pero es demasiado amable, inteligente, bondadoso, generoso. ¡Estás loca! Nadie podría tener miedo de un hombre como él.
Sophie se giró hacia su laptop. Estaba completamente confundida. Su amiga tenía razón: él era un hombre espectacular, pero lo que no comprendía era por qué se aparecía en sus pesadillas, la intimidaba y la hacía sentir el peor de los sentimientos. Pues muchas veces, cuando palpaba su respiración, algo en su cuerpo se estremecía, sus pezones se erguían de inmediato y eso la hacía sentir avergonzada.
Esa tarde fue difícil concentrarse. Le desconcertaba la idea de haber tenido un encuentro tan cercano con su jefe, pero debía mantener la cordura. Se le había encomendado el gran informe mensual de la factoría y solo le quedaban unas cuantas horas para entregarlo.
Pensar en su pesadilla sexual no estaba entre sus planes.