Viviana, agachando la cabeza, le contestó: -Don Lorenzo, estoy en deuda con ustedes, espero poder pagarles algún día; intentaré ayudarles en lo que más pueda.
La enfermera Pepita la interrumpió enunciándole: -No, mi niña bonita, usted no está para hacer aseo, tiene que recuperarse del parto, coger fuerza para que pueda dar buena alimentación a él, bebe. No la quiero ver que agarre la escoba; se tiene que cuidar.
Su pronóstico se cumplió como si fuera una hechicera. Pues Viviana todos los días le hacía el aseo a esa enorme casa cambiándole el olor. Los primeros días la señora Pepita intentó frenarla; después ya disfrutaba de su empleada personal e incluso le buscaba otras labores. La muchacha por la noche quedaba fundida en su dormitorio. Y ya que a su hija, a la que aún no le colocaba un nombre fijo, le decía Pepita en honor a su salvadora.
Lo complicado eran las noches en que la enfermera tenía turno en el hospital y don Lorenzo intentaba sobrepasarse; le golpeaba en la puerta susurrándole: -Viviana, debería venir a mi cuarto a calentarme, puesto que está haciendo mucho frío.
Ella se encerraba trancando la puerta, corriendo un armario. Le decía cosas como: "No, don Lorenzo, estoy muy enferma, tengo mucho cansancio, es que hoy no me bañé", mientras abrazaba a su pequeña hija y se esforzaba por no confrontarlo ni hacerle sentir mal.
Aparte de eso, todo fue normal hasta que en el primer mes de su bebé, don Lorenzo les compró ropa a las dos y una torta junto a una bebida para celebrar. Viviana se tomó más de media botella, que junto con el cansancio le provocaron que se quedara dormida profundamente.
El llanto de su hija la arrancó del sueño. Intentó incorporarse, pero un dolor punzante en el cuello y las muñecas la detuvo. Tiró de los brazos y entonces lo entendió: estaba amarrada, la boca sellada con un trapo húmedo. El corazón le golpeó el pecho como un tambor.
...
JOHN
En tanto, a unas pocas calles de ahí, estaban los cuatro guardaespaldas desempleados que entraron a festejar en un bar repleto de mujeres con vestidos cortos.
Juan llegó gritando: -Mesero, deme su mejor mesa y la botella, la más costosa que tenga.
Rápidamente fueron colocados en una mesa, donde los camareros les trajeron una botella importada que, aunque no tenía un contenido de calidad, la cobraban como si lo tuviera. Esto los convirtió en atractivos príncipes: las mujeres empezaron a sonreírles y hasta competían por sentarse con ellos.
Jefferson, lleno de alegría, abrazó a dos hermosas mujeres y exclamó: "Con un fin de semana con estas dos bellezas estoy seguro de que recuperaré mi peso ideal".
Juan se rio mostrando sus pocos dientes y le mencionó con una voz ronca: -Eso ya no importa, ahora que tenemos mucho dinero nos vemos lindos como sea y si no, pues se puede mandar a hacer la liposucción.
Carlos se levantó para añadir: -Eso es ahora que somos los patrones; nos veremos siempre rodeados de mujeres hermosas.
La botella se vació rápidamente y pidieron otra, que tampoco duró mucho, y luego otra. Solo Jon estaba en desacuerdo con esto; dijo: "Esperen, tomémoslo despacio. No podemos dar una mala impresión; mejor solo deberíamos tomar gaseosa."
Los demás se le burlaban difamándolo: -No sea miserable, deje de ser tacaño, por eso es que nunca va a ser nadie en la vida por ser tan amarrado.
Pero él tenía la razón; pronto los tragos se les subieron a la cabeza y resultaron solos, con la mesa llena de botellas vacías y sin dinero ni para el servicio de taxi.
Juan se exaltó tumbando la mesa, manoteando, gritó muy embravecido: -Esas malvadas mujeres me robaron el dinero.
Automáticamente, los guardias del bar empezaron a pegarles garrotazos sin preguntarles una palabra.
-Vámonos, corramos -les propuso Jon, cubriéndose con una silla los ataques de un guardia.
-Yo no me voy sin mi plata, me la tienen que devolver -abroncaba Juan como un loco.
-Sí es verdad, este bar nos tiene que responder por nuestro dinero. -Jefferson le reclamó al cantinero y este le contestó: -No, señor, el bar no tiene relación con las mujeres que vienen aquí, es que ni siquiera conozco a esas muchachas que se sentaron con ustedes, es la primera vez que las veo, pero tranquilos que ya viene la policía, de seguro ellos los podrán ayudar.
Todos quedaron fríos y Jon les manifestó: -Esperen, no podemos dejar que la policía nos capture. Es mejor que nos marchemos; de todas maneras, ya perdimos.
Muy a su pesar, todos lo aceptaron, aunque ya era muy tarde. Como dos policías entraban a investigar el problema, ya sabían que no era para tanto: un inconveniente más de unos borrachos que no quieren pagar la cuenta, quienes acabarían en un calabozo por veinticuatro horas. Por lo tanto, ni siquiera entraron con las dotaciones listas; simplemente les dijeron: "Señores, tienen que pagar y desalojar enseguida".
Jefferson trató de disimular su voz enredada al replicarles: -Qué vergüenza, señores policías, empero ya pagamos, es más, ya nos marchábamos.
A lo que Juan interrumpió con un alarido y sacudiendo las manos: -¡Agente, es que estas cualesquiera nos robaron!
De entre la sombra salió una de las mujeres respondiéndole a clamores: -¿Cuáles, cualesquiera? Respétenos, que a usted lo parió una mujer y nadie le robó nada; acuérdense de que pidieron de todo como locos. Ustedes son mafiosos que lograron huir de la captura, como el narcotraficante al que la célebre modelo del momento acusó hoy, y supuestamente eran novios.
En ese instante los policías les apuntaron ordenándoles: -Señores, nos tiene que acompañar a la estación.
Jefferson, sin pensar, se lanzó contra un policía, girándolo y empujándolo contra una pared, rugiendo: -¡Corramos, muchachos!
Carlos también tecleó al otro policía y lo derribó. De esta forma todos salieron, como si fueran mariscales de futbol americano, demoliendo todo lo que se les atravesaba de aquel sitio donde se les disolvió el enorme botín, pero que su amistad se afianzó.
Al salir se encontraron con otros dos policías, a quienes les dio pereza entrar y decidieron esperar en la calle, cuidando la retaguardia. Estos, al ver a los cuatro tipos salir corriendo, los alertaron: -¡Deténganse o los neutralizaremos!
Por supuesto que ninguno hizo caso; todos salieron corriendo sin importar que el peligro les zumbará en las orejas. Hasta que Jefferson paró, tomando aire con la boca abierta, manifestándoles: -Esperen, muchachos, no podemos huir de ellos, nos persiguen en motos y de seguro ya habrán llamado refuerzos. Mejor déjenme, yo les doy tiempo para que puedan escapar; además, sospecho que no voy a lograr adelgazar de esta manera.
John lo agarró para interrogarle la razón de su decisión, pero al acercarse detalló la razón de su ofrecimiento; era que estaba herido de gravedad, de su estómago brotaba sangre oscura, así que solo le pudo expresar: -Listo, amigo, tienes razón, nunca te olvidaremos, muchas gracias.
Jefferson tomó un rumbo contrario, procurando hacer ruido para despistar a los policías, queriendo que fuera al único que lo persiguieran. Su sacrificio fue el último recuerdo de esa noche.