Un escalofrío le recorrió la espalda. No era miedo, era el frío del metal contra su piel y la anticipación de la batalla.
Al bajar las escaleras, encontró a Dante esperándola en el vestíbulo. Él vestía un esmoquin negro a medida que acentuaba la amplitud de sus hombros y la elegancia peligrosa de su porte. Al verla, Dante se quedó inmóvil. Sus ojos oscuros recorrieron cada curva de la seda roja con una intensidad que hizo que a Ariadna se le secara la boca.
-Te dije que te pusieras algo que dijera que eres mía -dijo él, su voz era un murmullo profundo que vibraba en el aire-. Ese vestido dice que vas a empezar una guerra.
-En tu mundo, Dante, ¿no es lo mismo? -replicó ella, aceptando el brazo que él le ofrecía.
-A veces. Pero esta noche, la guerra es contra los que están fuera, no contra mí. ¿Estamos claros?
Ariadna no respondió. Solo le dedicó una sonrisa enigmática mientras salían hacia la limusina.
La Gala de la Fundación Helios era el evento social más importante del año en Manhattan. Al entrar en el salón del Museo Metropolitano, las conversaciones se detuvieron por un microsegundo. Los flashes de las cámaras estallaron como disparos. El "matrimonio sorpresa" de los dos rivales más feroces de la ciudad era la comidilla de la élite.
Dante rodeó la cintura de Ariadna con su brazo, pegándola a su costado. Su mano era cálida y firme, una presencia constante que ella no sabía si agradecer o rechazar.
-Sonríe, Ariadna -le susurró él al oído, su aliento rozando su lóbulo-. Mañana las acciones subirán otro 2% si creen que estamos enamorados.
-Haré que suban un 5% si creen que estoy obsesionada -respondió ella, inclinando la cabeza hacia su hombro con una falsa ternura que ocultaba un veneno mortal.
Mientras navegaban entre la multitud, aceptando felicitaciones hipócritas, Ariadna divisó a una figura conocida en la barra. Su corazón dio un vuelco. Julian Vane. Julian era un tiburón del capital de riesgo, su antiguo aliado y el hombre con el que casi se casa antes de que su ambición los separara. Y lo más importante: era el mayor enemigo personal de Dante Moretti.
-Vaya, vaya. El león y la gacela cenando en la misma mesa -dijo Julian, acercándose con una copa de martini en la mano. Su mirada se posó en Ariadna con una familiaridad que hizo que la mano de Dante en su cintura se apretara hasta casi lastimarla.
-Julian -dijo Ariadna, manteniendo su voz neutral-. No sabía que habías vuelto de Londres.
-No me perdería el espectáculo de la década -Julian miró a Dante-. Moretti, siempre supe que eras un hombre de adquisiciones, pero robarle el trono a Ariadna y luego ponerle un anillo... es un nuevo nivel de bajeza, incluso para ti.
Dante dio un paso al frente, protegiendo a Ariadna con su cuerpo. Su rostro era una máscara de hielo.
-Ariadna no es una adquisición, Vane. Es una socia. Algo que tú nunca supiste valorar. Ahora, si nos disculpas, tenemos anfitriones que saludar.
-¿Socia? -Julian soltó una risotada-. Ariadna, querida, si necesitas que alguien te recuerde lo que es la verdadera libertad, llámame. Moretti tiene la costumbre de romper los juguetes que no puede controlar.
Dante tensó la mandíbula de tal forma que Ariadna temió que fuera a golpearlo allí mismo, frente a toda la prensa. Ella intervino, colocando una mano suave sobre el pecho de Dante. Fue un gesto calculado, pero sintió el latido acelerado de su corazón bajo la tela del esmoquin.
-Julian, agradezco tu preocupación, pero estoy exactamente donde quiero estar -dijo ella, mirando a Dante a los ojos con una intensidad que no era del todo fingida-. Ahora, por favor, retírate antes de que mi esposo decida que tu presencia es un mal negocio.
Julian se encogió de hombros, les dedicó una última mirada cargada de sospecha y se alejó.
El resto de la noche fue un borrón de música de cámara y conversaciones vacías. Pero la tensión entre Dante y Ariadna se había transformado. Ya no era solo una rivalidad corporativa; la aparición de Julian había inyectado una dosis de celos territoriales que hacía que el aire fuera casi irrespirable.
En el viaje de regreso a la mansión, el silencio en el coche era eléctrico. Dante no había soltado su mano desde que Julian se fue.
-¿Qué fue eso? -preguntó Dante finalmente, su voz cortante como una cuchilla.
-¿Qué fue qué? Julian es un viejo conocido. Sabes perfectamente que intentó comprar mi empresa antes que tú.
-Sé que casi te casas con él -dijo Dante, girándose hacia ella en la oscuridad del asiento trasero-. Sé que él conoce tus contraseñas, tus miedos y tus debilidades. ¿Es él tu contacto, Ariadna? ¿A él le estabas pasando la información anoche?
Ariadna se soltó de su agarre, indignada.
-¿Crees que soy tan estúpida? Julian es un oportunista. Nunca le daría acceso a mis sistemas. Si estoy intentando destruirte, Dante, lo haré yo sola. No necesito a un hombre para que haga mi trabajo sucio.
Dante se acercó a ella, acorralándola contra la puerta del coche. La luz de las farolas de la Quinta Avenida pasaba rítmicamente sobre su rostro, revelando una furia que Ariadna nunca había visto.
-Entonces explícame por qué me dolió verte mirarlo -susurró él, su voz quebrándose ligeramente-. Explícame por qué tengo ganas de quemar esta ciudad solo porque él te llamó "querida".
Ariadna se quedó sin aliento. La vulnerabilidad en la voz de Dante era más aterradora que su ira.
-Porque eres un hombre posesivo, Dante -susurró ella, su rostro a milímetros del suyo-. Porque odias perder el control sobre tus activos.
-No eres un activo -dijo él, su mano subiendo por su nuca para sostenerle el rostro con una mezcla de rudeza y desesperación-. Eres mi perdición. Y lo peor de todo es que creo que lo sabes.
Antes de que ella pudiera responder, Dante la besó. No fue un beso de contrato. No fue una actuación para las cámaras. Fue un beso cargado de meses de rivalidad, de odio contenido y de un deseo que ambos habían intentado enterrar bajo capas de lógica financiera.
Ariadna intentó resistirse un segundo, pero su cuerpo la traicionó. Sus manos subieron al cuello de Dante, atrayéndolo más hacia ella. El sabor a whisky y poder era embriagador. Por un momento, olvidó la empresa, olvidó el contrato y olvidó que ese hombre era el arquitecto de su ruina.
Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, se separaron, ambos respirando con dificultad. Dante la miró, sus ojos oscuros brillando con una resolución peligrosa.
-Habitación separada, Ariadna. Eso dice el contrato -dijo él, su voz recuperando la frialdad, aunque sus manos aún temblaban-. Pero si vuelves a hablar con Vane, quemaré su empresa y luego me encargaré de que no puedas salir de esta casa ni para ir a la oficina.
Ariadna se bajó del coche sin decir una palabra. Subió las escaleras hacia su suite, el corazón golpeándole las costillas. Al entrar, se cerró con llave y se apoyó contra la puerta.
Sus labios aún ardían por el beso de Dante. Se acercó a su tocador y vio la gargantilla de diamantes negros. Parecía un collar de perro de lujo.
Se sentó frente a la computadora. Sus dedos dudaron sobre el teclado. Tenía la información que necesitaba para hundir la logística de Dante en Europa. Solo tenía que pulsar "enviar" a un contacto anónimo que no era Julian, sino una firma de auditoría externa. Si lo hacía, él perdería millones y ella recuperaría el apalancamiento necesario para anular el contrato.
Miró la puerta que comunicaba con el despacho de Dante. Podía oírlo caminar al otro lado, igual de inquieto que ella.
Ariadna cerró la computadora. Por primera vez en su vida, la mujer que siempre tenía un plan no sabía qué hacer. ¿Era el beso una táctica de él para distraerla? ¿O era ella la que se estaba dejando atrapar en su propia red?
-Mañana -susurró a la oscuridad-. Mañana recuperaré el control.
Pero en el fondo de su mente, una voz le decía que en el momento en que le devolvió el beso a Dante Moretti, ya había perdido la partida más importante de su vida.