Sofía Vega permanecía en su sitio, con la mirada fija en la pantalla de su terminal, pero sus dedos no estaban redactando el informe para el inversor Saito. En su regazo, oculto por el ala del escritorio, sostenía un dispositivo USB del tamaño de una uña, cargado con un troyano de infiltración de datos que le había costado una pequeña fortuna en el mercado negro de la dark web.
-Solo necesito diez segundos -susurró para sí misma. Su corazón golpeaba contra sus costillas como un pájaro enjaulado.
La oficina de Gabriel estaba a oscuras. Él había salido hacía veinte minutos para una "reunión privada" en el gimnasio del edificio, un lugar que, según los rumores, era su santuario personal. Sofía sabía que era su única oportunidad. El servidor central de la planta ejecutiva tenía una protección biométrica que ella no podía saltar, pero la terminal privada de la oficina de Volkov era el "puerto maestro". Si lograba conectar el dispositivo allí, el software rastrearía cada archivo etiquetado con el nombre de su padre o con las coordenadas de las tierras del norte.
Se puso en pie, alisando su falda con manos temblorosas. Caminó hacia la imponente puerta de roble negro. Cada paso resonaba en sus oídos como una explosión. Al entrar, el aroma de Gabriel la golpeó de nuevo: ese rastro de bosque y tormenta que ahora identificaba con el peligro y una atracción que odiaba admitir.
La oficina estaba bañada por la luz azulada de la ciudad que entraba por los ventanales. Sofía no encendió la luz. Se deslizó detrás del enorme escritorio de caoba y se arrodilló para alcanzar la torre de la computadora. Sus dedos tantearon el puerto USB.
Click.
La pantalla del monitor se iluminó tenuemente. Una barra de progreso apareció en rojo: 2%... 15%... 40%...
-Vamos, vamos... -rogó en un susurro.
De repente, un sonido la dejó helada. Un crujido. No venía del pasillo, sino de las sombras del rincón más alejado de la oficina, donde se encontraba una pequeña zona de descanso con sofás de cuero.
-¿Buscaba algo, señorita Vega?
La voz de Gabriel surgió de la oscuridad, pero no sonaba como la voz de un CEO. Era más baja, más áspera, cargada de una vibración que hizo que el aire de la habitación se volviera denso y difícil de respirar.
Sofía se quedó petrificada. Lentamente, giró la cabeza. Gabriel estaba sentado en uno de los sillones de cuero, apenas visible. No llevaba la chaqueta del traje, y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando unos antebrazos poderosos y venas marcadas. Su cabello estaba ligeramente desordenado, y en la penumbra, sus ojos no eran azules. Eran dos ascuas doradas que brillaban con una intensidad antinatural.
-Yo... -Sofía tragó saliva, tratando de recuperar su máscara de eficiencia-. Pensé que había olvidado mi tableta aquí después de nuestra reunión. No quería interrumpir si usted estaba ocupado, pero la puerta estaba entornada.
Gabriel se puso de pie. No caminó; se deslizó por la habitación con una gracia depredadora que resultaba aterradora. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a mirar hacia arriba. El calor que emanaba de su cuerpo era casi sofocante, un radiador humano que vibraba con una energía contenida.
-La puerta estaba cerrada, Sofía -dijo él, pronunciando su nombre con una lentitud que se sintió como una caricia y una amenaza al mismo tiempo-. Y mis sentidos me dicen que no estás buscando una tableta. Puedo oler tu miedo. Es un aroma agrio, mezclado con algo... químico.
Gabriel se inclinó sobre el escritorio, su rostro a milímetros del de ella. Sofía podía sentir su aliento en la mejilla. Estaba segura de que él podía oír su corazón, que en ese momento debía de sonar como un tambor de guerra.
-¿Qué estás haciendo en mi terminal? -preguntó él. Sus ojos dorados se clavaron en los de ella, y por un segundo, Sofía sintió que él podía ver no solo sus mentiras, sino toda su alma.
La barra de progreso en la pantalla alcanzó el 90%. Sofía tuvo que tomar una decisión desesperada. Usó la única arma que sabía que podía desorientarlo: la atracción innegable que flotaba entre ellos.
Se inclinó hacia él, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. Vio cómo las pupilas de Gabriel se dilataban y escuchó un gruñido bajo, casi imperceptible, salir de su garganta.
-A veces -murmuró ella, con una voz que esperaba que sonara a seducción y no a pánico-, solo quería ver dónde se sienta el hombre que me trata con tanta frialdad durante el día. Quería saber si este lugar es tan frío como su corazón.
Gabriel se quedó inmóvil. El lazo de la Luna golpeó su juicio con la fuerza de un mazo. Su lobo estaba aullando, exigiendo que dejara de interrogarla y que la reclamara allí mismo, sobre el escritorio de caoba. El olor de ella, ahora cargado de una adrenalina que su cerebro malinterpretó como deseo, lo estaba volviendo loco.
100%. Instalación completa. Pantalla en negro.
Sofía aprovechó el momento de aturdimiento de Gabriel para deslizar su mano hacia abajo y extraer el USB con un movimiento rápido, escondiéndolo en la palma de su mano.
Gabriel reaccionó de inmediato. La agarró por la cintura y la atrajo hacia él con una fuerza que le quitó el aliento. Sus manos eran grandes y calientes, marcando su piel a través de la fina tela del traje.
-No juegues conmigo, Vega -gruñó él, su voz vibrando contra sus labios-. No tienes idea de con qué clase de monstruo estás tratando.
-Entonces muéstremelo -desafió ella, su propia biología respondiendo al contacto de una manera que la aterraba.
Gabriel la miró con una intensidad que prometía fuego y destrucción. Por un instante, Sofía pensó que él la besaría, que la verdad se perdería en una explosión de instinto. Pero Gabriel, con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, la soltó. Retrocedió dos pasos, dándole la espalda y apoyando las manos en el ventanal, mirando hacia el vacío de Nueva York.
-Vete -dijo, su voz volviendo a ser el acero frío del CEO-. Ahora mismo. Y reza para que la cena con Saito sea perfecta. Si vuelvo a encontrarte en mi oficina fuera de horario, no me importará lo que digan los protocolos de recursos humanos. Te echaré a la calle yo mismo.
Sofía no esperó una segunda orden. Salió de la oficina casi corriendo, con el USB ardiendo en su mano. Una vez en el ascensor, se dejó caer contra la pared metálica, jadeando. Lo había logrado. El software estaba dentro. Pero el precio había sido alto: ahora sabía que Gabriel Volkov no era solo un hombre peligroso. Era algo que desafiaba toda lógica, algo que su cuerpo reconocía pero su mente no podía aceptar.
En la oficina, Gabriel seguía mirando la ciudad. Sus ojos volvieron a su color azul normal, pero su mano seguía temblando. Se acercó a su terminal y la encendió. Revisó los registros. No aparecía nada inusual, su sistema de seguridad no había detectado ninguna intrusión. Sin embargo, su instinto de Alfa le decía que ella le había robado algo. No sabía si era información, un secreto o, simplemente, la última pizca de su control.
-Me estás destruyendo, Luna -susurró hacia el cristal frío-. Y ni siquiera sabes que lo estás haciendo.
Abrió un cajón oculto y sacó un antiguo diario forrado en cuero, el mismo que su padre le había entregado antes de morir. En la primera página, una frase escrita en ruso antiguo decía: "La Luna es la salvación del lobo, pero también su mayor debilidad. Protégela con tu vida, o piérdelo todo".
Gabriel cerró el diario. La cacería acababa de volverse personal. Sofía Vega no era solo una empleada, ni solo una espía. Era su destino, y él estaba empezando a sospechar que ella estaba allí para quemar su imperio hasta los cimientos.