Cuando la fina malla de encaje antiguo cayó sobre el rostro de Iris, el mundo se volvió borroso y suave. Sus ojos, antes afilados, ahora eran solo dos sombras oscuras tras la tela.
-Nadie debe ver tu rostro hasta que el sacerdote diga que puedes descubrirte -instruyó Julian, acercándose a ella-. Camina con la barbilla en alto. Si alguien nota la diferencia antes de los votos, la narrativa se nos escapa. Eres Bianca Thorne, la novia radiante. Al menos por los próximos treinta minutos.
Iris sintió el frío del anillo de compromiso de su hermana, que Julian le había arrebatado a su madre para ponérselo a ella, aunque le quedaba ligeramente grande.
-No seré Bianca -susurró Iris, su voz filtrándose por el velo-. Seré la mujer que salvará tu reputación, Julian. No lo olvides.
Julian no respondió con palabras. Se limitó a ofrecerle el brazo. El contacto a través de la tela de su esmoquin era sólido, una columna de apoyo en medio de un terremoto inminente.
El trayecto hacia la catedral de San Judas en la limusina fue un silencio sepulcral. Fuera, los paparazzi lanzaban destellos que rebotaban en los cristales tintados. Adentro, Iris repasaba mentalmente los estados financieros del Grupo Thorne. Sabía que la división de logística era la joya de la corona que su padre escondía, y sabía que Julian la quería. Ella se la entregaría en bandeja de plata, pero solo después de haberla usado para asfixiar la influencia de su progenitor.
Al llegar a la iglesia, las puertas de roble macizo se abrieron, revelando un pasillo que parecía infinito. Quinientas personas se pusieron de pie al unísono. El murmullo de admiración subió por las bóvedas góticas como un incienso invisible.
-Es el momento -dijo Julian, soltando su brazo para adelantarse hacia el altar, tal como dictaba el protocolo. Él debía esperarla allí.
Iris se quedó sola en el umbral. Su padre, Arthur Thorne, se colocó a su lado. Su rostro estaba rojo por el esfuerzo de fingir una sonrisa paternal, pero sus dedos apretaron el codo de Iris con una fuerza que prometía moretones.
-Ni una palabra, Iris -siseó él entre dientes, mientras la marcha nupcial empezaba a sonar-. Camina, sonríe y reza para que Julian mantenga su parte del trato o te juro que desearás no haber nacido.
-Ya deseo eso cada vez que te veo, padre -respondió ella con una calma que lo hizo tambalearse-. Ahora camina. Tienes una función que cumplir.
El descenso por el pasillo fue un borrón de rostros. Iris veía las siluetas de las "amigas" de Bianca, las joyas de las matronas de la ciudad y los socios de Julian. Cada paso que daba con los zapatos de seda blanca era un paso hacia una nueva identidad. Sentía el escrutinio. Los invitados comentaban lo "misteriosa" que se veía la novia con el velo tan bajo, lo "etérea" de su figura.
En el altar, Julian Blackwood la esperaba. No parecía un hombre enamorado; parecía un rey recibiendo un tributo de guerra. Sus ojos grises estaban fijos en ella, perforando el encaje del velo.
Cuando Arthur llegó al final del pasillo, tuvo que entregar la mano de Iris a Julian. Fue un momento cargado de una ironía sangrienta. Arthur entregaba a la hija que odiaba al hombre que planeaba destruirlo, creyendo que estaba comprando su salvación. Julian tomó la mano de Iris con una firmeza que hizo que Arthur retrocediera instintivamente.
La ceremonia fue una neblina de latín y promesas vacías. Iris escuchaba las palabras del sacerdote sobre la fidelidad y el amor eterno, y tenía que reprimir el deseo de reír. Estaban en un templo, ante Dios y la sociedad, sellando un pacto de odio y ambición.
-Julian Blackwood, ¿aceptas a esta mujer como tu esposa? -preguntó el clérigo.
-Acepto -la voz de Julian resonó, clara y absoluta. No hubo vacilación. Él sabía exactamente a quién estaba aceptando: no a la mujer que amaba, sino a la mujer que le servía.
-Y tú, Bianca Thorne...
Un escalofrío recorrió la columna de Iris. El nombre de su hermana resonó como una acusación. Por un segundo, el pánico la atenazó. Si decía "Acepto" bajo ese nombre, ¿sería legal? Julian apretó sus dedos, un recordatorio silencioso de su contrato privado.
-Yo, Iris Thorne, acepto -dijo ella, elevando la voz lo suficiente para que las primeras filas escucharan el cambio de nombre.
Un susurro eléctrico recorrió la catedral. Las cabezas se inclinaron unas hacia otras. "¿Ha dicho Iris?", "¿Dónde está Bianca?". Arthur Thorne, en la primera fila, parecía a punto de sufrir un infarto. Eleanor se cubrió la boca con el pañuelo.
El sacerdote, confundido, miró a Julian. Julian no se inmutó.
-Continúe -ordenó Julian con una autoridad que no admitía réplicas-. El nombre en la licencia matrimonial que firmaremos en la sacristía es el que importa. Proceda.
El clérigo, intimidado por el poder que emanaba de Blackwood, tragó saliva y continuó.
-Por el poder que me ha sido otorgado, yo los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Este era el momento crítico. Julian se giró hacia ella. Sus manos, grandes y seguras, se posaron en los bordes del velo. Lo levantó lentamente, revelando el rostro de Iris al mundo.
El silencio fue absoluto durante tres segundos. Luego, el caos contenido. No era la belleza clásica y solar de Bianca; era la belleza lunar, fría y afilada de Iris. Sus ojos verdes desafiaban a cada invitado a decir algo.
Julian la miró. Por un breve instante, la máscara del CEO implacable se agrietó. No esperaba que ella se viera tan... imperial. Iris no parecía una víctima de las circunstancias; parecía la dueña del lugar.
Él se inclinó. Sus labios rozaron los de ella. Fue un beso casto para la galería, pero Iris sintió la chispa de una conexión peligrosa. Había fuego bajo el hielo de Julian Blackwood, y ese fuego ahora le pertenecía a ella por contrato.
-Bienvenida a la familia, Iris -susurró él contra sus labios, de modo que solo ella pudiera oírlo-. Espero que estés lista para el banquete. Los lobos están hambrientos.
Al girarse para salir de la iglesia, Iris vio a sus padres. Su madre estaba lívida y su padre tenía una expresión de furia que habría asustado a cualquiera. Iris simplemente les dedicó una inclinación de cabeza perfecta, la clase de saludo que una reina le da a sus vasallos más problemáticos.
Mientras caminaban por el pasillo central, ahora como los nuevos esposos Blackwood, los flashes de las cámaras eran constantes. Los periodistas gritaban preguntas desde la entrada: "¿Dónde está Bianca?", "¿Es esto una alianza planeada?", "¿Qué pasará con la fusión?".
Julian no se detuvo. Mantenía a Iris pegada a su costado, protegiéndola con su cuerpo mientras se abrían paso hacia el coche.
Una vez dentro del vehículo, con las puertas cerradas y el estruendo de la multitud amortiguado, Iris soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Se quitó un alfiler que le estaba enterrando en el hombro y miró a Julian.
-Lo logramos -dijo ella.
-Esto solo ha sido la entrada, Iris -Julian sacó su teléfono y empezó a revisar las noticias que ya inundaban las redes-. Tus padres intentarán hablar contigo en la recepción. Intentarán manipularte o castigarte por el cambio de nombre frente al altar.
-Que lo intenten -Iris se recostó en el cuero del asiento-. Ya no soy la hija invisible de Arthur Thorne. Soy la esposa de Julian Blackwood. Y según nuestro contrato, tú eres el único que tiene derecho a exigirme algo.
Julian la observó de reojo. Una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro.
-Me gusta cómo aprendes, Iris. Pero no te confíes. Tu padre es un hombre desesperado, y un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa para no perder su dinero. Incluso de vender a su otra hija dos veces.
-Esta vez -dijo Iris, mirando por la ventana cómo se alejaban de la iglesia-, el precio lo pongo yo.