-No puedes simplemente irrumpir en mi vida y llevarnos -dijo Emma, rompiendo el silencio-. Liam tiene una rutina. Tiene una niñera, la señora Gable, que se asustará si ve a hombres de negro sacando cajas de mi casa.
Dante no apartó la vista de la carretera, pero sus nudillos se blanquearon sobre el volante.
-La señora Gable ya ha sido compensada por sus servicios y enviada a casa -respondió él con una frialdad que heló la sangre de Emma-. Mis hombres están asegurando el perímetro de tu edificio. No es seguro, Emma. Ni para ti, ni para mi hijo.
-¿Seguro? ¿De qué estás hablando? ¿De otros "lobos"? -La palabra se sintió extraña en su boca, casi ridícula, si no fuera por la intensidad sobrenatural que emanaba de él.
Dante frenó bruscamente frente al edificio de ladrillos vistos donde Emma vivía. Se giró hacia ella, y por un momento, sus ojos grises brillaron con ese fulgor plateado que delataba a la bestia.
-En nuestro mundo, un heredero sin protección es una invitación a la guerra. No permitiré que usen a Liam para llegar a mí. Bajemos.
El apartamento de Emma era pequeño pero acogedor, lleno de juguetes de colores primarios y el aroma persistente a lavanda y bebé. En medio del salón, sentado en un corralito, estaba Liam. Tenía apenas once meses, un cabello castaño revuelto y los ojos... Dios, los ojos eran idénticos a los de Dante.
Cuando entraron, el pequeño levantó la vista. En lugar de llorar ante la presencia del imponente extraño, Liam soltó una risita y extendió sus pequeños brazos.
Dante se quedó paralizado en el umbral. El CEO implacable, el Alfa que gobernaba con puño de hierro, pareció desmoronarse por un segundo. Sus fosas nasales vibraron. El instinto del lobo reconoció instantáneamente la sangre de su sangre. El aire en la habitación se volvió pesado, cargado de una vibración sorda; era el ronroneo de reconocimiento de la bestia de Dante.
-Es... es igual a ti -susurró Emma, sintiendo una punzada de dolor al ver la conexión inmediata.
Dante se acercó al corralito con movimientos lentos, casi temerosos de romper la fragilidad del momento. Se arrodilló, su traje de tres mil dólares rozando el suelo desgastado. Liam agarró uno de los dedos de Dante con su pequeña mano. La diferencia de tamaño era ridícula, pero la fuerza del vínculo era absoluta.
-Pequeño Alfa -murmuró Dante, y su voz no era la del empresario, sino la de un padre que acababa de encontrar su tesoro más preciado.
-No lo asustes, Dante -advirtió Emma, aunque sabía que era inútil. Liam estaba fascinado con el hombre.
Dante se puso de pie, cargando a Liam con una naturalidad que Emma no esperaba. El bebé se apoyó contra el pecho del hombre, buscando el calor de su cuerpo, y Dante cerró los ojos, inhalando el aroma del niño como si fuera oxígeno puro.
-Emma, haz las maletas. Solo lo esencial. Lo demás será reemplazado hoy mismo.
-No soy una de tus empresas, Dante. No puedes "reemplazar" mi vida -replicó ella, cruzándose de brazos-. Si voy contigo, es bajo mis condiciones. Liam no será un secreto escondido en una jaula de oro. Y yo no seré tu juguete.
Dante la miró por encima de la cabeza del bebé. La mirada era posesiva, hambrienta.
-No eres un juguete, Emma. Eres mi Luna, aunque todavía seas demasiado terca para admitirlo. En cuanto a las condiciones... tendrás todo lo que desees, excepto la libertad de alejarte de mi lado.
La mudanza fue un caos organizado. En menos de cuarenta minutos, la vida de Emma estaba contenida en seis maletas de lujo que los hombres de Dante habían traído. Ella miraba su antiguo hogar con una mezcla de tristeza y alivio. Por un lado, Liam tendría todo lo que ella no podía darle; por otro, sentía que estaba entrando en una guarida de la que nunca saldría.
Llegaron a la mansión Volkov al atardecer. Era una propiedad imponente, una fortaleza de cristal, acero y piedra negra situada en una colina boscosa que dominaba el valle. Al cruzar las puertas de hierro, Emma sintió una vibración en el suelo, como si la misma tierra reconociera el regreso de su señor.
-Bienvenida a casa -dijo Dante mientras bajaban del coche.
La mansión estaba llena de gente, pero no eran empleados normales. Todos se movían con una agilidad felina y mantenían la cabeza baja cuando Dante pasaba. "La jauría", pensó Emma con un escalofrío.
Dante guio a Emma a través de un gran salón con techos de doble altura hasta una suite privada en el segundo piso. Era más grande que todo su antiguo apartamento. Había una guardería conectada, equipada con la última tecnología y juguetes de los que Emma solo había visto fotos.
-Esta es tu zona -dijo Dante, dejando a un Liam ya dormido en la cuna-. Mi habitación está justo al lado. Hay una puerta comunicante. Nunca está cerrada con llave.
Emma se acercó a él, desafiante.
-Dante, ¿qué esperas de esto? ¿Crees que por ponerme en una habitación bonita voy a olvidar que me dejaste sola?
Dante dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Emma sintió el calor que emanaba de su cuerpo. La tomó por la cintura, pegándola a él. El deseo, antiguo y feroz, saltó entre ellos como una chispa en pólvora.
-Espero que entiendas que no soy el hombre que conociste hace un año -susurró él contra su oído-. Esa noche, mi lobo perdió el control por primera vez porque sintió que eras mi compañera y no supo cómo manejarlo. Me alejé para protegerte de mi propia oscuridad. Pero ahora que sé lo que creamos juntos... -Deslizó una mano por su espalda, provocando que ella se estremeciera-. Ahora no hay lugar en este mundo donde puedas esconderte de mí.
-Te odio -mintió ella, aunque su respiración se volvía errática.
-Tu corazón dice lo contrario, Emma. Late tan rápido que parece que quiere saltar de tu pecho hacia el mío.
Dante se inclinó, rozando sus labios con los de ella, una tortura lenta que hizo que las piernas de Emma flaquearan. Pero justo cuando ella iba a ceder, él se apartó, dejando una estela de frío.
-Cena a las ocho. Vístete con lo que dejé en el armario. Es una cena oficial de la jauría. Necesitan saber quién es la madre del heredero.
-¿Y si no quiero ir?
Dante la miró desde la puerta, su figura recortada por la luz del pasillo.
-No fue una invitación, Emma. Eres parte de la familia Volkov ahora. Y los Volkov siempre dan la cara.
Cuando la puerta se cerró, Emma se dejó caer sobre la cama de seda. Miró hacia la guardería donde Liam dormía profundamente, ajeno a que su padre era un monstruo millonario. Sabía que estaba atrapada, pero mientras miraba el vestido de noche negro que descansaba sobre el diván, una parte de ella -una parte salvaje que Liam parecía haber heredado- comenzó a despertar.
Si Dante quería una compañera Alfa, eso es exactamente lo que le daría. Pero él no tenía idea de que una madre protegiendo a su cachorro podía ser mucho más peligrosa que cualquier lobo.