-Despertaste. -Su voz rompió el silencio. Sonaba aliviado, pero era el alivio frío de alguien que acaba de evitar una demanda, no una tragedia-. Nos asustaste.
Intenté hablar, pero solo salió un graznido doloroso.
-No hables -dijo, levantando una cuchara como si yo fuera una niña pequeña-. El doctor dijo que tu garganta está inflamada. Anafilaxia. Estúpido, Alma. ¿Por qué bebiste eso?
Lo miré fijamente. *Porque dejaste que me cazaran.*
-Toma -dijo, ofreciendo la avena-. Come. Necesitas recuperar fuerzas.
Giré la cabeza, rechazando el gesto.
-Vamos -insistió, su voz adoptando ese tono falsamente dulce que me ponía la piel de gallina-. Te estoy cuidando. ¿Ves? Estoy aquí.
-Está bien, Dante -dijo Karina, sin siquiera levantar la vista de su teléfono-. Lo hizo para llamar la atención. ¿Quién olvida su propia alergia?
-Está estresada -dijo Dante, defendiendo la crueldad de ella con un encogimiento de hombros displicente-. La fusión es dura para todos.
El teléfono de Karina sonó, cortando la tensión. Respondió en altavoz, porque la privacidad es para los pobres.
-¿Mamá?
-¡Karina! -La voz era estridente y vibraba de rabia-. La madre de esa pequeña rata está causando problemas de nuevo. Los abogados encontraron una discrepancia en los archivos. El nombre de Liliana Ferrer está apareciendo en las acusaciones selladas.
La sangre se me heló en las venas. Mi madre.
-Está muerta, mamá -suspiró Karina, quitándose una pelusa inexistente de su vestido.
-¡Su fantasma no lo está! -chilló la madre de Karina-. Era una rata, Karina. Una soplona. Y su hija probablemente también lo sea. Necesitamos enterrar la reputación de esa familia antes de la boda. Si la Comisión piensa que nos asociamos con ratas, la alianza se anula.
Cerré los ojos. Era la misma mentira que habían usado para matarla. Mi madre no era una rata. Solo era una artista que había visto algo que no debía: la madre de Karina saliendo de la habitación de un hotel con un Jefe rival. La incriminaron para cubrir su propia traición.
Dante me miró. Su expresión se endureció, todos los rastros del prometido preocupado desaparecieron instantáneamente.
-¿Es eso cierto? -me preguntó-. ¿Tu madre dejó archivos?
Negué con la cabeza frenéticamente.
-Si lo hizo -dijo Dante, su voz bajando a un gruñido bajo-, quemaré todo lo que alguna vez tocó. No dejaré que una soplona muerta arruine mi imperio.
No solo estaba preguntando. Estaba amenazando.
-Tenemos que adelantarnos a esto -dijo Karina, levantándose y alisándose la falda-. La Subasta Benéfica es esta noche. Necesitamos mostrar unidad. Y necesitamos dejar claro dónde están nuestras lealtades.
Me miró con un cálculo frío.
-Ella viene con nosotros -dijo Karina.
-Está enferma -dijo Dante, pero su protesta fue débil, un gesto simbólico.
-Se ve bien -replicó Karina-. Necesita ser vista apoyándonos. Apoyando a la familia que *graciosamente* la mantiene con vida a pesar de su linaje.
Dante me miró. Miró la avena en su mano, luego la dejó en la bandeja con una finalidad que me heló.
-Vístete, Alma -dijo-. Tenemos un evento.
-No... puedo... -grazné.
-Puedes -dijo-. Y lo harás. La familia Montero estará allí. El propio Don. Necesito mostrarle que mi casa está en orden. Eso significa que mi prometida y mi... protegida... están en la misma página.
*Montero.*
El nombre encendió un fuego en mi pecho. León estaría allí.
Esto no era un castigo. Era una estrategia de salida.
Miré a Dante. Miré al hombre que una vez pensé que amaba, el hombre que ahora amenazaba con profanar la memoria de mi madre para salvar su propio pellejo.
Me obligué a sentarme. El dolor me atravesó el pecho, pero lo ignoré.
Asentí.
Dante sonrió. -Buena chica.
Salió de la habitación para conseguir los papeles del alta. Karina lo siguió, ya escribiendo un comunicado de prensa en su teléfono.
Tan pronto como la puerta se cerró, la adrenalina surgió, enmascarando el dolor. Agarré mi teléfono de la mesita de noche.
Mis dedos volaron sobre la pantalla.
*Para: Sr. Montero*
*Estaré en la Subasta. Estoy lista.*
La respuesta llegó al instante.
*Viste de rojo.*