Emma se miraba en el espejo de su suite. Esta vez, el vestido no era negro. Dante había enviado un diseño de seda blanca nacarada que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, con mangas largas y un cuello alto decorado con encaje francés. Parecía el vestido de una virgen, una ironía que no se le escapaba a Emma mientras sentía el peso del cuchillo de plata que había ocultado en el liguero de su pierna derecha.
-El blanco te sienta bien -dijo una voz gélida desde la puerta.
Sasha estaba apoyada contra el marco, vestida con un traje de cuero rojo que gritaba peligro. Sus ojos, habitualmente azules, tenían un destello amarillento que no se molestaba en ocultar.
-¿Viniste a ayudarme o a intentar matarme otra vez? -preguntó Emma sin girarse, terminando de aplicar un labial rojo intenso.
-Vine a ver cómo una humana vende su alma por un título que no puede sostener -siseó Sasha, caminando hacia ella-. Crees que esto es un cuento de hadas. Crees que ese anillo te protegerá. Pero en cuanto el Consejo se vaya, serás solo un recipiente para su heredero. Dante no ama, Emma. Dante reclama.
Emma se giró lentamente, manteniendo la calma que había practicado en el gimnasio.
-Dante me reclama porque puede -respondió Emma con una sonrisa gélida-. A ti, en cambio, ni siquiera te mira. ¿Es eso lo que te duele, Sasha? ¿Que la "débil humana" logró en una noche lo que tú no has podido en una década de mover la cola?
Sasha gruñó, un sonido gutural que hizo vibrar los cristales de la habitación. Sus uñas se alargaron, transformándose en garras negras.
-Cuidado, pequeña perra. Los accidentes ocurren en las bodas.
-Si me tocas, Dante te arrancará la piel antes de que puedas pedir perdón. Y lo sabes. -Emma dio un paso hacia ella, desafiante-. Ahora, sal de aquí. Tengo una boda a la que asistir.
El gran salón de ceremonias estaba iluminado por cientos de velas de cera de abeja. En un extremo, tres hombres con trajes oscuros y maletines de cuero -los representantes del Consejo- observaban con expresiones de aburrimiento profesional. A su lado, un notario humano temblaba ligeramente, sosteniendo una pluma estilográfica sobre un documento que parecía un pergamino antiguo.
Dante estaba en el centro, rodeado por los ancianos de la jauría. Cuando Emma apareció en lo alto de la escalera, el murmullo de los invitados se detuvo. Dante levantó la vista y, por un instante, la máscara de CEO desapareció. Sus ojos plateados brillaron con una intensidad tal que Emma sintió un calor repentino en el bajo vientre. No era solo posesión; era una devoción primitiva que la asustaba tanto como la atraía.
Él caminó hacia la base de la escalera y le ofreció la mano. Sus dedos se cerraron sobre los de ella con una firmeza que decía: Ya eres mía, ahora el mundo solo tiene que reconocerlo.
-Señores del Consejo -la voz de Dante retumbó, llenando cada rincón del salón-, están aquí para verificar que Emma Thorne reside en esta mansión por voluntad propia. Como pueden ver, no es una prisionera. Es mi prometida.
El líder del Consejo, un hombre canoso llamado Miller, ajustó sus gafas.
-Señor Volkov, hemos recibido informes de que la señorita Thorne fue traída aquí bajo coacción. Señorita Thorne, ¿es esto cierto? ¿Desea usted presentar una denuncia o solicitar extracción inmediata?
El silencio fue absoluto. Emma miró a Dante. Él no apartó la vista, desafiándola a elegir. Sabía que si decía que sí, el Consejo la sacaría de allí, pero también sabía que Miller y sus hombres no podrían protegerla de la Jauría del Norte una vez que cruzara la puerta principal. Y más allá de eso... estaba Liam. Liam necesitaba la fuerza de su padre.
-No -dijo Emma, su voz firme y clara-. Estoy aquí porque amo a este hombre. Y porque este es el hogar de nuestro hijo.
Un suspiro colectivo recorrió la sala. Dante apretó su mano, un gesto casi imperceptible de alivio.
-Muy bien -dijo Miller, poco convencido-. Procedan con la firma del Contrato de Unión y la Marca de Reconocimiento.
El notario extendió el documento. Dante firmó con un trazo rápido y agresivo. Cuando fue el turno de Emma, su mano vaciló un segundo antes de estampar su firma. El papel pareció brillar brevemente cuando sus nombres se unieron.
Pero entonces llegó la parte que no estaba en los libros de leyes humanas.
-La marca -exigió Viktor desde las sombras de la sala.
Dante se giró hacia Emma. El protocolo dictaba que el Alfa debía marcar a su compañera frente a los testigos para que el vínculo fuera irrompible. Se acercó a ella, rodeándole la cintura con un brazo, pegándola a su pecho.
-¿Estás lista? -susurró él contra su oído. Su aliento quemaba.
-Hazlo -respondió ella, cerrando los ojos y ofreciéndole el cuello.
Dante apartó el encaje del vestido, dejando al descubierto la piel pálida de su hombro. Sus colmillos se deslizaron hacia afuera. Con una lentitud tortuosa, rozó la piel con la punta de su lengua antes de morder.
Emma soltó un grito ahogado que se transformó en un suspiro de puro éxtasis. No fue doloroso como ella esperaba; fue como una descarga de energía pura que recorrió su columna vertebral, conectando sus nervios con los de Dante. Por un segundo, pudo sentir lo que él sentía: un hambre voraz, un instinto de protección feroz y una conexión con Liam que latía en su sangre.
Dante se separó, lamiendo la pequeña gota de sangre que quedaba en la marca, que ahora brillaba con un tono rojizo antes de asentarse en una cicatriz elegante con la forma de un lobo aullando.
-Consumado -declaró Miller, cerrando su maletín-. Señorita... perdón, señora Volkov, queda usted bajo la jurisdicción de la Jauría Volkov. El Consejo no tiene más que decir.
La celebración que siguió fue una exhibición de poder. Los lobos bebían y reían, mientras Dante mantenía a Emma a su lado en todo momento, como si temiera que el aire mismo pudiera robársela.
Sin embargo, el peligro no se había ido. Cerca de la medianoche, mientras la música sonaba y el champán corría, Sasha se acercó a la mesa de bebidas. Emma, que se sentía extrañamente alerta gracias a la marca, notó que la loba vertía un polvo fino en una de las copas destinadas a Dante.
Emma no dijo nada. Se acercó a Sasha por detrás, moviéndose con la agilidad que Dante le había enseñado esa tarde.
-Es una lástima que el veneno de plata no funcione tan bien cuando alguien te está observando -susurró Emma al oído de Sasha.
La loba se sobresaltó, derramando parte del polvo sobre su propia mano.
-No sé de qué hablas -siseó Sasha, ocultando el frasco.
-Lo sabes perfectamente. -Emma le arrebató la copa de la mano-. Vas a beberte esto, Sasha. O se lo daré a Viktor y le diré que intentaste asesinar al Alfa en su noche de bodas. ¿Quién crees que sobrevivirá a esa conversación?
Sasha palideció. Miró a su alrededor, buscando una salida, pero Dante estaba observando desde el otro lado de la sala, con sus ojos fijos en ellas.
-Eres una humana astuta -murmuró Sasha, su voz temblando de odio-. Pero la marca no te hace una de nosotros. Algún día, Dante se cansará de tu fragilidad.
-Ese día no es hoy -sentenció Emma.
Sasha, derrotada y humillada, se dio la vuelta y desapareció entre la multitud. Emma vertió el contenido de la copa en una maceta cercana y regresó al lado de su esposo.
-¿Algún problema? -preguntó Dante, rodeándole la cintura.
-Solo sacando la basura -respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro-. Llévame arriba, Dante. Ya he tenido suficiente política por una noche.
Dante no necesitó que se lo dijera dos veces. La cargó en brazos, ignorando los vítores de la jauría, y subió las escaleras hacia la suite nupcial. Al cerrar la puerta tras ellos, el mundo exterior desapareció. Solo quedaban el sonido de sus respiraciones y el latido compartido que ahora los unía.
Dante la dejó suavemente sobre la cama, pero sus ojos no tenían la frialdad de antes. Estaban llenos de algo que Emma finalmente reconoció: respeto.
-Anoche te protegí -dijo Dante, desabrochándose la camisa-. Hoy te has protegido tú sola. Mañana, protegeremos este reino juntos.
Emma extendió la mano hacia él, tirando de su corbata para acercarlo.
-Menos charla, Alfa. Tienes una marca que reclamar en privado.