El trayecto hacia el Upper East Side fue un silencio sepulcral. Mientras el coche avanzaba, Ariadna observaba su reflejo en el cristal tintado. Se veía pálida, pero sus ojos estaban fijos. Estaba repasando mentalmente el organigrama de Moretti Global. Sabía que Dante tenía un punto débil en su cadena de suministros en Europa del Este. Si lograba acceder a su red privada desde dentro de su casa, podría empezar a mover los hilos.
El coche se detuvo ante una mansión de piedra caliza que exudaba un poder antiguo y arrogante. Al entrar, el vestíbulo la recibió con suelos de mármol negro y una escalera que parecía ascender hacia la gloria o el abismo.
-Bienvenida, señora Moretti -dijo una voz que goteaba veneno.
Dante estaba apoyado en la barandilla del segundo piso, vistiendo una camisa de seda negra con los primeros botones desabrochados. No parecía el tiburón de oficina de la noche anterior; parecía un monarca observando sus dominios.
-Todavía no soy la "señora Moretti" -replicó Ariadna, su voz resonando en el vacío del vestíbulo-. El contrato dice que la ceremonia civil es a las once. Hasta entonces, soy tu mayor acreedora moral.
Dante bajó las escaleras con una lentitud deliberada. Cada paso era una invasión. Cuando llegó al último escalón, se detuvo a escasos centímetros de ella. Ariadna se obligó a no retroceder. Podía oler el café cargado y ese aroma a bosque y peligro que siempre lo acompañaba.
-Tu habitación está en el ala este -dijo él, ignorando su comentario-. Es la suite principal de invitados. Tiene una puerta comunicante con mi despacho. Considéralo una medida de seguridad.
-Considéralo una violación de mi privacidad -respondió ella-. Pero no importa. No planeo pasar mucho tiempo durmiendo.
-Oh, lo sé. Planeas sabotearme. Estás contando los minutos para encontrar una vulnerabilidad en mi servidor o un desliz en mis cuentas -Dante sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos-. Te he dejado una computadora en tu habitación. No tiene restricciones de acceso... a la superficie. Intenta entrar en lo profundo, Ariadna, y te prometo que la cláusula de rescisión del contrato será lo menos que te preocupe.
Ariadna sintió un escalofrío, pero lo transformó en una sonrisa gélida.
-¿Tienes miedo de que una mujer sin empresa sea más inteligente que tú en tu propio terreno?
Dante se acercó más, atrapándola entre su cuerpo y el poste de la escalera. Levantó una mano y, con el dorso de los dedos, recorrió la línea de la mandíbula de Ariadna. Ella tensó los músculos, pero no apartó la cara.
-Lo que tengo es curiosidad -susurró él-. Quiero ver cuánto tiempo tardas en darte cuenta de que en esta casa, las reglas las dicto yo. Incluso las reglas de tu rebeldía.
Él se retiró bruscamente, recuperando su máscara de indiferencia.
-Cámbiate. El juez llegará en tres horas. Quiero que parezcas una novia feliz, no alguien que va camino al cadalso. Hay fotógrafos de Vogue esperando en la puerta trasera para la "exclusiva" de nuestra unión sorpresa.
La ceremonia fue una farsa coreografiada con precisión quirúrgica. En el salón acristalado que daba al jardín privado, Ariadna y Dante intercambiaron votos que eran, en realidad, mentiras legalizadas.
-Acepto -dijo Ariadna, sintiendo que las palabras le quemaban la garganta.
-Acepto -respondió Dante, su voz firme, casi posesiva.
Cuando el juez los declaró marido y mujer, Dante se inclinó para el beso protocolario. Ariadna se puso rígida, esperando algo rudo, una demostración de dominio. Sin embargo, el beso fue suave, casi tierno, una actuación perfecta para la cámara que disparaba desde la esquina. Pero bajo esa suavidad, Ariadna sintió la presión de sus dedos en su cintura, recordándole quién tenía el control.
Apenas el juez salió de la habitación, Ariadna se apartó como si se hubiera quemado.
-¿Satisfecho? -preguntó ella, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano.
-Apenas estamos empezando, Ariadna. Tenemos nuestra primera cena como "pareja" esta noche. Vendrán los inversores del consorcio asiático. Necesito que seas la mente brillante que todos admiran, pero que me mira a mí como si fuera su sol y sus estrellas.
-Puedo hacer lo de la mente brillante. Lo segundo... vas a tener que pagarme extra por esa actuación de Oscar.
La noche cayó sobre Manhattan con una elegancia cruel. La mesa del comedor de los Moretti estaba servida para seis personas. Ariadna lucía un vestido de seda azul medianoche que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, con la espalda descubierta. Dante, al verla bajar, se quedó en silencio por un segundo, un destello de algo genuino -deseo, quizás- cruzando sus ojos antes de ser reemplazado por su habitual frialdad.
Durante la cena, Ariadna fue impecable. Habló de macroeconomía, de tendencias de mercado y de la visión de futuro de la nueva alianza Moretti-Thorne. Los inversores estaban fascinados. Dante observaba, fascinado también, pero de una manera distinta. Ella era un arma, y él acababa de comprarla.
Sin embargo, el momento de quiebre ocurrió cuando uno de los invitados, un hombre mayor y de ideas tradicionales, comentó:
-Es refrescante ver que una mujer tan capaz finalmente ha encontrado un hombre que pueda guiarla. Dante, has hecho un servicio a la industria al poner orden en el Grupo Thorne.
Ariadna sintió que la sangre le hervía. Iba a responder con una mordacidad que destruiría la cena, pero sintió la mano de Dante sobre la suya, debajo de la mesa. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, una advertencia silenciosa.
-Ariadna no necesita guía -dijo Dante, su voz tranquila pero peligrosa-. Ella es la fuerza motriz. Yo simplemente tuve la inteligencia de asegurarme de que esa fuerza estuviera a mi lado y no frente a mí.
Ariadna lo miró de reojo. ¿La estaba defendiendo o simplemente protegía su inversión?
Cuando los invitados finalmente se marcharon, la casa recuperó su silencio opresivo. Ariadna se descalzó, sosteniendo sus tacones en la mano mientras subía las escaleras. Se sentía agotada por el peso de la máscara.
-Estuviste excelente -dijo la voz de Dante desde la oscuridad del pasillo superior.
-No lo hice por ti -respondió ella sin detenerse-. Lo hice por mi empresa. Cada vez que esos hombres asienten, el valor de mis acciones sube.
-Nuestras acciones, Ariadna. No olvides el contrato.
Ella se detuvo frente a la puerta de su habitación. Dante estaba allí, esperándola.
-Mañana empiezo a trabajar en la oficina principal -declaró Ariadna-. No voy a quedarme aquí como una decoración.
-Tendrás tu despacho. Justo al lado del mío. Quiero tenerte donde pueda verte.
Ariadna dio un paso hacia él, su rostro a centímetros del suyo. La adrenalina de la cena aún corría por sus venas, dándole una valentía imprudente.
-¿Me tienes miedo, Dante? ¿O es que no confías en que tus paredes de cristal puedan retenerme?
Dante extendió el brazo, apoyando la mano en la pared, encerrándola. Su mirada descendió a sus labios y luego volvió a sus ojos.
-No confío en nada que tenga tu inteligencia y tu rencor, Ariadna. Pero me gusta el peligro. Es lo único que me hace sentir vivo en este mundo de números aburridos.
Él se inclinó, su aliento cálido contra su oído.
-Duerme bien, esposa mía. Mañana la guerra se traslada a la oficina. Y allí, no hay fotógrafos para fingir piedad.
Dante se retiró hacia su propio despacho, cerrando la puerta con un clic definitivo. Ariadna entró en su suite, cerrando la cerradura con mano temblorosa. Se apoyó contra la madera, respirando agitada.
Se acercó al escritorio donde estaba la computadora que Dante le había dejado. La encendió. La pantalla iluminó su rostro decidido en la oscuridad.
-Crees que me tienes vigilada, Dante -susurró ella mientras sus dedos empezaban a volar sobre el teclado-. Pero acabas de dejar entrar al virus en el sistema central.
Esa noche, mientras Nueva York dormía, Ariadna Thorne empezó a cavar el túnel que la sacaría de su jaula de oro. O eso era lo que ella quería creer.