Kevin.
-¡Sara! -ladró Tomás, con el rostro congestionado por la irritación-. ¿Qué mamada es esa de que llamaste a la oficina principal? ¿Estás loca?
Me paré al pie de las escaleras, alisando la tela de mi vestido negro con una calma deliberada.
-Solo estaba preguntando por la solicitud de la escuela -dije.
Cristal se adelantó, echándose el pelo rubio por encima del hombro. Llevaba sedas de diseñador que yo sabía que se pagaban con dinero robado de los tributos de la Familia.
-Ay, cariño -ronroneó, su voz goteando falsa compasión-. Tomás me dijo que estabas molesta. Pero, en serio, ¿molestar a los jefes? No te da buena imagen.
-Esta es mi casa -dije, mirándola fijamente a los ojos-. No eres bienvenida aquí.
Tomás se rio. Fue un sonido áspero, como un ladrido.
-Esta es mi casa, Sara. Y Cristal está aquí porque yo lo digo. Es familia.
-Es un parásito -corregí.
Kevin entró en la sala, ignorando por completo el baúl de los juguetes.
Fue directo a la repisa de la chimenea.
Agarró el globo de nieve que a Dani le encantaba. Era una edición limitada de Nueva York, un regalo de mi padre antes de morir.
Kevin me miró, haciendo contacto visual directo.
Luego, lentamente, abrió la mano.
El globo golpeó el suelo de madera y se hizo añicos con un crujido repugnante.
Cristal y agua explotaron sobre el barniz.
Dani, que se había estado escondiendo detrás del sofá, dejó escapar un sollozo ahogado.
-Ups -dijo Kevin, su rostro desprovisto de emoción.
-¡Kevin! -lo regañó Cristal, pero estaba sonriendo-. Ten cuidado, cariño. El cristal barato se rompe muy fácil.
Tomás ni siquiera miró el desastre.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, usando su altura para cernirse sobre mí.
-Me estás avergonzando -siseó, su aliento una mezcla empalagosa de mentas y podredumbre-. Necesitas aprender cuál es tu lugar.
-¿Y dónde es eso, Tomás? -pregunté, negándome a retroceder-. ¿Enterrada en el patio trasero para que puedas mudarla a ella?
Sus ojos se abrieron de par en par. No estaba acostumbrado a la resistencia.
Me agarró del brazo, sus dedos clavándose dolorosamente en mi carne.
-Escúchame bien -susurró peligrosamente-. Dani se va a la cabaña hoy. Y tú vas a mantener la boca cerrada. O haré que te encierren. Las esposas histéricas tienen una vida útil muy corta en este mundo.
En mi primera vida, habría temblado.
Habría suplicado.
Pero miré su mano en mi brazo, y luego miré su rostro.
-Suéltame -dije.
-¿O qué? -desafió.
-O te arrepentirás de haber tocado a la madre del único heredero legítimo que tendrás jamás.
Me empujó hacia atrás, visiblemente asqueado.
-Prepara al niño -ordenó-. La camioneta llega en una hora.
Se volvió hacia Cristal, su comportamiento suavizándose al instante.
-Ve a servirte un trago, nena. Ignora a la pinche loca.
Los vi entrar en mi cocina.
Miré a Dani, que intentaba recoger los trozos de su globo de nieve con manos temblorosas.
-Déjalo, mi amor -dije en voz baja.
No iba a empacar solo una maleta.
Iba a empacar un arma.