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Su novia despreciada resultó ser legendaria
img img Su novia despreciada resultó ser legendaria img Capítulo 1 ¿Fue ese tu primer beso
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Su novia despreciada resultó ser legendaria

Autor: Ebony Michaud
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Capítulo 1 ¿Fue ese tu primer beso

"Estamos aquí para acompañarla a casa, señorita Morgan".

Fernanda Morgan observó a los hombres de trajes impecables que tenía delante.

"Sus padres la han estado buscando sin descanso durante años. Al descubrir su paradero, nos enviaron de inmediato para asegurar su regreso", anunció el que parecía ser el mayordomo, con una cálida sonrisa. "Además, la familia Harper espera con ansias su llegada. ¡Se comprometerá con el señor Harper en cuanto vuelva!".

"De acuerdo. Vámonos", aceptó Fernanda con una ligera inclinación de cabeza.

Recogió su equipaje, que ya tenía preparado, y subió al vehículo.

El viaje desde el pequeño pueblo de Zhota hasta Esaham era largo, de al menos dos días en coche.

Al caer la noche, llegaron a otra pequeña localidad. El mayordomo encontró un motel modesto pero acogedor y propuso que pasaran la noche allí.

La habitación de Fernanda, la 201, estaba al final del pasillo del segundo piso; posiblemente era la mejor disponible. El mayordomo y el resto del grupo decidieron quedarse en la planta baja.

La noche era inusualmente cálida y seca, por lo que el viejo aire acondicionado de la habitación no servía de mucho. Fernanda abrió la ventana para que entrara una brisa fresca, que hizo bailar suavemente las cortinas.

Tras ducharse, atenuó las luces y se metió en la cama.

No tardó en quedarse dormida, pero un alboroto en el exterior la despertó de golpe.

Otro ruido, esta vez en la ventana, la puso en alerta. Cuando se incorporó, una figura sombría irrumpió en la habitación y se abalanzó sobre su cama.

Sintió el frío contacto de una hoja en el cuello mientras una voz grave y amenazadora gruñía: "No te atrevas a moverte".

Inmóvil, el cuerpo de Fernanda se contrajo de miedo.

Un leve olor a sangre y hierro impregnaba la manga del hombre, un sombrío recordatorio de su peligrosidad. Aquella pista inconfundible le confirmó que no era alguien con quien convenía meterse.

Fuera, el alboroto se intensificó. Poco después, un fuerte golpe resonó en la puerta. Una voz áspera preguntó: "¿Hay alguien ahí? ¡Abran la puerta!".

Mientras la voz aún resonaba, el cuchillo se le clavó un poco más en el cuello.

La voz del hombre destilaba malicia al advertir: "Deshazte de ellos o estás muerta".

Le sujetó la cintura con el brazo derecho, mientras su mano izquierda sostenía con firmeza el cuchillo en la garganta de ella.

Por la firmeza de su agarre y sus movimientos calculados, Fernanda se dio cuenta de que hablaba muy en serio.

Acorralada, supo que, por el momento, tenía que seguirle el juego.

"Claro". Con voz suave y firme, Fernanda lo tranquilizó: "Todo saldrá bien".

Al no obtener respuesta, los de afuera usaron una llave maestra e irrumpieron.

Al oír el ruido, el hombre tiró de la camiseta holgada de Fernanda, la sentó sobre su regazo y la rodeó con el brazo, obligándola a quedar a horcajadas sobre él mientras cambiaba de posición.

En ese instante, la puerta se abrió de golpe y un potente haz de luz de una linterna inundó la habitación.

Fernanda dejó escapar un grito de pánico y se inclinó rápidamente sobre el hombre para ocultarlo.

"Cariño, ¿qué demonios es este lugar? ¡¿Cómo se atreve alguien a entrar así?!". Fingiendo estar aterrorizada, se aferró al hombre con firmeza y desesperación.

Su voz, normalmente dulce y seductora, tenía ahora un toque de fastidio mezclado con un encanto jadeante que resultaba absolutamente cautivador.

De pronto, Fernanda sintió que el hombre bajo ella se tensaba.

Segundos después, él la rodeó con el brazo y giró con destreza, cubriendo ambos cuerpos con la manta.

Mientras la tela se deslizaba, sus suaves susurros se mezclaron con el ritmo acompasado de sus respiraciones, creando una escena de discreta sensualidad.

Con los rostros enrojecidos por la vergüenza, el grupo que estaba en la puerta se quedó rígido, sin estar preparado para la escena íntima que presenciaba.

Sin embargo, la pareja no dio señales de detener su encuentro.

El guardia de seguridad del motel soltó una risita incómoda. "Parece que están bastante ocupados... Quizá deberíamos irnos, ¿eh?".

Uno de los hombres pasó junto al guardia y entró en la habitación con paso decidido.

El corazón de Fernanda se desbocó al oír los pasos que se acercaban. ¿De verdad pensaban descubrirlos?

Sintió cómo la punta de una hoja escalofriante se le clavaba en el costado, provocando un escalofrío en su cuerpo ya tenso.

Los pasos se detuvieron junto a la cama y, con una oleada de valor, Fernanda se inclinó más hacia el hombre que tenía debajo.

Tiraron suavemente de la manta, que cedió a la penetrante luz de la linterna, dejando al descubierto un atisbo de su delicada espalda desnuda.

En la suavidad de la cama, sus movimientos continuaron sin cesar. Los labios de Fernanda se encontraron con los de él en un beso ferviente. Su cabello cayó en cascada, ocultándole el rostro, mientras la mano del hombre le acariciaba suavemente el costado.

Los gemidos ahogados que se escapaban de sus labios daban a la escena un aire de auténtica intimidad.

Súbitamente, una voz desde el exterior rompió la tranquilidad. "¡Jefe! ¡Algo está pasando en la calle!".

Al instante, el hombre que estaba junto a la cama se puso en pie y desapareció por la puerta.

Cuando la puerta se cerró de golpe a sus espaldas, Fernanda se desenredó y se deslizó fuera de la cama.

La luz de la luna se filtraba por una rendija de las cortinas, proyectando delicadas sombras por la estancia. El hombre observó cómo la esbelta figura de Fernanda se recortaba contra la pálida luz.

Lo invadieron los recuerdos de momentos antes: sus dedos recorriendo aquella piel suave y aterciopelada. Recordó cómo ella le había agarrado los brazos, su delicada piel presionando contra la suya.

El cabello de ella le había rozado la cara, cada mechón sedoso desprendiendo una sutil fragancia, y su voz había sido una suave melodía, tranquilizadora para sus oídos.

Aquella mujer era serena y astuta. En medio de la intrusión, en lugar de sucumbir al pánico, lo había besado con una convicción tal que había logrado engañar a sus perseguidores.

Sintió los labios de ella, sorprendentemente fríos, contra los suyos. Su técnica era torpe; se limitaba a presionar su boca contra la de él, sin más movimiento. Era evidente que se trataba de su primer beso.

Rompiendo el silencio que siguió, la voz del hombre, que perdió su dureza habitual, adoptó un tono ronco y seductor. "¿Fue ese tu primer beso?".

                         
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