Aurelia giró el rostro. No deseaba mirar a su madre, no quería demostrarle cuánto le estaba doliendo todo aquello. En cuanto puso un pie fuera del automóvil, los flashes de las cámaras y el ruido sordo de docenas de periodistas intentando ganar una exclusiva la aturdieron. Aurelia suspiró y se colocó la máscara profesional; nada podría afectarla si ella no lo permitía.
La fiesta se celebraba en uno de los salones más importantes del país. Todo allí estaba hecho para impresionar y resplandecía bajo la atenta mirada de los invitados. Por primera vez, Aurelia se sintió fuera de lugar. Siempre se le había dado bien socializar; su título de heredera dorada le había abierto las puertas de innumerables fiestas y reuniones a las que, a su corta edad, no debería haber sido invitada. Debido a esto, tenía mucha práctica desenvolviéndose en este tipo de eventos, pero ese día se sentía especialmente agotada.
La presentación entre los futuros novios había sido corta, aunque no podía llamarse realmente presentación. Cedric y Aurelia se conocían desde hacía tiempo; habían intercambiado saludos en algunas reuniones sociales en las que coincidieron. Además, la fama y la reputación de ambos les precedían, aunque no por las mismas razones. Aurelia mantenía un historial impecable, mientras que Cedric se había visto involucrado en todo tipo de escándalos.
Justo ese día estaban celebrando su compromiso, y Cedric no había parado de beber en ningún momento durante las últimas dos horas. Por no hablar de que Aurelia lo había visto coquetear descaradamente con al menos tres chicas, mientras ella recibía felicitaciones y saludos de los invitados. Necesitando un momento para respirar tranquila, se alejó en busca de una ventana o un balcón. Cuando por fin encontró un lugar tranquilo, soltó todo el aire que estaba conteniendo y dejó que la falsa sonrisa desapareciera de su rostro. Apoyó las manos en la barandilla y dejó escapar un suspiro tembloroso.
-Una fiesta de compromiso debería ser motivo de celebración -dijo una voz masculina a su espalda-, pero en tu caso parece más bien una sentencia de muerte.
-Estoy segura de que cualquiera que tuviera por prometido a un hombre capaz de beberse el océano Atlántico si fuese vino y de meterse con una fregona con falda entendería mi situación.
De pronto, Aurelia cayó en cuenta de lo que acababa de decirle a un completo desconocido y se llevó una mano a la boca.
-Perdona, yo no quise...
-Está bien, te entiendo completamente. No te preocupes, no se lo contaré a nadie. Es bien conocida por todos la reputación del que pronto será tu esposo.
Aurelia observó detenidamente al desconocido que tenía frente a sí. No se parecía en nada a los hombres que estaba acostumbrada a ver. Su ropa era elegante y su porte firme, pero nada en él demostraba riqueza; no usaba accesorios llamativos u ostentosos.
-Perdona mi descortesía, soy Eloi -dijo él, extendiéndole una mano- Eloi Morcellin.
Ella se la estrechó.
-Aurelia -hizo una pausa. Hasta ahora siempre se había presentado orgullosa del apellido de su familia y, aunque pronto tomaría el de su futuro esposo, sentía que ese tampoco le pertenecía-. Solo Aurelia -terminó finalmente.
-Es un placer, Solo Aurelia -le respondió galante, mientras llevaba su mano a los labios y depositaba en ella un casto beso sin despegar los ojos de los suyos.
Durante algunos segundos se quedaron en silencio, con la tensión creciendo entre ellos. Aurelia retiró la mano, sonrojada, y con la necesidad de aligerar el ambiente preguntó:
-¿Y cómo terminó aquí, señor Morcellin? No recuerdo su nombre entre la lista de invitados.
-He venido a acompañar a un amigo a quien su cita le falló en el último momento -respondió él. Aurelia asintió en muestra de comprensión-. Trabajo para una asociación ambientalista; estoy de paso en la ciudad por algunos días.
-Debe ser emocionante viajar constantemente y disfrutar de la naturaleza, el arte... Yo solo viajo por trabajo, de una oficina de reuniones al avión y viceversa.
-Siempre puedes tomar unas vacaciones y hacer eso que deseas: irte de excursión a la naturaleza o visitar un museo. Si te decides, puedo indicarte algunas joyas ocultas que muy pocos conocen, pero que son un verdadero disfrute para la vista.
Aurelia sonrió ante la idea. Le parecía maravilloso poder alejarse de todo y de todos, disfrutar abiertamente de lo que realmente le interesaba. Pero luego, como una piedra sobre el estómago, la realidad impactó contra ella. Eso era algo que no podría hacer, solo soñar.
Después de intercambiar unas cuantas palabras con Eloi, Aurelia regresó al interior del salón, donde su madre la recibió con una mirada severa y la apretó por el brazo.
-¿Se puede saber dónde te habías metido? Hoy es tu celebración y aun así eres capaz de desaparecer.
Aurelia forzó una sonrisa y, mirando a su madre a los ojos, le respondió:
-No es mi celebración, es la vuestra. Ustedes son los que sacan algo de este maldito matrimonio. Me vistes como una muñeca y me obligas a venir, a sonreír, a soportar a ese payaso que será mi marido. Lo menos que puedes darme son cinco malditos minutos de tranquilidad, alejada de todo este circo. ¿O eso también es mucho pedir, madre?
Isolde miró a su hija y frunció el ceño, pero la soltó y no hizo ningún otro comentario respecto a la momentánea desaparición de Aurelia.
Las horas avanzaron lentamente, los invitados se fueron retirando y la fiesta llegó a su fin. Aurelia volvió a su habitación y, al escuchar el pestillo de la puerta cerrándose por fuera, supo que su encierro aún no había llegado a su fin. Miró los árboles en el exterior de su ventana y pensó en lo que le había dicho Eloi: en viajar por placer y disfrutar. Pensó en una vida sin obligaciones, en un trabajo que disfrutara. Pensó en cuán diferente podría haber sido todo si no fuera ella, si no fuera una Valmont y pudiera escoger su propio camino, su propio marido. Tal vez alguien como Eloi, de voz suave, con principios, que la entendiera y se preocupara por ella.
Y mientras soñaba con otro mundo, otra vida, se quedó dormida.