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Bajo la Piel del Lobo
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Capítulo 4 Instinto

El eco de la puerta cerrándose tras Sofía dejó a Gabriel en un silencio que se sentía como una jaula. El aire en la oficina todavía vibraba con el rastro de su aroma, una mezcla embriagadora que desafiaba su capacidad de raciocinio. Para un Alfa, el reconocimiento de la Luna no era un proceso romántico; era una descarga biológica y espiritual que reconfiguraba sus prioridades. Su instinto le ordenaba abandonar el traje de tres piezas, saltar el escritorio y reclamarla.

Pero Gabriel Volkov no había llegado a la cima del mundo financiero cediendo a impulsos.

Se sentó en su sillón de cuero, cerrando los ojos y obligando a su ritmo cardíaco a descender mediante una técnica de respiración que solo los de su especie conocían. Tenía que ser frío. Tenía que ser el bloque de hielo que Wall Street temía. Si Sofía detectaba una sola grieta en su armadura, si ella percibía que él estaba a su merced por un lazo del destino, perdería el control de su empresa y, posiblemente, de su manada.

-Instinto -susurró para sí mismo, abriendo los ojos. Ya no eran ámbar; eran de un azul acero, cortantes como cuchillas.

Presionó el intercomunicador.

-Señorita Vega, vuelva a entrar. Traiga su tableta y el cronograma del proyecto Helios. Ahora.

Sofía apenas había tenido tiempo de sentarse en su nuevo escritorio cuando la voz de Gabriel tronó por el altavoz. Se tensó. Esa calidez residual que sentía en el brazo tras el roce accidental no se había desvanecido, y tener que volver a entrar en ese despacho se sentía como caminar voluntariamente hacia la boca de un lobo.

"Es solo trabajo", se mintió a sí misma mientras agarraba su tableta. "Eres una periodista infiltrada, no una adolescente con un flechazo".

Cuando entró, la atmósfera había cambiado. La electricidad que antes parecía una invitación ahora se sentía como un muro de hostilidad. Gabriel ni siquiera levantó la vista de la pantalla de su ordenador.

-Siéntese -ordenó él. Su tono era gélido, desprovisto de cualquier matiz de la vulnerabilidad que ella creyó ver minutos antes.

Sofía obedeció, sentándose en la silla frente a él. La distancia se sentía segura, pero la mirada que él finalmente le dirigió fue tan intensa que la hizo sentir desnuda.

-Dígame, Vega, ¿qué sabe de la adquisición de las tierras en el norte del estado? -preguntó él, cruzando los brazos sobre su pecho masivo.

Sofía se aclaró la garganta, agradeciendo haber estudiado los informes hasta la madrugada.

-El proyecto Helios busca adquirir cinco mil acres de bosque protegido para un desarrollo de 'eco-lujo'. Sin embargo, hay resistencia por parte de las comunidades locales y algunos informes ambientales sugieren que el suelo no es apto para la construcción masiva.

Gabriel arqueó una ceja. Su lobo estaba fascinado por la inteligencia de la mujer, pero el CEO estaba buscando una debilidad.

-Los informes ambientales están sesgados por activistas que no entienden el progreso. Lo que necesito saber es si usted es capaz de manejar la presión. A partir de hoy, usted será mi enlace con los abogados de zonificación. Eso implica trabajar hasta las tres de la mañana, viajar con poco aviso y lidiar con personas que intentarán sobornarla o amedrentarla.

-Puedo manejarlo, señor Volkov -respondió ella con firmeza.

-¿Ah, sí? -Gabriel se puso de pie. Se movía con una fluidez depredadora, rodeando el escritorio con pasos lentos y deliberados. Se detuvo justo al lado de su silla, invadiendo su espacio personal de una manera que hacía que el aire fuera difícil de tragar-. Porque me da la impresión de que usted es de las que se rompen cuando las cosas se ponen... salvajes.

Sofía sintió el calor que emanaba de él. No era un calor humano normal; era como estar cerca de una fragua. Podía olerlo de nuevo: sándalo, pino y algo salvaje que le aceleraba el pulso. Pero no se amilanó. Se giró en la silla para enfrentarlo, sosteniendo su mirada desafiante.

-No me rompo, señor. He cubierto... -se detuvo justo antes de decir "guerras de cárteles" y corrigió rápidamente-... situaciones de alta tensión en mis empleos anteriores. El mundo corporativo no me asusta.

Gabriel se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el respaldo de su silla y la otra en el escritorio, atrapándola. Sus rostros estaban a escasos centímetros. Pudo ver las pequeñas motas doradas en el iris de Sofía, pudo oír el martilleo de su corazón. El deseo de besarla fue tan potente que sintió un dolor físico en el pecho.

-Veremos -dijo él, su voz descendiendo a un susurro peligroso-. Vamos a empezar con una prueba de fuego. El inversor japonés, Saito, llega esta noche. Es un hombre que desprecia la debilidad. Usted organizará la cena, manejará la traducción -sé que habla japonés fluido, está en su currículum falso- y se encargará de que firme el acuerdo antes del postre. Si falla, su carrera en Apex termina mañana.

-¿Mañana? Eso es absurdo, acabo de empezar -protestó Sofía, indignada por la injusticia de la demanda.

-Este es mi mundo, Vega. Aquí las reglas las pongo yo.

Gabriel se alejó de ella abruptamente, volviendo a su silla. La frialdad regresó a sus ojos, un escudo perfecto contra la agitación que le devoraba las entrañas. Verla enfadada, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de determinación, era aún más tentador que verla sumisa. Su lobo quería verla luchar, quería verla ganar.

-Ahora, fuera de mi vista -dijo, volviendo su atención a los documentos-. Tengo una empresa que dirigir.

Sofía se levantó, temblando ligeramente de rabia y de una excitación que no quería admitir. Salió de la oficina sin decir palabra, cerrando la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria.

Una vez fuera, se desplomó en su silla. Su mente trabajaba a mil por hora. "Es un tirano. Es un monstruo", se dijo. Pero la sensación de su presencia todavía vibraba en su piel. Tenía que concentrarse. Esta cena con Saito era la oportunidad perfecta. Si lograba que Gabriel se distrajera con el inversor, podría intentar acceder a su terminal privada. Sabía que los registros de las propiedades del norte del estado -las tierras del proyecto Helios- eran el lugar donde su padre había estado investigando antes de morir.

En el despacho, Gabriel miró la puerta cerrada durante mucho tiempo. Su mano derecha estaba cerrada en un puño tan apretado que las uñas le estaban haciendo sangre en la palma. El olor de ella todavía flotaba en la habitación, burlándose de su control.

-Me vas a volver loco, Luna -gruñó hacia la nada.

Sabía que la estaba tratando con crueldad, que la estaba presionando más allá de lo razonable. Pero era la única forma de mantenerla a raya. Si era frío, si era un déspota, ella lo odiaría. Y si lo odiaba, ella se mantendría a distancia. Era una estrategia de supervivencia. Porque si permitía que la ternura entrara en esa habitación, si permitía que el lazo se fortaleciera, el secreto de su manada estaría en peligro.

Un Alfa no podía permitirse una compañera humana que lo distrajera, especialmente una que parecía tener sus propios secretos ocultos bajo una capa de eficiencia perfecta.

Gabriel volvió a mirar el informe de las tierras del norte. Sabía algo que Sofía no: esas tierras no eran para hoteles. Eran el territorio ancestral de una manada rival que estaba empezando a moverse hacia la ciudad. Necesitaba ese terreno para proteger a los suyos. Y ahora, con la aparición de su Luna, el tablero de juego se había vuelto infinitamente más peligroso.

El instinto le decía que la protegiera. La razón le decía que la vigilara.

Pero su corazón de lobo, por primera vez en siglos, simplemente latía al ritmo del nombre de ella.

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