Mientras tanto, Viviana se encontraba encerrada en su habitación. Intentó desamarrarse, pensando únicamente en su hija, prometiendo que si salía de esta, la iba a querer muchísimo. Por fortuna, uno de los nudos se soltó, logrando liberarse. Consideró armar un escándalo antes de escuchar lo que Lorenzo le objetaba al extranjero. -Es mejor eliminarlas a ambas, a que nos acusen de secuestradores y que descubran que no es la primera vez que lo hacemos; se nos iría muy hondo, nos pueden hasta extraditar.
Entretanto, en otro cuarto de esa casa, Viviana, el miedo le apretó el pecho como una garra. No pensaba en sí misma, sino en su hija. La respiración se le volvió un jadeo corto, y abrazó a la niña con tanta fuerza que temió lastimarla. La desesperación la invadió, sentándose en un rincón del piso, abrazando a su bebé. Mientras continuaba escuchando ruidos y a Pepita alegando al forastero, dijo: "Señor, no está pensando bien las cosas. Si nos llevan a la cárcel, será nuestro final; allí tenemos muchos adversarios". Lo mejor es perder esta carga; después podremos recuperarla. Es sencillo hallar a chicas vulnerables que han sido abandonadas por sus seres queridos o que se han dejado engañar por un seductor desleal.
A lo que Lorenzo, intentando calmarlo con las manos, añadió: -Si es mejor, ya voy a preparar una caleta que tengo en el patio para guardar los restos, mientras nos podamos deshacer de ellos después. Igual no es la primera vez que nos toca hacer esto; mejores cargamentos se nos han perdido.
A Viviana se le ocurrió rezar el Padre Nuestro; las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, metiéndosele en la boca, cambiándole el sabor amargo por el saladito de ese líquido. Recordó a su abuelo que le decía: -Mis oraciones son oraciones llevadas por el Espíritu Santo y no pueden retornar vacías.
Es probable que sus oraciones lo ayudaron y ocurrió un pequeño milagro: su pequeña hija le acarició una mejilla con una de sus manitas, mientras que con la otra parecía indicarle una ventana cercana al techo. -¿Por qué no la vi antes? -pensó Viviana, recordando las numerosas ocasiones en que había limpiado esa habitación.
Busco unas sillas para llegar a abrir la ventana antigua que, debido al paso del tiempo, parecía estar cerrada herméticamente. Intento empujarla sin hacer ruido, pero al ser resistente, tengo que forzarla; esto provoca un chirrido que alerta a sus captores y los escandaliza. -Lorenzo, ya es tarde; debemos irnos porque entraron a la casa.
Con su bebé, ella salió por la ventana; no obstante, permaneció sentada en el borde, observando lo alto que estaba y pensando cómo descender sin que su pequeña se hiciera daño.
-Está muy alto, la única forma que nos queda es saltar; por favor, hijita, cae encima de mí y, si me parto las piernas, me tendrás que cuidar y nunca avergonzarte de tu mamá minusválida. -le cuchicheó a su bebé al tiempo que estaba a punto de saltar, pero al bajar la mirada para fijar su objetivo vio a tres hombres que venían corriendo.
-Ellos deben de ser unos ángeles que vienen a ayudarnos, hijita, nos salvaremos -le susurró a su hija y llamó a los misteriosos hombres-. Señores, por favor, aquí arriba, necesito su ayuda, es que nos tienen secuestradas, porque nos quieren vender.
Enseguida solo dos hombres pararon; el otro siguió su veloz marcha. Uno de ellos le formuló: -Señorita, espere, tantee descolgarse un poco más.
El otro le expuso: -No, John, de esa forma no lo va a lograr porque tiene a esa bebé; lo que debemos hacer es una escalera humana.
Y este le contestó, moviendo la cara de arriba abajo, colocándose de frente con la pared, diciendo muy rápido: -Tienes razón, Juan, es lo mejor, yo te cargaré, ya que eres menos pesado por lo bajito; intenta con mucho cuidado de no ensuciar mi traje.
Juan le preguntó, a la vez que trepaba por su espalda: -El famoso vestido gris, ¿sabes? De recién entré a trabajar con ustedes; yo suponía que tenías un solo traje, que lo lavabas por la noche; ya después me fijé que son varios, aunque todos son del mismo color, ¿por qué?
A lo que Jon le contestó, acomodándose contra la pared para aguantar el peso del hombre que le colocaba los pies en los hombros: -Lo que acontece es que es mi estilo y todos son diferentes, tienen diferente tono de gris, es como un paisaje de luna llena.
Juan pudo alcanzar la ventana donde pudo ver la cara de Viviana, y con un suspiro declaró: -Pero si usted es una verdadera princesa de un cuento de hadas, qué pena que yo no soy un príncipe, soy más la bestia.
Con una mano sostuvo al bebé mientras Viviana, sonriendo, bajó por sus espaldas, respondiéndoles: -De verdad ustedes, si son unos príncipes, son nuestros salvadores, les agradezco muchísimo que nos salvaran.
Juan, con mucho cuidado, bajó al bebé, quien parecía una cómplice más porque no pronunciaba ruido alguno. Jon se la recibió a Juan y, al verle el rostro, se llenó de una ternura infinita que por un momento se le olvidó sus problemas, hasta que unas voces los devolvieron a la realidad: -¡Están detenidos, somos la policía!
Los hombres se quedaron petrificados del susto. Juan volvió a recordar los días que estuvo encerrado en la prisión, los cuales fueron un horror. -Cada día en una cárcel es un infierno diferente -era una de sus frases que decía con mayor frecuencia, al igual que el juramento que hizo cuando salió en libertad, que fue: "No volveré a dejar que me encierren, primero me hago enviar al cementerio".
A Juan se le ocurrió atacar a los policías como última acción de desespero; sin embargo, miró a Jon, quien alzaba al bebé en los brazos, pero que tenía el semblante horrorizado. -No puede ser, estamos perdidos -se mencionó a sí mismo agachando la mirada; en esta ocasión no podremos escapar.
-Señores policías, es que mi bebé está muy enferma, tenemos que llegar al hospital pronto. -Viviana les reveló a los policías, colocando sus manos a manera de rogar.
Un policía le replicó: -Señorita, si quiere llamamos a una ambulancia, eso por aquí está muy peligroso, ahorita mismo estamos persiguiendo a tres sospechosos, ¿si desea le llamaré una ambulancia?
Jon se les adelantó contestando: -Oficiales, no será necesario; una ambulancia nos puede llevar a un hospital lejano y preferimos ir al que queda a diez cuadras; en ese lugar siempre nos han atendido.
Y los dejaron marchar, mientras Lorenzo observó todo por una pequeña ventana en una pieza con la luz apagada, y le recitó a su esposa: -Pepita, se nos escapó la muchacha, no me explico la forma, porque yo soy un experto en hacer nudos.
La enfermera Pepita le pegó una cachetada en la nuca reprochándole: -Es que esa cuerda estaba muy vieja, esa es la que siempre has utilizado para amarrar a las otras, debía de estar podrida por tantas lágrimas y sudor, ¿ahora qué vamos a hacer?
Lorenzo acarició un enorme revólver plateado y gruñó: -Tranquila, Pepita, que todo no está perdido; por lo menos estamos vivos y libres. Y es que reconocí a uno de los hombres que se la llevó; es el famoso Juan, un gánster de medio pelo que hace lo que sea por dinero; inclusive es capaz de vender a su propia madre; yo sé dónde vive. De seguro que les dará posada; mañana mismo madrugamos a ir por ellas. No podemos perder todo lo que les invertimos a esas mujeres.
La amenaza quedó flotando en la penumbra, como una sentencia que pronto alcanzaría a Viviana y a su hija.